Las historias de Taisa

1 – El Nacimiento de la Princesa

La primavera acababa de llegar, y los verdes bosques que rodeaban la ciudad brillaban más que nunca, bajo el cálido sol que adornaba el cielo.

Por fin parecía haber terminado la larga época de lluvias, y las flores comenzaban a brotar por todas partes.

Primavera en Gallaecia

Según uno se aproximaba a las inmediaciones de la capital del reino podía notar el bullicio y la alegría en el ambiente, que parecía indicar que aquel no era un día común.

Y así era: En aquel hermoso domingo de primavera, había nacido al fin la hija primogénita de los reyes del reino de Gallaecia, y la población se encontraba feliz con los preparativos de los festejos que se iban a celebrar por tal acontecimiento.

Algunos sirvientes terminaban de preparar la gran sala del trono, que adornada con las mejores galas y miles de flores blancas albergaría en breve la presentación de la princesa. Cuando uno de los mayordomos llegó a avisarles de que era la hora, a lo que todos tomaron sus posiciones,  se abrieron las puertas del castillo, y la gente comenzó a entrar y buscar un buen sitio desde el que no perderse nada.

La espera se hizo algo larga por la impaciencia de los invitados, pero en seguida aparecieron los monarcas. El Rey lucía imponente con su pomposo atuendo y su capa carmesí, y la reina le seguía con un vestido azul celeste, irradiando felicidad maternal, y llevando entre sus brazos la pequeña causa de toda aquella expectación.

Entonces, retiró el paño con delicadeza, y mostró el bebé a todos los habitantes de la ciudad. Un murmullo de ternura recorrió la sala, mientras observaban a la pequeña. Era morena de piel y cabello, y los ojillos que apenas mantenía abiertos se entreveían marrones como la miel.

Como era tradición, la sacerdotisa del oráculo se presentó ante la niña, y tomó aquella pequeña manita sobre la suya, mientras la gente murmuraba inquieta.

La sacerdotisa observó por unos minutos que se hicieron eternos la mano de la niña. Y a continuación volvió la vista a sus padres con un gesto de dolor en su rostro, y acercándose a ellos, les habló en susurros:

– Majestades, siento ser portadora de malas noticias. Pero aunque esta niña será hermosa, inteligente y bondadosa, y  traerá mucho bien al mundo, no podrá disfrutar de la vida lujosa del castillo.

Deberá realizar muchas buenas obras, vivir una vida sencilla y sufrir mucho en su camino para pagar por las acciones de una vida pasada. Sólo entonces, podrá al fin alcanzar la felicidad.

Y así, como indica la tradición, me ha sido revelado también en mi visión el nombre que ha de portar. Y deberá llevar el nombre que ya llevó en su pasada existencia.

Los reyes atónitos la miraron con gran tristeza, mientras en la sala la gente se inquietaba al no saber qué ocurría.

La sacerdotisa se giró a la multitud y acallándolos con sus gestos habló en alta voz:

– La niña se hará llamar Taisa.

Hizo una pausa mientras hacía una reverencia ante los reyes y la princesa.

– ¡Podeis aclamar ahora a Taisa Vagalume, Princesa de Gallaecia!. –

Historias de Taisa: El Nacimiento de la princesa

Continuó solemnemente, a lo que la sala rompió en aplausos y gritos de júbilo como era de esperar. Ya que nadie tenía idea de la agorera profecía que pesaba sobre aquella niña.

La sacerdotisa se giró de nuevo hacia los reyes, que entendieron que no podían hacer nada por cambiar la situación, besaron a la niña, y la entregaron a la sacerdotisa, que continuó hablando al pueblo mientras mostraba el bebé a la gente sobre sus brazos extendidos.

La sacerdotisa continuó hablando a la multitud que seguía atenta, dándoles una vaga excusa de lo que ocurriría a continuación.

El designio de los dioses es que la Princesa les sirva y venere en su templo, por lo que he de llevarla conmigo, para convertirse en Sacerdotisa de la Luz.

¡Y algún día volverá a Gallaecia para ser vuestra reina!

