La Princesa Aventurera
Looking for Myself
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1 – El Nacimiento de la Princesa
La primavera acababa de llegar, y los verdes bosques que rodeaban la ciudad brillaban más que nunca, bajo el cálido sol que adornaba el cielo.
Por fin parecía haber terminado la larga época de lluvias, y las flores comenzaban a brotar por todas partes.

Según uno se aproximaba a las inmediaciones de la capital del reino podía notar el bullicio y la alegría en el ambiente, que parecía indicar que aquel no era un día común.
Y así era: En aquel hermoso domingo de primavera, había nacido al fin la hija primogénita de los reyes del reino de Gallaecia, y la población se encontraba feliz con los preparativos de los festejos que se iban a celebrar por tal acontecimiento.
Algunos sirvientes terminaban de preparar la gran sala del trono, que adornada con las mejores galas y miles de flores blancas albergaría en breve la presentación de la princesa. Cuando uno de los mayordomos llegó a avisarles de que era la hora, a lo que todos tomaron sus posiciones, se abrieron las puertas del castillo, y la gente comenzó a entrar y buscar un buen sitio desde el que no perderse nada.
La espera se hizo algo larga por la impaciencia de los invitados, pero en seguida aparecieron los monarcas. El Rey lucía imponente con su pomposo atuendo y su capa carmesí, y la reina le seguía con un vestido azul celeste, irradiando felicidad maternal, y llevando entre sus brazos la pequeña causa de toda aquella expectación.
Entonces, retiró el paño con delicadeza, y mostró el bebé a todos los habitantes de la ciudad. Un murmullo de ternura recorrió la sala, mientras observaban a la pequeña. Era morena de piel y cabello, y los ojillos que apenas mantenía abiertos se entreveían marrones como la miel.
Como era tradición, la sacerdotisa del oráculo se presentó ante la niña, y tomó aquella pequeña manita sobre la suya, mientras la gente murmuraba inquieta.

La sacerdotisa observó por unos minutos que se hicieron eternos la mano de la niña. Y a continuación volvió la vista a sus padres con un gesto de dolor en su rostro, y acercándose a ellos, les habló en susurros:
– Majestades, siento ser portadora de malas noticias. Pero aunque esta niña será hermosa, inteligente y bondadosa, y traerá mucho bien al mundo, no podrá disfrutar de la vida lujosa del castillo.
Deberá realizar muchas buenas obras, vivir una vida sencilla y sufrir mucho en su camino para pagar por las acciones de una vida pasada. Sólo entonces, podrá al fin alcanzar la felicidad.
Y así, como indica la tradición, me ha sido revelado también en mi visión el nombre que ha de portar. Y deberá llevar el nombre que ya llevó en su pasada existencia.
Los reyes atónitos la miraron con gran tristeza, mientras en la sala la gente se inquietaba al no saber qué ocurría.
La sacerdotisa se giró a la multitud y acallándolos con sus gestos habló en alta voz:
– La niña se hará llamar Taisa.
Hizo una pausa mientras hacía una reverencia ante los reyes y la princesa.
– ¡Podeis aclamar ahora a Taisa Vagalume, Princesa de Gallaecia!. –

Continuó solemnemente, a lo que la sala rompió en aplausos y gritos de júbilo como era de esperar. Ya que nadie tenía idea de la agorera profecía que pesaba sobre aquella niña.
La sacerdotisa se giró de nuevo hacia los reyes, que entendieron que no podían hacer nada por cambiar la situación, besaron a la niña, y la entregaron a la sacerdotisa, que continuó hablando al pueblo mientras mostraba el bebé a la gente sobre sus brazos extendidos.
La sacerdotisa continuó hablando a la multitud que seguía atenta, dándoles una vaga excusa de lo que ocurriría a continuación.
El designio de los dioses es que la Princesa les sirva y venere en su templo, por lo que he de llevarla conmigo, para convertirse en Sacerdotisa de la Luz.
¡Y algún día volverá a Gallaecia para ser vuestra reina!
La gente aplaudió hasta cansarse, y festejaron en el banquete que prosiguió a la celebración, sin saber el dolor que llenaba el corazón de sus monarcas.
Aquel día que habían visto a su primera hija por primera vez, también la verían marcharse. Aunque sabían que estaría bien, ya que confiaban en la Sacerdotisa del Oráculo, y en que los dioses cuidarían de ellas.
Y por ello, desde aquel momento en que la Sacerdotisa del Oráculo partió hacia tierras lejanas con su pequeña Taisa, rezaron con aún más ahínco, rogando por el día en que su hija volviera a casa.
2 – Nuevo hogar: El viaje y el examen
El viaje
La Sacerdotisa del Oráculo, cuyo nombre era Alaia, partió con la niña tras la ceremonia de presentación, dejando a sus padres tristes. Aunque a la vez se sentían esperanzados pensando en que aquello era lo mejor para su hija.
Alaia decidió tomar el viaje con mucha calma. No tenían prisa por llegar, ya que la niña no podría comenzar su formación en el templo hasta que fuese algo más mayor.
Viajaron a pie la mayor parte del trayecto, parando en donde les daban asilo. A veces en posadas, a veces en graneros, a veces en pequeños templos. En ocasiones apenas paraban de caso, sin embargo en otros lugares se quedaban unos días, y en otros hasta varios meses.
Y así fueron pasando los años.

Aprendizaje
Durante el trayecto fue enseñándole muchas cosas. La pequeña aprendió a caminar, a hablar y a escuchar. También a escribir y a leer. Le enseñó historias, leyendas, las escrituras sagradas de los distintos dioses. Y enseñándole también a rezarles y a confiar en ellos.
Y aquel bebé fue convirtiéndose poco a poco en una niñita dulce e inteligente bajo su cuidado.
Pasaron por multitud de lugares, donde conocieron gente a la que siempre intentaban ayudar en lo que podían antes de proseguir con su camino.
Y viajaron y viajaron… hasta que Taisa tendría ya unos 8 años cuando por fin avistaron su destino, la ciudad de Pontiveia, capital del reino de Mideralia.

Realmente no era una ciudad muy grande, apenas parecía un adorable pueblecito comparada con otras. Pero tenía su encanto. Toda con casas sencillas de poca altura, sus castillos, y las torres de la catedral resplandeciendo a lo lejos bajo el sol de la mañana.

Se detuvieron al llegar ante las grandes puertas de la ciudad. Alaia, que llevaba a la niña cogida de la mano, la soltó para ponerla frente suyo.
La observó de arriba abajo para asegurarse de que fuese bien arreglada. Le atusó un poco el cabello, y sonriendo le dijo:
– Muy bien, Taisa, ahora tendrás que entrar sola y hacer caso a las indicaciones que te den, ya que toda persona que llega aquí por primera vez debe pasar unas pruebas. Nos encontraremos de nuevo en la catedral.
Tras decir esto, entraron por las grandes puertas que daban a un enorme recibidor con paredes de piedra, donde un par de guardias las saludaron amablemente.
El examen
En la sala había un mostrador también de piedra, y varias enormes puertas de madera. Algunas cerradas y otras abiertas.
Alaia se despidió de la niña con un gesto, y se marchó por una de aquellas puertas, dejando a Taisa frente a al mostrador al que casi no llegaba a ver, donde en un letrero se podía leer “Recepción”.
– Bien, bien, qué tenemos aquí …
Dijo una voz amigable al otro lado del mostrador. A lo que Taisa se puso de puntillas para ver a quien le hablaba, encontrándose con una señora de avanzada edad con cara redonda y cabello grisáceo de apariencia bonachona. Llevaba unas gafas pequeñitas de leer sujetas al cuello por una cadenita plateada.
– Ah, bien, es nueva aquí por lo que veo.
La niña asintió levemente, y la señora revisó sus documentos y le acercó una hoja a la niña
– Bien, pon aquí tus datos, pequeña.
Taisa tomó la hoja y la completó con la pluma que también le facilitó la señora, apoyándose sobre el lateral del mostrador. Cuando acabó, lo entregó de nuevo a la señora.
– Muy bien. Un momentito.
Le dijo sonriendo, y se paró unos segundos a leer la hoja. Revisó en un grueso libro que tenía sobre la mesa. Y de nuevo la hoja.
– Oh… Vaya.
Murmuró sorprendida la ancianita. Dejó las gafas sobre su libro, e hizo una pequeña reverencia sincera, ligeramente avergonzada.

– La estábamos esperando, señorita Taisa, ahora si es tan amable, pase a la sala de la derecha.
La siguiente sala parecía un aula de colegio. Como los que había visto en otras ciudades durante el viaje. Con varios pupitres con sus bancos de madera, cada uno con su pluma y su tintero.
El sol ya entraba a raudales en la sala por unos amplios ventanales, tras los que se veían interminables prados verdes. Se sentó en un banquito y miró alrededor. En seguida apareció de nuevo la señora del mostrador llevando más hojas, que dejó frente a Taisa, que lo miraba todo extrañada y un poco aturdida.
– Muy bien, complete esto, y cuando haya terminado tráigame los impresos, por favor.
Tras decir esto, volvió a marcharse haciendo otra reverencia.
Ahora, sola de nuevo en aquella sala, miró con detenimiento las hojas, y vio que era un cuestionario. Las preguntas eran bastante curiosas, sobre gustos, qué harías en determinadas situaciones y cosas así ¿A qué venía aquello?

Fue contestando a todo y volvió de nuevo al mostrador, donde aupándose de nuevo de puntillas, dejó sobre la mesa las hojas. La señora las tomó con cuidado, y las sacudió ligeramente para que la tinta terminase de secarse.
Vocación
Comenzó a leerlas, mirando también otros papeles que tenía sobre la mesa, mientras murmuraba y asentía con la cabeza satisfecha.
– Ajá, está claro. Todo en orden, señorita Taisa. Tal como era de esperar los resultados del test confirman su aptitud para ser Sacerdotisa de la Luz, es decir, Sanadora. Puede dirigirse ahora a la catedral para solicitar su inscripción para iniciarse como acólita.
Señaló una puerta con la mano.
Taisa se dirigió en la dirección indicada ensimismada y aturdida por tantas cosas nuevas.
Ella sabía que el objetivo de su viaje era llegar allí, pero aún no sabía a ciencia cierta que era para formarse como Sacerdotisa.
¡Ni mucho menos se esperaba un examen! De hecho, nunca había hecho uno hasta ahora.
Y lo que más daba vuelta en sus pensamientos era aquella palabra que acababa de escuchar por primera vez: “Sanadora”.
3 – Pontiveia
Taisa salió a la calle desde la penumbra de la sala de exámenes, hacia la ciudad. Y tuvo que entrecerrar los ojos por la intensa luz con que el sol de media mañana bañaba las calles de Pontiveia.
Cuando su vista se acostumbró de nuevo a la claridad, pudo entonces observar con detenimiento el lugar.
Y así pudo confirmar viéndola ya desde dentro de las murallas, que la ciudad era realmente encantadora. En general se veía una ciudad viva y alegre.

El empedrado blanco y brillante de las calles contrastaba con el verde césped que cubría grandes áreas del suelo de la ciudad. Las casas estaban hechas de piedra y de madera sobre todo, y algunas encaladas. Casi todos los edificios eran de una sola altura, o dos como mucho. Y la mayoría de las casas tenían flores adornando las ventanas. Sólo destacaban especialmente en altura la catedral y el castillo.
Iba caminando guiándose por la torre de la catedral, que se divisaba en la otra punta de la ciudad. Aunque realmente no parecía estar muy lejos.

Acercándose hacia al centro que tendría que atravesar, se escuchaba bastante ajetreo, y comenzaba a verse bastante gente. Allí había una amplia plaza redonda, que parecía que la gente utilizaba como punto de reunión.
Los lugareños se amontonaban en grupos. Algunos sentados en los bancos que la circundaban, en el césped, o incluso de pie parados charlando. También había algunos puestos de mercaderes ofertando sus artículos a viva voz. Y gente entrando y saliendo de los comercios de la plaza.
Le pareció un lugar muy animado. Y dio una vuelta observando los artículos tan variopintos que vendían.
Continuó su camino hasta que las casitas dejaron paso a la plaza de la catedral, y al fin pudo verla entera.
Allí se quedó un rato parada observándola. Era bastante más pequeña de lo que parecía a lo lejos, realmente. Aunque debía ser por comparación con los demás edificios. Hacía juego con aquella pequeña ciudad.
Tenía, como era habitual en las catedrales, enormes ventanales con cristaleras de colores. Continuó hacia el interior, para ver cómo la luz entraba teñida por los cristales, bañando todo de colores.

Era precioso, y no podía hacer otra cosa que sonreír observando aquel hermoso efecto, e incluso se acercó a donde la luz caía para poner su mano y ver como también la luz multicolor caía sobre ella.
Tan ensimismada estaba la niña que no notó que Alaia ya estaba allí esperándola. La había visto entrar, y la observaba mientras hablaba con un hombre joven que vestía una túnica de color azul brillante.
No quiso interrumpirla, y la observaba divertida, aunque en su mirada se apreciaba cierta tristeza…
4 – La Despedida
Alaia, que esperaba a la niña dentro de la catedral, dejó que la pequeña se entretuviese un rato más con los juegos de luces de la vidriera, antes de llamar su atención.
– Taisa, cielo, ven un momento.
La niña se acercó a ella, y la sacerdotisa se puso en cuclillas hasta ponerse a su altura. Intentando sonreír, hizo una pausa, suspiró y continuó.
– Ya hemos llegado a nuestro destino. Ahora tendrás que quedarte aquí. Te darán alojamiento, te formarás y podrás quedarte hasta que seas más mayor.
Yo tengo que regresar ya.
Alaia abrazó a la niña con fuerza por unos segundos. Al fin y al cabo, prácticamente la había criado. Y se le partía el alma de tener que dejarla. Pero no tenía elección, debía volver para reportar a los reyes. Y debería retomar sus labores allí.
Antes de marcharme, tengo algo para tí…
Diciendo esto, descolgó el rosario que había llevado consigo siempre. Y dejándolo en las manos de la niña, le susurró «que la luz te cuide.»
Dio media vuelta, y se marchó conteniendo las lágrimas.
Taisa se quedó allí boquiabierta, y sobrepasada por los eventos de aquel día. No se esperaba aquello. No sabía que tendría que quedarse sola allí.
Y allí se quedó, recién llegada en aquella ciudad desconocida.

Completó su inscripción como acólita en la catedral, para formarse como sacerdotisa. Tal y como estaba previsto. Y se alojó en el internado del templo con otros niños y jóvenes que también se preparaban para ser sacerdotes y sacerdotisas de la luz.
Los instructores de la catedral eran muy amables. Y también sus compañeros. Pero se sentía muy sola, sin encontrar a nadie que realmente llenase aquel vacío que sentía en su corazón desde que Alaia se marchó. La única familia que había conocido.
Y los días, los meses y los años continuaron pasando. Mientras que crecía, estudiaba y entrenaba duro cada día. No tenía nada más, y puso todo su empeño en intentar convertirse en una de las mejores sacerdotisas de Mideralia.
Tenía claro que aquel era el destino que le esperaba…
¿O no?
5 – Un encuentro
Varios años después… una soleada tarde de otoño en Pontiveia. Como era habitual, Taisa salió a los campos circundantes a pasear, y entrenar sus hechizos.

Era bastante duro el entrenamiento, ya que la preparación de los acólitos cuyo objetivo era el de servir como soporte para otros aventureros, se centraba principalmente en la mente más que en la fuerza, y en los hechizos de apoyo y sanación, más que en el ataque.
Por ello, les costaba bastante enfrentarse incluso a los pequeños monstruos redondeados que rodeaban la ciudad. Eran apenas unas masas gelatinosas redondas de color rosado, que absorbían todo lo que encontraban. Pero Taisa no se daba por vencida, y continuaba esforzándose.
La verdad es que comenzaba a sentirse un poco atrapada en aquella ciudad, llevaba varios años allí sin haber salido mucho más allá de los muros de la ciudad.
“Es muy peligroso ir más allá” decían los mayores “Aún te queda mucho por aprender para poder salir de Pontiveia y sus alrededores”.
Y ella deseaba, con todas sus fuerzas, que llegase el momento en que la dejasen ir más allá. ¡Ya tenía 17 años! ¿Por qué no podía aún?
Tenía ganas de ver otros lugares, otros desafíos, aventuras… Y cada día intentaba alejarse un poco más de la ciudad.
Aquel día estaba avanzando poco a poco hacia las afueras de la ciudad, como de costumbre, vigilando a su alrededor. Y de pronto escucho un ruido fuerte, y se asustó bastante, yendo a esconderse en unos arbustos.
Se asomó con cuidado a ver que pasaba. Se escuchaba ruido de pelea.
Entonces vio como un joven se peleaba a golpe de espada con varios monstruos verdes y gelatinosos ¡A la vez!
Había muchos monstruos gelatinosos en los alrededores de la ciudad, pero ella no había visto muchos como aquellos. Estos eran de un color verdoso, parecían mucho más fuertes que los que ella había visto. Ella seguro que no podía contra ellos.
Y aunque parecía que aquel chico se estaba desenvolviendo bastante bien, poco a poco comenzaban a ganarle terreno, cerrándole el paso y golpeándole.
Taisa no se lo pensó dos veces, inspiró, salió de los arbustos y cerrando los ojos para concentrarse mejor, con las manos extendidas hacia el muchacho, comenzó a recitar uno de sus hechizos.

Una tenue luz comenzó a emitir de su cuerpo concentrándose en sus manos. El chico se giró al escuchar el conjuro, y quedó embobado mirándola. Realmente fueron apenas unos segundos, pero el tiempo pareció detenerse para él en aquel momento.
Realmente, Taisa había crecido, y se estaba convirtiendo en una jovencita bastante linda, aunque ella no era muy consciente de ello. Entre otras cosas, porque no era una belleza que realmente llamase la atención. Además era algo introvertida, y no se solían fijar mucho en ella.
Pero aquel chico, le prestó toda su atención. Y quedó ensimismado observando como el aire hacía ondear el largo cabello negro de Taisa, su piel lisa y suave, tocada por el sol. Y sus labios pronunciando las palabras del hechizo que no llegaba a escuchar realmente. Y aquella luz que irradiaba que la hacía parecer un ángel recién caído del cielo a sus ojos…
Y de pronto lo único que podía desear era que aquella angelical muchacha abriese sus ojos para ver su color y poder perderse en ellos…
Cuando de pronto un fuerte golpe en la pierna le hizo reaccionar
– ¡Au! –
Y fue consciente de nuevo de donde estaba. Uno de los monstruos le había golpeado fuertemente en una pierna, y otro se acercaba amenazante para lanzar su ataque también. El dolor comenzaba a hacer flaquear sus rodillas y sus manos. Y cuando estaba a punto de caer… La luz surgió de las manos de Taisa, inundándole.
Se sintió aliviado, empuñó con fuerza su espada, y asestó sendos golpes a aquellos monstruos haciéndolos saltar en pedazos.
Acto seguido, se giró intentando poner una pose heroica para lucirse… cuando vio como la tercera masa gelatinosa estaba a punto de saltar sobre la chica. Se lanzó a por la bola viscosa. Cuando terminó con ella, dio un rápido vistazo a su alrededor para asegurarse de que no quedasen más, antes de poder volver a centrarse en la muchacha.
Sonriendo triunfal, al fin pudo mirarla a los ojos. Hizo una solemne reverencia, a la vez que envainaba su espada, y se presentó.
– Buen día, hermosa señorita, mi nombre es Balthimor. ¿Qué os trae por estos prados?
Taisa se sonrojó al instante ante el cumplido, y bajó la vista.
Realmente el joven era bastante apuesto. Sería sólo un año o dos mayor que ella. Tenía el cabello dorado, la piel clara, y los ojos de un azul profundo como el mar de verano. Y le sonreía de una forma que nadie jamás lo había hecho. Aquello hizo que el corazón le palpitase más deprisa.
– Entrenaba mis hechizos – Dijo vergonzosa en un hilo de voz. – Mi nombre es Taisa, y estoy preparándome para ser Sacerdotisa de la Luz.
Él la invitó a sentarse a la sombra de unos árboles, sacó unas manzanas de su bolsa para ambos, y charlaron durante horas.

Balthimor era un espadachín que quería convertirse en cruzado. Le habló a Taisa de cómo tenía que entrenar también muy duro, tanto física como mentalmente. Ella había oído hablar de los paladines, ya que muchos iban también a la catedral de Pontiveia a orar, y era el lugar donde se les otorgaba el rango. Aunque ellos no estudiaban allí.
Aprendían la capacidad de invocar el poder de la Luz para realizar poderosos ataques además de para proteger a sus compañeros, pero implicaba una gran fuerza de voluntad, ya que muchos de sus hechizos suponían recibir parte del daño en sí mismos.
A Taisa le resultó muy agradable escuchar las historias que su nuevo amigo le contaba, demostrando la ilusión que el chico tenía por sus objetivos.
Ella también le contó muchas cosas sobre la Catedral, sus hechizos y entrenamientos. Aunque aún no le habló de sus orígenes, ya que no era algo de lo que le gustase hablar, y menos con un recién conocido, aunque se sintiese tan bien hablando con él.
Hasta que se dieron cuenta de que habían perdido la noción del tiempo, comenzaba a anochecer y decidieron regresar a la ciudad.
Cuando tuvieron que despedirse de vuelta en la ciudad, acordaron verse de nuevo al día siguiente. Y así empezaron a encontrarse día tras día, para entrenar juntos por los alrededores de la ciudad y merendar juntos cada tarde.
Un día, mientras merendaban, Taisa le comentó las ganas que tenía de ver más lugares, ya que era mucho el tiempo que llevaba allí en el mismo sitio.
– Pues a qué esperamos – – ¡Vayamos! ¿No notaste que juntos podemos hacer mucho más? Con mi fuerza y tus hechizos, ya podemos enfrentarnos a monstruos más poderosos. Te llevaré a donde desees.
dijo Balthimor levantándose y sacudiendo de su ropa las migas de la tarta que acababan de comer.
– ¡Vayamos! ¿No notaste que juntos podemos hacer mucho más? Con mi fuerza y tus hechizos, ya podemos enfrentarnos a monstruos más poderosos. Te llevaré a donde desees.
Le dijo sonriendo cariñosamente, mientras cogía su mano y comenzaban a andar juntos.
Y entonces Taisa se dio cuenta de que ya no se sentía tan sola.
6 – Las Campanas
Los días iban durando más y el sol calentaba ya bastante, anunciando la llegada del verano.
Taisa y Balthimor se habían detenido a descansar aquella mañana a las orillas de un río en los alrededores de Pontiveia , y a refrescarse bebiendo un poco de agua, para contrarrestar el calor.

Hacía tiempo que habían dejado ya de disimular cuando se miraban el uno al otro. Y a veces simplemente se quedaban mirándose, en silencio, dejando pasar el tiempo.
Aquél había sido un día bastante duro de entrenamiento, últimamente ya notaban cómo iban creciendo en experiencia, fuerza y habilidad. Cada vez les costaba menos acabar con los monstruos gelatinosos.
También habían hecho algunas incursiones a unas cuevas cercanas a una ciudad, donde habitaban espíritus intranquilos que se levantaban en forma de zombis y esqueletos amenazando la ciudad. No eran muy fuertes, pero había que mantener siempre controlada la zona.
Y allí enviaban a menudo a los aprendices de la catedral para que entrenasen, ya que el poder de la luz era muy efectivo contra ellos.
Una vez hubieron descansado un rato, se dispusieron a continuar con su paseo, cuando algo llamó su atención a la otra orilla del río. Balthimor puso su brazo sobre los hombros de Taisa, a la vez que le indicaba que guardase silencio y que se ocultasen.
Parecía una gran acumulación de monstruos gelatinosos, pero entre aquellos monstruos de gelatina, uno parecía distinto al resto… era como si brillase ligeramente, y parecía tener alas… Pero no irradiaba bondad como los hechizos de la Luz…
– Mira. – le dijo Balthimor tratando de no alzar la voz – he oído hablar de ese monstruo, es una especie de monstruo de gelatina, pero más grande, fuerte y peligroso. Bastantes viajeros han caído engañados por esa apariencia angelical, pero es todo farsa. – Desenvainó su espada con cuidado de no hacer ruido, y comenzó a acercarse. – ¡Cúbreme! – Dijo mientras se lanzaba sobre aquella marabunta gelatinosa que enseguida se le echaron encima intentando devorarle.
Taisa lanzó rápidamente algunos hechizos de potenciación y comenzó a lanzar sanaciones a Balthimor, que peleaba con ánimo contra aquellas bestias que le atacaban con fiereza, pese a su aspecto inofensivo.
Se libró bastante rápido de los pequeños, y se centró en el angel viscoso, pero, como de la nada, aparecieron más monstruos lanzándose sobre él, repitiéndose lo mismo varias veces. Alguno intentó atacar a Taisa, que se deshizo de ellos a bastonazos para poder seguir lanzando hechizos, ya que aquel falso angel atacaba con fuerza.
La lucha duró bastante. Realmente era el monstruo más duro con el que se habían enfrentado hasta el momento, pero con la fuerza y destreza que Balthimor había adquirido, sumado a la rapidez, potencia y precisión con que Taisa recitaba sus hechizos, pudieron acabar con él, con la última estocada el monstruo se desintegró.
Balthimor rebuscó entre los restos gelatinosos. Allí encontró algunos objetos, y una túnica muy hermosa y se la ofreció a Taisa.
– Toma, te será útil. – Miró la túnica, y continuó, con una sonrisa divertida. – Eso sí, tendrás que lavarla antes.
Se miraron el uno al otro, y se echaron a reír al darse cuenta de que ambos tenían los pies, las manos y las armas cubiertos de aquella viscosa gelatina por la pelea. Y decidieron volver al río a asearse. Y allí se sentaron al borde del río, observando el bosque con los pies en el agua, lo que era muy agradable dado el calor y el esfuerzo de la batalla.
De pronto, el fuerte resonar de unas campanas rompió aquel pacífico momento, haciendo que miles de pájaros asustados levantasen el vuelo desde los árboles de los alrededores.

Tras unos instantes, descubrieron que provenía de la torre de la catedral, donde las campanas bailaban inundando todos los bosques circundantes con su alegre sonido.
– ¡Oh! Debe ser una boda – dijo Balthimor – por lo que sé hace muchísimo tiempo que no se celebraba ninguna en la catedral. ¡Vayamos!
Taisa se vio de nuevo arrastrada por el ímpetu del muchacho, que agarró su mano para correr a la capital. Apenas dándole tiempo para sacudir el agua de sus pies y calzarse sobre la marcha. La verdad es que tenía curiosidad, porque nunca había asistido a una boda.
Llegaron a toda prisa, viendo como casi toda la ciudad comenzaba a arremolinarse alrededor del templo. Escabulléndose entre la gente consiguieron entrar y hacerse hueco en un rincón de la iglesia, donde ya esperaba mucha gente, todos bastante emocionados.
Había un chico trajeado que esperaba junto al altar, visiblemente nervioso. ¡Incluso había un dios presente para oficiar la ceremonia!
Se hizo el silencio, y todo el mundo se giró hacia la puerta, donde apareció una muchacha toda arreglada, con un precioso y pomposo vestido de tul y gasa de color rosa pálido. Se escucharon algunos suspiros y «¡Oooh!” entre los asistentes. Realmente estaba muy linda.
La ceremonia estaba siendo muy bonita. A Taisa le pareció lo más romántico que nunca había visto, y su corazón palpitaba de la emoción. De pronto notó como Balthimor cogía su mano, le miró, y sus miradas se cruzaron, haciendo que su corazón se acelerase todavía más, y casi le fallasen las piernas. Él lo notó y la abrazó.
Entonces él cogió sus manos, y mirándole a los ojos con una dulce sonrisa, le susurró:
– Puede que algún día seamos tu y yo.
7 – Sacerdotisa
Taisa se levantó apresurada para dirigirse a la catedral aquella mañana. No quería llegar tarde, ya que Balthimor la estaría esperando.
8 – Ahorrando
Taisa siempre había sido una chica bastante cuidadosa con el dinero, y de pocos gastos, la verdad, pero hacía un tiempo que estaba poniendo mucho más empeño en sus ahorros.
9- La Princesita Aventurera
En aquel momento su vida parecía tranquila. Salía a menudo con su esposo, paseaban, cumplían misiones y entrenaban.
Pero también había momentos en que él debía ir a realizar misiones por su cuenta del gremio de guerreros a las que no podía acompañarle.
Igualmente, aunque lo extrañaba, no le daba lugar a aburrirse. También tenía sus encargos, disfrutaba mucho de su trabajo, acompañando a los grupos de aventureros en sus entrenamientos.
Siempre había lugar y demanda de curanderos para los grupos.
Aunque de normal casi todo el mundo iba a los mismos lugares. Buscando sitios cercanos, donde entrenar fácil y conseguir experiencia rápido. Todos tenían prisa por lograr adquirir la experiencia suficiente para que les dejasen acudir a misiones más avanzadas, y obtener el siguiente rango…
Pero aquello era aburrido. Repetitivo y siempre igual…
Y en eso había algo en que se diferenciaba Taisa… Y es que a ella le encantaban las aventuras, y salirse del camino establecido. Hacer cosas nuevas. Explorar y visitar cualquier remoto lugar que escuchase mencionar.

