1 – El Nacimiento de la Princesa

La primavera acababa de llegar, y los verdes bosques que rodeaban la ciudad brillaban más que nunca, bajo el cálido sol que adornaba el cielo.

Por fin parecía haber terminado la larga época de lluvias, y las flores comenzaban a brotar por todas partes.

Primavera en Gallaecia

Según uno se aproximaba a las inmediaciones de la capital del reino podía notar el bullicio y la alegría en el ambiente, que parecía indicar que aquel no era un día común.

Y así era: En aquel hermoso domingo de primavera, había nacido al fin la hija primogénita de los reyes del reino de Gallaecia, y la población se encontraba feliz con los preparativos de los festejos que se iban a celebrar por tal acontecimiento.

Algunos sirvientes terminaban de preparar la gran sala del trono, que adornada con las mejores galas y miles de flores blancas albergaría en breve la presentación de la princesa. Cuando uno de los mayordomos llegó a avisarles de que era la hora, a lo que todos tomaron sus posiciones,  se abrieron las puertas del castillo, y la gente comenzó a entrar y buscar un buen sitio desde el que no perderse nada.

La espera se hizo algo larga por la impaciencia de los invitados, pero en seguida aparecieron los monarcas. El Rey lucía imponente con su pomposo atuendo y su capa carmesí, y la reina le seguía con un vestido azul celeste, irradiando felicidad maternal, y llevando entre sus brazos la pequeña causa de toda aquella expectación.

Entonces, retiró el paño con delicadeza, y mostró el bebé a todos los habitantes de la ciudad. Un murmullo de ternura recorrió la sala, mientras observaban a la pequeña. Era morena de piel y cabello, y los ojillos que apenas mantenía abiertos se entreveían marrones como la miel.

Como era tradición, la sacerdotisa del oráculo se presentó ante la niña, y tomó aquella pequeña manita sobre la suya, mientras la gente murmuraba inquieta.

La sacerdotisa observó por unos minutos que se hicieron eternos la mano de la niña. Y a continuación volvió la vista a sus padres con un gesto de dolor en su rostro, y acercándose a ellos, les habló en susurros:

– Majestades, siento ser portadora de malas noticias. Pero aunque esta niña será hermosa, inteligente y bondadosa, y  traerá mucho bien al mundo, no podrá disfrutar de la vida lujosa del castillo.

Deberá realizar muchas buenas obras, vivir una vida sencilla y sufrir mucho en su camino para pagar por las acciones de una vida pasada. Sólo entonces, podrá al fin alcanzar la felicidad.

Y así, como indica la tradición, me ha sido revelado también en mi visión el nombre que ha de portar. Y deberá llevar el nombre que ya llevó en su pasada existencia.

Los reyes atónitos la miraron con gran tristeza, mientras en la sala la gente se inquietaba al no saber qué ocurría.

La sacerdotisa se giró a la multitud y acallándolos con sus gestos habló en alta voz:

– La niña se hará llamar Taisa.

Hizo una pausa mientras hacía una reverencia ante los reyes y la princesa.

– ¡Podeis aclamar ahora a Taisa Vagalume, Princesa de Gallaecia!. –

Historias de Taisa: El Nacimiento de la princesa

Continuó solemnemente, a lo que la sala rompió en aplausos y gritos de júbilo como era de esperar. Ya que nadie tenía idea de la agorera profecía que pesaba sobre aquella niña.

La sacerdotisa se giró de nuevo hacia los reyes, que entendieron que no podían hacer nada por cambiar la situación, besaron a la niña, y la entregaron a la sacerdotisa, que continuó hablando al pueblo mientras mostraba el bebé a la gente sobre sus brazos extendidos.

La sacerdotisa continuó hablando a la multitud que seguía atenta, dándoles una vaga excusa de lo que ocurriría a continuación.

El designio de los dioses es que la Princesa les sirva y venere en su templo, por lo que he de llevarla conmigo, para convertirse en Sacerdotisa de la Luz.

¡Y algún día volverá a Gallaecia para ser vuestra reina!

La gente aplaudió  hasta cansarse, y festejaron en el banquete que prosiguió a la celebración, sin saber el dolor que llenaba el corazón de sus monarcas.

Aquel día que habían visto a su primera hija por primera vez, también la verían marcharse. Aunque sabían que estaría bien, ya que confiaban en la Sacerdotisa del Oráculo, y  en que los dioses cuidarían de ellas.

Y por ello, desde aquel momento en que la Sacerdotisa del Oráculo partió hacia tierras lejanas con su pequeña Taisa, rezaron con aún más ahínco, rogando por el día en que su hija volviera a casa.

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