La gente aplaudió  hasta cansarse, y festejaron en el banquete que prosiguió a la celebración, sin saber el dolor que llenaba el corazón de sus monarcas.

Aquel día que habían visto a su primera hija por primera vez, también la verían marcharse. Aunque sabían que estaría bien, ya que confiaban en la Sacerdotisa del Oráculo, y  en que los dioses cuidarían de ellas.

Y por ello, desde aquel momento en que la Sacerdotisa del Oráculo partió hacia tierras lejanas con su pequeña Taisa, rezaron con aún más ahínco, rogando por el día en que su hija volviera a casa.

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3 – Pontiveia

Taisa salió a la calle desde la penumbra de la sala de exámenes, hacia la ciudad. Y tuvo que entrecerrar los ojos por la intensa luz con que el sol de media mañana bañaba las calles de Pontiveia.

Cuando su vista se acostumbró de nuevo a la claridad, pudo entonces observar con detenimiento el lugar.

Y así pudo confirmar viéndola ya desde dentro de las murallas, que la ciudad era realmente encantadora. En general se veía una ciudad viva y alegre.

El empedrado blanco y brillante de las calles contrastaba con el verde césped que cubría grandes áreas del suelo de la ciudad. Las casas estaban hechas de piedra y de madera sobre todo, y algunas encaladas. Casi todos los edificios eran de una sola altura, o dos como mucho. Y la mayoría de las casas tenían flores adornando las ventanas. Sólo destacaban especialmente en altura la catedral y el castillo.

Iba caminando guiándose por la torre de la catedral, que se divisaba en la otra punta de la ciudad. Aunque realmente no parecía estar muy lejos.

Acercándose hacia al centro que tendría que atravesar, se escuchaba bastante ajetreo, y comenzaba a verse bastante gente. Allí había una amplia plaza redonda, que parecía que la gente utilizaba como punto de reunión.

Los lugareños se amontonaban en grupos. Algunos sentados en los bancos que la circundaban, en el césped, o incluso de pie parados charlando. También había algunos puestos de mercaderes ofertando sus artículos a viva voz. Y gente entrando y saliendo de los comercios de la plaza.

Le pareció un lugar muy animado. Y dio una vuelta observando los artículos tan variopintos que vendían.

Continuó su camino hasta que las casitas dejaron paso a la plaza de la catedral, y al fin pudo verla entera.

Allí se quedó un rato parada observándola. Era bastante más pequeña de lo que parecía a lo lejos, realmente. Aunque debía ser por comparación con los demás edificios. Hacía juego con aquella pequeña ciudad.

Tenía, como era habitual en las catedrales, enormes ventanales con cristaleras de colores. Continuó hacia el interior, para ver cómo la luz entraba teñida por los cristales, bañando todo de colores.

Era precioso, y no podía hacer otra cosa que sonreír observando aquel hermoso efecto, e incluso se acercó a donde la luz caía para poner su mano y ver como también la luz multicolor caía sobre ella.

Tan ensimismada estaba la niña que no notó que Alaia ya estaba allí esperándola. La había visto entrar, y la observaba mientras hablaba con un hombre joven que vestía una túnica de color azul brillante.

No quiso interrumpirla, y la observaba divertida, aunque en su mirada se apreciaba cierta tristeza…

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2 – El Examen

La Sacerdotisa del Oráculo, cuyo nombre era Alaia, partió con la niña tras la ceremonia de presentación, dejando a sus padres tristes. Aunque a la vez  se sentían esperanzados pensando en que aquello era lo mejor para su hija.

Alaia decidió tomar el viaje con mucha calma. No tenían prisa por llegar, ya que la niña no podría comenzar su formación en el templo hasta que fuese algo más mayor.

Viajaron a pie la mayor parte del trayecto, parando en donde les daban asilo. A veces en posadas, a veces en graneros, a veces en pequeños templos. En ocasiones apenas paraban de caso, sin embargo en otros lugares se quedaban unos días, y en otros hasta varios meses.

Y así fueron pasando los años.

Aprendizaje

Durante el trayecto fue enseñándole muchas cosas. La pequeña aprendió a caminar, a hablar y a escuchar. También a escribir y a leer. Le enseñó historias, leyendas, las escrituras sagradas de los distintos dioses. Y  enseñándole también a rezarles y a confiar en ellos.