No importaba lo lejos, o lo difícil que pudiera ser, le fascinaba descubrir todos esos lugares, ver nuevos paisajes, encontrar criaturas diferentes, conocer más gente… Y eventualmente encontraban lugares muy interesantes a los que luego más gente quería ir.
Por ello, muchos querían ir de aventura con aquella pequeña sacerdotisa que siempre estaba dispuesta a donde otros no querían. Además de ser muy habilidosa como curandera. La buscaban frecuentemente para ese tipo de expediciones.
Y así la acabaron llamando, la princesita aventurera.
10 – El paladín y las guerras de clanes
Entre todas las misiones que realizaba, iba creando lazos y amistades finalmente.
Algunos amigos fueron muy importantes para ella.
Entre ellos, conoció en una ocasión a Vand. Un paladín solitario, que solía ir a entrenar por su cuenta, también ávido de aventuras.

Sin embargo un día coincidieron y decidieron viajar juntos. Desde entonces se fueron haciendo amigos, y a menudo se perdían por zonas alejadas, para entrenar, deshacerse de criaturas malignas o simplemente explorando.
Una tarde estaban descansando tras acabar con un gran número de criaturas hostiles, cuando él observando el cielo empezó a levantarse apurado.
— Debo irme… La guerra de clanes empezará pronto. Y mi clan me reclama mi presencia… — Pensó por un momento y enseguida añadió — ¿Te gustaría venir? Tu ayuda sería bien recibida.
Ella le miró sorprendida ya que aunque algo había escuchado, no sabía mucho sobre ello. En numerosas ocasiones le habían dicho de acudir ya que obviamente los curanderos eran muy apreciados. Pero le daba bastante miedo en realidad. Sabía que había mucha gente, y que era peligroso.
Entonces le pidió que le explicase bien de qué trataba aquello.
La guerra de clanes
En la ciudad, se organizaban semanalmente unas batallas de entrenamiento entre clanes. La guerra de clanes le decían, y todos se esforzaban por participar.
Era uno de los objetivos de muchos habitantes del reino, ser lo suficientemente fuertes y resistentes para poder entrar a los campos de batalla.
Allí, peleaban por conquistar unos castillos, que quedarían bajo la custodia del clan vencedor. Para ello debían romper el Cristal sagrado que se encontraba en lo más profundo de cada castillo.
Y además, recibirían tesoros del castillo conquistado.
La princesa quedó pensativa ante toda la información. Sonaba realmente a que era algo importante… Y ella se sentía insignificante como para marcar una diferencia en algo así.
Tampoco quería comprometerse con un clan, era algo que le preocupaba en verdad.
— Está bien, te ayudaré… — Le dijo. — Iré y cuidaré de ti. Pero no me quiero unir al tuyo ni a ningún clan…
Y así fue, con algo de riesgo, se acercó con él hasta aquel lugar. El bullicio era inmenso. La gente corría por todos lados, hacia los castillos o en retirada para recuperarse y regresar.
Estuvo encargándose de sanar a Vand siempre que necesitaba, mientras que se lanzaba a la batalla y él a su vez cuidaba que no la dañasen. Y la verdad… es que fue divertido.
Por lo que de ahí en adelante, intentó empezar a participar…
11 – Nuevos amigos
Se volvió habitual el que la joven princesa acudiera con su amigo Vand a apoyar en las batallas de clanes. Él pertenecía a uno de los clanes más poderosos e importantes del reino. Realmente era un paladín admirable, que protegía a sus compañeros y a su amiga de forma sorprendente.
Allí también empezó Taisa a hacerse conocida, e hizo más amigos.
La otra sacerdotisa

Entre ellos, estaban otra sacerdotisa que conoció que también iba sola, un poco más joven. Su nombre era Clara.
Se hicieron muy amigas, ella también iba por su cuenta a ayudar a las batallas.
Además también se apuntaba a explorar lugares nuevos, y conseguían entre las dos formar numerosos grupos de aventureros para expediciones a lugares lejanos y peligrosos.
El sabio Román
Otro peculiar personaje que conoció fue a Román. Un sabio que también gustaba de aventurarse en las expediciones que realizaban.
Los sabios eran muy valiosos, por su escasez y los hechizos de regeneración de maná que utilizaban.
Y Román era un hombre muy alegre, que enseguida contagiaba a todos con su entusiasmo.
Pronto hicieron buenas migas, llegando a confesarle sobre sus orígenes.
Él siempre tenía buenos consejos, y siempre podía contar con él.
————
Por otra parte Baltimore cada vez estaba más ocupado, y además no le gustaban esas batallas. Por lo que no lograban verse demasiado.
Así que al menos junto con Clara y sus nuevos amigos, siempre tenía algo para hacer y no sentirse sola.
12 – Joy Adventurers
Las peticiones para unirse a clanes se acumulaban. Todos querían la ayuda de aquellas jóvenes sacerdotisas dispuestas a ayudar en las guerras de clanes.
Pero la princesa no estaba convencida sobre aquello por alguna razón. Por lo que le habían contado, de algunos clanes, temía las responsabilidades que acarrearía, la obligación de acudir a las guerras, entrenamientos más duros y aburridos. Y también el no poder seguir realizando sus expediciones y aventuras…
Después de mucho pensarlo, y apoyada por su amiga tomó la decisión: Fundaría su propio clan.
El sabió «Román también le dijo: Yo te seguiré, princesa. Dónde quiera que vayas, podrás contar conmigo«.
Uno de sus amigos le regaló el objeto que se necesitaba para la fundación de un clan… Un cristal dorado. Era el pago necesario para ello, y que se obtenía en una gruta de no muertos.
Habían ido allí en ocasiones a entrenar, pero no era sencillo conseguirlos.
Finalmente, tenía uno en sus manos.
Ahora sólo quedaba realizar la inscripción para que lo que necesitarían un nombre…
Tenía claro lo que quería: Formar un grupo donde pudiera unir a esa gente con un espíritu aventurero como el suyo. Con ganas de recorrer el mundo.
Y que lo más importante fuese la diversión.
Así es como nació el clan de Joy adventurers. No eran muchos, al principio apenas Clara y Román… Pero juntos vivirían montones de aventuras, recorriendo todos los rincones de Mideralia.

13 – Primera vez en el mar
Era un día soleado, el buen tiempo veraniego. Baltimore estaba de vuelta por unos días y se levantaron temprano con ganas de salir a hacer algo en aquel día.
Todavía quedaba mucho por mejorar y aprender. Los grupos estaban desde primera hora ya preparándose.
— Hoy iremos a la playa… a entrenar. — Dijo Baltimore.
Ella se quedó sorprendida, pero era algo que había escuchado. Y ahora estaba listos para ir a aquel lugar.
Tras un camino algo largo desde la ciudad, avistaron la costa. El sol se reflejaba en la arena e hizo que tuviera que cubrirse los ojos con el brazo brevemente hasta acostumbrar la vista.
Era una playa bastante bonita. Algunas ruinas y escaleras de alguna antigua construcción se percibían cerca de la orilla, en una ladera cubierta con vegetación.

Habían encontrado un buen grupo. No era difícil ya que mucha gente iba allí. Era un lugar dónde iba la gente experimentada a menudo. Había grandes cantidades de focas furiosas y agresivas. Era un lugar ideal para entrenar y mejorar las habilidades.
Lo frecuente era que alguien atrajese a aquellos animales salvajes, mientras los magos creaban oleadas de hielo y fuego para librarse de ellas. El trabajo de los curanderos era mantener a todos en buena condición, y proteger a los magos.
Sin embargo era bastante estresante en ocasiones. Había que estar pendiente continuamente de todos, y de que ninguna foca perdida le atacase.
Por suerte su mascota Cosita se encargaba de recoger montones de objetos sin parar. Por lo que era bastante lucrativo.
Aquel lugar se convirtió en un habitual en sus rutas… Aunque como solía ocurrir, se le hacía algo aburrido ir al mismo lugar una y otra vez.
Por ello trataba de también seguir buscando sus grupos para explorar más lugares. Entrenar no lo era todo para ella.
14 – Los aventureros se reúnen
La vida continuaba en Pontiveia, capital de Mideralia. La joven sacerdotisa continuaba sus entrenamientos.
Cada vez era más reconocida en todos lados, por su disposición a ayudar siempre, por su pequeño clan aventurero y por su participación en las guerras como apoyo con su pequeño clan.
15 – La alianza
El pequeño clan de aventureros continuaba sus aventuras, y también su participación en las guerras de clanes se hacía más frecuente.
No todos los miembros del clan participaban. Algunos precisamente se refugiaban en aquel pequeño clan para evitar tener que participar.
Pero quienes querían trataban de pasar un buen rato y aprender de la experiencia.
Poco a poco fueron conociendo más gente. Entre ellos, se fueron haciendo cercanos a clanes más pequeños también. Intentaban apoyarse mutuamente… Y finalmente surgió la opción de formar una alianza.
Los líderes de los 4 clanes se reunieron y firmaron un tratado. Aquello sería el inicio de una nueva etapa para el pequeño clan, haciéndose más presente en las batallas. Aunque también sería causante de conflictos.

La primera decepción fue el abandono de Clara, la otra sacerdotisa. Pronto vio que aquellos clanes no tenían muchas posibilidades en las batallas, y optó por irse a un clan mayor que mantenía un castillo por lo que podían lograr más riquezas.
Fue un golpe duro, pero no desanimó a la princesa aventurera, que dirigía junto con los otros líderes las incursiones a las guerras de clanes y ataques a los castillos. Contaban con que no lograrían mucho, pero al menos lo intentaban.
Y así continuaba la rutina, entre los entrenamientos, las expediciones y las batallas de clanes.
16 – Obligaciones y despedidas
A pesar de haberse casado hacía tiempo, la relación entre Taisa y Balthimor siempre fue complicada a medida que ambos crecían y tomaban relevancia en sus respectivas profesiones.
Durante un tiempo convivieron alojados en una habitación de la posada de la capital. Pero casi siempre estaba vacía, ya que las obligaciones de ambos hacían difícil coincidir. Siempre había ocupaciones que atender: misiones que realizar, grupos a los que acompañar, heridos que sanar, estudios que continuar…
Además, Balthimor prefería seguir entrenando y aceptar más misiones cuando tenía tiempo libre. Pero cada vez tenía menos tiempo, y más responsabilidades, desde que se había ordenado como cruzado.
Y cada vez coincidían menos.
Aquella tarde le pidió a Taisa que se encontraran en la posada.
Cuando estuvieron a solas, se hincó de rodillas ante ella. Tenía un gesto entristecido. Allí le explicó que debía partir en una misión. Pero aquella vez sería lejos, y estaría fuera durante mucho tiempo. Una guerra importante, en tierras lejanas, requería la presencia de paladines.
Taisa lo escuchó en silencio, con el corazón encogido.
Balthimor tomó el rosario entre sus manos.
Se despidieron sin saber cuándo volverían a verse.
Por suerte, Taisa tenía muchos amigos. Tenía su clan, sus responsabilidades y personas que la querían. No estaba sola. Pero aun así se sintió profundamente entristecida, y en muchos momentos lo echó en falta.
Sin embargo, no podía quedarse anclada en la tristeza. Había demasiadas cosas que atender, demasiada gente que contaba con ella.
Así que continuó adelante.
17 – Oráculo de los dioses y la innombrable
Con el tiempo, Taisa continuaba siendo de gran relevancia en Mideralia.
Desde el momento en que Taisa fue en busca de los dioses para su matrimonio, frecuentaba los templos.
A menudo había logrado comunicarse con los dioses de nuevo allí. No pasaba inadvertida la joven sacerdotisa entre algunos de ellos, por su bondad y por estar siempre dispuesta a ayudar.
Era frecuente que se comunicasen con ella. Y también que otros fueran a buscarla por su afinidad con los dioses, para lograr su intermediación.
Una de aquellas diosas era ella… La que, por circunstancias, terminaría siendo la Innombrable y cuyo nombre quedaría borrado de todo lugar.
Era una diosa de gran belleza, con largo cabello plateado y que causaba la admiración de muchos. Su carácter amable y su bondad eran bien conocidos, y también muchos habían acudido a ella.
Con el tiempo, Taisa y ella forjaron una gran amistad también.
En determinado momento, los mismos dioses le dieron reconocimiento a Taisa. Uno de los dioses mayores se apareció frente a ella.
—Serás oficialmente el oráculo de los dioses. Serás el nexo entre los habitantes de Mideralia y nosotros.
Aunque aquella cercanía con los dioses no evitaría lo que estaba por suceder…
18 – Las hermanas
Una noche aparecieron en la ciudad dos jóvenes, apenas poco más que unas niñas.
Llegaron con una intención muy clara: encontrar a su hermana mayor.
Después de estar preguntando, y debido al gran parecido y lo reconocida que Taisa era ya en la capital de Mideralia, no tardaron en dar con ella.
Cuando las vio quedó sorprendida, ya que era lo que menos hubiera esperado.
—¿Mis hermanas? —preguntó aún extrañada después de la historia que ellas le contaron.
Tras el paso de los años, los reyes de Gallaecia tuvieron dos hijas más.
La segunda, Indhara, era una niña algo introvertida y seria. De carácter frío y distante. Posiblemente al haber crecido sus primeros años con el temor de sus padres a perderla también y haber nacido a la sombra de su hermana ausente.
Cuando la pequeña Rachel nació, fue cuando por primera vez llegó algo de calidez a su vida, y se prometió cuidarla siempre.
Pero ambas sabían que ninguna de ellas estaba destinada a heredar aquel trono. Ni tampoco lo querían. Ambas hablaban por las noches desde que eran muy pequeñas, se preguntaban cómo sería su hermana mayor. Deseaban realmente conocerla. Se imaginaban lo sola que debía de sentirse habiendo crecido fuera de su hogar. Y se prometieron que irían a buscarla.
Cuando tuvieron una edad razonable, consiguieron el permiso. Y dirigieron sus pasos siguiendo la información que la sacerdotisa les dio para llegar hasta Mideralia y a Pontiveia.
Sorprendidas por lo diferente de aquella ciudad, estuvieron muy felices de encontrar con facilidad a su hermana.
La abrazaron con fuerza; incluso Indhara cedía ante lo emotivo de la situación.
Pasaron días hablando, poniéndose al día.
Rachel
La pequeña era una joven algo introvertida, dispuesta siempre a ayudar a todos. En algunos aspectos se parecía bastante a Taisa, tanto de carácter como en lo físico, aunque no solía ser tan valiente ni atrevida.
Su decisión fue sencilla: optó por tomar el camino de su hermana mayor, formándose como sacerdotisa de la luz también.
Indhara
Fría, calculadora y algo distante, pero aun así colaborativa y diligente.
Tomó un camino bien diferente. Armándose con unas dagas, se dirigió al gremio de mercenarios donde se formaría en combate cuerpo a cuerpo, infiltración y otras habilidades de moralidad dudosa…
Se ganó el apodo de la princesa de hielo. Pues no le temblaba el pulso al realizar los peligrosos y crudos encargos del gremio de mercenarios y asesinos cuando era necesario.
Amaba sus dagas y entrenar su velocidad y sigilo.
Se convirtió en una de las mejores en infiltración para lograr atacar los castillos.
19 – El primer castillo
Con el tiempo, fueron mejorando en sus ataques. La alianza cada vez estaba más coordinada y los cuatro clanes trabajaban duro para lograr resultados.
Aunque inicialmente no querían tomárselo tan en serio, sentir que cada vez estaban más cerca de lograr una victoria les motivaba a pelear más.
Hasta que finalmente un día lo lograron. Y a partir de ahí las victorias continuaron, no siempre, pero se habían convertido en clanes reconocidos en Mideralia, con lo que la reputación de la princesa aumentaba.
20 – Premonición
Una noche, tuvo una visión. Los dioses se comunicaron por medio de sueños. Fue una visión aterradora de lo que iba a ocurrir…
Pero se le indicó que aún no debía contar nada, sólo debían prepararse.
Se levantó sobresaltada, con los ojos húmedos, y salió de la habitación tratando de calmarse. Pero no era fácil.
Nikita se encontraba allí también, en la casa del clan. Debió despertar al escucharla, ya que tenía un oído agudo.
Se encontró con Taisa hecha un ovillo sentada en un rincón de la cocina, llorando silenciosamente.
—¿Jefa? ¿Qué sucede? —preguntó asustada.
Taisa sacudió la cabeza. No podía decirlo.
Al ver su expresión y la tristeza con que la miró, supo que no quería hablar, y tan solo se sentó a su lado.
Le dolía lo que sabía, lo que iba a ocurrir… y también no poder contarlo aún.
21 – El fin y nuevo comienzo
Finalmente, se hizo público el anuncio. Era el fin. Los dioses habían decidido y era irrevocable.
La codicia de algunos los había llevado a desafiar a los dioses y a conseguir algunas armas y artefactos que no deberían haber llegado a manos de los mortales. Lo que hizo que tomasen una decisión drástica.
Todos deberían comenzar de nuevo. Todo volvería atrás.
Mantendrían sus recuerdos… Pero deberían comenzar sus vidas de nuevo como años atrás.
Era la única forma que veían para deshacer los errores que la ambición de los mortales había provocado.
Taisa reunió a los Joy Adventurers, cuando ya no había necesidad de ocultar lo inminente.
Explicó la situación a quienes aún no estaban al tanto, y con los ojos empañados por la tristeza, ya que no sabían qué sería de ellos ni si todos seguirían allí después, o si tomarían otros caminos, hizo una simple pregunta.
—¿Quiénes seguiréis conmigo?
Preguntó con firmeza la sacerdotisa, con el corazón en un puño.
De entre los presentes, alguien dio un paso al frente.
Vio con cariño a Román, que fue el primero. Tras él, los demás también se adelantaron. Casi todos decidieron continuar, lo que llenó de calidez su corazón.
Perderían todo… pero mientras no se perdiesen ellos, todo estaría bien.
De pronto, una voz conocida la sorprendió.
—Yo también…
Le saltaba el corazón cuando vio a Balthimor. Había regresado, en una de sus visitas.
Lo abrazó y lloró más aún de emoción de verlo.
Sin embargo, estaba molesto. No le gustaba nada aquella situación y lo haría notar.
Se arrancó el rosario del cuello.
—No pienso ser un paladín más. No quiero servir a unos dioses que nos hacen algo así.
Dijo seriamente.
Aquello a Taisa le resultó un conflicto, ya que también tenía aprecio por los dioses que habían sido cercanos con ella. Sin embargo, entendió la decisión de Balthimor y le mostró su apoyo.
Sin embargo… guardó su rosario.
Ahora sólo quedaba esperar lo inevitable.
22 – La nueva líder
El nuevo comienzo fue duro. Perder todo por lo que habían trabajado todos esos años.
Sus clanes, sus pertenencias, incluso algunos amigos quedarían atrás…
Pero estaban determinados a ello.
Al estar listos, fueron todos juntos a buscar el cristal dorado a las catacumbas de los orcos.
Entre todos lucharon contra los innumerables enemigos hasta que consiguieron uno.
Cuando lo tuvieron en sus manos hicieron una fiesta: era momento de fundar de nuevo el clan. Joy Adventurers volvería de nuevo.
Sin embargo, entonces fue cuando Taisa les dio la noticia…
—Ya no seré la líder. He decidido ceder mi lugar a mi hermana Indhara.
La joven avanzó, con su expresión impasible como siempre, pero con determinación.
Aceptó la responsabilidad que su hermana le había ofrecido. Era algo que no se había planteado pero le agradaba la idea.
Aquello pilló por sorpresa a algunos, pero finalmente todos estuvieron de acuerdo.
Entendían las circunstancias de su decisión y las apoyaron en ello. La joven se había convertido en una asesina excepcional, con unas dotes de infiltración admirables. Sería una gran ventaja contar con ella.
Por igual, Indhara se había ganado el respeto de todos, y sabían que sería una buena líder.
Con aquello empezó una etapa de gran gloria para el clan, que junto a sus aliados, hacían grandes avances en las guerras de clanes.
¿Y Taisa? Aunque siguió ayudando en alguna ocasión, decidió tomarse un descanso.
23 – La posada
Taisa aprovechó la oportunidad para tomar un estilo de vida más calmado por un tiempo.
Se dio una circunstancia adicional… La Innombrable también buscaba lo mismo. Alejarse de los dioses tras lo que había ocurrido y llevar una vida normal pasando desapercibida.
Y de algún modo surgió la idea, y entre las dos abrieron una posada.
Allí atendían a los viajeros, recibían a sus amigos, y pasaban largas horas charlando sin más sobre muchos temas.
24 – Desaparición
Un buen día una noticia cambió por completo todo.
Rachel se había marchado.
Tras mucho tiempo a la sombra de su hermana, aunque inicialmente estaba feliz, decidió que quería llevar una vida por su cuenta.
Al principio escribía con frecuencia, contando sobre su nueva vida en otro lugar.
Pero en un momento dado, las cartas dejaron de llegar… Lo que llevó a Taisa y a Indhara a preocuparse.
Después de hablarlo, la primera en marcharse fue Taisa, decidiendo que iría a averiguar qué había ocurrido con su hermana.
25 – El nuevo mundo
Finalmente, decidió partir en búsqueda de su hermana, aunque no descartaba también la posibilidad de saber algo de Balthimor, en el que no había dejado de pensar tampoco, siempre con la esperanza de que regresara.
Una vez en aquel lugar, al que llegó por unos portales, se sentía bastante desanimada. No quería seguir siendo curandera, no se sentía motivada para ello por alguna razón. Quería luchar. Quería ser más fuerte para poder proteger mejor a aquellos que amaba.
Así que decidió tomar el camino del paladín, siguiendo los pasos de su amigo Vand y de Balthimor cuando lo conoció…
Encontró a unos enanos y siguió camino con ellos por un tiempo, hasta que sus caminos se separaron y siguió por su cuenta.
Formó parte de un clan en el que fue líder de paladines, ayudando a otros a formarse en sus habilidades a su vez.
Allí conoció a alguien que por alguna razón le inquietaba. Una joven chamana.
Al tiempo, una pista la llevó a volver al que había sido su hogar en su infancia…
26 – La chamana
Despertó de golpe, sobresaltada. Estaba en las ruinas de un accidente… ¿Qué era aquello?
27 – Recuerdos
Era un día soleado en Pontiveia, y la gente rondaba por las calles, o charlaba sentada en la plaza. El bardo volvía a su casa después de haberse sacado unas cuantas monedas con sus recitales, cuando se fijó en algo bastante inusual… La puerta de la vieja posada estaba entreabierta.
Se sorprendió enormemente… aquella posada llevaba años cerrada. Algo extraño debía pasar, por lo que puso una flecha en su arco y entró sigilosamente a la casa. La poca luz que entraba por las ventanas prácticamente cerradas dejaba ver lo descuidado del lugar; una gruesa capa de polvo lo cubría todo. Dejó abierta la puerta para que entrase algo de luz, y se adentró en dirección a las habitaciones, de donde provenía un ruido apagado. Al pasar por el salón, vio cómo una pesada espada reposaba sobre la mesa, y alzó su arco con algo de temor, mientras entraba a uno de los aposentos.
Una figura arrodillada rebuscaba en los cajones de la cómoda. Al acostumbrarse un poco más los ojos de Nemesio a la penumbra, pudo ver que llevaba una pesada armadura. Apuntó al extraño con algo de temor y tensó el arco mientras conseguía decir:
—¿Q… quién eres tú, y qué andas hurgando aquí?
La figura se quedó parada unos instantes, tras los cuales comenzó poco a poco a girarse para ver quién le hablaba. El bardo bajó poco a poco su arco, sin decir una palabra, mientras al volverse, gracias a la escasa luz que entraba por la puerta, pudo ver de quién se trataba. Aquel cabello negro cual azabache caía sobre la dorada armadura de placas que cubría a la joven, y el pálido y hermoso rostro quedaba al descubierto, mostrando una débil sonrisa al ver al muchacho que contrastaba con los ojos marrones miel en los que se podía leer claramente una gran tristeza.
—¿Taisa? —susurró Nemesio—. ¿De verdad eres tú? ¿Qué haces aquí?
Taisa se levantó del suelo con cuidado, recogiendo algo del cajón de la mesilla de noche donde estaba guardado el rosario de Balthimor.
Arrodillada en el suelo, lo sostenía con fuerza en su mano, y le habló sin dejar de sonreír.
—Nemesio… cuánto tiempo ha pasado… pensé que nunca volvería. Vine… a buscar algo —dijo mirando por unos instantes su mano, y posando de nuevo la mirada en el bardo.
—Por los dioses… ¡me alegro de verte! ¿Dónde has estado, Taisa? La gente ha preguntado mucho por ti.
—Es una historia muy larga…
—Bueno, ya sabes que las historias son lo mío… y no tengo ninguna prisa. —Y a la vez que decía esto, tomaba asiento en el suelo poniéndose cómodo.
Taisa miró alrededor de la polvorienta habitación, y tras sacudir un poco la cama sin mucho éxito, se sentó en ella y comenzó a resumirle lo ocurrido a Nemesio.
—Tuve que irme… no podía quedarme aquí más tiempo, todo me recordaba a Balthimor después de su marcha hacia las lejanas guerras santas, y no llegaban noticias suyas. Y las guerras aquí en Mideralia cada día eran más duras y despiadadas, e incluso nuestros aliados comenzaban a tomar medidas que no me agradaban… Sentía que este ya no era mi lugar.
Cuando me fui… abandoné los hábitos del sacerdocio, y me uní a la Orden de Paladines de la Luz de Azeroth. Como tenía experiencia, continué como sanadora al principio, pero aunque pensaba que era mi vocación, ya no me sentía cómoda con ello.
Tras largas semanas de viaje, llegué a Ventormenta, y allí me asignaron la misión de acompañar a dos cazadores enanos, con los que viajé durante largos meses por todo Azeroth. Mientras tanto, mantenía el contacto vía postal con mis hermanas Indhara y Rachel, que decidieron de nuevo seguir mis pasos y trasladarse a Azeroth.
Cuando llegamos a Península Infernal, los enanos decidieron regresar a Forjaz a visitar a sus familiares, y allí nos despedimos. Yo decidí quedarme allí, ayudando en la batalla contra la Legión Ardiente.
Pero según pasaba el tiempo, cada vez era más consciente de que algo había cambiado en mí. No quería seguir limitándome a quedarme detrás sanando a los luchadores mientras miraba cómo transcurrían las batallas. La ira invadía mi cuerpo, y la incertidumbre de no saber qué había ocurrido con mi amado era cada día mayor y aumentaba aún más mis sentimientos… Y tomé una decisión: regresé a Ventormenta a consultar con mi instructor en la Catedral, y le pedí que me instruyese para la batalla cuerpo a cuerpo, para de aquella forma poder desahogar aquel dolor que me invadía. Y no me arrepiento en absoluto de ello. Fue un entrenamiento duro, ya que mi constitución como curandera era bastante débil, pero me siento mucho mejor desde aquello, y me dio el ánimo suficiente para continuar mi viaje de rumbo incierto.
Y bueno… esto es lo que ha sido mi vida en estos años…
Nemesio la miraba con los ojos como platos.
—Quién lo hubiese pensado, la verdad, Taisa… —sonrió—. Bueno… ¿y cómo que decidiste volver a Mideralia?
—Pues… obviamente vengo de paso… —Su rostro se entristeció—. En realidad vine porque hace tiempo que no sé nada de mi hermana pequeña, Rachel, ya sabes que ella continuó siendo sacerdotisa en la ciudad de los enanos… y me temo que algo malo puede haberle sucedido. Pensé que igual alguien podría saber algo aquí… Pero… —dijo mirando a su alrededor— veo que apenas queda nada ni nadie de lo que conocía. Pasé por delante de la posada, y quise entrar a recordar… y encontré esto…
Y mientras lo decía abrió su mano, dejando ver el crucifijo que llevó Balthimor mientras fue parte del gremio de paladines de Pontiveia.
—Entiendo —respondió Nemesio con un hilo de voz, mientras parecía que intentaba recordar algo—. Ya sabes que muchas noticias vuelan, y que nos llegan muchísimos rumores… Hace tiempo un sacerdote de Forjaz pasó también por aquí, y comentó que la mayoría de ellos habían partido a ayudar al Alba Argenta.
Tras la larga charla, se despidieron, y el bardo quedó observando cómo se alejaba la paladina antes de volver a su casa, llevando con él una nueva historia que contar.
28 – Regreso a Azeroth
Taisa volvía hacia su casa en la ciudad de Ventormenta, dispuesta a prepararse para ir a las tierras de la peste, siguiendo las pistas sobre el paradero de la pequeña Rachel.
Era tarde, y casi todo el mundo dormía, pero el cielo estaba despejado, y aunque la luna no había aparecido, las estrellas daban la suficiente claridad, gracias a la cual pudo advertir que una figura aguardaba a la entrada de su casa. Llevaba una pesada armadura y se encontraba apoyada contra el quicio de la puerta. Aún en la distancia, se veía que no se encontraba muy bien.
Entonces la figura también se giró hacia la paladina, y al verla sonrió, y se dejó caer hasta sentarse con cuidado de no hacer demasiado ruido. Era su otra hermana, Indhara, y efectivamente, estaba herida. Le ayudó a levantarse y entraron en la casa, donde con algunos hechizos de sanación consiguió estabilizarla. Suponía lo que había ocurrido, pero prefería que ella se lo contase.
—Bueno —comenzó Taisa cuando vio que su hermana ya se encontraba mejor—. ¿Qué fue esta vez?
—Ya sabes… Me llamaron para ir a luchar contra esa apestosa Plaga, esta vez en Naxxramas.
Hace tiempo que Indhara se dedicaba a acompañar a grupos de aventureros en la lucha contra todo tipo de enemigos, como mercenaria. Ella aguantaba los golpes mientras el resto del grupo atacaba. A Taisa nunca le pareció demasiado bueno aquel estilo de vida sin un lugar fijo…, pero su hermana era lo suficientemente mayor como para decirle nada, ya que tan sólo empeoraría las cosas.
—Vine porque, bueno, después de tu última carta… Estaba algo preocupada por Rachel, yo tampoco tengo noticias de ella desde hace tiempo.
Continuó diciendo Indhara, algo más seria.
—Aún no sé qué pudo pasarle, pero al menos ya sé por dónde empezar… Pero tengo que intentarlo, ya lo sabes… nunca dejaré de intentarlo… igual que a él…
Taisa luchaba por contener las lágrimas.
—Ya, Balthimor —murmuró Indhara para sí misma.
—Ten mucho cuidado… por favor… si te ocurriese algo a ti también… no sé si podría soportarlo ya.
—Bah —dijo Indhara volviendo a su habitual sonrisa despreocupada—, sabes que te será difícil librarte de mí. Siempre podrás contar conmigo. Esté donde esté… No sé si me quedaré mucho por aquí.
Tras esto, la joven guerrera se levantó, ya mucho mejor. Al contrario que a su hermana mayor, nunca le gustaron las despedidas emotivas, así que enfundó su espada, recogió su escudo y se marchó.
29 – Nostalgia
Durante el largo viaje de vuelta a Dalaran, tras visitar a su hermana, Indhara no paró de dar vueltas a algo en su cabeza.
30 – La búsqueda continúa
La paladina alzó su mirada al cielo, intentando atisbar entre la neblina los pocos rayos de sol del atardecer, en aquel páramo oscuro y desolado.
Era una imagen entristecedora… Las tierras de la peste eran uno de los lugares más deprimentes de los Reinos del Este: pueblos en ruinas, tierra seca y granjas arrasadas y estériles, rondadas por engendros demoníacos y no muertos. Muchos de ellos, posiblemente antiguos habitantes de aquel lugar.
Taisa llevaba mucho tiempo sin pasar por allí, pero todo parecía igual. Estuvo en aquel lugar una larga temporada, haría ya tiempo, ayudando al Alba Argenta en la incesante lucha contra la Plaga.
Arreó su montura y continuó camino a la Capilla de la Esperanza. Al acercarse, notó que sí que había algo distinto cuando vio cómo se oscurecía el cielo, más allá de las montañas, y una enorme necrópolis apareció ante sus atónitos ojos.
Corrió preocupada al encuentro de un antiguo conocido, el duque Nicholas, y él le explicó lo ocurrido.
El rey de los no muertos había atacado con sus tropas. Había sido una batalla feroz donde muchos perdieron la vida…
Pero lo peor era que el rey de los no muertos tomaba los cuerpos de los caídos, y los condenaba uniéndolos a su ejército de caballeros oscuros, perdiendo así todo juicio y voluntad.
Tras oír la historia, Taisa quedó en silencio, aterrorizada, hasta que asimiló lo que acababa de escuchar. Entonces le contó sobre la desaparición de Rachel, y que lo último que sabía sobre ella era que se dirigió a ayudar a la Capilla de la Esperanza. Por eso estaba ella allí, para tratar de averiguar dónde se encontraba su hermana, a lo que Nicholas le respondió:
—Siento decirte que tu hermana sí que estuvo aquí. Escuché su nombre, pero la única persona que podría saber algo más es Ysida, la responsable de los sacerdotes en la Capilla. Seguro que estaba con ella. Pero sabemos que Ysida fue capturada y llevada a la ciudad muerta por el Barón Huesoeterno, un líder de los no muertos, no hace mucho, pero no sé si aún…
Casi antes de que acabase de hablar, aunque estaba claro lo que insinuaba, Taisa ya estaba montando de nuevo en su caballo.
—Iré y haré todo lo posible —le dijo a modo de breve despedida.
Y partió al galope hacia la ciudad muerta, mientras escuchaba ya a lo lejos cómo algunos de los habitantes de la Capilla de la Esperanza le gritaban: “Ten cuidado…”.
31 – La ciudad muerta
Taisa llegó en seguida a las puertas de la ciudad. El aire susurraba entre las ruinas. Tomó aire, y se adentró tras las murallas.
Aquel lugar que hacía años fuera una espléndida ciudad sin nada que envidiar a la grandiosa capital, ahora era un lugar aterrador, lleno de dolor y angustia, cuyo cielo parecía teñido de sangre al reflejo del fuego que la consumía lentamente.
Miles de no muertos pululaban por la demacrada ciudad, y se lanzaban a atacarla con torpe fiereza, en numerosas oleadas. Ella peleaba por quitárselos de encima y avanzar, acabando con ellos sin piedad con su espada y sus hechizos sagrados. Al fin y al cabo, ya estaban muertos, y sus almas perdidas.
Finalmente, llegó al lugar donde se escondía el Barón Huesoeterno, y se encontró frente a frente con aquel oscuro jinete, que la observaba con una sonrisa malévola. De reojo pudo ver una jaula en la que se vislumbraba la figura de una mujer, y aún estaba viva. Había esperanza.
—¡Mira lo que tenemos aquí! Otra enviada del Alba Argenta… ¿Y qué te hace pensar que tú lograrás acabar conmigo, muchacha?
—Si de esta forma logro averiguar qué ocurrió a mi hermana, mi espada será lo último que veas —dijo Taisa, empuñando con fuerza su espada, mientras comenzaba a cargar contra él.
Huesoeterno se preparó para el ataque, y comenzaron a luchar espada contra espada. Al parar uno de los golpes de la paladina, se quedó unos segundos mirándola mientras empezaba a reírse, cosa que aprovechó Taisa para asestarle un fuerte golpe en el brazo.
—Así que… la pequeña Rachel era tu hermana… eeeh… jejeje.
—¿¡Qué sabes de ella!? ¡Habla! —gritó arremetiendo de nuevo contra él.
—Aaah… Aquella jovencita… Jejeje… No te preocupes, ya ha muerto.
—¡Mientes! —Los ojos de la muchacha comenzaron a empañarse, pero sobre todo su reacción fue golpearle con aún más fuerza.
—En parte sí —se burlaba a duras penas, a punto de desplomarse—. Y en parte no… ella murió, pero era del agrado de mi Señor, y Él la tomó para formar parte en su lucha. Así que dudo que logres encontrarla…
Taisa ya no necesitaba escuchar más, y supo que aquel ser tampoco sabría mucho más, y con las lágrimas ya cayendo por sus mejillas, le asestó el golpe final con toda la rabia que contenía su corazón.
Con la mirada perdida, se acercó hasta la jaula y rompió la cerradura con un golpe de la empuñadura de su espada, tras lo cual se desplomó de rodillas en el suelo, con la mirada perdida.
La mujer salió de la jaula, y sin decir nada más, se quedó a su lado, posando una de sus manos sobre el hombro de Taisa, mientras murmuraba oraciones de sanación, recuperando al menos los daños físicos de la paladina.
Taisa no sabía cuánto tiempo pasó hasta que pudo ser consciente de lo que la rodeaba de nuevo. Había dejado de llorar, aunque aún se percibía claramente el surco de las lágrimas en sus mejillas.
Se giró hacia la mujer, que se encontraba sentada a su lado.
—¿Ysida?
—Sí, pequeña —dijo la mujer, con dulzura—. Muchas gracias por rescatarme.
—Mi… hermana…
—Sí, sé quién es. Se parece mucho a ti. Estuvo conmigo, es una chica adorable, y muy fuerte…
Se le quebraba un poco la voz al explicarle.
—Lo lamento… Ella… no está muerta… Pero tampoco viva.
Taisa quedó congelada ante tal revelación. Entonces… Ahora era una de los caballeros no muertos. Se llevó una mano a la boca ahogando un sollozo, cayendo de rodillas al suelo entre lágrimas. Su hermana… ¿Cómo podía haberla perdido de aquel modo?
La mujer la consoló por un buen rato, hasta que, al sentirla más calmada, Ysida se levantó y le tendió la mano a Taisa para ayudarla a levantarse.
—Ahora, salgamos de aquí cuanto antes, que este sitio es horrible.
Taisa hizo el viaje de vuelta callada y pensativa.
Al menos había descubierto qué le había ocurrido a Rachel, y por qué no había tenido noticias de ella… No tenía muy claro qué podría hacer ahora. Pero sabía que no iba a dejar aquello así…
Sólo de pensar que su hermana… o más bien lo que quedaba de ella, estaba siendo utilizado para tan crueles propósitos y dañar a otros hacía que se le humedecieran los ojos de nuevo.
Sacudió la cabeza. Debía ser fuerte. Encontraría la forma de liberarla… De un modo u otro.
32 – Reunificación
En la búsqueda de más información sobre lo ocurrido, y para averiguar si podía lograr salvar su alma al menos, Taisa llegó ante el gran espíritu.
33 – El rey de los no muertos
Decidida, Taisa, ahora de nuevo siendo una sola con la parte de su alma que había sido Bastet, se dirigió a la región donde el castillo de la oscuridad se erguía.
34 – Adiós
Había pasado años tras aquello vagando por el mundo. Ayudando a todos los que se ponían en su camino. Tratando de organizar su mente una vez que todo había acabado. Sabía que había algo más que debía hacer. Era hora.
1 – Llegada a Occidente
Una clara mañana, bajo el cálido sol cercano al mediodía, estaba a punto de acontecer algo extraño.
A las afueras de aquel imperio, un portal de intensa luz azul, de unos tres metros de diámetro, apareció en mitad de un descampado formando espirales de maná. Tras unos segundos, una figura femenina comenzó a perfilarse entre la luz.
Una mujer emergió de él portando una armadura dorada y una gran espada a dos manos. Mantuvo los ojos cerrados hasta sentir que había llegado a su destino. No había escogido un lugar concreto; simplemente había dejado que el universo dirigiera sus pasos.
El cabello azabache se arremolinaba alrededor de su rostro por efecto de la energía del portal. Lo apartó con una mano y, finalmente, abrió los ojos.
A su espalda, el portal comenzó a desvanecerse hasta desaparecer por completo apenas unos instantes después.
Bastet miró a su alrededor. Parecía encontrarse en mitad de un campo. A no mucha distancia se distinguía una ciudad y, más allá de ella, lo que parecía ser un gran palacio.
Sonrió ligeramente. Siempre le había agradado conocer nuevos lugares y aquel, sin duda, lo era.
—Bien… Veamos qué lugar es este. Lo primero será presentarme ante sus regentes.
Comenzó a caminar con paso firme en dirección a la ciudad.
Después de haber recorrido tantos lugares durante sus viajes, conocía suficientemente bien aquel tipo de protocolos. Antes de instalarse o decidir siquiera cuánto tiempo permanecería allí, lo adecuado era presentarse ante quienes gobernaban aquellas tierras.
Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que su llegada no había pasado inadvertida.
La aparición de una abertura mágica de semejante tamaño había alertado al imperio. El capitán de la guardia, acompañado por varios soldados, acudió rápidamente al lugar para averiguar qué había sucedido. Entre ellos se encontraba también un mago, que había percibido la alteración de maná provocada por el portal.
Bastet distinguió al pequeño grupo acercándose antes de alcanzar la ciudad. Algunos de los guardias mantenían las armas preparadas, aunque ninguno parecía dispuesto a atacar sin motivo. El hombre que iba al frente daba órdenes con naturalidad y parecía estar al mando.
El mago fue el primero en dirigirse a ella.
—Sea bienvenida al Imperio de Occidente, señorita.
Bastet se mostró algo sorprendida por semejante comitiva de recibimiento, pero enseguida adoptó una posición firme, casi militar. Juntó los talones, haciendo resonar ligeramente las placas de su armadura, y apartó la mano de la espada para dejar claras sus intenciones. Después llevó la mano al pecho en señal de respeto.
—Gracias por su bienvenida.
Dirigió una mirada al hombre que parecía liderar a los soldados y después al resto. Algunos continuaban algo a la defensiva, algo que podía comprender después de haber aparecido sin previo aviso mediante un portal en mitad de sus tierras.
—Mi nombre es Bastet. Paladina y sacerdotisa de la Luz. Soy una aventurera buscando un nuevo rumbo en mi vida. ¿Serían tan amables de indicarme dónde me encuentro y cómo podría presentarme formalmente ante quien regente este lugar?
Su tono se mantuvo tranquilo. No pretendía causar conflicto alguno y quería dejarlo claro desde el principio.
El capitán terminó por ofrecerse a guiarla hasta el palacio.
—Por favor, se lo agradezco.
Bastet inclinó levemente la cabeza y comenzó a seguirle. Mientras avanzaban aprovechó para observar los alrededores y también a quienes la acompañaban. Uno de los guardias llamó especialmente su atención: permanecía en silencio y llevaba los ojos vendados bajo el casco, aunque no consideró apropiado preguntar por ello.
En cambio, sí se dirigió al hombre que iba al frente.
—Usted es el líder, ¿verdad? Si no es indiscreción preguntar antes de que lleguemos ¿Cree que sería factible trabajar con ustedes, si sus majestades lo aprueban?
La idea había surgido casi de manera natural. Había llegado buscando un nuevo rumbo y, aunque apenas conocía aquel imperio, la posibilidad de volver a servir y proteger a otros le resultaba familiar.
Durante el trayecto cruzó la ciudad observando con curiosidad sus calles y habitantes hasta que finalmente llegaron al palacio.
La estructura le sorprendió. Resultaba más moderna que otros palacios que había conocido y estaba profusamente decorada. Siguió al capitán por su interior hasta llegar a la sala de audiencias.
Antes de entrar, él se detuvo.
—Solo… sin ánimo de molestarla, ¿sería tan amable de entrar desarmada? Durante las audiencias con sus majestades los invitados no tienen permitido portar armas.
Bastet no puso objeción. Desenvainó su gran espada con cuidado y se la entregó como si se tratase de un objeto frágil.
—Por supuesto.
El capitán la recibió con el mismo cuidado y Bastet quedó a la espera de que le indicaran cuándo podía avanzar.
Aquel día los dos emperadores se encontraban atendiendo audiencias. Cuando llegó su turno, uno de los secretarios hizo una señal y Bastet recorrió el pasillo central con paso firme y erguido. Su armadura resonaba a cada paso en el silencio de la sala.
Percibió algunos murmullos a su alrededor, seguramente provocados por su apariencia y por aquella armadura tan distinta a las de los habitantes del lugar, pero no prestó atención.
Al llegar frente a los monarcas, clavó una rodilla en el suelo y bajó la cabeza.

