Decidida, Taisa, ahora de nuevo siendo una sola con la parte de su alma que había sido Bastet, se dirigió a la región donde el castillo de la oscuridad se erguía.
No le fue difícil encontrar un grupo de valientes guerreros, a costa de sacrificar casi todas las riquezas que había logrado acumular en todo aquel tiempo. No le dolió hacerlo. Era algo que tenía que hacer.
Y de aquel modo, preparados para el combate, se dirigieron a la fortaleza. Haciendo frente a cada uno de los espectros y seres que defendían al oscuro señor que los comandaba.
Cuando estuvieron frente al rey de los no muertos, no dudaron en reponerse rápidamente y comenzar un arduo combate contra el rey de aquellos caballeros oscuros que sin juicio propio le seguían.
Taisa utilizaba sus poderes de sanación ahora reforzados para dar apoyo en el combate y no dejar desfallecer a sus compañeros. Tratando de dominar sus emociones y no sólo dejarse llevar por la rabia.
Pero finalmente, cuando vio que el enemigo estaba débil, alzó la mano. En ella el martillo de luz se materializaba. Miró con fiereza a aquel ser que le había arrebatado a dos de sus personas más preciadas, y lo lanzó con furia. Junto al resto de ataques de su grupo, la batalla llegó a su fin.
Cuando el rey de los no muertos cayó, su cuerpo sin vida, que se había mantenido por décadas sólo por el poder de la magia, se descompuso en cenizas, desapareciendo por completo, dejando apenas piezas de su armadura y el yelmo maldito.
Tras aquello, se empezaron a escuchar desgarradores quejidos por todo el lugar, algunos de dolor, otros casi de alivio, y todos aquellos caballeros que el rey oscuro había traído de vuelta a la vida que quedaban aún bajo su control caían también.
Sus almas fueron libres de nuevo, cayendo sus cuerpos al suelo inertes. Sus almas, sin embargo, en muchos casos ascendían como luciérnagas hacia el cielo, uniéndose a la Luz. Logrando alcanzar la paz al fin. Era un espectáculo sorprendente, iluminando las llanuras heladas del páramo.
Al ser consciente de aquello… la paladina cayó de rodillas mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas al ver aquellas almas libres.
Sabía que aquel era el final. El motivo principal de su lucha y de su búsqueda todos aquellos años.
Ahora, ellos sí se habían ido para siempre.