Y aquel bebé fue convirtiéndose poco a poco en una niñita dulce e inteligente bajo su cuidado.

Pasaron por multitud de lugares, donde conocieron gente a la que siempre intentaban ayudar en lo que podían antes de proseguir con su camino.

Y viajaron y viajaron… hasta que Taisa tendría ya unos 8 años cuando por fin avistaron su destino, la ciudad de Pontiveia, capital del reino de Mideralia.

Realmente no era una ciudad muy grande, apenas parecía un adorable pueblecito comparada con otras. Pero tenía su encanto. Toda con casas sencillas de poca altura, sus castillos, y las torres de la catedral resplandeciendo a lo lejos bajo el sol de la mañana.

Se detuvieron al llegar ante las grandes puertas de la ciudad. Alaia, que llevaba a la niña cogida de la mano, la soltó para ponerla frente suyo.

La observó de arriba abajo para asegurarse de que fuese bien arreglada. Le atusó un poco el cabello, y sonriendo le dijo:

– Muy bien, Taisa, ahora tendrás que entrar sola y hacer caso a las indicaciones que te den, ya que toda persona que llega aquí por primera vez debe pasar unas pruebas. Nos encontraremos de nuevo en la catedral.

Tras decir esto, entraron por las grandes puertas que daban a un enorme recibidor con paredes de piedra, donde un par de guardias las saludaron amablemente.

En la sala había un mostrador también de piedra, y varias enormes puertas de madera. Algunas cerradas y otras abiertas.

Alaia se despidió de la niña con un gesto, y se marchó por una de aquellas puertas, dejando a Taisa frente a al mostrador al que casi no llegaba a ver, donde en un letrero se podía leer “Recepción”.

– Bien, bien, qué tenemos aquí …

Dijo una voz amigable al otro lado del mostrador. A lo que Taisa se puso de puntillas para ver a quien le hablaba, encontrándose con una señora de avanzada edad con cara redonda y cabello grisáceo de apariencia bonachona. Llevaba unas gafas pequeñitas de leer sujetas al cuello por una cadenita plateada.

– Ah, bien, es nueva aquí por lo que veo.

La niña asintió levemente, y la señora revisó sus documentos y le acercó una hoja a la niña

– Bien, pon aquí tus datos, pequeña.

Taisa tomó la hoja y la completó con la pluma que también le facilitó la señora, apoyándose sobre el lateral del mostrador. Cuando acabó, lo entregó de nuevo a la señora.

– Muy bien. Un momentito.

Le dijo sonriendo, y se paró unos segundos a leer la hoja. Revisó en un grueso libro que tenía sobre la mesa. Y de nuevo la hoja.

– Oh… Vaya.

Murmuró sorprendida la ancianita. Dejó las gafas sobre su libro, e hizo una pequeña reverencia sincera, ligeramente avergonzada.

– La  estábamos esperando, señorita Taisa, ahora si es tan amable, pase a la sala de la derecha.

La siguiente sala parecía un aula de colegio. Como los que había visto en otras ciudades durante el viaje. Con varios pupitres con sus bancos de madera, cada uno con su pluma y su tintero.

El sol ya entraba a raudales en la sala por unos amplios ventanales, tras los que se veían interminables prados verdes. Se sentó en un banquito y miró alrededor. En seguida apareció de nuevo la señora del mostrador llevando más hojas, que dejó frente a Taisa, que lo miraba todo extrañada y un poco aturdida.

– Muy bien, complete esto, y cuando haya terminado tráigame los impresos, por favor.

Tras decir esto, volvió a marcharse haciendo otra reverencia.

Ahora, sola de nuevo en aquella sala, miró con detenimiento las hojas, y vio que era un cuestionario. Las preguntas eran bastante curiosas, sobre gustos, qué harías en determinadas situaciones y cosas así ¿A qué venía aquello?

Fue contestando a todo y volvió de nuevo al mostrador, donde aupándose de nuevo de puntillas, dejó sobre la mesa las hojas. La señora las tomó con cuidado, y las sacudió ligeramente para que la tinta terminase de secarse.