El emperador la observó durante unos instantes antes de hablar.
—Bienvenida a Occidente. Puede presentarse y explicar qué la trae hasta aquí.
Bastet levantó ligeramente la mirada, aunque permaneció arrodillada.
—Sus majestades, vengo a presentar mis respetos ante ustedes. Recién he llegado a estas tierras. Mi nombre es Bastet Vagalume y he viajado por diversos lugares, llegando casualmente hasta aquí en busca de un nuevo lugar donde residir y nuevos objetivos.
Apretó el puño contra el pecho.
—Quería pedir, si fuera posible, que me aceptasen en su guardia y poder servir al imperio.
El emperador guardó silencio durante unos momentos. Bastet esperaba sin moverse, consciente de que acababa de solicitar un puesto en la guardia de un reino al que había llegado hacía apenas unas horas.
Finalmente, él sonrió.
—Acepto su solicitud de buen grado.
Buscó al capitán con la mirada.
—Capitán, encárguese de buscarle alojamiento en la zona de reclutas y de que pase las pruebas completas. Todas. Tengo una tarea que quisiera encomendarle si logra superarlas.
Después hizo un gesto a Bastet indicándole que podía levantarse.
—Lady Bastet, bienvenida a Occidente. Espero que se encuentre cómoda aquí.
La paladina sonrió agradecida y volvió a ponerse en pie. Juntó los talones y llevó nuevamente una mano al pecho antes de inclinarse respetuosamente.
—Gracias por la oportunidad, su majestad. Espero no defraudarlo.
Hizo también una reverencia hacia la emperatriz.
—Su majestad.
Al girarse reconoció al hombre que la había acompañado desde las afueras. Efectivamente, sus sospechas habían sido correctas: aquel era el capitán de la guardia.
Bastet había llegado a aquellas tierras sin saber siquiera su nombre, dejando al azar el destino de su viaje.
Ahora, apenas unas horas después, tenía un lugar donde quedarse, unas pruebas que superar y, quizá, un nuevo propósito que descubrir.
2 – Una tarea importante
Después de la audiencia, el capitán acompañó a Bastet hasta la sala de la guardia. Allí le mostró las instalaciones y las habitaciones destinadas a los reclutas, indicándole que podía instalarse en una de las que se encontraban libres.
—Gracias, capitán. Entendido.
Bastet dejó sus escasas pertenencias en la habitación que le habían asignado. Después de un viaje tan inesperado y de una jornada que había terminado de una forma que difícilmente habría podido prever aquella mañana, decidió descansar.

Al día siguiente se aseó, volvió a vestir su armadura y salió en dirección al lugar donde debía realizar las pruebas de ingreso.
El emperador había sido muy claro: tendría que superar las pruebas completas antes de ser aceptada formalmente en la guardia.
Bastet no sabía todavía qué tarea tenía pensada para ella, pero aquello no hacía sino despertar aún más su curiosidad.
Durante los días siguientes completó las pruebas exigidas a los nuevos miembros de la guardia. No era la primera vez que se sometía a entrenamientos de aquel tipo. Había pasado buena parte de su vida combatiendo, viajando y protegiendo a otros, de modo que se tomó el proceso con seriedad y disciplina.
Finalmente recibió la confirmación que esperaba: había sido aceptada.
Entonces fue llamada por el emperador.
Cuando llegó a la sala, Bastet acudió sin saber exactamente qué esperaba de ella. Al acercarse, sin embargo, comenzó a escuchar cierto revuelo.
—¡Que su primera tarea sea atraparme!
La princesa intentó salir corriendo, pero uno de los guardias presentes le cortó el paso antes de que pudiera llegar demasiado lejos. Entre protestas y miradas de resignación, el emperador terminó llamando a Bastet.
—Dame Bastet, venga aquí, por favor.
La paladina se acercó algo confundida.
—¿Su majestad me llamó?
—Sí, Dame Bastet. Desde ahora, y considerando que ha superado las pruebas pertinentes, se encargará de vigilar y proteger a mi hermana.
La reacción de la princesa fue inmediata. Negó desde donde estaba, visiblemente poco conforme con aquella decisión.
—No puede ser…
Bastet miró primero al emperador y después a la joven pelirroja que acababa de intentar escapar. Así que aquella era la tarea especial que había mencionado durante la audiencia.
El emperador dirigió a su hermana una mirada seria, aunque parecía contener cierta satisfacción.
—Te lo avisé. Igualmente es tarde. Ya hablaremos.
La princesa resopló con resignación.
—Pues ya qué…
—Te dije que no tendrías opción.
Bastet decidió mantenerse prudentemente al margen de aquella pequeña discusión familiar. Se acercó hasta la princesa y, al llegar frente a ella, se arrodilló clavando la espada en el suelo.
—Su alteza, me pongo a su servicio para protegerla, tal como se me ha indicado.

