Era un día soleado en Pontiveia, y la gente rondaba por las calles, o charlaba sentada en la plaza. El bardo volvía a su casa después de haberse sacado unas cuantas monedas con sus recitales, cuando se fijó en algo bastante inusual… La puerta de la vieja posada estaba entreabierta.
Se sorprendió enormemente… aquella posada llevaba años cerrada. Algo extraño debía pasar, por lo que puso una flecha en su arco y entró sigilosamente a la casa. La poca luz que entraba por las ventanas prácticamente cerradas dejaba ver lo descuidado del lugar; una gruesa capa de polvo lo cubría todo. Dejó abierta la puerta para que entrase algo de luz, y se adentró en dirección a las habitaciones, de donde provenía un ruido apagado. Al pasar por el salón, vio cómo una pesada espada reposaba sobre la mesa, y alzó su arco con algo de temor, mientras entraba a uno de los aposentos.
Una figura arrodillada rebuscaba en los cajones de la cómoda. Al acostumbrarse un poco más los ojos de Nemesio a la penumbra, pudo ver que llevaba una pesada armadura. Apuntó al extraño con algo de temor y tensó el arco mientras conseguía decir:
—¿Q… quién eres tú, y qué andas hurgando aquí?
La figura se quedó parada unos instantes, tras los cuales comenzó poco a poco a girarse para ver quién le hablaba. El bardo bajó poco a poco su arco, sin decir una palabra, mientras al volverse, gracias a la escasa luz que entraba por la puerta, pudo ver de quién se trataba. Aquel cabello negro cual azabache caía sobre la dorada armadura de placas que cubría a la joven, y el pálido y hermoso rostro quedaba al descubierto, mostrando una débil sonrisa al ver al muchacho que contrastaba con los ojos marrones miel en los que se podía leer claramente una gran tristeza.
—¿Taisa? —susurró Nemesio—. ¿De verdad eres tú? ¿Qué haces aquí?
Taisa se levantó del suelo con cuidado, recogiendo algo del cajón de la mesilla de noche donde estaba guardado el rosario de Balthimor.
Arrodillada en el suelo, lo sostenía con fuerza en su mano, y le habló sin dejar de sonreír.
—Nemesio… cuánto tiempo ha pasado… pensé que nunca volvería. Vine… a buscar algo —dijo mirando por unos instantes su mano, y posando de nuevo la mirada en el bardo.
—Por los dioses… ¡me alegro de verte! ¿Dónde has estado, Taisa? La gente ha preguntado mucho por ti.
—Es una historia muy larga…
—Bueno, ya sabes que las historias son lo mío… y no tengo ninguna prisa. —Y a la vez que decía esto, tomaba asiento en el suelo poniéndose cómodo.
Taisa miró alrededor de la polvorienta habitación, y tras sacudir un poco la cama sin mucho éxito, se sentó en ella y comenzó a resumirle lo ocurrido a Nemesio.
—Tuve que irme… no podía quedarme aquí más tiempo, todo me recordaba a Balthimor después de su marcha hacia las lejanas guerras santas, y no llegaban noticias suyas. Y las guerras aquí en Mideralia cada día eran más duras y despiadadas, e incluso nuestros aliados comenzaban a tomar medidas que no me agradaban… Sentía que este ya no era mi lugar.
Cuando me fui… abandoné los hábitos del sacerdocio, y me uní a la Orden de Paladines de la Luz de Azeroth. Como tenía experiencia, continué como sanadora al principio, pero aunque pensaba que era mi vocación, ya no me sentía cómoda con ello.
Tras largas semanas de viaje, llegué a Ventormenta, y allí me asignaron la misión de acompañar a dos cazadores enanos, con los que viajé durante largos meses por todo Azeroth. Mientras tanto, mantenía el contacto vía postal con mis hermanas Indhara y Rachel, que decidieron de nuevo seguir mis pasos y trasladarse a Azeroth.
Cuando llegamos a Península Infernal, los enanos decidieron regresar a Forjaz a visitar a sus familiares, y allí nos despedimos. Yo decidí quedarme allí, ayudando en la batalla contra la Legión Ardiente.
Pero según pasaba el tiempo, cada vez era más consciente de que algo había cambiado en mí. No quería seguir limitándome a quedarme detrás sanando a los luchadores mientras miraba cómo transcurrían las batallas. La ira invadía mi cuerpo, y la incertidumbre de no saber qué había ocurrido con mi amado era cada día mayor y aumentaba aún más mis sentimientos… Y tomé una decisión: regresé a Ventormenta a consultar con mi instructor en la Catedral, y le pedí que me instruyese para la batalla cuerpo a cuerpo, para de aquella forma poder desahogar aquel dolor que me invadía. Y no me arrepiento en absoluto de ello. Fue un entrenamiento duro, ya que mi constitución como curandera era bastante débil, pero me siento mucho mejor desde aquello, y me dio el ánimo suficiente para continuar mi viaje de rumbo incierto.
Y bueno… esto es lo que ha sido mi vida en estos años…
Nemesio la miraba con los ojos como platos.
—Quién lo hubiese pensado, la verdad, Taisa… —sonrió—. Bueno… ¿y cómo que decidiste volver a Mideralia?
—Pues… obviamente vengo de paso… —Su rostro se entristeció—. En realidad vine porque hace tiempo que no sé nada de mi hermana pequeña, Rachel, ya sabes que ella continuó siendo sacerdotisa en la ciudad de los enanos… y me temo que algo malo puede haberle sucedido. Pensé que igual alguien podría saber algo aquí… Pero… —dijo mirando a su alrededor— veo que apenas queda nada ni nadie de lo que conocía. Pasé por delante de la posada, y quise entrar a recordar… y encontré esto…
Y mientras lo decía abrió su mano, dejando ver el crucifijo que llevó Balthimor mientras fue parte del gremio de paladines de Pontiveia.
—Entiendo —respondió Nemesio con un hilo de voz, mientras parecía que intentaba recordar algo—. Ya sabes que muchas noticias vuelan, y que nos llegan muchísimos rumores… Hace tiempo un sacerdote de Forjaz pasó también por aquí, y comentó que la mayoría de ellos habían partido a ayudar al Alba Argenta.
Tras la larga charla, se despidieron, y el bardo quedó observando cómo se alejaba la paladina antes de volver a su casa, llevando con él una nueva historia que contar.