Comenzó a leerlas, mirando también otros papeles que tenía sobre la mesa, mientras murmuraba y asentía con la cabeza satisfecha.

– Ajá, está claro. Todo en orden, señorita Taisa. Tal como era de esperar los resultados del test confirman su aptitud para ser Sacerdotisa de la Luz, es decir, Sanadora. Puede dirigirse ahora a la catedral para solicitar su inscripción para iniciarse como acólita.

Señaló una puerta con la mano.

Taisa se dirigió en la dirección indicada ensimismada y aturdida por tantas cosas nuevas.

Ella sabía que el objetivo de su viaje era llegar allí, pero aún no sabía a ciencia cierta que era para formarse como Sacerdotisa.

¡Ni mucho menos se esperaba un examen! De hecho, nunca había hecho uno hasta ahora.

Y lo que más daba vuelta en sus pensamientos era aquella palabra que acababa de escuchar por primera vez: “Sanadora”.

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4 – La Despedida

Alaia, que esperaba a la niña dentro de la catedral, dejó que la pequeña se entretuviese un rato más con los juegos de luces de la vidriera, antes de llamar su atención.

– Taisa, cielo, ven un momento.

La niña se acercó a ella, y la sacerdotisa se puso en cuclillas hasta ponerse a su altura. Intentando sonreír, hizo una pausa, suspiró y continuó.

– Ya hemos llegado a nuestro destino. Ahora tendrás que quedarte aquí. Te darán alojamiento, te formarás y podrás quedarte hasta que seas más mayor.

Yo tengo que regresar ya.

Alaia abrazó a la niña con fuerza por unos segundos. Al fin y al cabo, prácticamente la había criado. Y se le partía el alma de tener que dejarla. Pero no tenía elección, debía volver para reportar a los reyes. Y debería retomar sus labores allí.

Antes de marcharme, tengo algo para tí…

Diciendo esto, descolgó el rosario que había llevado consigo siempre. Y dejándolo en las manos de la niña, le susurró «que la luz te cuide

Dio media vuelta, y se marchó conteniendo las lágrimas.

Taisa se quedó allí boquiabierta, y sobrepasada por los eventos de aquel día. No se esperaba aquello. No sabía que tendría que quedarse sola allí.

Y allí se quedó, recién llegada en aquella ciudad desconocida.

Completó su inscripción como acólita en la catedral, para formarse como sacerdotisa. Tal y como estaba previsto. Y se alojó en el internado del templo con otros niños y jóvenes que también se preparaban para ser sacerdotes y sacerdotisas de la luz.

Los instructores de la catedral eran muy amables. Y también sus compañeros. Pero se sentía muy sola, sin encontrar a nadie que realmente llenase aquel vacío que sentía en su corazón desde que Alaia se marchó. La única familia que había conocido.

Y los días, los meses y los años continuaron pasando. Mientras que crecía, estudiaba y entrenaba duro cada día. No tenía nada más, y puso todo su empeño en intentar convertirse en una de las mejores sacerdotisas de Mideralia.

Tenía claro que aquel era el destino que le esperaba…

¿O no?

5 – Un encuentro

Varios años después… una soleada tarde de otoño en Pontiveia. Como era habitual, Taisa salió a los campos circundantes a pasear, y entrenar sus hechizos.

Era bastante duro el entrenamiento, ya que la preparación de los acólitos cuyo objetivo era el de servir como soporte para otros aventureros, se centraba principalmente en la mente más que en la fuerza, y en los hechizos de apoyo y sanación, más que en el ataque.

Por ello, les costaba bastante enfrentarse incluso a los pequeños monstruos redondeados que rodeaban la ciudad. Eran apenas unas masas gelatinosas redondas de color rosado, que absorbían todo lo que encontraban. Pero Taisa no se daba por vencida, y continuaba esforzándose.

La verdad es que comenzaba a sentirse un poco atrapada en aquella ciudad, llevaba varios años allí sin haber salido mucho más allá de los muros de la ciudad.