La joven había estado mirando al suelo con evidente disgusto. Finalmente alzó un poco la vista hacia Bastet, suspiró y terminó asintiendo.
—Entiendo…
No parecía especialmente entusiasmada con la idea, pero Bastet se limitó a aceptar la situación con profesionalidad. Su deber era cumplir las órdenes recibidas, aunque empezaba a sospechar que proteger a la hermana del emperador quizá no sería una tarea tan sencilla como había imaginado.
Entonces algo llamó brevemente su atención. Una sensación fría, un ligero siseo apenas perceptible y, durante un instante, la impresión de haber visto una sombra fuera de lugar. Bastet conocía demasiado bien aquella sensación: Vacío.
Palideció apenas un momento y recorrió discretamente la estancia con la mirada, sin encontrar nada concreto. Tal vez no fuera más que una impresión, pero decidió no ignorarla.
El capitán, que se encontraba cerca, pareció notar su inquietud.
—Dama Bastet, ¿ocurre algo?
Ella asintió con discreción.
—Sí, capitán… Me gustaría hablar con usted después.
—Claro. En mi despacho, si lo desea.
Bastet volvió la atención hacia la princesa.
—Capitán, iré en cuanto sea posible. Su majestad el emperador me ha encargado también cuidar de su alteza.
Respondió ya algo más calmada, aunque aún lanzó una última mirada alrededor.
Había llegado a Occidente buscando un nuevo rumbo y, pocos días después, ya formaba parte de la guardia y tenía una responsabilidad muy concreta: proteger a la hermana del emperador.
Por la expresión de la princesa, aquella misión prometía ser bastante menos tranquila de lo que parecía.
3 – Cuestión de paciencia
Proteger a la hermana del emperador había parecido, al menos en un principio, una tarea bastante clara.
Bastet tenía experiencia de sobra protegiendo a otras personas. Había pasado buena parte de su vida luchando, viajando y asumiendo responsabilidades mucho más peligrosas. Lo que no había previsto era que su principal dificultad no estaría en enfrentarse a una amenaza, sino en conseguir que su protegida permaneciera el tiempo suficiente en el mismo lugar y no perderla de vista.
La princesa no estaba precisamente satisfecha con la decisión de su hermano.
Aunque Bastet trataba de mantenerse a una distancia prudente y no interferir más de lo necesario, la joven parecía aprovechar cualquier oportunidad para esquivarla. Bastet procuraba tomárselo con paciencia. Al fin y al cabo, no había sido la princesa quien había pedido tener una guardia siguiéndola a todas partes.
Eso no cambiaba, sin embargo, las órdenes que había recibido.
Su trabajo era protegerla.
Y para hacerlo necesitaba, como mínimo, saber dónde estaba.
Una mañana llevaba ya un buen rato esperando cerca de los aposentos de la princesa. Se mantenía atenta a cualquier movimiento mientras, inevitablemente, su mente volvía también a otros asuntos que la preocupaban.
Seguía pensando en aquella extraña sensación que había percibido poco después de recibir su nueva tarea. Una presencia familiar, una energía que le recordaba demasiado al Vacío y que no terminaba de encajar con nada de lo que había encontrado hasta el momento.
También tenía pendiente una investigación relacionada con un robo ocurrido recientemente.
Demasiadas cosas daban vueltas por su cabeza, aunque Bastet intentaba separar cada problema y atender primero a lo que tenía delante.
En aquel momento, eso significaba esperar a la princesa.
No era exactamente la clase de misión que había imaginado cuando llegó a Occidente.
Aun así, permaneció allí.
Con paciencia.
O al menos con toda la paciencia que era capaz de reunir.
No sería la última vez.
Otro día acudió a los aposentos de la princesa y descubrió que no estaba.
Bastet se quedó unos segundos observando la habitación vacía antes de soltar un suspiro.
—Otra vez…
No necesitó mucho más para comprender lo que había ocurrido.
Comenzó a recorrer los pasillos del palacio, revisando los lugares que conocía y aquellos en los que pensaba que podría haberse refugiado. De vez en cuando se detenía para observar mejor alguna estancia o buscar a alguien a quien preguntar.
Intentaba no alarmarse.
La princesa probablemente se encontraba perfectamente bien.
Probablemente.
Pero eso no significaba que Bastet pudiera limitarse a esperar a que regresara por su cuenta.
Habían puesto su seguridad bajo su responsabilidad y pensaba tomárselo en serio, aunque su protegida no pareciera demasiado interesada en facilitarle el trabajo.
Recorrió nuevamente uno de los corredores, mirando a ambos lados.
Aquella situación comenzaba a resultarle extrañamente familiar.
La princesa escapaba.
Bastet iba tras ella.
Y tarde o temprano volverían a empezar.
Con el paso del tiempo, sin embargo, la joven pareció ir aceptando su presencia. Quizá no estuviera encantada con tener una guardia personal, pero dejó de comportarse como si Bastet fuera una sombra de la que tuviera que librarse constantemente.
Eso permitió que algunas de sus salidas comenzaran a parecerse algo más a un trabajo normal.
En una de aquellas ocasiones, la princesa le indicó que quería pasear nuevamente por la ciudad.
Bastet decidió prescindir de su llamativa armadura dorada. Recorrer una zona comercial abarrotada vestida de aquella forma habría atraído demasiadas miradas, así que escogió algo más discreto, cómodo y funcional. Conservó, por supuesto, su espada.
Una vez en el mercado, caminaba unos pasos por delante de la princesa, vigilando el camino y procurando abrirle paso entre la gente sin llamar demasiado la atención.
Cada pocos momentos volvía la cabeza para comprobar que continuaba detrás de ella.
No pensaba perderla de vista allí.
La zona comercial de la capital solía estar muy concurrida y Bastet sabía lo fácil que sería que alguien desapareciera entre el ir y venir de la gente.
Especialmente alguien que ya había demostrado cierta habilidad para hacerlo.
Se acercó un poco a la princesa y, debido a la diferencia de altura, se inclinó ligeramente para poder hablarle sin alzar demasiado la voz.
—Por aquí, alteza. ¿Quiere buscar algo en particular?
Mantuvo después una distancia prudente, pendiente del entorno.
Todavía estaba aprendiendo a desempeñar aquella nueva tarea.
Y la princesa, quizá, empezaba también a acostumbrarse a tenerla cerca.
4 – Entrenando consigo misma
Una vez incorporada oficialmente a la guardia de Occidente, Bastet comenzó poco a poco a acostumbrarse a sus nuevas rutinas.
Había pasado mucho tiempo viajando de un lugar a otro, sin detenerse demasiado en ningún sitio ni permitirse echar raíces. Por eso, disponer ahora de una habitación propia y de un lugar al que regresar al final del día, aunque solo fuera de forma temporal, le resultaba extrañamente agradable. Después de tanto tiempo en movimiento, aquella pequeña sensación de estabilidad era casi un lujo.
Sus días se repartían entre los turnos de guardia, los entrenamientos junto al resto de sus compañeros y, por supuesto, la tarea que el emperador le había encomendado personalmente: mantenerse pendiente de la princesa y velar por su seguridad.
No era una vida especialmente tranquila, pero tampoco podía decir que le disgustara. Volver a tener obligaciones concretas y una rutina comenzaba a darle cierta sensación de estabilidad.
Entre aquellas obligaciones estaban los entrenamientos habituales de la guardia.
Y uno de ellos resultó ser bastante menos habitual de lo esperado.
El capitán había preparado aquel día una propuesta fuera de lo común. No se trataba de un ejercicio improvisado: guardias y miembros de la caballería habían sido convocados para un entrenamiento de resistencia y coordinación pensado para poner a prueba algo más que la fuerza bruta.
El ejercicio consistía en combatir al ritmo de una pieza interpretada al piano mientras cada participante se enfrentaba a un doble de sí mismo creado mediante magia. El objetivo no era derrotarlo, sino mantener el ritmo, bloquear y contraatacar a medida que la música aumentaba progresivamente la dificultad.
El emperador se encontraba también presente, observando con interés el peculiar entrenamiento que el capitán había preparado.
Bastet reparó además en una presencia bastante más inesperada: una pequeña niña rubia, de apenas cuatro o cinco años, que decidió sumarse al ejercicio con un entusiasmo, una pequeña espada y una determinación que contrastaban bastante con su tamaño. La paladina la observó por unos momentos con curiosidad antes de volver a centrar la atención en lo que tenía delante.
Bastet escuchó la explicación con atención y dejó escapar un pequeño suspiro.
Aquello sonaba interesante.
Clones…
Cerró los ojos durante unos segundos tratando de recordar por qué la idea le resultaba tan familiar. Entonces lo recordó.
—Ah…
Un ligero escalofrío le recorrió la espalda.
Aquel antiguo laboratorio.
Seguramente había visto trucos parecidos en otras ocasiones, pero las misiones que la habían llevado hasta aquel lugar continuaban poniéndole los pelos de punta cada vez que las recordaba.
Abrió de nuevo los ojos y observó con curiosidad a la figura que tenía delante.
Era ella.
Una copia prácticamente perfecta que repetía sus movimientos como si se encontrara frente a un espejo.
Bastet alzó ligeramente una ceja mientras la estudiaba.
¿Cuánto tiempo hacía que no se observaba a sí misma con detenimiento?
Entre las obligaciones, los entrenamientos y las rutinas diarias, había días en los que apenas se prestaba atención. Y ahora tenía frente a ella una réplica que le devolvía hasta el más pequeño de sus gestos.
Desenvainó la espada.
Su doble hizo exactamente lo mismo.
—¡Pueden comenzar! —ordenó el capitán.
El pianista empezó a tocar.
Bastet esperó las primeras notas y lanzó el primer golpe.
Uno.
Otro.
Después varios mucho más rápidos.
Las espadas chocaban siguiendo el ritmo de la melodía, arrancando pequeñas chispas cada vez que ambas hojas se encontraban.
A pesar de saber que su contrincante se detendría si ella lo hacía, Bastet no bajaba la guardia. Ni siquiera apartaba la mirada para comprobar cómo se desenvolvían los demás.
La música disminuyó poco a poco su velocidad y sus movimientos se adaptaron a ella. Las estocadas se hicieron más pausadas, aunque sin perder agilidad.
Podía anticipar cuándo volvería a acelerarse.
Afianzó un pie en el suelo y continuó atacando.
Cuando consiguió acostumbrarse al extraño ritmo del combate, una ligera sonrisa terminó apareciendo en su rostro.
No era demasiado habitual verla sonreír mientras entrenaba.
Pero tenía que admitirlo.
Aquello estaba resultando divertido.
La melodía hizo otra pequeña pausa. Bastet relajó durante un instante la postura y dio un par de pasos hacia un lado.
Su réplica la imitó de inmediato, manteniéndose siempre frente a ella.
La música volvió a animarse.
Bastet retomó las estocadas, alternando golpes altos y bajos según cambiaban las notas. Con los sonidos graves las espadas chocaban en el centro; cuando la melodía se hacía más rápida y aguda, sus movimientos se volvían también más cortos y veloces.
Hasta que llegó la última nota.
Bastet bajó la espada, respirando algo más deprisa después del esfuerzo, y se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.
Su clon hizo exactamente lo mismo.
Aquello consiguió arrancarle otra sonrisa.
Por pura educación, hizo una pequeña reverencia hacia su peculiar contrincante.
La réplica imitó el gesto.
—Gracias por el combate —murmuró.
Quizás entrenar contra sí misma no había sido una idea tan mala después de todo.
5 – El silencio del palacio
Con el paso de las semanas, Bastet había terminado por acostumbrarse a la vida en palacio.
Sus días habían adquirido una rutina bastante estable. Cumplía turnos de vigilancia, participaba en los entrenamientos de la guardia y atendía los encargos que fueran surgiendo. Y, siempre que podía, seguía pendiente de la princesa.
La situación entre ambas tampoco era exactamente la misma que al principio. La joven continuaba siendo esquiva y Bastet procuraba darle el espacio que podía permitirse sin descuidar su trabajo, pero con el tiempo aquella presencia constante parecía haberse vuelto algo más habitual para las dos.
Bastet no se detenía demasiado a pensarlo. Era simplemente parte de sus días.
Lo que sí empezó a notar fue que el ambiente de palacio estaba cambiando.
El emperador seguía dejándose ver con frecuencia, pero parecía cada vez más desbordado. Era habitual encontrarlo entrando y saliendo de su despacho, revisando documentos, atendiendo asuntos o trabajando hasta más tarde de lo normal. Daba la impresión de que muchas más responsabilidades estaban cayendo sobre sus hombros.
Nadie le dio a Bastet una explicación y ella tampoco acostumbraba a hacer preguntas sobre asuntos que no le correspondían.
A simple vista todo seguía funcionando. Los sirvientes continuaban con sus tareas, los guardias cumplían sus turnos y el palacio mantenía su actividad habitual. Aun así, había algo extraño en aquella normalidad.
La princesa también comenzó a dejarse ver menos.
Bastet siguió haciendo su trabajo, pendiente de ella cuando podía y ocupándose del resto de sus obligaciones cuando no. Durante un tiempo no hubo nada concreto que pudiera señalar como un problema.
Hasta que, finalmente, la familia imperial se marchó.
La princesa se fue con ellos.
Los guardias continuaron con sus rondas. Las puertas siguieron vigiladas. Los turnos se cubrían como siempre.
Pero el palacio ya no se sentía igual.
Después de tantos meses allí, Bastet se había acostumbrado a aquella habitación, a los corredores, a los rostros conocidos y a una rutina que, sin darse cuenta, había comenzado a considerar propia.
Ahora los pasillos parecían demasiado silenciosos.
No pensó demasiado en el motivo.
Todavía no.
6 – Ser útil
Tiempo después de haber llegado a Occidente…
Un día llegó una carta cuando estaba en su habitación. Era un mal momento y la verdad se sentía algo mal. Trataba de empezar de nuevo en aquel lugar lejano y desconocido pero no sentía que terminase de encajar del todo.
La primera misión que le encomendaron fue un galimatías que no lograron desentrañar, aunque por suerte fue un suceso aislado y no tuvo mayores repercusiones.
Después su «jefa», aquella princesa, la esquivaba cuando podía al inicio ya que estaba disconforme con que le hubieran puesto un guardia para seguirla. Luego parecía haber asumido su presencia, aunque fuera de mala gana. Aun así Bastet trataba de continuar con su trabajo.
Entonces se encontraba en sus aposentos con aquella carta en las manos que le habían hecho llegar diciendo que iba dirigida a ella. El sobre no tenía indicativo alguno…
La abrió con curiosidad, y su contenido le resultó realmente sorprendente. Para empezar porque la carta estaba encabezada dirigiéndose a ella por su antiguo nombre.
Por un momento se preocupó… Pero a medida que iba leyendo aquella carta, se relajaba.
Hola […….]
No estaba seguro de si enviar este mensaje. Ni siquiera de cómo escribirlo. Pero aun así, no he podido evitar hacerlo. Es posible que este mensaje te parezca extraño, inusual.
En verdad sólo pretendo darte las gracias. Si me equivoco, y no eres quien creo, pido disculpas por las molestias y doy mi palabra de no volver a molestar.
Supe de la llegada de una paladina aquí y causó mi curiosidad, por lo que me acerqué a ver aquel día cuando llegaste… Y tengo casi la absoluta certeza de que eras [……], la líder de paladines en el clan de «Los elegidos de los dioses». Aunque no te presentases por ese nombre, supongo tus motivos tendrás…
En aquella época yo era muy joven, y pasaba una situación complicada con la soledad y las responsabilidades.
Sin embargo, el estar en el clan me dio ánimos para continuar, viví las mayores aventuras junto a vosotros. Tú me enseñaste todo lo que sé como paladín… Y recuerdo aquella época con mucho cariño.
Sé que fue un periodo corto, pero a veces algo pequeño puede marcarte para toda la vida… De hecho, ahora tengo mi propia familia, y puse tu nombre a mi hija.
Sólo quería darte las gracias por todo lo que me aportaste. Si necesitases algo, puedes contar conmigo. Actualmente trabajo en el templo de la Luz de la ciudad de Compshire, donde se forman los nuevos paladines.
Saludos,
Arayik, el Paladín.
Se emocionó a medida que iba leyendo aquellas líneas. A pesar de que de normal guardaba mucho sus emociones, hasta el punto de en ocasiones rozar la apatía… Puede que como método de autodefensa, aquello logró tocar su corazón, y unas lágrimas de emoción corrieron por las mejillas de la paladina.
Realmente… Había hecho tantas cosas en su vida… Había conocido mucha gente, y había marcado la vida de muchas personas sin siquiera planteárselo ni esperar nada a cambio. Sólo siendo como ella era, generosa, siempre dispuesta a ayudar y a escuchar a aquel que lo necesitase.
Finalmente tomó una decisión.
Decidió que iría al templo para ofrecer ayuda. Pensaba que podrían darle alguna tarea que la hiciera sentir más útil en aquellas circunstancias.
Puede que fuera sobrecargarse un poco… Pero también pensó que en aquel momento le iría bien hacer algo más. Ya lidiaría después con ello. Tras informarse, el lugar además no estaba lejos, apenas un par de horas a caballo, y una vez allí la primera vez podría volver por teletransporte cuando quisiera. Ya tenía su piedra del hogar registrada a su cuarto de la zona de la guardia.
Se personó allí unos días después de recibir la carta, reencontrándose emotivamente con su discípulo, ahora con aquel cargo.
Por supuesto enseguida le ofreció ayudar a formar a los jóvenes paladines o sacerdotes, o a aquellos que se quisieran presentar a las pruebas para serlo.
Sería todo un nuevo reto para ella, de eso no cabía duda.
Entró entonces a la sala de los aprendices a presentarse y ver quiénes estaban dispuestos a aprender.
Portando como de costumbre su armadura de placas dorada, conseguida como obsequio por la ayuda en las batallas. Resonaba contra el pavimento de piedra del templo haciendo que aquellos jóvenes fueran conscientes de la llegada de la imponente mujer.
—Saludos a todos. Soy Bastet y seré una nueva instructora en el poder de la Luz. Por el momento tomaré hasta tres aprendices que entrenarán bajo mi tutela. Den un paso al frente los interesados y valoraré sus aptitudes.
Hablaba en tono firme y con autoridad mientras observaba a los presentes.
7 – El regreso
Después de varias semanas dedicada a los aprendices, Bastet emprendió el regreso a Occidente.
Había agradecido aquel tiempo fuera. Enseñar de nuevo le había resultado más natural de lo que esperaba y, durante unas semanas, había conseguido apartar de su cabeza muchas de las dudas que arrastraba desde antes de marcharse.
De camino pasó junto a un campo cubierto de flores otoñales.
Se detuvo.
Con el cambio de estación había visto a muchas personas regalar o recibir flores. Ella había estado ocupada y tampoco tenía a nadie que fuera a regalárselas.
Pero podía hacerlo ella misma.
Se acercó al campo y, con cierto aire melancólico, escogió algunas flores. Colocó unas pocas entre su cabello y sonrió ligeramente. Después pensó que podría secarlas y guardarlas como recuerdo, quizá convertir alguna en un marcapáginas para sus libros.
No necesitaba esperar a que alguien más tuviera aquel detalle con ella.
Aquel pequeño momento hizo que el camino de regreso resultara casi agradable. Sin embargo, la sensación duró poco.
Con la llegada del otoño también habían empezado a alcanzarla noticias inquietantes sobre Occidente. La información era escasa y confusa, pero hablaba de incidentes graves y de la necesidad de refuerzos. Finalmente había sido requerida de nuevo en la capital.
Invocó a su corcel divino y continuó el camino.
A medida que se acercaba a la ciudad comprendió que las noticias no habían exagerado. Había zonas en reparación y señales visibles de daños recientes. Algunos lugares parecían haber recuperado cierta normalidad; otros conservaban todavía las cicatrices de lo sucedido.
Bastet redujo el paso mientras observaba los alrededores.
Había estado fuera apenas unos meses, pero por momentos tenía la sensación de estar regresando a un lugar distinto.
Su primera parada fue la sala de la guardia.
Entró con la espalda recta y el paso firme de siempre, haciendo resonar ligeramente la armadura sobre el suelo.
—Bastet Vagalume reportándose. ¿Qué se requiere?
No tardó en escuchar una voz conocida a su espalda.
Al volverse reconoció a April Violet y, junto a él, a otro de los capitanes de la guardia. Su aspecto la desconcertó durante un instante. Ambos vestían ropas discretas, más propias de mercenarios o cazadores que de oficiales imperiales.
Aquello, por sí solo, ya decía bastante sobre la situación.
April la recibió con alivio, aunque sin ocultar la gravedad de lo ocurrido.
—Sir Vagalume, es un gusto volver a verla, independientemente de las circunstancias. Digamos que las ratas han entrado en nuestro hogar y hay que sacarlas como sea.
Bastet juntó los talones e inclinó ligeramente la cabeza.
—Entendido. He visto parte del estado de la ciudad durante el camino. Lamento mucho lo sucedido.
Su expresión se volvió seria.
—Díganme dónde se me necesita y acudiré. Haré cuanto esté en mi mano. ¿Tenemos información sobre los responsables? ¿Hay algo más que deba saber?
Las respuestas no fueron especialmente tranquilizadoras. Todavía había demasiadas incógnitas y la investigación seguía abierta. Los ataques habían obligado a reorganizar a la guardia, reforzar la seguridad y emplear parte de sus efectivos en localizar a quienes estuvieran detrás de los incidentes.
El capitán confirmó que su ayuda sería necesaria.
Bastet bajó brevemente la mirada.
—Lamento también haber estado ausente.
Volvió a ponerse firme.
—Entendido. Quedo a sus órdenes, capitán.
April parecía sinceramente agradecido de tenerla de vuelta. Había mucho por hacer y, después de ponerla al corriente de lo esencial, comenzaron a explicarle lo que sabían hasta entonces.
Bastet escuchó con atención, intentando ordenar toda aquella información y comprender hasta qué punto había cambiado Occidente durante su ausencia.
—Entiendo que lo principal es mantener la seguridad de los habitantes hasta que demos con todos los responsables.
No tuvo demasiado tiempo para asimilarlo.
Poco después llegó una nueva orden: debían localizar a un intruso.
Bastet acababa de regresar y ya estaba de nuevo en servicio.
8 – Guardia e intruso
Había pasado algo más de una semana desde su regreso a Occidente. Bastet ya había tenido tiempo de ponerse al corriente de la situación y, cuanto más sabía, más evidente resultaba que las cosas habían cambiado durante su ausencia.
La marcha de los emperadores había dejado un vacío difícil de cubrir. La inestabilidad política no se había quedado únicamente en los despachos: se notaba en la vigilancia, en la organización del palacio y en la cantidad de incidentes que exigían atención. Había escasez de efectivos en la guardia y se había realizado un nuevo llamamiento para reclutar personal.
Por su parte, Bastet atendía las tareas que le asignaban y cumplía sus turnos con diligencia. En ocasiones era necesario alargarlos o cubrir trabajo extra. Por el momento, sus demás labores habían quedado relegadas a un segundo plano. Mantener la seguridad del Imperio era la prioridad.
No podía negar que extrañaba la calma de antes. Le había gustado, mientras duró, aquella rutina más tranquila que había empezado a construir en Occidente. Sin embargo, no tenía demasiado tiempo para detenerse a pensar en ello.
Había mucho por hacer.
También se estaban iniciando cambios importantes en la nación, impulsados en parte por los nuevos aliados. Bastet observaba todo aquello con una mezcla de cautela y curiosidad. Después de todo lo que había vivido, los cambios no la asustaban. Y, al menos por el momento, algunos parecían encaminados a mejorar la situación.
Entre las novedades estaba Verunt, un amigo del emperador que había terminado asumiendo buena parte de las responsabilidades necesarias para mantener Occidente en pie.

Bastet no habría imaginado a un hombre como él en aquella posición. Su aspecto, sus modales y su absoluta falta de interés por la etiqueta chocaban con todo lo que ella asociaba al gobierno de un imperio. Su primera impresión había sido, cuanto menos, desconfiada.
Pero los días posteriores a su regreso la habían obligado a matizarla.
Verunt tomaba decisiones. Reunía a la gente necesaria. Movía recursos y trataba de contener un caos que, sin una figura capaz de asumir responsabilidades, podía haberse extendido todavía más. Bastet seguía sin confiar plenamente en él, pero había empezado a concederle cierto respeto.
Aquella tarde se encontraba en una de las zonas elevadas del palacio, aprovechando su ronda para observar los alrededores. Durante unos instantes se quedó pensativa, repasando todo lo ocurrido desde su regreso.
Entonces vio algo moverse en una de las torres.
Casi al mismo tiempo, uno de los reclutas que vigilaba la sala de guardia dio la voz de alarma. El sistema se había activado.
Alerta de intruso. Nivel amarillo.
La ubicación coincidía con el punto donde Bastet había creído distinguir movimiento.
No lo dudó.
Pidió refuerzos, ordenó que el resto de la guardia permaneciera alerta y se dirigió hacia la torre. Conocía bien el camino y la urgencia no permitía perder tiempo.

