La paladina alzó su mirada al cielo, intentando atisbar entre la neblina los pocos rayos de sol del atardecer, en aquel páramo oscuro y desolado.
Era una imagen entristecedora… Las tierras de la peste eran uno de los lugares más deprimentes de los Reinos del Este: pueblos en ruinas, tierra seca y granjas arrasadas y estériles, rondadas por engendros demoníacos y no muertos. Muchos de ellos, posiblemente antiguos habitantes de aquel lugar.
Taisa llevaba mucho tiempo sin pasar por allí, pero todo parecía igual. Estuvo en aquel lugar una larga temporada, haría ya tiempo, ayudando al Alba Argenta en la incesante lucha contra la Plaga.
Arreó su montura y continuó camino a la Capilla de la Esperanza. Al acercarse, notó que sí que había algo distinto cuando vio cómo se oscurecía el cielo, más allá de las montañas, y una enorme necrópolis apareció ante sus atónitos ojos.
Corrió preocupada al encuentro de un antiguo conocido, el duque Nicholas, y él le explicó lo ocurrido.
El rey de los no muertos había atacado con sus tropas. Había sido una batalla feroz donde muchos perdieron la vida…
Pero lo peor era que el rey de los no muertos tomaba los cuerpos de los caídos, y los condenaba uniéndolos a su ejército de caballeros oscuros, perdiendo así todo juicio y voluntad.
Tras oír la historia, Taisa quedó en silencio, aterrorizada, hasta que asimiló lo que acababa de escuchar. Entonces le contó sobre la desaparición de Rachel, y que lo último que sabía sobre ella era que se dirigió a ayudar a la Capilla de la Esperanza. Por eso estaba ella allí, para tratar de averiguar dónde se encontraba su hermana, a lo que Nicholas le respondió:
—Siento decirte que tu hermana sí que estuvo aquí. Escuché su nombre, pero la única persona que podría saber algo más es Ysida, la responsable de los sacerdotes en la Capilla. Seguro que estaba con ella. Pero sabemos que Ysida fue capturada y llevada a la ciudad muerta por el Barón Huesoeterno, un líder de los no muertos, no hace mucho, pero no sé si aún…
Casi antes de que acabase de hablar, aunque estaba claro lo que insinuaba, Taisa ya estaba montando de nuevo en su caballo.
—Iré y haré todo lo posible —le dijo a modo de breve despedida.
Y partió al galope hacia la ciudad muerta, mientras escuchaba ya a lo lejos cómo algunos de los habitantes de la Capilla de la Esperanza le gritaban: “Ten cuidado…”.