“Es muy peligroso ir más allá” decían los mayores “Aún te queda mucho por aprender para poder salir de Pontiveia y sus alrededores”.

Y ella deseaba, con todas sus fuerzas, que llegase el momento en que la dejasen ir más allá. ¡Ya tenía 17 años! ¿Por qué no podía aún?

Tenía ganas de ver otros lugares, otros desafíos, aventuras… Y cada día intentaba alejarse un poco más de la ciudad.

Aquel día estaba avanzando poco a poco hacia las afueras de la ciudad, como de costumbre, vigilando a su alrededor. Y de pronto escucho un ruido fuerte, y se asustó bastante, yendo a esconderse en unos arbustos.

Se asomó con cuidado a ver que pasaba. Se escuchaba ruido de pelea.

Entonces vio como un joven se peleaba a golpe de espada con varios monstruos verdes y gelatinosos ¡A la vez!

Había muchos monstruos gelatinosos en los alrededores de la ciudad, pero ella no había visto muchos como aquellos. Estos eran de un color verdoso, parecían mucho más fuertes que los que ella había visto. Ella seguro que no podía contra ellos. 

Y aunque parecía que aquel chico se estaba desenvolviendo bastante bien, poco a poco comenzaban a ganarle terreno,  cerrándole el paso y golpeándole.

Taisa no se lo pensó dos veces, inspiró, salió de los arbustos y cerrando los ojos para concentrarse mejor, con las manos extendidas hacia el muchacho, comenzó a recitar uno de sus hechizos.

Una tenue luz comenzó a emitir de su cuerpo concentrándose en sus manos. El chico se giró al escuchar el conjuro, y quedó embobado mirándola. Realmente fueron apenas unos segundos, pero el tiempo pareció detenerse para él en aquel momento.

Realmente, Taisa había crecido, y se estaba convirtiendo en una jovencita bastante linda, aunque ella no era muy consciente de ello. Entre otras cosas, porque no era una belleza que realmente llamase la atención. Además era algo introvertida, y no se solían fijar mucho en ella.

Pero aquel chico, le prestó toda su atención. Y quedó ensimismado observando como el aire hacía ondear el largo cabello negro de Taisa, su piel lisa y suave, tocada por el sol. Y sus labios pronunciando las palabras del hechizo que no llegaba a escuchar realmente. Y aquella luz que irradiaba que la hacía parecer un ángel recién caído del cielo a sus ojos…

Y de pronto lo único que podía desear era que aquella angelical muchacha abriese sus ojos para ver su color y poder perderse en ellos…

Cuando de pronto un fuerte golpe en la pierna le hizo reaccionar

– ¡Au! –

Y fue consciente de nuevo de donde estaba. Uno de los monstruos le había golpeado fuertemente en una pierna, y otro se acercaba amenazante para lanzar su ataque también. El dolor comenzaba a hacer flaquear sus rodillas y sus manos. Y cuando estaba a punto de caer… La luz surgió de las manos de Taisa, inundándole.

Se sintió aliviado, empuñó con fuerza su espada, y asestó sendos golpes a aquellos monstruos haciéndolos saltar en pedazos.

Acto seguido, se giró intentando poner una pose heroica para lucirse… cuando vio como la tercera masa gelatinosa estaba a punto de saltar sobre la chica. Se lanzó a por la bola viscosa. Cuando terminó con ella, dio un rápido vistazo a su alrededor para asegurarse de que no quedasen más, antes de poder volver a centrarse en la muchacha.

Sonriendo triunfal, al fin pudo mirarla a los ojos. Hizo una solemne reverencia, a la vez que envainaba su espada, y se presentó.

– Buen día, hermosa señorita, mi nombre es Balthimor. ¿Qué os trae por estos prados?

Taisa se sonrojó al instante ante el cumplido, y bajó la vista.

Realmente el joven era bastante apuesto. Sería sólo un año o dos mayor que ella. Tenía el cabello dorado, la piel clara, y los ojos de un azul profundo como el mar de verano. Y le sonreía de una forma que nadie jamás lo había hecho. Aquello hizo que el corazón le palpitase más deprisa.