Desenvainó la espada antes de llegar.
—Bendición de reyes. Sello de justicia.
Recitó en voz baja los hechizos de protección y potenciamiento, extendiendo sus efectos también sobre los compañeros que la seguían. Después avanzó con cautela, pegando la espalda a la pared al virar las esquinas de la torre, preparada para reaccionar ante cualquier ataque.
Hizo una señal a los dos reclutas que iban tras ella para que permanecieran algo más atrás.
Cuando finalmente tuvo al intruso a la vista, lo encontró sorprendentemente tranquilo.
El hombre parecía más aburrido que preocupado por haber activado las alarmas del palacio. Había aparecido en una de las torres como si entrar allí sin permiso fuera lo más natural del mundo y contemplaba el horizonte con una despreocupación irritante.
Bastet afianzó la empuñadura de la espada.
—¿Quién es y qué hace aquí?
El desconocido la miró con una sonrisa cínica.
—Yo simplemente hago lo que me viene en gana. Y en cuanto a quién soy, no te lo quiero decir.
La actitud de Bastet no cambió.
—Soy caballero de la guardia de Occidente y le exijo que se identifique.
El hombre se cuadró de hombros y tronó los dedos.
—Baja tu tono.
La miró con seriedad durante un instante antes de volver a reír.
—No tienes que ser tan seria. Me impulsarías a burlarme de los débiles y es algo que no quiero hacer.
Bastet alzó una ceja, visiblemente molesta.
¿Que bajara el tono?
Era él quien había entrado sin permiso en el palacio, se negaba a identificarse y todavía pretendía darle órdenes. No veía ante sí a nadie a quien debiera mostrar deferencia, sino a un intruso insolente que parecía divertirse provocando a la guardia.
Además, no tardó en dejar claro lo poco que le preocupaban quienes acudían a detenerlo.
—No te preocupes —comentó en algún momento, dirigiéndose también hacia otra de las personas que había llegado a la zona—. De todos modos, son demasiado débiles para mí.
Bastet mantuvo la posición.
El intruso volvió a mirarla.
—Estás muy callada, señorita. Para empezar, baja esa espada y ponla en el suelo. Te vas a cortar.
La sonrisa con la que acompañó el comentario terminó de agotar su paciencia.
—Ya está bien de tonterías. Martillo de Justicia.
Alzó una mano con rapidez mientras pronunciaba las palabras.
Sobre el intruso apareció la sombra de un enorme martillo de luz sagrada que cayó en cascada sobre él. El hechizo estaba destinado a aturdirlo e impedir que pudiera lanzar magia durante unos segundos.
Bastet aprovechó de inmediato para lanzarse al ataque.
Sin embargo, el resultado no fue el que esperaba.
El hombre comenzó a esquivar sus movimientos con una facilidad insultante, casi con desgana. Cuando Bastet consiguió finalmente acercar la espada lo suficiente, el golpe se estrelló contra una barrera invisible.
La hoja quedó atrapada.
Por un instante fue incapaz de moverla.
El desconocido aprovechó la cercanía y descargó un puñetazo directo contra su estómago.
El impacto habría enviado a alguien sin protección varios metros hacia atrás. Bastet afianzó los pies todo lo que pudo y la sólida armadura de placas del gran mariscal absorbió buena parte del golpe. El aura que mantenía activa devolvió también parte del daño a su atacante.
Aun así, tuvo que retroceder.
—Ugh… ridículo charlatán…
Lo miró con fiereza, recuperando la postura.
El intruso apenas parecía impresionado.
—Nah. Muy frágil.
Bastet apretó los dientes y se dispuso a lanzar otra estocada, pero en aquel momento llegó sir Raizel.
Su aparición hizo que ella retrocediera un paso, todavía con la espada preparada, a la espera de instrucciones.
El desconocido dirigió entonces su atención hacia los recién llegados y siguió provocándolos con la misma ligereza.
—Supongo que no queréis hablar, ¿verdad? Ustedes los de la guardia son demasiado serios. Aparentan mucho, pero la verdad esperaba algo más divertido.
Se rio de nuevo.
Poco después, como si ya hubiera perdido el interés en continuar, tomó impulso.
—En fin… adiós, perdedores.
Chasqueó los dedos y desapareció en un portal oscuro.
Bastet estuvo a punto de seguirlo.
—Déjalo ir —indicó sir Raizel—. No es buena idea luchar contra esa gente.
Ella chasqueó la lengua y bajó finalmente la espada antes de envainarla.
—Maldito intruso insolente… Tendremos que estar preparados cuando aparezca de nuevo.
Se plantó con firmeza frente al mago y dio el reporte mientras todavía repasaba mentalmente lo ocurrido.
—El intruso apareció de repente aquí. Por lo que he visto, debe de tener algún tipo de poder para detener o ralentizar ataques. No sé exactamente qué era. Nunca había visto algo así.
Sir Raizel sonrió, como si la forma en que había desaparecido el desconocido terminara de confirmar sus sospechas.
—Era de esperarse. Es de la Orden de los Aspectos. Una vieja orden de seres con poderes bastante peculiares… y problemáticos.
Bastet volvió la vista hacia el punto por el que el intruso había desaparecido.
Así que aquello explicaba, al menos en parte, lo que acababa de ver.
No le gustaba dejar escapar a alguien que había entrado de aquella manera en el palacio. Mucho menos a alguien capaz de atravesar sus defensas, burlarse de la guardia y marcharse cuando le apeteciera.
Pero la advertencia de Raizel había sido clara.
No tenía sentido provocar un conflicto mayor persiguiéndolo dentro de territorio ajeno.
Tendrían que reforzar la vigilancia y estar preparados para la próxima vez.
Porque, después de todo lo ocurrido en Occidente durante las últimas semanas, Bastet tenía pocas razones para creer que aquel sería el último problema que llamaría a las puertas del palacio.
9 – Entrenamiento con April
Los últimos días habían sido agotadores.
Desde que regresó del templo, Bastet apenas había tenido tiempo para retomar sus entrenamientos con normalidad. Entre los turnos de guardia, los incidentes recientes y las misiones de vigilancia del puerto, siempre parecía surgir algo más urgente.
El intruso que había conseguido entrar en palacio seguía rondando por su cabeza.
No le gustaba admitirlo, pero aquel incidente también le había recordado algo importante.
Estaba algo oxidada.
Había dedicado buena parte de su tiempo a vigilar, patrullar y resolver problemas, pero hacía demasiado que no se enfrentaba a un combate real ni a una práctica que exigiera algo más que mantener la rutina.
No debía permitir que aquello continuara.
Una guardia que no entrenaba podía acabar convirtiéndose en parte del problema.
Por eso se presentó temprano en el campo de práctica, donde algunos reclutas ya estaban entrenando bajo la supervisión de April.
Sujetó la espada con ambas manos antes de acercarse.
—Sir April, quisiera unirme a los entrenamientos hoy. Estoy algo oxidada, creo…
Bajó un poco la voz al decir lo último.
Le daba cierta vergüenza reconocerlo.
El entrenamiento le vino mejor de lo que esperaba.
April la recibió con su tono habitual, aunque no tardó en advertirle que el ritmo no iba a ser precisamente suave. Sus hombres habían seguido entrenando durante la ausencia de Bastet y él no tenía intención de rebajar la exigencia solo porque ella acabara de regresar.
—¿Está segura de que puede seguir el ritmo de mis muchachos?
Bastet aceptó la observación sin molestarse.
—Estos meses fuera estuve entrenando junto a los aprendices del templo, señor. Pero desde que regresé me ha costado adaptarme a los cambios. He perdido mis rutinas. Lo lamento.
April le indicó entonces que debía utilizar parte del equipo especial con el que estaban trabajando aquel día: protecciones y pesos que aumentaban gradualmente la carga durante el ejercicio.
Bastet observó el equipo con cierta resignación. Su armadura ya era pesada de por sí, pero entendía la intención. La fuerza no era lo que más le preocupaba. Después de tanto tiempo sin enfrentarse a combates reales, sabía que su agilidad y su capacidad de reacción podían haberse resentido.
—Haré lo que se me indique, señor.
Terminó añadiendo los pesos a su propia armadura y siguió a April hasta el centro del campo de entrenamiento.
El tono del capitán cambió en cuanto comenzó el ejercicio.
Su expresión se endureció y adoptó una postura de combate sin armas, con una pierna adelantada y los puños elevados.
—Atacaré y tendrá que decidir si conviene bloquear o redirigir cada golpe.
Bastet dejó la espada a un lado y se colocó también en guardia.
April no le dio mucho más tiempo.
Avanzó con rapidez, giró sobre uno de los talones y lanzó una patada dirigida al costado de Bastet. Ella alcanzó a bajar el antebrazo y desviar el golpe, aprovechando la propia inercia del movimiento para hacerlo pasar de largo antes de retroceder lo suficiente para recuperar una posición estable.
No llegó a disfrutar demasiado del acierto.
April encadenó el movimiento con un gancho dirigido hacia arriba y, casi de inmediato, con una sucesión de golpes rápidos que obligaron a Bastet a levantar los brazos para protegerse.
Los impactos resonaron contra los guanteletes y las protecciones de la armadura.
Al principio intentó mantener una defensa limpia, pero pronto tuvo que cruzar ambos antebrazos frente al rostro para cubrirse mejor. Aquello reducía su visibilidad y la dejaba demasiado encerrada.
Así que esperó.
Buscó un hueco entre los golpes y, cuando creyó verlo, trató de atrapar uno de los puños de April. Giró sobre sí misma, colocándose de espaldas a él, con la intención de llevar su brazo sobre el hombro y aprovechar su propia inercia para desequilibrarlo.
Independientemente del resultado exacto de aquella maniobra, el ejercicio estaba cumpliendo su propósito.
La obligaba a reaccionar, pensar bajo presión y abandonar esa sensación de estar simplemente cumpliendo una rutina.
También le recordaba algo importante: no estaba tan fuera de práctica como había temido.
Cuando finalmente pudieron detenerse a descansar, Bastet aceptó agua y recuperó el aliento mientras observaba el campo de entrenamiento. Hacía días que no conseguía desconectar de los incidentes de palacio durante tanto rato.
La conversación con April se volvió entonces bastante más tranquila.
Él terminó hablando de su hermana y de cuánto la echaba de menos desde que se había marchado. Entre comentarios medio serios y medio en broma, dejó caer que no le vendría mal tener una hermana pequeña a quien cuidar.
Bastet no supo muy bien qué responder.
No estaba acostumbrada a apoyarse demasiado en otras personas y, en aquel momento, tampoco dio a aquellas palabras una importancia especial.
Pero las recordó.
10 – Investigación del Vacío
Los problemas de Occidente no parecían dar tregua.
Después de los últimos incidentes, Bastet había vuelto a concentrarse casi por completo en sus responsabilidades como guardia. Los turnos seguían siendo intensos y el ambiente en el Bastión continuaba extraño.
Fue entonces cuando Verunt la mandó llamar.
Aquello la sorprendió.
Hasta ese momento había tratado con él principalmente como la autoridad que se había hecho cargo de Occidente durante la ausencia de los emperadores. Pero esta vez no la buscaba simplemente como guardia.
La buscaba por su experiencia.
Verunt le mostró un documento relacionado con los dioses antiguos y le explicó que existían indicios de una influencia del Vacío en Occidente.
Bastet se tomó el asunto en serio de inmediato.
Había pertenecido a la Orden de la Mano de Plata y se había enfrentado antes a criaturas vinculadas al Vacío. Sabía que aquel tipo de amenaza no siempre se manifestaba de forma evidente.
Y sabía que podía ser peligrosa mucho antes de mostrar su verdadero rostro.
—He combatido contra seres del Vacío antes.
Aceptó investigar.
Verunt le explicó también una de sus principales preocupaciones: aquellas entidades podían alterar la percepción de las personas, sembrar desconfianza e incluso hacer que alguien viera a un amigo como un enemigo.
La posibilidad de que aquella influencia ya estuviera presente dentro del palacio convertía la situación en algo mucho más serio.
Bastet observó de nuevo al hombre frente a ella.
Seguía pareciéndole extraño verlo ocupando aquella posición.
Pero cada vez comprendía mejor por qué otros habían acabado aceptando su liderazgo.
No era refinado.
No era diplomático.
Y probablemente nunca sería el tipo de persona que Bastet habría imaginado al frente de un imperio.
Pero estaba tratando de identificar las amenazas antes de que fuera demasiado tarde.
Y había sabido recurrir a alguien con experiencia cuando la necesitaba.
Eso también era una forma de liderazgo.
Durante aquellos días Bastet terminó de asumir hasta qué punto había cambiado su vida desde el regreso.
La seguridad seguía siendo la prioridad. Faltaban efectivos, se había abierto un nuevo llamamiento para reclutar guardias y buena parte de sus otras tareas habían quedado aparcadas. Ella cumplía con los turnos, aceptaba trabajo extra cuando era necesario y procuraba no detenerse demasiado a pensar en todo lo demás.
Aun así, no podía evitar comparar aquella etapa con la calma anterior.
En uno de sus turnos nocturnos recorrió los pasillos silenciosos del Bastión y recordó cómo había sido el palacio apenas unos meses antes. La cocina llena durante el día, los desayunos compartidos, pequeñas rutinas que entonces no le habían parecido especialmente importantes.
La ausencia de aquella normalidad pesaba más de lo que esperaba.
Al terminar algunos turnos procuraba reservarse algo de tiempo para ella. Se quitaba la armadura, se ponía ropa cómoda, leía o simplemente disfrutaba del silencio de su habitación.
Estar sola no siempre era lo mismo que sentirse sola.
Y durante un tiempo, aquella diferencia le bastó.
Pero el ambiente seguía sintiéndose denso y pesado.
Aquel día después de dar una vuelta, pensaba retirarse a sus aposentos por lo que quedaba de la tarde. Pero una vez estando allí, y habiéndose quitado la armadura y puesto algo más cómodo, un vestido azul ligero, estaba aún algo inquieta por el ambiente extraño que se respiraba en el palacio.
Cuando fue a recoger las órdenes poco antes, y caminando por los pasillos, pudo notarlo. El ambiente estaba enrarecido… En varios sentidos. Algunos estaban alterados, otros algo inquietos.
¿Podría ser influencia del vacío del que la habían advertido? ¿El comienzo del fin de semana? Comenzarían aquella investigación lo antes posible.
Igual el líder, Verunt tenía razón en que estaba afectando al palacio, ahora Bastión de Occidente… No sabía. También se había estado sintiendo extraña recientemente. Aunque también había encontrado un apoyo algo inesperado, que la ayudó a encontrar algo de calma.
Ahora se sentía algo mejor, pero aún quería despejarse un poco.
Notó como las gotas de lluvia comenzaba a caer sobre el cristal, con un sonido rítmico y en cierto modo relajante.
Miró fuera por unos momentos… Y finalmente se decidió a salir al jardín. Buscando una zona en la que sabía que no iría nadie.
Dejó que la lluvia cayese sobre su rostro, no le importó mojarse, mientras una canción venía a su mente y la tarareaba en voz baja.
Dejó que el agua le cayera encima unos minutos, buscando despejarse.
No podía saber cuánto de lo que sentía pertenecía realmente a aquella posible influencia y cuánto era simplemente cansancio, tensión acumulada o la sensación de no terminar de encontrar su sitio. Al menos había encontrado un apoyo inesperado que, sin resolver nada, le había devuelto algo de calma.
No sabía todavía hasta dónde llegaría aquella investigación.
Pero empezaba a comprender que el caos que había encontrado al regresar no era únicamente político.
Había algo más.
Y probablemente llevaba tiempo creciendo entre ellos.
11 – Fuera de lugar
Las semanas posteriores a la investigación del Vacío fueron recuperando poco a poco cierta normalidad. Bastet volvió a sus turnos, a las rondas por el palacio y a las pequeñas obligaciones del día a día. Mantenerse ocupada le resultaba sencillo; siempre encontraba algo que hacer o alguien a quien ayudar.
Por aquellas fechas, además, recibió un encargo mucho más personal. Un viejo amigo debía marcharse durante un tiempo y le pidió que cuidara de su hermana menor, Yuna.
La petición no le resultó pesada. Al contrario. Yuna era una joven vampira que, pese a no envejecer como lo haría una humana, conservaba una apariencia y una forma de comportarse muy juveniles. Su hermano sabía que pasaba demasiado tiempo sola y le preocupaba dejarla sin compañía, así que Bastet aceptó cuidarla mientras estuviera fuera.
No tardaron en llevarse bien.
Bastet procuraba pasar tiempo con ella siempre que sus obligaciones se lo permitían. A veces simplemente salían a caminar; otras acababan en alguna taberna tranquila, donde Yuna podía entretenerse comiendo dulces mientras charlaban. Aquellas pequeñas salidas terminaron convirtiéndose también en una especie de escape para Bastet. Podía dejar la armadura a un lado durante un rato, vestir algo más sencillo y olvidarse de guardias, investigaciones y problemas que parecían no terminar nunca.
Con el tiempo, Yuna se convertiría en una amiga importante, una de esas personas que permanecerían cerca cuando las cosas se complicasen. Pero en aquel momento Bastet no pensaba demasiado en ello. Simplemente veía a una joven que necesitaba compañía y alguien que estuviera pendiente de ella, y eso era algo que sabía hacer bien.
Quizá demasiado bien.
Porque cuidar de Yuna le hacía sentirse útil y le daba momentos agradables, pero no terminaba de resolver lo que le ocurría por dentro. Podía estar acompañada, reírse un rato, compartir un postre o escucharla hablar, y aun así regresar después al palacio con la sensación de que algo seguía sin encajar.
La taberna se convirtió así en uno de esos pequeños refugios a los que acudía cuando necesitaba apartarse durante un rato de todo lo demás. No era una solución. Solo un lugar donde el silencio pesaba un poco menos.
En ocasiones pensaba en su propia armadura.
Había empezado a llevarla tantos años atrás que ya casi formaba parte de ella. Al principio la había elegido porque no quería quedarse atrás mientras otros luchaban. Había rabia, pérdidas y demasiadas cosas que no había sabido procesar.
Con el tiempo comprendió que no necesitaba ser sacerdotisa para ayudar a los demás.
Pero también había otra verdad más difícil de admitir.
La armadura no solo la protegía de los golpes.
También la protegía de sentirse vulnerable.
Quizá por eso había aprendido a seguir adelante incluso cuando algo dolía. A mantenerse firme, cumplir con lo necesario y continuar.
No todas las batallas podían ganarse.
No todas merecían ser libradas hasta el final.
Retirarse no siempre era cobardía y una derrota no tenía por qué convertirse en fracaso. A veces solo era otra forma de aprender.
Bastet sabía todo aquello.
Lo difícil era aplicárselo a sí misma.
Podía seguir haciendo guardias, entrenando y tratando de ayudar a quien lo necesitara. Podía construir pequeñas rutinas, encontrar lugares tranquilos y aparentar que se adaptaba. Pero no terminaba de encontrar su lugar allí.
Con el tiempo y conversando con Yuna también había terminado por comprender algo que al principio no había querido mirar demasiado de frente. La ausencia de la princesa le había dolido más de lo que habría explicado simplemente perder una tarea o una rutina. Había empezado a sentir algo por ella, apenas lo suficiente para reconocerlo cuando ya no estaba.
No sabía qué habría hecho con aquello ni tenía sentido darle demasiadas vueltas entonces. Pero entenderlo le permitió poner nombre a una parte de aquel malestar. Aunque también era una sensación de vacío tan profunda que la hizo cerrarse más aún.
Seguía habiendo noches en las que el silencio pesaba demasiado y la soledad se hacía de notar. Aquella que hacía que te sintieras sola incluso estando rodeada de gente.
Y cada vez le costaba más ignorarlo.
12 – Hermano mayor
Bastet llevaba tiempo descansando mal y recientemente había ido a peor.
No era porque le faltaran cosas que hacer. Sus jornadas seguían llenas de guardias, entrenamientos, informes y pequeños asuntos que atender que hacían que llegase agotada hacia el final del día. Incluso había empezado a participar con April en algunos preparativos, como los juegos que estaban organizando y que todavía debían presentar para su aprobación. También procuraba pasar tiempo con Yuna cuando podía.
Todo aquello la mantenía ocupada y, en muchos momentos, acompañada. Pero había una diferencia entre tener gente alrededor y saber acudir a alguien cuando era ella quien necesitaba apoyo.
Por la noche, cuando ya no quedaban tareas pendientes ni nadie a quien cuidar, esa diferencia se hacía mucho más evidente.
Aquella noche llevaba demasiado tiempo dando vueltas en la cama.
Las temperaturas empezaban a bajar y se había cubierto con una bata de franela sobre el camisón. Intentó cerrar los ojos una vez más.
No sirvió.
Entonces recordó aquella conversación con April.
Desde su regreso él había sido uno de sus puntos de referencia. Como responsable de los caballeros, él se encargaba de parte de los entrenamientos, le había enseñado algunos trucos defensivos nuevos y, de una forma bastante natural, había empezado a preocuparse por ella.
En una ocasión, mientras descansaban entre entrenamientos, él le había hablado de su hermana. La echaba de menos desde que ella se había marchado a hacer su vida lejos de Occidente.
En tono medio serio, medio de broma, había comentado que no le vendría mal tener una hermana pequeña a quien cuidar.
Bastet no había sabido qué responder entonces.
Aquella noche sí.
Salió al pasillo casi sin pensarlo y caminó hasta la puerta de April.
Llamó.
Cuando abrió, Bastet dudó durante unos segundos. Había llegado hasta allí, pero ahora no sabía muy bien cómo empezar.
—Yo… me preguntaba si realmente lo dijiste en serio.
April la observó sin comprender del todo.
Bastet cruzó los brazos sobre el pecho y bajó la mirada.
—Lo de tener una hermana pequeña.
Le costó continuar.
—Yo sí quiero un hermano mayor pesado.
La frase le salió más baja de lo esperado.
—Me haría mucho bien. Últimamente has sido de las pocas personas que se han preocupado por mí.
Durante un instante April se quedó completamente sorprendido.
Después sonrió.
—Claro que sí.
Los ojos de Bastet se humedecieron.
Había algo más que necesitaba pedir, aunque le resultara todavía más difícil.
—Yo querría… Necesito un abrazo.
No era algo habitual en ella. Bastet podía hablar con facilidad con muchas personas, ayudar, escuchar y estar presente cuando alguien la necesitaba. Pero el contacto físico y las muestras abiertas de afecto siempre le habían costado más.
April no hizo preguntas.
La rodeó con sus brazos en un abrazo fuerte y cálido.
Bastet se relajó poco a poco contra él.
—Yo quiero una hermanita a quien poder mimar, cuidar y molestar todo lo posible —bromeó April.
Aquello consiguió romper parte de la tensión.
Las lágrimas que llevaba conteniendo terminaron por caer.
—Pues sí, por favor…
April siguió hablándole con aquel tono afectuoso y exagerado tan suyo, asegurándole que tendría abrazos de sobra siempre que los necesitara y que estaría allí para escucharla.
Bastet respiró con algo más de calma.
—Gracias… Me he estado sintiendo muy sola.
April no trató de restarle importancia.
Le dejó estar triste.
Le recordó que no tenía por qué fingir que estaba bien.
Y cuando finalmente Bastet dijo que intentaría dormir, se aseguró de que realmente regresara a su habitación.
Ella todavía intentó desviarse hacia la cocina.
April la descubrió.
—A la cama dije.
Antes de que pudiera protestar demasiado, la levantó en brazos.
—Está bien, está bien…
Bastet se dejó llevar con cierta indignación fingida, aunque no pudo evitar sonreír.
April la dejó en la cama, la arropó y amenazó con quedarse allí vigilando si intentaba levantarse otra vez.
Bastet, ya algo más relajada, decidió aprovecharse un poco.
—¿Y el almohadón?
April se quedó quieto.
—Ah. Cierto.
Fue a buscarlo.
Cuando regresó con varios almohadones, Bastet ya estaba acomodada entre las mantas.
April terminó sentándose a su lado.
—Me quedaré hasta que te duermas.
Bastet puso los ojos en blanco, aunque esta vez sonrió de verdad.
—Está bien.
Se abrazó a uno de los almohadones y cerró los ojos.
Antes de quedarse dormida, volteó ligeramente a verlo.
—Gracias.
Aquella noche descansó mejor.
Y desde entonces empezó a ser habitual que Bastet y April pasaran más tiempo juntos. Lo que había comenzado como compañerismo y apoyo durante los entrenamientos se convirtió en una relación mucho más cercana.
Por primera vez desde su regreso, Bastet sentía que no tenía que sostenerlo todo sola. Por primera vez en mucho tiempo, se dejó cuidar.
13 – Raíces y caminos
Occidente ya no era simplemente el lugar en el que Bastet se había detenido durante un tiempo.
Habían pasado meses desde su llegada. Trabajando para la guardia a pesar de la situación complicada en que vivían, o con más motivo por ello, protegía a sus habitantes, había conocido a personas que empezaban a importarle y atravesado una etapa mucho más caótica de lo que había imaginado cuando pidió permiso para quedarse.
A veces, sin embargo, seguía apareciendo aquel impulso tan antiguo de marcharse.
Lo conocía demasiado bien.
Durante buena parte de su vida, cuando algo se complicaba, Bastet había acabado tomando un camino distinto. Una nueva ciudad. Otro territorio. Otra misión. Otro lugar donde empezar de nuevo.
Aquel día tuvo motivos para pensar en ello.
Una joven había quedado atrapada en una situación peligrosa y estaba siendo atacada por bandidos cuando Bastet y uno de los capitanes de la guardia llegaron hasta ella. Consiguieron salvarla, aunque no a todos los que la acompañaban.
Después de llevarla de regreso al Bastión, Bastet volvió a salir a caballo con la excusa de patrullar los alrededores.
En realidad necesitaba pensar.
Entendía demasiado bien aquella necesidad de poner distancia cuando las cosas salían mal.
Pero, mientras cabalgaba, comprendió que esa vez no le resultaría tan sencillo.
Se había encariñado con Occidente.
Con su gente.
Con las pequeñas rutinas que había construido incluso en medio del caos.
Y había hecho una promesa de proteger aquel lugar.
Parte de ella continuaba deseando que las cosas regresaran a como habían sido unos meses atrás, cuando los emperadores seguían allí y el palacio parecía mucho más sencillo. Pero también sabía que vivir esperando recuperar exactamente el pasado no tenía demasiado sentido.
La vida seguía avanzando.
Y ella también tendría que hacerlo.
Aquella certeza no eliminaba otra parte de sí misma que empezaba a despertar de nuevo.
Bastet siempre había sido una viajera. La princesa aventurera la llamaban cuando era más joven.
Había pasado demasiado tiempo de un lugar a otro como para dejar de sentir curiosidad por lo que existía más allá de las fronteras conocidas. Incluso ahora que había conseguido cierta estabilidad, la idea de nuevos caminos, nuevos lugares y nuevas personas seguía despertando algo en ella.
Días después descargó parte de aquella inquietud entrenando.
Portaba una armadura algo más ligera de lo habitual y se movía entre los muñecos de práctica combinando espada y hechizos de Luz. Golpe tras golpe, aquella energía que llevaba semanas acumulándose empezó a convertirse en otra cosa.
No quería marcharse porque Occidente le resultara insoportable.
Al contrario.
Estaba empezando a sentirse cómoda allí.
Y quizá ese fuera precisamente el problema.
La tranquilidad le gustaba.
Pero también la inquietaba.
Sentía que todavía había demasiado mundo que no conocía. Personas a quienes podría ayudar. Lugares por descubrir. Cosas que aprender.
Podía querer quedarse y querer marcharse al mismo tiempo.
Aquella contradicción comenzó a acompañarla durante los días que comenzaban a volverse más fríos llegando al invierno.
Había días en que se sentía perfectamente integrada. Cumplía sus turnos, ayudaba donde podía, pasaba ratos tranquilos en la taberna y empezaba a permitirse pequeñas costumbres que meses atrás le habrían parecido impensables.
También estaba empezando a mostrarse más.
Durante mucho tiempo había aprendido a contener sus emociones, a guardar determinadas cosas detrás de una expresión tranquila y de la armadura.
Ahora tenía amigos como Yuna, April, Elentari una de las cocineras, y algunas otras personas que trabajaban en el palacio.
Personas con las que podía reír, hablar o simplemente estar.
Eso la hacía sentir bien.
Y también la hacía sentir vulnerable.
Pensó incluso en su hermana, a quien hacía demasiado que no veía. En las personas que había perdido. En las que se habían marchado.
Cuanto más permitía que alguien formara parte de su vida, más evidente se hacía el riesgo de perderlo.
Con April ocurría algo parecido.
En público seguían comportándose como siempre: capitán y caballero, compañeros de guardia, dos personas que se conocían cada vez mejor.
Nadie necesitaba saber más.
En privado, sin embargo, se habían acostumbrado a hacerse compañía.
A hablar, a compartir silencios y a preocuparse el uno por el otro.
Bastet no pensaba en aquello como algo distinto a la relación fraternal que habían construido. Y, aun así, empezaba a notar que precisamente por eso le daba algo de miedo acostumbrarse demasiado a tenerlo cerca.
No quería depender de nadie.
Ni volver a sentir que una ausencia podía romperle el equilibrio.
Llegó el cambio de año.
La celebración en la Forja fue mucho más animada de lo que ella habría esperado unos meses antes. Brindó con sus amigas, bailó, rió y por unas horas dejó que el nuevo año pareciera realmente una promesa de cosas mejores.
También compartió un momento breve a solas con April en Reinfallen.
Nada extraordinario. Un baile corto. Una cercanía que podía pasar perfectamente por una muestra más de confianza entre ambos.
Pero a Bastet le quedó una sensación extraña en el estómago. Como pequeñas mariposas que prefirió no analizar demasiado.
Había aprendido a construir raíces en Occidente.
Pero eso no significaba que sus pies hubieran dejado de pedirle caminos.
Quizá encontrar su lugar no consistiera en elegir una cosa o la otra.
Quizá tuviera que descubrir cómo conservar ambas.
14 – Cuidar de otros
A pesar de sus ganas de viajar, la vida cotidiana de Bastet en Occidente continuaba llena de obligaciones.
Algunas eran bastante menos solemnes de lo que uno esperaría de una paladina.
Como impedir que una niña escapara persiguiéndola por medio palacio.
Ophelia, la pequeña sobrina del emperador de apenas unos 5 años, tenía una extraordinaria capacidad para aparecer exactamente donde no debía.
Cuando Bastet quedó encargada de vigilarla, descubrió muy pronto que aquello requería tanta atención como una guardia ordinaria.
La niña se escapaba y Bastet corría detrás.
Ophelia encontraba algún objeto que no debía tocar y Bastet se lo quitaba.
Y si había magia de por medio, la situación se complicaba todavía más.
—Eso no.
No siempre funcionaba.
Aquella persecución constante llegó a convertirse en una escena casi habitual durante varios días. Bastet acababa cansada, pero nunca realmente enfadada con ella.
Le preocupaba.
Sabía que Ophelia había vivido circunstancias difíciles y que buena parte de su comportamiento nacía de una mezcla de curiosidad, necesidad de atención y una independencia demasiado grande para su edad.
Por eso, incluso cuando tenía que ponerse firme, trataba de no hacerla sentir rechazada.
La siguió buscando cuando volvió a escaparse.
Preguntó por ella cuando otras personas mencionaron su ausencia.
Y acabó sabiendo más de la historia de la niña de lo que inicialmente habría esperado.
Aquello despertaba una parte de Bastet que no siempre mostraba.
Había pasado muchos años ocupándose de soldados, heridos, aprendices y personas que necesitaban ayuda.
Pero cuidar de niños era diferente.
Había algo en aquella responsabilidad que le resultaba mucho más personal.
A finales de enero volvió a sentirlo con otra de las pequeñas residentes del palacio. De raza indeterminada, la pequeña Faputa se había ganado a todos. A pesar de su fuerza, era tierna como un cachorro.
Una alerta de nivel rojo llegó desde una de las casas nobles de la ciudad y Bastet acudió de inmediato a informar a sus superiores. La situación afectó especialmente a la pequeña, que intentó acudir con su madre y terminó completamente alterada.
Bastet trató de ayudar. Tuvo incluso que reconocer sus propios límites: algunas heridas no podían tratarse con su magia sin comprender antes la naturaleza exacta de quien las sufría.
Eso la frustraba, ya que estaba acostumbrada a querer arreglar las cosas.
Pero cuidar de alguien no siempre significaba poder solucionar aquello que le dolía.
Dos días después la pequeña regresó al palacio con miedo a que la reprendieran.
Cuando vio a Bastet bajó la mirada.
—Tía Bastet…
La paladina se quedó quieta un instante.
Luego se agachó hasta quedar a su altura.
No la regañó.
Abrió los brazos.
La recogió con cuidado y solo después preguntó cómo se encontraba.
El título le había resultado inesperado pero no le molestó. Eran como una gran familia allí y eso, a ella que también se había encontrado sola, le gustaba. Y siempre estaría ahí para cuidar a quien lo necesitase.
Y, en cierto modo, también más difíciles.
Porque algo que no se esperaba fueron las noticias que le llegaron repentinamente.
Cuando supo que en el viaje diplomático que harían Elentari junto a otras jóvenes del palacio, se complicaría más de la cuenta. Ya que April decidió colarse en el viaje sin tener en cuenta las consecuencias.
15 – No quiero perder a nadie más
Cuando le llegó la noticia de que April se había ido sin autorización al viaje diplomático a Reinfallen, no le sorprendió en exceso.
Sabía que llevaba un tiempo preocupado y que algunas de las cosas ocurridas recientemente le habían afectado. Quizá había visto aquella oportunidad como una forma de alejarse durante unos días.
Bastet, por supuesto, había notado su ausencia.
Hacía ya más de un mes que ambos pasaban tiempo juntos con bastante frecuencia. En público seguían manteniendo las mismas formas de siempre, pero en privado se habían acostumbrado a hacerse compañía, compartir conversaciones y permanecer cerca el uno del otro.
Al principio, que April se hubiera colado en aquel viaje casi podía parecer una de sus decisiones impulsivas.
Dejó de tener gracia cuando comenzaron a llegar noticias sobre la gripe de Reinfallen.
April se había contagiado.
Por lo que se sabía, aquella enfermedad podía resultar especialmente peligrosa para los varones.
El palacio estaba extrañamente tranquilo durante esos días, pero Bastet no conseguía sentirse igual. No saber exactamente qué estaba ocurriendo la inquietaba. A veces echaba de menos a April y, sobre todo, no podía dejar de preguntarse si estaría bien.
Entonces apareció una oportunidad.
Se anunció que habría un festival en Reinfallen y que desde Occidente se abriría un portal para quienes quisieran acudir.
Bastet no tenía ningún interés especial en una fiesta.
Pero sí en Reinfallen.
Se preparó con cuidado. Llenó sus bolsas de contención con provisiones, guardó la armadura, varias gemas azules para sus portales y su piedra de hogar. Añadió también un par de piedras sin vincular que podían servir para regresar a Occidente en caso de necesidad.
Había enviado otras tres para las mujeres que habían viajado allí siguiendo indicaciones del consejero del líder, pero nadie había contado con que April fuera a acompañarlas.
Se puso un vestido sencillo y discreto.
No quería llamar la atención.
Al atravesar el portal encontró un ambiente completamente distinto al que llevaba días imaginando. El festival estaba lleno de gente, música y celebración.
Bastet dio una vuelta sin detenerse demasiado.
Localizó a las mujeres de Occidente y comprobó desde lejos que parecían encontrarse bien.
Prefería que no supieran que estaba allí.
Lo que pretendía hacer podía meterla en problemas si alguien empezaba a hacer demasiadas preguntas.
Cuando tuvo oportunidad se apartó de las zonas más concurridas. Caminó hasta encontrar un lugar discreto en las afueras, suficientemente alejado de miradas curiosas.
Entonces apoyó la palma de la mano hacia el suelo.
—Guardar portal.
Una runa brilló durante unos instantes bajo su mano antes de desvanecerse por completo.
El punto había quedado registrado.
A partir de aquel momento podría abrir un portal dimensional directamente hasta allí utilizando una de sus gemas.
Era solo el primer paso.
Ahora tenía que averiguar dónde estaba April.
Regresó hacia zonas algo más transitadas y adoptó el papel de turista despistada. Preguntó aquí y allá, escuchó conversaciones y dejó que algunos habitantes, bastante más habladores gracias a la bebida del festival, le contaran historias sobre la enfermedad.
No tardaron en mencionar un centro de aislamiento.
Bastet sonrió para sí.
Bingo.
Siguió con la mirada la dirección que le indicaban y se despidió con amabilidad en cuanto consiguió la información que necesitaba.
El centro resultó sencillo de localizar.
Otra cosa sería entrar.
Dio una vuelta alrededor intentando no parecer demasiado interesada y acabó cerca de la entrada justo cuando varios trabajadores salían hablando.
Mencionaron a un extranjero.
Bastet prestó atención.
Por lo que pudo entender, estaba bastante enfermo, aunque parecía estable.
Aquello consiguió tranquilizarla un poco.
Si las demás continuaban celebrando con normalidad, probablemente tampoco sabrían que su situación fuera crítica.
Por ese día fue suficiente.
Regresó a Occidente.
Pero volvió.
Con el punto de portal guardado, desplazarse hasta Reinfallen ya no le llevaba demasiado tiempo. Algunas noches regresaba y observaba el centro con más detenimiento. Poco a poco aprendió los horarios, los cambios de turno y las costumbres de quienes trabajaban allí.
También fue reuniendo información sobre aquel extranjero del que todo el mundo parecía hablar.
Finalmente, durante uno de los cambios de turno nocturnos, consiguió entrar.
El centro no estaba especialmente vigilado y aquella zona permanecía casi vacía. Localizó la habitación sin demasiada dificultad.
No entró.
Se quedó fuera mirando.
April dormía tranquilo.
Eso le bastó.
Cuando escuchó regresar a los cuidadores utilizó su piedra de hogar y desapareció antes de que pudieran verla.
Repitió aquello en otras ocasiones.
Hasta que una noche escuchó algo diferente.
Había empeorado.
La noticia la asustó más de lo que habría querido admitir. April era fuerte y hasta entonces las conversaciones que conseguía escuchar hablaban de un estado relativamente estable.
Aquella vez esperó al cambio de turno y entró en la habitación.
Estaba mucho más pálido. El sudor evidenciaba la fiebre y su expresión, incluso dormido, dejaba claro que no descansaba bien.
Bastet se acercó.
Puso una mano sobre la suya y reunió energía.
—Ola de Sanación. Limpiar enfermedad.
La Luz envolvió sus manos con un brillo cálido.
Después recurrió a otra faceta de su magia que utilizaba con mucha menos frecuencia.
—Purificar espíritu.
Destellos dorados y verdosos aparecieron alrededor de ambos mientras sus ojos se iluminaban durante unos instantes, dejando entrever aquella otra naturaleza que casi siempre mantenía oculta.
Sabía que no iba a curarlo.
La enfermedad era más fuerte que aquellos hechizos.
Pero, si podía aliviarlo aunque fuera un poco, no pensaba quedarse sin intentarlo.
Cuando terminó había gastado una cantidad considerable de maná.
Se sentó junto a la cama para recuperar fuerzas.
April parecía algo más tranquilo. Su respiración se había estabilizado y el gesto de malestar se había suavizado ligeramente.
Aquello bastó para que Bastet pudiera regresar a Occidente un poco menos preocupada.
Pero siguió volviendo.
De vez en cuando repetía los hechizos porque había comprobado que, aunque no eliminaran la enfermedad, parecían proporcionarle algo de alivio.
Hasta que una noche, mientras Bastet descansaba junto a la cama recuperando el maná antes de marcharse, April comenzó a despertar.
Su primera reacción fue pensar en desaparecer.
Tenía tiempo.
Podía utilizar la piedra de hogar y fingir que nunca había estado allí.
Pero se quedó bloqueada.
Por alguna razón no consiguió moverse.
April abrió los ojos.
Y Bastet permaneció allí.
La escena escrita terminaba en aquel punto.
Lo que ocurrió después fue menos concreto, pero tuvo consecuencias duraderas.
April acabó recuperándose y decidió permanecer en Reinfallen. Por motivos políticos y familiares prefería mantenerse al margen de Occidente y terminó instalándose en una cabaña a las afueras de Zhyner.
Bastet, en cambio, seguía teniendo sus responsabilidades en el imperio.
Eso no impidió que siguieran viéndose.
Gracias al punto de portal que había registrado y a sus piedras de hogar, empezó a desplazarse entre ambos lugares con una facilidad que nadie en palacio tenía por qué conocer.
Cumplía sus turnos.
Mantenía las apariencias.
Y, cuando podía, al terminar el día abría un portal hacia Reinfallen.
Poco a poco dejó de volver siempre a su habitación del palacio.
Muchas noches terminaba en aquella cabaña, haciéndole compañía a April, y regresaba temprano por la mañana para continuar con sus obligaciones como si nada hubiera ocurrido.
Durante un tiempo, aquello quedó solo entre ellos.
Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas
«Sacrificaré lo que sea necesario por aquello que me importa.»
Cuando Heinri recibió el informe de Crow sobre la situación en Occidente, las intenciones inciertas de Reinfallen y el inestable estado mental de Verunt, se preocupó enormemente.
La situación de la emperatriz era extremadamente delicada, sobre todo después del nacimiento de sus pequeños polluelos. Heinri temía por ella. Regresar no era una opción, pero dejar el Imperio a su suerte por más tiempo tampoco era factible.
Por ello, había enviado a Crow de regreso con la orden de buscar ayuda… de una deidad. Ella podría darles el tiempo necesario.
Por su parte, Heinri necesitaría contar con todo el apoyo posible para el plan que empezaba a gestar. Tenían que recuperar el control del Imperio.
Desde el lugar donde se encontraba, lejos del Imperio, hizo un llamado para encontrar gente de su total confianza para una misión de suma importancia.
Debían ponerse en contacto con él lo antes posible.
Ahora solo quedaba esperar que ella respondiera a su petición.
El diario del regente
A la hora prevista, Crow esperaba a la deidad en el despacho. Lo tenía todo preparado, aunque estaba incluso más intranquilo que antes por algo que había encontrado.
Aquello lo cambiaba todo. Sin embargo, tenía claro que no alteraría el plan; si acaso, era una razón más para acelerarlo. Sabía que, al menos, al emperador le traería cierta tranquilidad.
Sobre la mesa aguardaban un plano de Luipt y un diario.
No había pasado ni un minuto desde que Crow había entrado cuando, sin aviso, unos trozos de tela blanca comenzaron a aparecer sobre uno de los sillones frente al escritorio. Danzaron en círculos hasta que, al concluir el movimiento, se materializó un pequeño sombrero sobre uno de los reposabrazos. Las telas se fusionaron y revelaron a la diosa, perfectamente sentada en el sillón.
—Ummh, espero no haber hecho ruido —dijo mientras tomaba el sombrero y se lo colocaba sobre la cabeza.
Sonrió y se llevó una mano al mentón.
—Muy bien, lord Crow, ¿qué tiene para mí?
Crow observó la aparición de la mujer con asombro y expectación, aunque mantuvo el gesto impasible. Sus dedos se movían ligeramente sobre el escritorio, en un gesto apenas perceptible que delataba su nerviosismo.
—Señorita Leilani… Esto… Es bastante serio. Más de lo que pensaba, aunque de un modo totalmente diferente…
Puso una mano sobre el diario.
—Casualmente… di con esto. Por favor, será mejor que usted no lo lea por el momento. Pero el emperador debe verlo antes de que comience el proceso, y luego tendrá que traerlo de vuelta antes de que ese hombre lo eche en falta. Hay información muy importante que el heredero debería conocer antes de llegar aquí…
Crow dirigió la mirada al mapa. En él se mostraba la extensión desértica del ducado de Luipt, en el reino de Rwibt, y la ubicación de un palacio recóndito, oculto en un oasis.
—Esta es la ubicación. Hay algunas barreras mágicas que lo hacen imperceptible, salvo que lleve esto…
Se descolgó del cuello una cadena que sostenía un anillo, el que llevaba en sus viajes para informar al emperador.
—Deberá traerlo de vuelta también, junto con el diario, cuando se haya iniciado el proceso.
Leilani escuchó con atención lo que Crow tenía que decir. Sentía mucha curiosidad por aquello que perturbaba ligeramente al confiable cuervo.
—No me agrada que me oculten información… —dijo, alzando una ceja con disgusto mientras fijaba la mirada carmesí en el extraño libro—. Mucho menos cuando me han solicitado un encargo de tal magnitud.
Intentó encontrar los ojos de Crow para sonsacarle algo más de información, pero no lo consiguió. Resignada, miró el mapa.
—Dejaré pasar los secretismos por esta vez, como muestra de mi buena fe… Y bueno, ustedes tampoco han hecho muchas preguntas sobre mis asuntos. Estamos a mano.
Se irguió para examinar el mapa con más detalle. Cuando lo hubo memorizado, extendió la mano derecha para recibir el misterioso diario.
Crow reflexionó unos momentos sobre sus palabras y luego respondió con calma:
—El diario queda en sus manos. Pero, debido a lo que contiene, creo que es mejor que no lo conozca hasta que llegue el momento oportuno. Que el heredero conozca su contenido cuando regrese es una baza demasiado importante…
Le entregó el libro y la miró fijamente, con el gesto serio que dejaba entrever cierta tristeza. Al fin y al cabo, sabía que no volvería a ver a sus majestades.
—Dígale al emperador que todo el clan está con él y que esperaremos al heredero. Puede ir ya.
Leilani asintió sin más. Depositó el libro sobre el escritorio, lanzó la cadena con el anillo al aire y dio un par de pasos atrás. Sujetó el extremo izquierdo de su falda y lo elevó mientras giraba. La tela la envolvió y fue reduciendo su figura hasta dejarla del tamaño de un palmo.
Entonces apareció un ave azulada, que alzó el vuelo para atrapar el colgante y se posó sobre el sillón donde, hacía apenas unos minutos, había estado la dama celestial.
—Natsume —resonó en la estancia. El diario se redujo hasta quedar del tamaño del ave.
—He oído que hay migraciones por estas épocas a Luipt. Será fácil seguir las bandadas. Me marcho, pues.
El pájaro inclinó la cabeza a modo de despedida y se preparó para emprender un vuelo más rápido que el anterior. Antes de salir por la ventana, sujetó el diario con las patas.
Crow inclinó también la cabeza ante el ave. La miró con cierta sorpresa por la forma que había escogido.
—La esperaremos de regreso. Recuerde: el diario debe estar aquí antes de terminar el año…
Recuperación de los documentos del Imperio
Durante la celebración de la boda de Calíope y Gojo, Crow se apartó discretamente de la sala. Ya había cumplido con las cortesías necesarias y no quería que su ausencia llamara la atención. El festejo continuaba a sus espaldas mientras él se encaminaba a ocuparse de un asunto urgente.
Le habían informado de que una de las secretarias imperiales, testigo del caos que se había apoderado del palacio, había conseguido poner a salvo los documentos más importantes. Los había sacado de allí para mantenerlos lejos de las manos del regente en funciones y los guardaba en la mansión. Crow sintió un profundo alivio al saber que aquellos registros seguían a salvo, lejos de miradas indiscretas.
No eran simples papeles. Entre ellos se guardaban datos sobre el clan y la línea de sangre de la familia real, además de registros, leyes y otros asuntos esenciales para la seguridad y la continuidad del Imperio. Y ahora los herederos necesitarían ese conocimiento para prepararse. Los documentos debían llegar a Heinri antes de que comenzara el proceso; no había tiempo que perder.
Crow se dirigió a la casa principal y localizó la entrada del sótano. Con la llave en forma de pluma que llevaba consigo abrió la puerta y bajó las escaleras. En el lugar donde los habían resguardado encontró los documentos intactos.
Con cuidado, pero sin demorarse, los reunió en una biblioteca portátil oculta por medio de un mecanismo mágico en aquella pluma estilográfica. La misma con que los habían sacado del palacio. Ya tenía lo necesario para llevarlos ante el emperador Heinri y poner a su disposición los registros que protegerían el futuro de Occidente.
Volvió discretamente a su carruaje y emprendió el camino esa misma noche. La celebración quedaba atrás; su prioridad era llegar hasta Heinri y entregarle los documentos cuanto antes.
El llamado de las diosas
Después de hablar con Heinri, Leilani desanduvo el camino hasta llegar al océano que separaba los continentes de Wol y Hwa.
Dicen que todo lo que sube tiene que bajar; en este caso, el procedimiento era inversamente proporcional. Aún en forma de ave, se dejó caer en picado sobre las aguas cristalinas para aparecer unos metros por encima de los dominios del clan celestial.
Desde allí contempló el lugar, ya conocido: una isla flotante de aspecto minimalista, cubierta por inmensas nubes cumulonimbos. En la punta de la edificación más alta flotaba una aureola que identificaba a las diosas como señoras de la isla.
Mientras descendía lentamente, su apariencia fue cambiando. Un hechizo hacía que toda diosa que cruzara los límites del paraje mostrara su verdadero rostro. Así se aseguraban de que los acuerdos alcanzados allí fueran plenamente confiables.
Leilani aterrizó en el centro de la laguna principal. Un grupo de mariposas la recibió con gran alegría.
—Queridas mías, tenemos trabajo que hacer.
Tras aquel rápido saludo, la de cabellos azabaches desplegó sus enormes alas blancas y voló a toda velocidad hacia su despacho.
La líder del clan poseía un gran libro con la descripción y una ilustración de origen humano de cada diosa nombrada, jubilada o sepultada. Cuando solicitaba la presencia de una deidad, el protocolo consistía en enviar cartas parecidas a cartas del tarot. En una cara llevaban el grabado de la apariencia y el seudónimo de la diosa convocada; en la otra, el sello y la firma de quien hacía la solicitud.
Ese día envió tres cartas: a la Oculta, a la Indescifrable y a las Gemelas. Solicitaba su presencia con suma urgencia. Las cartas llevaban el sello de una mariposa y estaban firmadas por la líder en persona; negarse al llamado se consideraría insubordinación.
La primera en acudir fue Eos, la siempre dulce Luz Oculta, diosa de la aurora y el destino. Se arrodilló ante la líder en señal de respeto.
—Mi señora, estoy a su disposición.
Leilani miró a la joven con una sonrisa complacida.
—Siempre tan eficiente, pequeña. Ponte cómoda.
Su despacho era amplio, demasiado para su gusto, y no tenía techo, de modo que Vixcen, el dragón que la protegía, pudiera entrar sin dificultad. Había muebles cómodos para las invitadas, un escritorio de madera y, junto al ventanal principal, un estanque de agua tan transparente como nunca había visto ojo mortal. Desde allí, Leilani podía vigilar cualquier lugar de cualquier universo.
—Las otras no deben tardar.
Permaneció de pie frente a la recién llegada.
Tal como Leilani había previsto, las siguientes diosas llegaron pocos minutos después. Sus quejas interrumpieron la conversación que ella mantenía con Eos.
Aracne, una de las Gemelas del Tiempo y el Espacio, se acercó refunfuñando. Athalanta, su hermana, hizo una reverencia pulcra.
—Nosotras ya nos jubilamos, oh gran señora —dijo Aracne con ironía—. Nuestras hijas son quienes ahora se encargan de los aspectos que alguna vez fueron nuestra jurisdicción.
Leilani suspiró con una pequeña sonrisa ante su actitud rebelde.
—Tan enérgica como siempre, Aracne. Athalanta, levanta la cabeza; no voy a castigar a tu hermana ni nada parecido.
La gemela más sumisa parecía asustada. En tono benevolente, Leilani añadió:
—Les explicaré la razón de mi decisión.
Dibujó varias figuras en el aire. Quedaron suspendidas frente a las tres diosas como hologramas. Representaban un palacio en medio de la arena, cubierto por una cúpula.
—Lo que haré es magia muy antigua. Por eso las he llamado a ustedes y no a sus descendientes.
Leilani les explicó el plan y por qué era esencial llevarlo a cabo para mantener el orden en el universo. Destacó especialmente la conexión entre los reinfallenses y las criaturas oscuras. Luego dirigió la mirada rojiza hacia el estanque.
—Es nuestro deber proteger ese imperio. ¿Has entendido, Aeolus? La Indescifrable.
La diosa que faltaba emergió del agua estancada.
—Vaya, vaya… Pupupupu —dijo Aeolus, sonriendo con malicia al saberse descubierta—. Perspicaz mariposilla.
Salió por completo de la poza. Un grupo de mariposas cruzó la puerta con una toalla para ella, pero Aeolus la rechazó. Generó una ráfaga de viento tan fuerte que alejó a los insectos y la secó de paso.
—Malditos bichos —murmuró con asco.
Después sonrió con hipocresía a la líder del clan y se inclinó ante ella.
La aparición de Aeolus alteró a Athalanta, que buscó refugio junto a su hermana.
—Me sorprende que aún no te hayan destituido por tu insolencia, Aeolus —dijo Aracne.
—Cállate, la harás enojar —susurró Athalanta con temor.
Las gemelas tenían el cabello tan rojo como el fuego, a juego con sus iris. Eran casi idénticas e imposibles de distinguir, salvo por la mirada gentil de Athalanta.
—Ajem. Deidades, por favor —intervino Leilani, intentando poner orden—. Si tienen alguna pregunta o queja, este es el momento.
Habló con firmeza para prevenir un enfrentamiento. Era bien sabido que Aeolus disfrutaba haciendo sufrir a Athalanta. En el pasado había enviado sequías a los campos protegidos por la diosa del espacio; tormentas inesperadas habían azotado más de una selva que ella diseñaba, y, durante los primeros asentamientos humanos, terremotos inclementes se habían llevado decenas de vidas. Aquello provocaba las lágrimas de Athalanta y la ira de Aracne.
Aeolus levantó la mano para pedir la palabra.
—Oh, sí. Yo, yo —dijo, fingiendo una expresión tierna que enseguida se convirtió en una mueca maliciosa—. ¿Qué gano a cambio?
Aeolus era una de las diosas más hermosas, pero también de las más juguetonas. Sus cabellos violáceos caían en espirales hasta la cintura. Tenía los labios carnosos y jugosos, aunque sus besos eran veneno puro.
—No se hagan las inocentes; todo tiene un precio. Me tomé la molestia de investigar sobre este emperador.
Una ventisca atravesó la estancia y susurró en los oídos de todas.
—Hace mucho que no devoraba un alma de ave…
La diosa se lamió los labios y sonrió de oreja a oreja al ver que Leilani asentía.
—Jujumm.
Rió escandalosamente. Athalanta se escondió tras su hermana, una reacción que no pasó inadvertida para Aeolus.
—¡Buh!
Se acercó a las gemelas y las asustó. La diosa del espacio gritó y la del tiempo se enfureció, dispuesta a golpear a Aeolus en la cara.
Leilani había escuchado con atención la petición. Ya la esperaba. Conocía las peculiaridades de sus diosas: las gemelas necesitaban maná porque no podían alterar el curso natural de las cosas con su propia energía. Hacerlo se consideraría un acto egoísta y una traición a las leyes universales, y serían borradas de la existencia.
Aeolus era la única de las deidades aún vigentes que pedía tributo a cambio de una bendición; disfrutaba especialmente de las almas mágicas. Eos, que había observado la reunión sin intervenir en el conflicto, necesitaba mantener al heredero en un lugar controlado para encaminarlo hacia el mejor destino posible.
Leilani percibió a tiempo las intenciones de Aracne y se interpuso entre las diosas, invocando su lanza celestial.
—¡Basta! Nada de peleas en mi despacho.
Su tono fue autoritario. Su mirada carmín, intensa y desafiante, se dirigió a Aeolus.
La única que aún permanecía tranquila, sentada y serena, se puso en pie. Era Eos, de radiante cabellera dorada.
—El sol está a punto de esconderse; no tenemos tiempo que perder. Señoras, es solo una niña. No veo necesario presumir nuestras apariencias divinas una vez en el sitio.
Su semblante reflejaba determinación y su voz, aunque gentil, era decidida.
—Leilani, diosa entre diosas, permítame ser quien primero bendiga a la pequeña.
Que más de dos diosas se reunieran en un mismo salón siempre terminaba en un enfrentamiento sin sentido. Que Eos estuviera allí para apoyarla era un gran alivio para Leilani.
—Muy bien. Eos, partirás conmigo de inmediato. Para las otras, hay una réplica del anillo que les permitirá entrar al oasis. Está en mi escritorio, sobre la ilustración de cada una.
Leilani caminó hasta colocarse junto a la diosa rubia. Eos se apresuró a tomar la sortija que le correspondía.
—Me aseguré de que cada anillo solo pueda ser sostenido por la deidad para la que fue diseñado.
Leilani miró a Aeolus.
—No gastes fuerzas intentando llevarte el anillo de Athalanta.
Se sostuvo el puente de la nariz, agotada, y se dirigió a las tres diosas sin centrarse en ninguna en particular.
—El anillo se romperá cuando salgáis del área después del ritual. Aseguraos de no olvidar nada.
Una luz cegadora envolvió a Leilani y a Eos y las transportó sobre una de las dunas del ducado de Luipt. Allí, Leilani se transformó en mariposa y Eos en abeja. Ambos insectos emprendieron el viaje sin demora.
El hechizo
[La frase original sobre la formalidad y los protocolos se interrumpe en «Aunque no sabían si era necesario pero la formalidad y protocolos eran lo…». La fuente no permite completar ese fragmento.]
«Sacrificaré lo que sea necesario por aquello que me importa.»
Tal como habían acordado, Heinri mandó preparar una de las habitaciones más amplias del palacete donde residían ocultos del resto del mundo desde hacía ya meses. La sala quedó limpia, ordenada y elegantemente decorada. Colocaron un sillón para que él y Navier pudieran compartirlo, además de varios más para recibir a las visitantes que esperaban. En el centro dejaron una mesa con té y algunos tentempiés que Emma había preparado con todo cuidado. Ella estaba a cargo del lugar y de la cocina, y sabía lo que estaba sucediendo.
Dieron orden de que nadie los molestase durante la espera. A la hora acordada, Heinri y Navier se dirigieron allí con sus dos pequeños. Ella se encontraba algo mejor, aunque todavía débil. Al principio se había mostrado reacia, pero, después de hablarlo, confiaba plenamente en las decisiones de su esposo. Con ambos pequeños en brazos, solo quedaba esperar.
Los últimos rayos del sol se colaban por los ventanales cuando los emperadores distinguieron unas flores que parecían surgir de la nada y empezaban a agolparse en el suelo, a pocos pasos de ellos. Eran hermosas, y sus dulces fragancias inundaron poco a poco la estancia. Pasados unos segundos, cuando ya se había reunido un montón considerable, algo comenzó a emerger de entre ellas.
La líder del clan celestial hizo su aparición. Las flores que acababan de materializarse formaban ahora parte del paraguas que llevaba.
—Sus majestades, es un placer verlos.
Inclinó ligeramente la cabeza y les sonrió con una mezcla de cariño y amabilidad.
La llegada de la diosa sorprendió a Heinri. Se puso en pie con cuidado, sosteniendo a uno de los bebés, e hizo una reverencia. Navier también se inclinó, aunque permaneció sentada por la dificultad de levantarse.
—Buenas tardes y bienvenida de nuevo. Está todo dispuesto como pidió…
Miró a su esposa por un instante, con una ligera sonrisa teñida de tristeza. Volvió a sentarse y le tomó la mano con delicadeza.
—Estamos listos.
Leilani asintió, complacida por las reverencias de ambos gobernantes.
—Buenas tardes.
Echó un rápido vistazo a su alrededor para comprobar que, tal como había dicho Heinri, sus indicaciones se hubieran cumplido. Cerró el paraguas.
—Sí, puedo verlo. Me temo que tengo que diferir con esa última afirmación. Aún falta ultimar detalles.
Habló con paciencia. Su aura se hacía notar mucho más de lo habitual y su presencia imponía el respeto digno de su posición; era evidente que ya no se encontraban en un ambiente de confianza.
—¿Puedo sostener a la niña?
Al acercarse a los dos mortales, dejó tras de sí un rastro de pétalos de colores. Heinri sonrió ampliamente al ver que le complacían los preparativos. Aunque la situación era tensa, le alegraba pensar que podría resolverlo todo y permanecer con sus pequeños antes de que tuvieran que marcharse. El tono de Leilani hizo que se pusiera algo más serio, aunque mantuvo una sonrisa cordial.
—Comprendo. Sí, adelante.
Miró a Navier, que también asintió. Ella le tendió a la bebé. Heinri dejó con cuidado al niño en brazos de su madre, tomó a la pequeña y se la entregó a Leilani. Confiaba lo suficiente en ella como para no temer por la niña, aunque el ambiente aún le resultaba inquietante.
Leilani acunó a la bebé con sumo cuidado. La pequeña era preciosa y le hizo sonreír con ternura.
—Eres un encanto.
El camino de flores que había dejado a su paso cobró vida y se desplazó hasta el lado derecho de la diosa, donde tomó la forma de una hermosa cuna.
—Descansa, Lylarain.
Con un ligero toque en los cortos cabellos dorados de la criatura, la sumió en un sueño profundo y plácido. Después la depositó en la cuna recién creada.
—Sus majestades, he de advertirles: cada diosa que hoy los visitará es muy diferente. Yo las presentaré antes de que hagan acto de presencia y les indicaré cómo deben actuar. En lo que a mí respecta, durante esta noche, y muy a mi pesar, procederé acorde con mi posición.
Se refería a que no ocultaría su aura. Volvió a abrir el paraguas, cerró los ojos un instante y lo apoyó en el hombro con una sola mano.
—Habiendo dicho esto… Cada una de nosotras dotará al bebé con un raro don, que en suma serán tres.
Aquella frase dio inicio a la ceremonia. Heinri y Navier se miraron y asintieron, expectantes. Observaron la situación con atención.
—Comprendido…
Quedaron en silencio, a la espera, pues por lo que había dicho algo estaba a punto de ocurrir.
Aunque el sol casi se había ocultado en el horizonte, un rayo de luz que solo podía describirse como etérea cruzó los cristales de una ventana y cayó a la izquierda de Leilani. Los destellos eran tenues, pero dejaban ver cómo millones de motas doradas y brillantes se condensaban para dar origen a una figura femenina.
Había llegado la primera de las invitadas divinas: Eos, con el aspecto que solía mostrar ante los mortales. De sus resplandecientes alas caían pequeñas plumas de vez en cuando, y el libro donde escribía los destinos de todos los seres permanecía suspendido a la altura de su cintura.
Eos arrugó la nariz y dejó escapar una voz empalagosa. Su infalible olfato había detectado, entre las fragancias florales, el aroma de los tentempiés dulces.
—Oh, ¿bocadillos? Umm… ¿Puedo?
Lo preguntó casi en súplica, con un pequeño puchero dirigido a la líder del clan.
Leilani se preparó para presentar a la primera deidad de la noche, pero la petición la hizo estallar en una carcajada.
—¡Adelante!
Volvió su mirada carmín hacia los emperadores.
—Su honorable excelencia, la diosa de la aurora y el destino, Eos. No debéis temer, majestades: en sus ojos verde aguamarina siempre hay armonía y de sus labios rosas jamás se ha borrado la sonrisa. Ella… es un pequeño terrón de azúcar.
Heinri, que permanecía en pie junto a su esposa, guardó rigurosamente el protocolo. Hizo una pronunciada reverencia ante la recién llegada. El comentario informal de Leilani solo volvió algo más amable su habitual sonrisa cordial; le pareció anecdótico.
—Bienvenida, diosa Eos. Agradecemos de todo corazón su ayuda en esta inusual solicitud.
Se incorporó e hizo un gesto invitador.
—Por supuesto, puede tomar lo que guste. Ha sido preparado en honor de ustedes.
Eos no prestó la menor atención al protocolo. Tras recibir autorización, se movió a una velocidad imperceptible para el ojo humano, sin causar mayores estragos, hasta la mesa de los bocadillos y se llenó las mejillas de dulces.
—Delicioso.
Habló con la boca llena, masticando con total satisfacción.
—¡Oye!
Le reclamó a Leilani que la llamara de aquella forma cariñosa. Luego pareció recobrar la compostura. Terminó de comer, se limpió elegantemente el rostro con una servilleta y volvió ante los gobernantes.
—Ajem. Ay, ¿dónde quedaron mis modales? Vuestras majestades, no se preocupen. Es para mí un placer estar aquí. Mis felicitaciones al chef.
Se sacudió unas migas del vestido y dirigió la mirada a la bebé.
—Princesita. Lylarain…
Con un movimiento del índice hizo que el libro, suspendido a su lado, pasara las páginas hasta encontrar la correspondiente a la pequeña que descansaba ante sus ojos celestiales. Habló con amargura mientras leía aquel libro sagrado:
—Ignorante eres del destino que se te fue arrebatado. Tu natalicio debió haber sido motivo de regocijo general; ahora oculta te hallarás hasta que cumplas los dieciséis.
—A cambio de la libertad propia de la más tierna infancia y del gran día de fiesta en que nobles y plebeyos debieron rendirte pleitesía…
Cerró el libro. En la portada estaba escrita la palabra «Destino».
—Mi don especial para ti será la sapiencia.
Acarició con suma delicadeza el rostro de la pequeña y empezó a sonar un coro angelical. La voz del coro cantó:
«Un don esencial para una emperatriz sin igual, labios rojos de rubí que algún día sabias órdenes han de decir».
Eos continuó, trazando para ella un destino:
—Portarás la corona con pulcritud y todo el reino celebrará tu virtud. En el trono de tus antepasados te sentarás; decenas de primaveras tu gobierno verá y buenas personas a tu lado estarán. Ese es el destino que he trazado para ti, pajarito. Volarás, pero no muy lejos por ahora.
Una pequeña lágrima rodó por la mejilla de la diosa hasta caer sobre el abdomen de la bebé. Desde entonces, la niña no podría alejarse más de un kilómetro del palacete.
—Lo siento.
Eos desapareció de la misma forma en que había llegado, entre una luz escarchada.
Heinri escuchó todo en silencio y volvió a tomar la mano de su esposa. Las lágrimas se vislumbraban en sus ojos violáceos mientras contemplaba la escena y oía las palabras pronunciadas. El sueño de una hermosa y alegre fiesta por el nacimiento de sus primogénitos se esfumaba. Cerró los ojos para contener las lágrimas y calmarse. Se repitió que era necesario, que todo era por el bien mayor. Sonrió con tristeza ante la restricción impuesta y el don otorgado a su pequeña. Sin duda sería una excelente gobernante.
Leilani mantuvo una expresión estoica y dio espacio a su análoga para que otorgara el don que considerase más conveniente. Confiaba plenamente en el juicio de Eos y se preparaba para la llegada de las gemelas. Miró de reojo al rubio mayor, que hacía un esfuerzo monumental por no dejar escapar las lágrimas.
—Respecto a las diosas que nos acompañarán a continuación, dicen los escritos más antiguos que, antes de que se formara la amalgama universal, existía una única y gran estrella que se sentía profundamente sola, por lo cual dividió su carácter en dos.
Cuando Eos desapareció, Leilani les explicó:
—Las ahora estrellas hermanas dieron origen a toda la materia. Seguid mi consejo, majestades: respetad a Athalanta, la afable diosa del espacio, y a Aracne, la tejedora diosa de las redes temporales; ella os respetará. Sabréis reconocerlas, pues Athalanta será la única que os salude. Guardadles el protocolo en todo momento. Tened presente que, desde la partícula más antigua de vuestra alma, ellas son las creadoras.
Heinri y Navier casi contenían el aliento ante toda la emotividad de la situación. Asintieron a la advertencia y aguardaron la llegada de las siguientes.
Tras las palabras de la líder, el suelo comenzó a temblar. Una esfera blanquecina apareció en el centro de la estancia y se expandió, hasta parecer engullir la habitación y a todos los presentes. Solo Leilani sabía que la sala había entrado en una pausa temporal.
Por la puerta se abrió paso una pequeña afluencia de agua que mojó hasta los talones a quienes tenían los pies sobre la superficie. Así culminó el movimiento tectónico. Dos peces koi llegaron al lugar, uno naranja con manchas blancas y el otro blanco con manchas negras. Las puertas se cerraron tras ellos. Nadaron en círculos y levantaron una columna de agua cerca de Leilani. De ella aparecieron las invitadas, tomadas de la mano.
—Buenas tardes —saludó Athalanta con los ojos cerrados y una dulce sonrisa, mientras soltaba la mano de su hermana.
Heinri sintió el temblor sin dejar de sostener con firmeza la mano de su esposa. El agua le mojó los pies; Navier, en cambio, alzó los suyos con elegancia antes de que llegara a mojarla. Ambos miraron con cierta preocupación a los dos pequeños.
Tan pronto empezó el temblor, Leilani se acercó de forma protectora a la cuna de la princesa. Se elevó lo suficiente para no mojarse y orientó el paraguas para evitar las salpicaduras de la columna de agua.
—Sus honorables excelencias, la diosa del espacio, Athalanta, y su hermana, la diosa del tiempo, Aracne.
Las presentó señalándolas con un ademán y volvió a cerrar el paraguas. Heinri respiró aliviado al ver que Leilani resguardaba a la niña. Siguiendo sus indicaciones, reverenció a las recién llegadas.
—Bienvenidas. Gracias por su presencia y su ayuda. Quedamos profundamente en deuda con ustedes.
Aracne se giró hacia el rubio y le dedicó una mirada de superioridad.
—¿Pero qué ven mis ojos? Un mortal bien entrenado.
Se acercó a Heinri con un gesto prepotente. Dio una rápida vuelta para apreciar la elegancia de los aposentos.
—Me gusta la decoración. Veo que se han tomado muchas… molestias.
Terminó la frase levantándole el mentón al monarca con el índice.
—Hermana, déjalo en paz. Suficiente es tener que arrebatarle el maná —dijo Athalanta, permaneciendo en su sitio con expresión apenada y la mirada gacha.
—Hermanita, siempre tan buena… demasiado. Solo quería probar si este humano tenía el descaro de mirarme a los ojos.
Aracne escupió las palabras con desdén y se apartó del emperador.
—Hermana… Para —pidió Athalanta, apresurándose a tomar una de sus manos entre las suyas.
—Tch… De acuerdo.
Leilani observó la escena desde su lugar junto a la heredera. Tuvo el impulso de intervenir, pero decidió no hacerlo: sabía que Aracne solo intentaba dejar claro su predominio y que jamás lastimaría a alguien sin motivo. Había adquirido ese hábito con el tiempo, después de sufrir muchas traiciones humanas. Se limitó a indicarle rápidamente a Heinri que no mirara a la diosa a los ojos, pues de lo contrario ella le mostraría sus mayores miedos.
Al sentir la mano de la deidad, Heinri se tensó. Vio la señal de Leilani, pero su mirada se desvió de inmediato hacia Navier, que también había percibido el gesto de la líder y observaba con discreción, algo incómoda por aquellas confianzas. Cuando Aracne lo soltó, respiró aliviado y retrocedió ligeramente, manteniendo la vista en el suelo. No sabía si era oportuno decir algo, así que prefirió esperar.
Las gemelas dirigieron la atención a los lactantes: Athalanta a la niña y Aracne al niño. Cada una se situó frente a la criatura que había captado su interés.
—Vaya, vaya, debiste decir que se trataba de mellizos —le dijo Aracne a Leilani.
La de cabello azabache se encogió de hombros, restándole importancia a haber pasado por alto aquel detalle.
Aracne se dirigió al bebé rubio:
—Principito, no has de sentirte desamparado; buena salud te he otorgado.
Frotó el índice y el pulgar a unos milímetros de la cabeza del pequeño. Un diminuto grano de arena hizo estornudar al bebé. Aunque no lo aparentara, Aracne sentía una gran piedad y, al ver relegado al niño, decidió regalarle un poco de su propia entereza. Para la diosa eso no supondría más que perder una pestaña.
—Hermana… —dijo Athalanta.
Finalmente, la diosa espacial dirigió la palabra a una de las mortales, la emperatriz.
—Mi señora, es mejor que se retire.
Sus ojos dorados se encontraron con los rubíes de Leilani y le mostraron lo que Heinri tendría que soportar a continuación. Leilani sonrió ligeramente ante la acción de la diosa intemporal, pero la sonrisa se borró al contemplar aquella visión.
—Majestades, hagamos una pausa —dijo, intentando disimular la preocupación.
Se dirigió a ambos gobernantes y miró de reojo el portón que daba al pasillo.
—Navier y los niños pueden irse a descansar. Heinri, acompáñalas. Además, creo que será bueno que te tomes un tiempo.
Heinri y Navier observaron con atención el intercambio de miradas y de palabras no dichas. Él estaba intranquilo por lo que ya sabía, pero intentó no mostrarlo. Sonrió, ayudó a Navier a salir de la habitación con los pequeños, que debían alimentarse, y la acompañó para que descansara.
Leilani chasqueó los dedos. El agua que aún cubría el suelo se reunió en una pecera y las divinidades gemelas volvieron a tomar forma de peces, pues en realidad eran tímidas. Mientras aguardaban, Leilani sostuvo la pecera entre los brazos e hizo aparecer unas cuantas algas para que las diosas pudieran alimentarse. El pez de Athalanta comió sin problema; el de manchas negras, que correspondía a Aracne, ignoró el alimento como si la ofendiera.
—No seas testaruda —susurró Leilani, algo divertida por la situación.
Frunció el ceño, incómoda.
—Ummh, quisiera que se quedaran para ayudarme con Aeolus…
Al oír el nombre, el pez naranja se movió de forma errática.
—Lo sé, no las pondré en una situación delicada.
Poco después, Heinri volvió a la sala. Tomó aire y abrió la puerta con decisión. Caminó hacia las diosas y se inclinó respetuosamente.
—Bien, estoy aquí. ¿Qué se requiere para continuar?
Preguntó con educación y el tono más cordial posible. Si podía ganarse algún favor adicional con su buen comportamiento, no dudaría en hacerlo.
Aracne fue la primera en recuperar su forma y salir del agua. Sonrió con aprobación ante la actitud del mortal y chasqueó los dedos para echar el cerrojo a la puerta.
—Alguien tiene agallas. Aunque me temo que nada podría prepararte para lo que viene.
Athalanta también recobró su apariencia.
—Tome asiento, respire profundo y, si gusta, cierre los ojos.
Habló preocupada por el bienestar del hombre. Luego le informó, con voz temblorosa:
—Debemos quitarle su maná. Es un procedimiento en extremo doloroso.
—El humano se ve fuerte; yo digo que se quede de pie —comentó Aracne con ironía.
Su hermana y la líder del clan le dirigieron una mirada de descontento.
Heinri recordó lo que Leilani le había explicado y sus gestos. Procuró evitar la mirada de las diosas, aunque no se dejó amedrentar: mantuvo la frente en alto y miró hacia otra parte. La advertencia sobre el dolor lo hizo estremecerse; le trajo recuerdos dolorosos de lo ocurrido a su hermano y de todo lo que había padecido. Aun así, confiaba en su propia entereza. A esas alturas de su vida no iba a dejarse intimidar.
—Procedan.
Lo dijo sin moverse ni un ápice.
La decisión del emperador sorprendió a todas las solemnes damas, y cada una reaccionó de forma distinta. Aracne sonrió de oreja a oreja: el mortal se había ganado su respeto. Athalanta volvió a mirar a Leilani, incrédula y muy asustada. La líder apretó los labios e hizo un gesto con la mano para indicarles que respetaran los deseos del hombre y prosiguieran.
Para comenzar, cada gemela tomó una mano de Heinri: Athalanta la derecha y Aracne la izquierda. Ellas también se tomaron de las manos y cerraron los ojos. Cuando volvieron a abrirlos, eran completamente dorados, sin iris.
—Eres un humano muy interesante —dijo Aracne, aún sonriente.
—Eres más estúpido que otros humanos —dijo Athalanta.
Los cabellos de ambas comenzaron a levitar y un fuerte viento se hizo presente. Athalanta derramaba lágrimas de oro; el cuerpo de Aracne se llenó de runas doradas que parecían quemarle la piel y la hicieron apretar los dientes.
—Escucha ahora las palabras de tus creadoras, los secretos escondidos en las estrellas. Nosotras, las antiguas diosas, reclamamos nuestra obra oculta en este valiente mortal.
Conjuraron al unísono. Sus voces se entremezclaron y resonaron por toda la habitación. Al concluir, deshicieron el agarre entre ellas y enterraron esas mismas manos en el pecho del gobernante, provocándole el peor dolor que jamás había experimentado.
—Sangre por sangre.
Heinri suspiró y respondió respetuosamente:
—Al fin y al cabo, hacer algo que sabes que va a ser doloroso puede considerarse valiente, aunque también estúpido…
Se dejó hacer. Le incomodaba la situación y el contacto de aquellas manos, cuyo tacto era extraño, pero las diosas le inspiraban un gran respeto por su poder y por el inmenso favor que le estaban haciendo, a pesar de que el precio sería muy alto. Sabía que aquello era solo una parte, aunque una de las más crudas que tendría que soportar: perdería el poder mágico que tanto orgullo le producía, aunque ya le serviría de poco.
Tomó aire y cerró los ojos. Sintió que las manos rozaban su pecho, ardían y empezaban a atravesar todo su ser, terrenal y no terrenal. Apretó la mandíbula mientras el maná abrasador recorría su cuerpo y se drenaba hacia su centro, condensándose. Ahogó un grito de dolor para no asustar a su familia. En sus pensamientos volvía a su reina; las lágrimas se agolparon en sus ojos y resbalaron por sus mejillas.
Pensó en sus pequeños, la fuerza que ahora lo empujaba a hacer cualquier cosa por ellos. Pensó en el Imperio que había levantado al convertir el reino de sus antepasados y que había hecho florecer, pero que ahora amenazaba con marchitarse o perderse en manos ajenas. Todo aquello le daba fuerzas para soportarlo.
Exhaló. Sintió que las manos se retiraban lentamente, llevándose una parte de sí mismo. Entreabrió los ojos húmedos mientras el dolor, aún presente, comenzaba a disiparse. Entonces vio su maná convertido en un orbe entre las manos de la diosa: una parte de él y de su ser. Le habían prometido que conservaría temporalmente su transformación, pero aquel orbe era el recordatorio de lo que estaba por suceder.
A duras penas consiguió mantenerse consciente antes de caer de rodillas, encogido por el dolor, mientras seguía llorando por lo perdido, por lo ganado a cambio y por aquello que quería proteger.
Leilani se mantuvo expectante, intentando desconectarse de la realidad y contener el sentimiento de culpa que poco a poco empezaba a carcomerla. Una voz le reclamaba por haber expuesto a quien llamaba «amigo» a algo tan cruel. Gruesas lágrimas formaron ríos por sus mejillas rosadas; aun así permaneció en completo silencio, obligándose a mirar.
Aracne se encargó de reunir por completo el maná y Athalanta de extraerlo; esta última sostenía finalmente el orbe entre sus manos. De la boca de Aracne, igual que de cada una de sus runas, salían columnas de humo.
—Descansa, hermana mía —dijo Athalanta.
Sostuvo el orbe con una mano, sin soltar a su hermana, y la ayudó a llegar al asiento más cercano. Poco a poco, ambas diosas recuperaron la apariencia con la que se habían presentado.
—Lani… el humano…
La voz de Aracne estaba quebrada. Era evidente que el procedimiento también le había resultado doloroso, aunque no tanto como al mortal.
—Ni siquiera me explico cómo sigue con vida.
Con los ojos cristalinos le rogó a su superior que ayudara al desdichado.
Leilani estaba en un trance tan profundo que ni siquiera había notado que todo había terminado. Al oír a Aracne llamarla de aquella manera tan particular, una forma que solo usaba en ocasiones muy puntuales, volvió al presente y corrió a socorrer a Heinri.
—Vamos, majestad, beba esto. Se sentirá mejor.
De entre sus anchas mangas materializó un pequeño frasco de cristal que contenía algunas de sus propias lágrimas. Se lo entregó y sostuvo al rubio con suma delicadeza por los hombros. Su contacto era gentil y reconfortante, incluso maternal. Las palmas de sus manos brillaban con los colores del arcoíris mientras intentaba aminorar todo lo posible el dolor del emperador.
Heinri, aún retorciéndose por el dolor y conteniéndolo en parte con su fuerza de voluntad, se aferró a lo que ella le ofrecía, confiando plenamente en Leilani. Bebió el contenido del frasco y, junto con el poder de la diosa, poco a poco recuperó cierta calma. Cuando se sintió algo mejor, se arrastró para apartarse y apoyarse en un sillón. Pasaron unos minutos entre resuellos pesados. Titubeó al intentar hablar, hasta que finalmente lo consiguió.
—¿Qué más queda?
A pesar de lo ocurrido, pensaba que cuanto antes acabara todo aquello, mejor.
Las tres deidades se compadecieron del gobernante. Aracne, que ya había recuperado el aliento, tomó la palabra. Mientras hablaba, su hermana entregó a Leilani el orbe de maná.
—Debemos traer a la niña. Lani hará el bucle temporal; nosotras ya nos vamos.
—Aún no nos iremos —dijo Athalanta.
La diosa, habitualmente recatada, se acercó a Heinri y lo ayudó a sentarse.
—Ha soportado lo que ningún ser debería. Se ha ganado la estima de mi hermana y mi admiración. Su hija tendrá mi bendición.
Lo declaró ante las miradas escépticas de las otras divinidades. Aracne caminó torpemente en dirección a su hermana.
—¿Hablas en serio?
—Muy en serio. Estoy segura de que también sentiste el amor que este hombre tiene por su familia y por su patria. Mira lo que ha llegado a soportar: es una recompensa merecida.
La bendición de Athalanta era la bendición de la tierra misma. Era muy importante y pocas veces se había otorgado; aquella sería la primera vez que la recibiría un mortal.
Heinri, algo pálido y con el brillo de los ojos apagado, observó con cautela la conversación de las diosas, distante y en silencio. Solo quedaba esperar. También quería descansar, pero faltaba poco.
Leilani acunó el orbe entre los brazos. Escuchó perpleja las declaraciones de Athalanta, hizo levitar la condensación de maná y la colocó en el centro de la estancia. Después volvió a acercarse al rubio.
—Heinri, ¿quién puede traer a la niña? Heinri…
Intentó moverlo un poco para que reaccionara.
—¡Heinri!
Al verlo ido, se alarmó. Dejó fluir más de sus preciadas lágrimas, llenó el frasco hasta arriba e hizo que el emperador bebiera hasta la última gota.
Heinri parpadeó; apenas podía mantenerse despierto. No sabía cuánto tiempo había pasado mientras Leilani le daba más de aquel líquido revitalizador, pero se sentía falto de energía. Al volver un poco más en sí, reaccionó a la pregunta.
—E… Emma…
Lo murmuró, apoyándose en el lateral del sofá y sosteniéndose la cabeza con la mano. Hizo un gran esfuerzo por volverse hacia Leilani, preocupado.
—Emma puede traerla… La niña… ¿Ella estará bien, verdad? Lo prometiste…
Recordó que había visto a Emma esperando fuera y sabía que no andaría muy lejos.
Leilani se relajó al ver reaccionar a Heinri.
—Bien… Yo diría que estará más que bien.
Le sonrió para tranquilizarlo y buscó la mirada de las diosas gemelas. Ambas asintieron en dirección al rubio. Athalanta puso una mano en el hombro de la mujer de cabello azul, como muestra de apoyo.
—Ve, nosotras nos quedaremos con él —dijo en tono amable.
—No debes preocuparte… vivirá —secundó Aracne.
Leilani recobró un semblante relajado y salió al encuentro de Emma, a quien descubrió justo detrás de la puerta. La cerró con sumo cuidado para no permitir que la otra mujer mirase dentro.
Navier y los niños estaban descansando en sus respectivos lugares. Emma había regresado a vigilar la misteriosa habitación. Al escuchar el ruido de la puerta, se puso en guardia y apuntó con su cuchillo más afilado a la mujer.
—¿Qué se le ofrece? ¿Dónde está el emperador?
Le cuestionó en tono amenazante, aún sabiendo que se trataba de una divinidad. Leilani no pareció inmutarse. Con solo rozar el cuchillo con un dedo, lo reemplazó por una flor.
La conversación fue tensa. Emma hizo muchas preguntas y recibió respuestas monosilábicas que no terminaban de convencerla; pero tenía órdenes de ayudar. Se apresuró a traer a la niña y, todavía desconfiada, se la entregó a la dama, que la tomó con sumo cuidado antes de regresar al interior.
Heinri se mantuvo atento, aunque a duras penas podía observar la puerta. Unos momentos se le hicieron eternos. Cuando vio entrar a Leilani con la niña, sintió cierto alivio. Aun así, quería asegurarse de ser el único en padecer con todo aquello.
—¿Todos están bien? —preguntó en un hilo de voz, mirándolas.
Leilani llevó a la niña hasta la cuna que había hecho a su llegada. Miró de reojo al gobernante, que parecía haber recuperado una ínfima parte de sus fuerzas.
—Todos están perfectamente. Concéntrese en descansar.
Dejó paso a sus compañeras, que ya se acercaban a la pequeña.
Heinri suspiró y se relajó un poco en el sillón. Pero apenas cerraba los ojos un instante, volvía a prestar atención a cuanto ocurría junto a su hija.
Las hermanas intercambiaron una mirada al llegar frente a la niña. Se tomaron de las manos y, al mismo tiempo, desplegaron unas hermosas alas blancas.
—Confío en ti —dijo Aracne con un gesto cargado de cariño dirigido a la diosa del espacio.
Athalanta habló a la pequeña sin soltar las manos de su hermana. Ambas empezaron a flotar, rodeadas por pequeños granos de arena y brillantes partículas verde lima que aparecieron en la estancia.
—Gentil princesita, Lylarain… A cambio del dolor de tu padre, de los gritos que no profirió y de las lágrimas que le vencieron, de ningún padecimiento sufrirás. Por dieciséis años, ni una sola penuria conocerá tu corazón y el maná que corre por tus venas madurará.
Las flores de la cuna empezaron a expandirse por la estancia. Todo el ambiente se volvió lo opuesto a lo que se había visto antes: gentil, pacífico y bello.
—Mi don especial para ti será la plenitud.
Cada diosa dio un pequeño beso en la mejilla de la niña: Aracne en la derecha y Athalanta en la izquierda, al contrario de cuando habían tomado las manos del rubio. Esta vez Aracne le otorgó vitalidad y Athalanta extrajo cualquier afección presente, pasada o futura.
Las gemelas se separaron de la niña y desaparecieron convertidas en pequeñas gotas de agua. Un coro angelical precedió su partida. Su don encantador le concedía dieciséis años sin dolor y el control total del maná, algo que envidiaría el mejor mago de la nación.
Heinri abrió un poco más los ojos y escuchó con atención lo que decían las deidades. Soltó un leve suspiro de agrado. Al menos su esfuerzo no era en vano. Sonrió un poco, pese al dolor que todavía le presionaba el pecho. Al menos, su hija tendría una preocupación menos.
Cuando se quedaron a solas con el emperador y la niña, Leilani sostuvo a esta última.
—Dulce princesita. Lylarain… Mi don para ti será…
En ese instante un fuerte ventarrón azotó la habitación. Leilani acunó a la bebé contra el pecho y lo usó como escudo para protegerla. El cabello se le alborotó; algunas flores volaron por las ventanas y a duras penas podía mantener los ojos abiertos.
Sabía lo que significaba: ella había llegado.
Heinri notó que algo ocurría e intentó ponerse en pie, sin mucho éxito. Ver a Leilani sosteniendo a la niña le produjo alivio, pero se mantuvo alerta, afianzado al sillón.
Una fuerte risa resonó en la estancia y un pequeño tornado en forma de mujer apareció frente al hombre, todavía débil.
—Esta sí que es una reunión brillante, emperador Heinri I.
La mujer terminó de materializarse. Sus iris violáceos y los cuernos que tenía sobre la cabeza le daban un aspecto más demoníaco que divino.
—La realeza…
Hizo una sutil reverencia, cargada de sorna.
—La nobleza…
Se señaló a sí misma, llevándose el índice al mentón. Antes de terminar la frase, soltó una carcajada y dirigió a Leilani una mirada de reojo con fingido desprecio.
—Y qué singular… Hasta la gentuza.
Heinri se preocupó por la forma en que había llegado aquella entidad y le pareció excesivamente grosera. La actitud protectora de Leilani le indicó que debía estar alerta. Se mantuvo firme en lo posible a pesar de la debilidad, la miró sin inmutarse y trató de ocultar que apenas podía moverse.
—Bienvenida… Debe ser nuestra última invitada, supongo.
Miró de reojo a la líder de las diosas y luego mantuvo la vista en la recién llegada, esperando indicaciones. No se dejaría amedrentar.
Leilani sabía que no debía acercarle a la niña: aunque tenían un acuerdo, Aeolus era impredecible y su aparición lo dejaba claro. Dio un par de pasos hacia atrás antes de asentir a la afirmación del gobernante.
—Su honorable excelencia…
Se obligó a presentar a la deidad.
—La diosa del viento y lo incierto, Aeolus.
Se aclaró la garganta.
—Se supone que no nos acompañarías, aún.
La mujer celestial juguetona tomó asiento en el aire, cruzando las piernas mientras fingía indignación. Tiró de uno de sus mechones de pelo.
—Oh, qué embarazosa situación. En tal caso será mejor que me vaya.
Fijó los ojos en el mortal. Le había gustado la manera en que le había hecho frente.
Heinri mantuvo la atención en las diosas, extrañado, pero sin perder la firmeza. Si Leilani decía que Aeolus no debía estar allí, ¿sería mejor dejar que se marchara? ¿Realmente lo haría? ¿No debían acudir ya todas las diosas? Buscó la mirada de la líder para saber qué hacer.
Aeolus se encogió de hombros y se dio la vuelta con intención de irse. Un escalofrío la hizo mirar por encima de su cabeza. Allí encontró el orbe.
—Mariposa astuta…
La ira se le instaló en el rostro, aunque intentó disimularla. Creyó que Leilani no cumpliría con su parte del trato. Interpretó aquel orbe como el alma de ave de Heinri y, cegada por la sensación de traición, ni siquiera se molestó en comprobarlo.
—Pupupu… Es más…
Sonrió de forma escalofriante mientras el viento volvía a descontrolarse.
—Para demostraros mi buena voluntad… Yo también concederé un don a la niña.
Caminó en dirección a la mujer de cabello azul. La líder del clan invocó rápidamente su lanza y la apuntó contra la diosa furiosa.
—¡Oíd bien, emperador!
Aeolus alzó los brazos. Una terrible ventisca sopló y quebró levemente la defensa de Leilani. El vendaval se apoderó del lugar.
—La princesa crecerá dotada de salud y su reinado será virtuoso. Podrá ser amada por cuantos la conozcan… Pero al cumplir los dieciséis años, antes de que recupere la libertad, regresaré por su alma de ave y me la comeré.
Rió escandalosamente.
—¡Jah, jah, jah, jah, jah!
El clima regresó a la normalidad.
En aquel momento Heinri entró en furia, aunque todavía le fallaban las fuerzas. Con una sonrisa malévola, sin moverse un ápice y mirando fijamente a la diosa, continuó hablando con calma. Eso hizo que sus palabras resultaran aún más impactantes.
—Será una diosa… Aunque parezca, como usted misma dijo, chusma.
Hizo una pausa intensa.
—Pero como ose tocar ni el más mínimo cabello de mi hija, le aseguro que removeré cielo y tierra. Reuniré a todas las deidades si es necesario y la arrancarán de cada parte de su cuerpo, de sus poderes y de su alma… Parte por parte. Hasta dejarla sin nada más que sus oídos para escuchar cómo todos se ríen de usted.
Se movió ligeramente para apoyar el rostro en una mano, todavía con aquella sonrisa maligna. Sabía que quizá estaba jugando con fuego, pero fuego era precisamente lo que corría por sus venas en aquel momento.
—Así que no ose siquiera pensar en hacer algo fuera de lo acordado o dañar a los míos. Porque, al igual que la líder de las diosas ha accedido a concederme este favor, le aseguro que puedo poner de mi parte a los seres más poderosos. Y volver del mismísimo infierno si es necesario para hacerla sufrir lo inimaginable…
Un breve silencio siguió a sus palabras.
Leilani mantuvo la distancia, esperanzada en que Aeolus se marchara sin causar problemas. Era evidente que había un malentendido, pero eso no justificaba que la diosa desafiara su autoridad y mucho menos que hiciera daño a la princesa.
—Aeolus… Detente en este instante.
Le apuntó con la lanza celestial a la garganta, tratando de impedir que pronunciara aquella maldición. Aeolus no le hizo el menor caso. Cuando terminó, Leilani estuvo a punto de reprenderla, pero Heinri se le adelantó. Miró al bebé que tenía en brazos, avergonzada; aquello no quedaría así.
La diosa abrió los ojos, sorprendida. Aeolus parecía estar entre asustada, enojada y fascinada; Leilani podía sentirlo. El emperador la había confundido con sus palabras. Aprovechó la distracción y lanzó su arma hasta cortarle el brazo a la deidad, haciéndola «sangrar». Por las venas de las diosas no corría sangre, sino aquello que estuviera a su cargo; en el caso de Aeolus, era aire.
—Aeolus, este ha sido tu último acto de insubordinación…
La miró con severidad.
Heinri sonreía complacido. Estaba claro que aquella acción de la líder de las diosas daba más peso a su amenaza.
La poderosa diosa del viento, la despiadada diosa de lo incierto, se quedó en shock. ¿Cómo se atrevía aquel mortal a dirigirle la palabra y, mucho más, a amenazarla? Era una experiencia totalmente nueva. Sintió… ¿miedo? Salió de su estupor cuando el dolor del corte le recorrió el cuerpo y la hizo tambalearse.
—¡Atrás!
Advirtió con las manos temblorosas, mirando del rubio a la líder, sin saber qué hacer. Al verse acorralada, no se le ocurrió nada mejor que transformarse en un tornado y desaparecer. Se llevó consigo la zozobra del castigo que le esperaba. Lo supo perfectamente; habría jurado que lo vio en los ojos de Leilani.
Heinri había observado con firmeza a la diosa e incluso había amagado con levantarse, aunque apenas tenía fuerzas. La crueldad de su mirada dejaba claro que la amenaza no era vacía y que estaba dispuesto a todo. Sin embargo, al verla desaparecer, volvió a desplomarse sobre el sillón, desinflado y sin fuerzas, respirando con dificultad. Sonrió triunfalmente hacia Leilani, sabiendo que todo estaría bien, y asintió para hacerle saber que, dentro de lo posible, se encontraba bien.
—Cobarde… —susurró Leilani para sí al ver huir a Aeolus.
—¡Majestad!
Se acercó rápidamente al percatarse de que el rubio se había desplomado. Suspiró aliviada cuando él le sonrió victorioso. Depositó a la princesa en la cuna y, mirando al emperador, hizo una marcada reverencia, apoyándose en las rodillas e inclinando la cabeza.
—Le ofrezco mis más sinceras disculpas. Enseguida lo enmendaré.
Se irguió de nuevo y sujetó su lanza, que permanecía suspendida justo bajo el orbe.
—Dulce princesita, si por ese desdichado embrujo te han de quitar tu alma de ave… Que haya un rayo de esperanza: ese será el don que te concedo. No serás tú la afectada; la fatal profecía será pagada con el alma de tu padre.
Llevó la mano libre al corazón.
—Y, a cambio, él obtendrá una cálida eternidad junto a su amada.
Entonces atravesó con la lanza el orbe de maná. Este estalló como una burbuja, dando inicio al bucle temporal. Un coro angelical, más armonioso que los anteriores, llenó la estancia:
«Nunca olvides de tus padres el amor».
En aquel momento Heinri sintió calma. Supo que todo estaba hecho y pudo descansar durante largo tiempo. Poco a poco se sintió mejor y pudo llevar una vida relativamente normal, aunque más débil y sin su magia. Solo conservaba su forma de ave… de momento. Pero estaba con su familia. Vería crecer a sus hijos y estaría por siempre con su esposa en aquel lugar.
Primer día del hechizo — los primeros cuatro años en el palacio
Tengo recuerdos desde muy pequeña. Quizá se debieran a las bendiciones de las diosas o a la inteligencia que heredé de mis padres, que, por supuesto, son geniales.
Recuerdo perfectamente aquellos primeros años, cuando todo eran juegos con papá, mamá y mi hermano.
Teníamos espacio suficiente para nosotros, que éramos tan pequeños, y siempre dormíamos con mamá y papá. A veces lo hacíamos en forma de aves, arrullados por nuestro padre y bajo el cálido amparo de sus alas.
Nos alimentaban y cuidaban con muchísimo cariño, igual que Emma y los demás sirvientes de la casa. No nos faltaba nada; crecimos rodeados de amor y atenciones.
Fue la época más tranquila: sin obligaciones, sin saber gran cosa de lo que ocurría a nuestro alrededor y con la inocencia de quien desconoce su aislamiento. Para nosotros, aquel pequeño rincón del mundo era más que suficiente para dar nuestros primeros pasos y aventurarnos. Yo, sobre todo, exploraba cada rincón del jardín durante nuestros juegos.
A menudo papá tenía que salir a buscarme, porque en cuanto podía echaba a volar a cualquier sitio y me escondía entre risas.
Hice muchas travesuras —de nuevo, sobre todo yo—. Me podía el deseo de tocarlo y observarlo todo, de aprender cómo funcionaban las cosas. Mis manitas iban a parar a cuanto objeto tuviera cerca, y eso me valía algunos regaños cariñosos.
Fue la etapa más feliz de mi vida. Siempre la recordaré con cariño.