– Entrenaba mis hechizos – Dijo vergonzosa en un hilo de voz. – Mi nombre es Taisa, y estoy preparándome para ser Sacerdotisa de la Luz.

Él la invitó a sentarse a la sombra de unos árboles,  sacó unas manzanas de su bolsa para ambos, y charlaron durante horas.

Balthimor era un espadachín que quería convertirse en cruzado. Le habló a Taisa de cómo tenía que entrenar también muy duro, tanto física como mentalmente. Ella había oído hablar de los paladines, ya que muchos iban también a la catedral de Pontiveia a orar, y era el lugar donde se les otorgaba el rango. Aunque ellos no estudiaban allí.

Aprendían la capacidad de invocar el poder de la Luz para realizar poderosos ataques además de para proteger a sus compañeros, pero implicaba una gran fuerza de voluntad, ya que muchos de sus hechizos suponían recibir parte del daño en sí mismos.

A Taisa le resultó muy agradable escuchar las historias que su nuevo amigo le contaba, demostrando la ilusión que el chico tenía por sus objetivos.

Ella también le contó muchas cosas sobre la Catedral, sus hechizos y entrenamientos. Aunque aún no le habló de sus orígenes, ya que no era algo de lo que le gustase hablar, y menos con un recién conocido, aunque se sintiese tan bien hablando con él.

Hasta que se dieron cuenta de que habían perdido la noción del tiempo, comenzaba a anochecer y decidieron regresar a la ciudad.

Cuando tuvieron que despedirse de vuelta en la ciudad, acordaron verse de nuevo al día siguiente. Y así empezaron a encontrarse día tras día, para entrenar juntos por los alrededores de la ciudad y merendar juntos cada tarde.

Un día, mientras merendaban, Taisa le comentó las ganas que tenía de ver más lugares, ya que era mucho el tiempo que llevaba allí en el mismo sitio.

– Pues a qué esperamos – – ¡Vayamos! ¿No notaste que juntos podemos hacer mucho más? Con mi fuerza y tus hechizos, ya podemos enfrentarnos a monstruos más poderosos. Te llevaré a donde desees.

dijo Balthimor levantándose y sacudiendo de su ropa las migas de la tarta que acababan de comer.

– ¡Vayamos! ¿No notaste que juntos podemos hacer mucho más? Con mi fuerza y tus hechizos, ya podemos enfrentarnos a monstruos más poderosos. Te llevaré a donde desees.

Le dijo sonriendo cariñosamente, mientras cogía su mano y comenzaban a andar juntos.

Y entonces Taisa se dio cuenta de que ya no se sentía tan sola.

6 – Las Campanas

Los días iban durando más y el sol calentaba ya bastante, anunciando la llegada del verano.

Taisa y Balthimor se habían detenido a descansar aquella mañana a las orillas de un río en los alrededores de Pontiveia , y a refrescarse bebiendo un poco de agua, para contrarrestar el calor.

Hacía tiempo que habían dejado ya de disimular cuando se miraban el uno al otro. Y a veces simplemente se quedaban mirándose, en silencio, dejando pasar el tiempo.

Aquél había sido un día bastante duro de entrenamiento, últimamente ya notaban cómo iban creciendo en experiencia, fuerza y habilidad. Cada vez les costaba menos acabar con los monstruos gelatinosos.

También habían hecho algunas incursiones a unas cuevas cercanas a una ciudad, donde habitaban espíritus intranquilos que se levantaban en forma de zombis y esqueletos amenazando la ciudad. No eran muy fuertes, pero había que mantener siempre controlada la zona.

Y allí enviaban a menudo a los aprendices de la catedral para que entrenasen, ya que el poder de la luz era muy efectivo contra ellos.

Una vez hubieron descansado un rato, se dispusieron a continuar con su paseo, cuando algo llamó su atención a la otra orilla del río. Balthimor puso su brazo sobre los hombros de Taisa, a la vez que le indicaba que guardase silencio y que se ocultasen.