Crow lleva los documentos a Luipt
Tras varias horas enfrascado en sus tareas, Crow terminó gran parte del trabajo. Dejó el escritorio pulcro y ordenado y, al mirar por la ventana, vio que el sol empezaba a descender.
Había llegado el momento de marcharse. Recogió lo necesario, aquella pluma que escondía los documentos y uno de los anillos del clan que permitían el acceso al lugar y que portaba normalmente de forma discreta. Por suerte el que había dado a la joven de cabello azulado no era el único que disponía.
Salió sin ser visto por la ventana del despacho y cambió de forma. Emprendió el viaje hacia la mansión oculta del ducado de Luipt, donde se alojaba la familia real. Sobrevoló el desierto, haciendo breves paradas en lugares que ya conocía. Tendría que apresurarse para completar el trayecto de ida y vuelta durante la noche. Quizá fuera la última vez que visitara aquel lugar.
Al llegar a la zona, el anillo se activó y le permitió entrar en el palacete oculto. Crow aterrizó apresuradamente en la habitación prevista para su llegada, se vistió y salió en busca del emperador. Llevaba en aquella pluma ocultos los documentos más importantes de Occidente, que la secretaria había puesto a salvo.
Emma había elegido acompañar a los emperadores durante su reclusión y continuaba sirviéndolos como siempre. Casi había llorado de felicidad al asistir al nacimiento de los príncipes y desde aquel primer día se había ocupado de que nada les faltara.
Cuando oyó el plan, le había parecido imposible. Quiso oponerse para poder estar en la habitación y proteger a sus majestades, pero finalmente acató las órdenes. Ahora caminaba en círculos frente a la puerta, con las manos enguantadas cerca de sus cuchillos, sin llegar a empuñarlos. No podía oír lo que ocurría dentro ni sabía si las visitantes sobrenaturales ya habían llegado.
Crow se dirigió a la puerta. Saludó a Emma con una breve inclinación, apurado: debía regresar cuanto antes y, si era posible, llevarse también el diario, aunque eso añadiera otro riesgo.
—Buenas tardes…
Se disponía a abrir cuando Emma reaccionó.
—¡Espere!
Lo sujetó del brazo.
—Sir Crow, no puede entrar ahí. Tengo órdenes estrictas de no dejar que nadie traspase esa puerta, palabras del mismísimo emperador.
Crow se volvió, sorprendido. Se detuvo al comprender que era un asunto serio y miró la puerta, esperando que ella le explicara.
—¿Qué ocurre? Debo entregarle algo con urgencia a su majestad… Y quería llevarme también algo que le envié.
Le mostró la pluma estilográfica dorada.
—El plan, ya sabe… La dama de cabellos azules parece que trajo amigas —respondió Emma, soltándole el brazo con molestia mal disimulada.
Miró la pluma con extrañeza.
—¿Algo que le envió? Quisiera poder ayudarlo, pero…
En ese momento los emperadores salieron de la habitación. Habían recomendado a Navier descansar con los bebés. Heinri vio a Crow y a Emma.
—¿Qué ocurre…?
Pidió a Emma que acompañara a Navier y se quedó hablando con Crow.
—Crow, ¿cuál es el motivo de que hayas venido de nuevo?
Crow se adelantó e hizo una reverencia.
—Su majestad… Vengo a traerle algo. Mire.
Cuando Navier, Emma y los niños se hubieron alejado, activó el mecanismo de la pluma para mostrarle los documentos.
—La secretaria lo guardó todo y he podido traerlo. Creo que será de gran utilidad para el plan, mi señor.
Con orgullo, esperó la reacción de su superior.
—Además, pensé que quizá podría llevarme de vuelta el diario. Nadie sabe que lo tengo y me preocupa que noten su ausencia.
Heinri se despidió brevemente de Navier y de los pequeños antes de volver su atención a su subordinado. Al principio se mostró serio: aquello no estaba previsto. Pero al ver lo que Crow traía, su expresión se llenó de sorpresa y alegría. Le dio unas palmadas en la espalda.
—¡Crow! Esto es excelente… Y esa secretaria… siempre tan eficiente.
Sonrió al recordar a la joven, una de sus empleadas más destacadas. Revisó algunos documentos, en especial la explicación del funcionamiento del sistema, y guardó el objeto. Sería muy práctico.
—Gracias. Ah, el diario… Ya recopilé lo necesario. Realmente creo que urge que los niños estén de regreso cuanto antes… antes de que eso ocurra.
Lo acompañó hasta el despacho. Dejó sobre el escritorio la preciada pluma que contenía, en un espacio reducido, la sabiduría del Imperio y que sería de gran utilidad para formar a los niños. Después tomó el libro de la mesa y se lo entregó a Crow.
—Ten buen viaje de regreso… Y cuida de ellos cuando estén allí, por favor.
Sin que pudiera evitarlo, Heinri abrazó brevemente al caballero, que además era un familiar lejano y parte del clan.
Crow recibió con orgullo las palabras del emperador aunque no tanto aquel abrazo pero lo aceptó debido a las circunstancias. Se irguió con una ligera sonrisa y le aclaró el asunto de la pluma y su procedencia. Al recibir de vuelta el diario, sintió alivio. También le apenaba despedirse: sabía que no volvería a verlo.
Desde pequeños, sin embargo, los habían educado en el clan para procurar el bien mayor. La continuidad del clan y del Imperio estaba por encima de todo.
Tras el momento emotivo, el hombre de cabellos oscuros hizo una reverencia, con la mano en el pecho y una rodilla hincada en el suelo, como el día en que recibió el título de caballero. Era una muestra de respeto y una reafirmación de su juramento.
—Así será, mi señor. Mi juramento seguirá con sus herederos. Igual que le he servido a usted y al Imperio, les serviré a ellos.
Se golpeó ligeramente el pecho y se puso en pie.
—Con su permiso, volaré de regreso. Quiero volver lo antes posible.
Heinri asintió.
—Buen viaje, Crow.
Tomó aire y volvió a la sala donde se decidía el futuro del Imperio.
Crow asintió y se despidió con una última reverencia. Se marchó por el mismo lugar por el que había entrado, llevando consigo el diario. Allí dejó sus ropas al transformarse, aunque sabía que no regresaría.
Segundo día del hechizo — de cuatro a ocho años
Empezábamos a ser algo mayores. Aún nos quedaba mucho tiempo para jugar y disfrutar de momentos de descanso con nuestra pequeña familia: nuestros padres y quienes vivían con nosotros en el palacete y estaban siempre pendientes de nosotros.
A papá y mamá les gustaba leernos libros, aunque cada uno elegía historias muy distintas. De hecho, papá a menudo nos leía algunos a escondidas; parecía que a mamá no le gustaban todos.
Recuerdo que nos contaba con frecuencia una historia. Era mi favorita porque su protagonista se llamaba como yo.
¿Habría sacado papá de ahí mi nombre? A mamá no le hacía mucha gracia…
Algunas noches, a escondidas, mi hermano y yo trepábamos a las rodillas de papá mientras nos leía aquel libro antiguo, misterioso y de aspecto arcano. Contaba la historia de Lylarain LaCroix, la más temida de los drow, los elfos oscuros que vivían en las profundidades del submundo.
Los drow eran una raza de estructura matriarcal y seres malignos que no dudaban en hacer lo necesario para acabar con sus enemigos. Falsos y terribles, desconfiaban hasta de su propia sombra.
Por sed de poder, Lylarain traicionó a toda su casa y quedó sola. Se alzó como una de las sacerdotisas drow más poderosas. Junto con un grupo de mercenarias, emprendió una campaña para conquistar la superficie y se enfrentó a poderosos héroes. Arrasaron poblaciones enteras sin importarles la edad de sus habitantes, en busca de artefactos que le dieran más poder.
El libro narraba explícitamente las atrocidades que cometían para alcanzar sus objetivos.
Lylarain atacó la superficie junto con su amado, a quien dominaba y mantenía sometido. Él perdió la vida allí. En un arrebato de rabia, ella y las criaturas del submundo perpetraron una masacre.
Al final del libro, Lylarain resultaba herida y se retiraba de la batalla. Antes de marcharse, se llevaba una mano al vientre y anunciaba:
«Esto no acaba así. Mi vástago vendrá y terminará lo que yo empecé…»
Muchas veces mamá nos sorprendía a mitad de la lectura. Sabíamos que a papá le esperaba un buen regaño, quizá incluso un castigo, aunque todavía éramos pequeños para entenderlo bien.
Aquel libro me fascinaba, pero papá nunca me dejó tocarlo y lo cuidaba con mucho esmero.
A medida que crecíamos, papá lo leía menos. Empezamos a dedicar mucho tiempo al estudio para prepararnos para el futuro que sabíamos que nos correspondía. Poco a poco fueron introduciéndonos algunas lecciones: aprendizajes básicos, lectoescritura, algo de manejo de la espada y entrenamiento físico, casi siempre en forma de juegos.
Aún no entendíamos bien todo lo que implicaba la situación en la que nos encontrábamos.