Parecía una gran acumulación de monstruos gelatinosos, pero entre aquellos monstruos de gelatina, uno parecía distinto al resto… era como si brillase ligeramente, y parecía tener alas… Pero no irradiaba bondad como los hechizos de la Luz…

– Mira. – le dijo Balthimor tratando de no alzar la voz – he oído hablar de ese monstruo, es una especie de monstruo de gelatina, pero más grande, fuerte y peligroso. Bastantes viajeros han caído engañados por esa apariencia angelical, pero es todo farsa. – Desenvainó su espada con cuidado de no hacer ruido, y comenzó a acercarse. – ¡Cúbreme! – Dijo mientras se lanzaba sobre aquella marabunta gelatinosa que enseguida se le echaron encima intentando devorarle.

Taisa lanzó rápidamente algunos hechizos de potenciación y comenzó a lanzar sanaciones a Balthimor, que peleaba con ánimo contra aquellas bestias que le atacaban con fiereza, pese a su aspecto inofensivo.

Se libró bastante rápido de los pequeños, y se centró en el angel viscoso, pero, como de la nada, aparecieron más monstruos lanzándose sobre él, repitiéndose lo mismo varias veces. Alguno intentó atacar a Taisa, que se deshizo de ellos a bastonazos para poder seguir lanzando hechizos, ya que aquel falso angel atacaba con fuerza.

La lucha duró bastante. Realmente era el monstruo más duro con el que se habían enfrentado hasta el momento, pero con la fuerza y destreza que Balthimor había adquirido, sumado a la rapidez, potencia y precisión con que Taisa recitaba sus hechizos, pudieron acabar con él, con la última estocada el monstruo se desintegró.

Balthimor rebuscó entre los restos gelatinosos. Allí encontró algunos objetos, y una túnica muy hermosa y se la ofreció a Taisa.

– Toma, te será útil. – Miró la túnica, y continuó, con una sonrisa divertida. – Eso sí, tendrás que lavarla antes.

Se miraron el uno al otro, y se echaron a reír al darse cuenta de que ambos tenían los pies, las manos y las armas cubiertos de aquella viscosa gelatina por la pelea. Y decidieron volver al río a asearse. Y allí se sentaron al borde del río, observando el bosque con los pies en el agua, lo que era muy agradable dado el calor y el esfuerzo de la batalla.

De pronto, el fuerte resonar de unas campanas rompió aquel pacífico momento, haciendo que miles de pájaros asustados levantasen el vuelo desde los árboles de los alrededores.

Tras unos instantes, descubrieron que provenía de la torre de la catedral, donde las campanas bailaban inundando todos los bosques circundantes con su alegre sonido.

– ¡Oh! Debe ser una boda – dijo Balthimor – por lo que sé hace muchísimo tiempo que no se celebraba ninguna en la catedral. ¡Vayamos!

Taisa se vio de nuevo arrastrada por el ímpetu del muchacho, que agarró su mano para correr a la capital. Apenas dándole tiempo para sacudir el agua de sus pies  y calzarse sobre la marcha. La verdad es que tenía curiosidad, porque nunca había asistido a una boda.

Llegaron a toda prisa, viendo como casi toda la ciudad comenzaba a arremolinarse alrededor del templo. Escabulléndose entre la gente consiguieron entrar y hacerse hueco en un rincón de la iglesia, donde ya esperaba mucha gente, todos bastante emocionados.

Había un chico trajeado que esperaba junto al altar, visiblemente nervioso. ¡Incluso había un dios presente para oficiar la ceremonia!

Se hizo el silencio, y todo el mundo se giró hacia la puerta, donde apareció una muchacha toda arreglada, con un precioso y pomposo vestido de tul y gasa de color rosa pálido. Se escucharon algunos suspiros y «¡Oooh!” entre los asistentes. Realmente estaba muy linda.

La ceremonia estaba siendo muy bonita. A Taisa le pareció lo más romántico que nunca había visto, y su corazón palpitaba de la emoción. De pronto notó como Balthimor cogía su mano, le miró, y sus miradas se cruzaron, haciendo que su corazón se acelerase todavía más, y casi le fallasen las piernas. Él lo notó y la abrazó.

Entonces él cogió sus manos, y mirándole a los ojos con una dulce sonrisa, le susurró:

– Puede que algún día seamos tu y yo.