Tercer día del hechizo — de ocho a doce años
Poco a poco empezamos a tener cada vez más clases sobre todos los conocimientos básicos. También aumentaron nuestros entrenamientos, que se hicieron más especializados y seguían horarios estrictos y ocupados.
Con nuestros padres y mentores fuimos descubriendo más cosas sobre nuestros poderes.
Aun así, todavía compartíamos muchos momentos tranquilos en familia. Nuestros padres querían aprovechar el tiempo que nos quedaba con ellos.
Y el vuelo… Ah, el vuelo. Me encanta desplegar mis alas. Desde que éramos polluelos aleteábamos por todas partes, pero alrededor de los ocho años empezamos a practicar más en serio. Apenas podíamos dar unas cuantas vueltas en un kilómetro a la redonda de la casa.
Era frustrante chocar contra aquella barrera invisible. Fue entonces cuando empezamos a ser conscientes de nuestro encierro. Aunque nos lo habían contado, sentirlo directamente y tener edad suficiente para entenderlo era distinto.
Cuántas veces me quedaba mirando más allá, hacia lo poco que alcanzaba a ver desde aquel lugar recóndito, y anhelaba conocer el exterior. Nos explicaron que no era posible todavía y que más adelante lo entenderíamos. Llegaría el momento de salir…
Aun así, éramos felices allí, mimados y atendidos por todos, sin que nos faltara nada.
Las habitaciones del pequeño palacio donde vivíamos eran, en general, algo reducidas, pero lujosas. A mi hermano, mi primo y a mí nos gustaba pasar tiempo allí. Aunque a esa edad cada uno tenía su propia habitación, era habitual que termináramos escabulléndonos para estar juntos, incluso por las noches.
A veces solo charlábamos o mirábamos las estrellas desde las ventanas mientras nos preguntábamos cómo sería Occidente y hablábamos de nuestro futuro allí, hasta quedarnos dormidos.



16 – La vigilia de piedra
La alteración de energía en torno a la catedral llamó la atención de Bastet durante uno de sus turnos de guardia. Era un lugar al que acudía con frecuencia para rezar, así que reconoció enseguida que algo no era normal y desvió sus pasos hacia allí.
Al llegar encontró a varios hombres distribuidos frente a la escalinata. No tardó en comprender que no se trataba de soldados corrientes. Uno de ellos, al que ya había visto alguna vez entre los reclutas del ejército, se mantenía frente a los demás con una presencia distinta, solemne. Mientras hablaba con sus hermanos, la piedra comenzaba a extenderse lentamente por sus pies.
Bastet se acercó con cautela, observando el fenómeno con una mezcla de inquietud y fascinación.
Gabriel le explicó que aquel proceso formaba parte de un ciclo que afectaba a los ángeles destinados en la tierra. Al aproximarse el final del año debían reiniciar sus cuerpos en un lugar sagrado. Cuando llegase la última campanada, sus cuerpos de piedra liberarían una gran cantidad de luz bendita que purificaría la zona. Hasta entonces, sin embargo, quedarían indefensos.
—Cualquier demonio que encuentre nuestros cuerpos podría destruirlos —le advirtió—. Si eso ocurre, desapareceríamos por completo.
La piedra continuaba avanzando por su cuerpo mientras hablaba.
Bastet miró al resto de los ángeles, después a Gabriel y finalmente a la catedral. Aquello convertía el lugar en un objetivo evidente. No necesitó pensarlo demasiado.
Desenvainó su espada y la plantó frente a ella, apoyando ambas manos sobre la empuñadura.
—Yo me encargaré de que nada les ocurra. Guardaré este lugar y defenderé a tus hermanos. Pediré ayuda y nos ocuparemos de protegerlos hasta la última campanada del año.
Gabriel la observó durante unos instantes. Después extendió una mano hacia ella.
—Que la Luz siempre esté contigo y te dé fuerza para cumplir tu misión entre nosotros.
Una luminosidad blanca envolvió a Bastet. Sintió cómo aquella energía atravesaba su armadura, purificándola, y cómo una fuerza mucho más intensa que su habitual poder de paladina se extendía por todo su cuerpo. A su espalda aparecieron unas alas doradas, semejantes a las que surgían cuando invocaba algunos de sus propios hechizos, pero aquella vez la sensación era distinta. Más profunda. Más poderosa.
—Usa este poder con sabiduría —continuó Gabriel—. Demuestra que eres digna de llevarlo.
Bastet se arrodilló ante él mientras la energía seguía recorriéndola.
—Juro que les protegeré.
No era una promesa hecha a la ligera.
Poco después, el espadachín de la túnica negra se unió a la vigilancia. Gabriel le confió la custodia de su espada, la única parte de su cuerpo que no quedaría convertida en piedra y que, además, contenía sellos que no podían permitirse liberar..
Cuando el proceso terminó, los ángeles quedaron inmóviles alrededor de la catedral.
Bastet se puso en pie y estudió cuidadosamente el lugar. Revisó las entradas, los espacios entre las estatuas y las posibles vías por las que un enemigo podría acercarse. Si ocurría algo, la guardia podría enviar refuerzos, pero no quería depender únicamente de eso.
La espera comenzó.
Durante los días siguientes organizaron turnos para no dejar las estatuas desatendidas. Bastet permanecía largas horas junto a ellas, a veces en pie, otras arrodillada en duermevela apoyándose sobre la funda de su espada. Era una vigilancia agotadora y extrañamente silenciosa.
Por suerte no estuvieron completamente solos.
Elentari apareció en una ocasión llevando cajas con comida y bebidas calientes para quienes hacían guardia. Bastet abrió los ojos al escucharla acercarse y no pudo ocultar cierto alivio. Empezaba a tener hambre.
—Gracias —respondió, aceptando la comida con una sonrisa cansada—. Nos viene mejor de lo que imaginas.
El gesto sencillo rompió durante un rato la tensión de aquellos días.
Pero la calma no duró.
Algo estaba ocurriendo lejos de allí.
Bajo el mar, uno de los sellos de Gabriel comenzaba a debilitarse.
Mammon despertó.
La ruptura se sintió como una alteración violenta de la energía sagrada. Bastet todavía no sabía exactamente qué había sucedido cuando desde el palacio llegó la advertencia de que debían prepararse. Se ordenó retirar a los civiles y establecer un perímetro alrededor de la catedral.
Bastet se puso inmediatamente en movimiento.
No podía permitir que nadie se acercara a las estatuas.
Cuando Mammon apareció, la corrupción que emanaba de él era visible incluso sobre el terreno. A su paso la vegetación se marchitaba y el suelo parecía ennegrecerse.
El demonio se dirigió directamente hacia la catedral.
—Así que me estaban esperando.
Su intención no tardó en quedar clara. Quería la espada de Gabriel y destruir su estatua.
Bastet se colocó delante de los cuerpos petrificados sin retroceder.
No estaba sola. Otros defensores habían acudido también al lugar y se habían levantado barreras de energía sagrada alrededor de la zona. Aun así, la presencia de Mammon era suficiente para hacer evidente que aquello no sería una escaramuza sencilla.
El demonio trató de sembrar dudas entre ellos. Habló de Gabriel, de su desprecio por los humanos y de las razones por las que no deberían defenderlo.
Bastet escuchó sin apartar la mirada.
No era la primera vez que alguien intentaba convencerla de que abandonase una promesa utilizando medias verdades.
Ella no estaba allí porque considerase perfecto a Gabriel.
Estaba allí porque había dado su palabra.
Y porque destruir aquellas estatuas significaba condenar a seres indefensos.
Cuando Mammon comenzó a atacar, Bastet alzó sus defensas.
La corrupción se extendió por el terreno y varias ondas de energía oscura golpearon las barreras. Ella respondió reforzando los escudos con su propio poder. La bendición de Gabriel todavía permanecía en su interior y la Luz reaccionaba con una intensidad que nunca antes había sentido.
Mantuvo su posición.
Cada vez que la energía oscura se acercaba a las estatuas, Bastet interponía otro escudo. Cada vez que alguno de los defensores quedaba expuesto, trataba de cubrirlo.
No necesitaba derrotar al demonio sola.
Solo necesitaba impedir que llegase hasta ellos.
El tiempo avanzaba.
La última campanada se acercaba.
Mammon también lo sabía.
La presión de sus ataques aumentó, pero las barreras continuaban resistiendo. Bastet tenía los brazos tensos y el maná comenzaba a pesarle, aunque se negaba a abandonar el hechizo.
Entonces sonó la campana.
La estatua de Gabriel comenzó a brillar.
Una luz blanca atravesó la piedra y se extendió rápidamente por la catedral. Una tras otra, las figuras de los ángeles resplandecieron con una intensidad casi cegadora.
La energía bendita se expandió por todo el lugar.
Bastet tuvo que entrecerrar los ojos.
Por un momento la oscuridad que había cubierto el terreno retrocedió.
La piedra comenzó a resquebrajarse.
Gabriel despertó.
La batalla todavía no había terminado, pero la misión que Bastet había jurado cumplir sí.
Habían protegido a los ángeles hasta la última campanada.
Y mientras observaba cómo la Luz regresaba a aquellos cuerpos, Bastet comprendió que algo también había cambiado dentro de ella.
La bendición que había recibido días atrás seguía allí.
No se había desvanecido con el final del ciclo.
Gabriel había dicho que debía demostrar que era digna de portarla.
Quizá aquella noche había sido la primera prueba.
e
Cuarto día del hechizo — de doce a dieciséis años
Los estudios se intensificaron y teníamos menos tiempo libre. Aun así, intentábamos mantener nuestras comidas en familia, las lecciones con nuestra madre y nuestro padre y las clases con los tutores que se habían quedado en el palacete para enseñarnos distintas materias.
Estudiábamos geografía y todo lo relacionado con el exterior. Nos fascinaba aprender sobre el mundo que nos rodeaba, porque nunca habíamos visto mucho más allá de los alrededores de la mansión.
También aprendíamos sobre la cultura de distintas regiones. Era importante conocer otros lugares. Mamá contaba a menudo que sus conocimientos sobre Luipt habían sido útiles durante los tratados con el duque, que también se alojaba en la mansión.
Estudiábamos muchos lugares: Oriente, Bluhovan, Whitemond, los Imperios del Sur y del Norte, Pretas, Agenstein, Vasilios y muchos más, además de todo lo conocido sobre el famoso Reinfallen.
La política era otra materia que trabajábamos con seriedad. A los dos nos fascinaba todo lo que había por aprender: sus sutilezas, la importancia de escoger las palabras adecuadas, las leyes y normas que podían favorecernos y las que no, y cómo darles la vuelta cuando fuera necesario. Era todo un arte.
También estudiábamos etiqueta y protocolo. Como miembros de la realeza, debíamos aprender a actuar en cualquier situación social. Mamá y sus damas de compañía nos enseñaban todo lo necesario, incluidos los modales en la mesa y el baile.
Me divertía bailar con mi hermano. Al principio a veces nos pisábamos y nos reíamos mucho. Después nos sentíamos muy orgullosos cuando ya sabíamos hacerlo bien y dábamos demostraciones por las que todos nos alababan.
A veces se celebraban fiestas, sobre todo cuando alguno de los habitantes del palacete cumplía años. Todos se celebraban por igual y con grandes preparativos. Así podíamos practicar lo que habíamos aprendido. Supongo que ese era también el objetivo.
La cocina quizá no fuera imprescindible, pero tanto papá como Emma nos enseñaron lo básico y algunas cosas más especiales. A mí no me interesaba mucho; a mi hermano sí. De todos modos, era entretenido pasar tiempo juntos.
A ambos príncipes nos instruyeron en música: solfeo, piano y violín. Nos dijeron que eran cualidades habituales entre los nobles y que la música también podía servir como escape emocional.
La esgrima y el combate eran otras materias. A papá le gustaban mucho y a nosotros también nos resultaban amenos. Era un tiempo cálido en familia. A mí me gustaban, aunque me parecían algo innecesarios debido a mis poderes.
También estudiábamos magia y desarrollábamos nuestros poderes particulares. Mi hermano se formaba principalmente con el duque Kaufman, aprendiendo sobre pociones y a controlar su poder.
Yo estudiaba con papá y con quien sería mi mentora, la líder de las diosas. Siempre que lo pensaba, alzaba el rostro con orgullo. Aprendía a dominar mi poder y a gestionar el maná. Papá me enseñaba sus secretos y me transmitía todos sus conocimientos; además, me hablaba en detalle de los planes que había preparado desde hacía tiempo.
Con todo aquello, estaría preparada para dirigir el Imperio.
Para regresar y ocupar el lugar que me correspondía.
El día se acercaba…

La despedida — fin del primer sello
Poco después de nuestro decimosexto cumpleaños, celebrado con una de las mayores fiestas que podíamos recordar, supimos que el día llegaría.
El sello se abriría en una fecha concreta, unas semanas más tarde, y podríamos… más bien, deberíamos… abandonar el palacio. Salir al mundo exterior y comenzar el viaje hacia nuestro destino: de «vuelta» a Occidente.
Era el lugar de nuestros orígenes, pero nunca lo habíamos pisado. Solo lo conocíamos por todo lo que nos habían enseñado.
Nuestros padres, sin embargo, se quedarían allí para siempre.
El día que sabíamos que se acercaba, nos reunimos fuera con nuestras cosas preparadas. Papá puso las manos en mis hombros.
—Lyla, sé que parece pronto. Pero ya ha llegado el momento.
Después apoyó una mano sobre la cabeza de mi hermano.
—Debes ir con ella; va a necesitar tu apoyo. Cuidaos el uno al otro.
Terminamos de preparar nuestra partida. Solo llevaríamos algunas pertenencias personales para viajar ligeros: la pluma con los libros y registros de Occidente que habíamos estudiado en detalle, las misteriosas notas del diario de quien al parecer dirigía entonces el Imperio y que anunciaban algo que pronto ocurriría, y algo de oro. Lo necesitaríamos para el trayecto y para contratar mercenarios que nos acompañaran a cruzar el desierto.
Al marcharme, papá contenía las lágrimas. Puso en mis manos el libro que tantas veces me había leído cuando era niña y me acarició la cabeza como si aún tuviera cinco años.
—Lyla, mi princesa. Sé que serás una gran emperatriz. Eres fuerte, como Lylarain LaCroix.
Sonrió y me entregó aquel libro tan preciado. Lo apreté contra el pecho, emocionada, y lo guardé también en la biblioteca oculta.
—Estoy orgulloso de ti. Ve y reclama tu lugar. Todo irá bien.
Me abrazó con fuerza. Abrazó a mi hermano. Después nos abrazó a los dos juntos.
Era evidente cuánto le dolía despedirse. Pero su lugar estaba junto a mamá. Estarían bien mientras permanecieran juntos.
También nos despedimos de mamá. Como siempre, se hizo la fuerte. Ya sabíamos cómo era y no dijimos nada al respecto.
Había llegado el momento de abandonar el lugar donde nacimos y nos criamos, apartados de todo, y regresar a nuestro Imperio.
Estábamos bien preparados, pero aun así sentía una emoción en el estómago. Una cosa era la teoría y otra enfrentarnos al mundo. Deseaba conocer el exterior.
Tomé la mano de mi hermano y le sonreí.
—Vamos.
Junto con algunos sirvientes que nos acompañarían en el camino, comenzamos el viaje hacia nuestro destino.
Era el momento de cruzar el umbral y dejar atrás aquel lugar.
Desde el palacio, Heinri vio marcharse a sus hijos junto a Navier, con el corazón oprimido. Cuando los perdió de vista, las lágrimas corrieron por las mejillas del emperador.
Sobre la autora

Hola, soy Taisa.
Personaje y creadora al mismo tiempo. Llevo más de 20 años dando vida a este alter ego nacido entre cuentos, juegos online y en el rol, tejiendo historias que han crecido conmigo a lo largo del tiempo.
Este blog recoge las narraciones y universos que han evolucionado durante años a través del rol y la escritura. Fantasía, emoción y memoria entrelazadas en forma de relato. “La Princesa aventurera” no es solo un título: es una forma de atravesar mundos, pérdidas, magia y transformación.
Detrás de Taisa está Raquel García Arévalo. Profesionalmente creo y gestiono webs y blogs, ayudando a negocios a convertir el caos digital en sistemas claros, sostenibles y estratégicos. Creo en la tecnología como herramienta de libertad y en construir proyectos con alma.
Cuando no estoy optimizando una web, probablemente estoy escribiendo, desarrollando relatos de rol o imaginando nuevas aventuras.
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