Después de la audiencia, el capitán acompañó a Bastet hasta la sala de la guardia. Allí le mostró las instalaciones y las habitaciones destinadas a los reclutas, indicándole que podía instalarse en una de las que se encontraban libres.
—Gracias, capitán. Entendido.
Bastet dejó sus escasas pertenencias en la habitación que le habían asignado. Después de un viaje tan inesperado y de una jornada que había terminado de una forma que difícilmente habría podido prever aquella mañana, decidió descansar.

Al día siguiente se aseó, volvió a vestir su armadura y salió en dirección al lugar donde debía realizar las pruebas de ingreso.
El emperador había sido muy claro: tendría que superar las pruebas completas antes de ser aceptada formalmente en la guardia.
Bastet no sabía todavía qué tarea tenía pensada para ella, pero aquello no hacía sino despertar aún más su curiosidad.
Durante los días siguientes completó las pruebas exigidas a los nuevos miembros de la guardia. No era la primera vez que se sometía a entrenamientos de aquel tipo. Había pasado buena parte de su vida combatiendo, viajando y protegiendo a otros, de modo que se tomó el proceso con seriedad y disciplina.
Finalmente recibió la confirmación que esperaba: había sido aceptada.
Entonces fue llamada por el emperador.
Cuando llegó a la sala, Bastet acudió sin saber exactamente qué esperaba de ella. Al acercarse, sin embargo, comenzó a escuchar cierto revuelo.
—¡Que su primera tarea sea atraparme!
La princesa intentó salir corriendo, pero uno de los guardias presentes le cortó el paso antes de que pudiera llegar demasiado lejos. Entre protestas y miradas de resignación, el emperador terminó llamando a Bastet.
—Dame Bastet, venga aquí, por favor.
La paladina se acercó algo confundida.
—¿Su majestad me llamó?
—Sí, Dame Bastet. Desde ahora, y considerando que ha superado las pruebas pertinentes, se encargará de vigilar y proteger a mi hermana.
La reacción de la princesa fue inmediata. Negó desde donde estaba, visiblemente poco conforme con aquella decisión.
—No puede ser…
Bastet miró primero al emperador y después a la joven pelirroja que acababa de intentar escapar. Así que aquella era la tarea especial que había mencionado durante la audiencia.
El emperador dirigió a su hermana una mirada seria, aunque parecía contener cierta satisfacción.
—Te lo avisé. Igualmente es tarde. Ya hablaremos.
La princesa resopló con resignación.
—Pues ya qué…
—Te dije que no tendrías opción.
Bastet decidió mantenerse prudentemente al margen de aquella pequeña discusión familiar. Se acercó hasta la princesa y, al llegar frente a ella, se arrodilló clavando la espada en el suelo.
—Su alteza, me pongo a su servicio para protegerla, tal como se me ha indicado.

La joven había estado mirando al suelo con evidente disgusto. Finalmente alzó un poco la vista hacia Bastet, suspiró y terminó asintiendo.
—Entiendo…
No parecía especialmente entusiasmada con la idea, pero Bastet se limitó a aceptar la situación con profesionalidad. Su deber era cumplir las órdenes recibidas, aunque empezaba a sospechar que proteger a la hermana del emperador quizá no sería una tarea tan sencilla como había imaginado.
Entonces algo llamó brevemente su atención. Una sensación fría, un ligero siseo apenas perceptible y, durante un instante, la impresión de haber visto una sombra fuera de lugar. Bastet conocía demasiado bien aquella sensación: Vacío.
Palideció apenas un momento y recorrió discretamente la estancia con la mirada, sin encontrar nada concreto. Tal vez no fuera más que una impresión, pero decidió no ignorarla.
El capitán, que se encontraba cerca, pareció notar su inquietud.
—Dama Bastet, ¿ocurre algo?
Ella asintió con discreción.
—Sí, capitán… Me gustaría hablar con usted después.
—Claro. En mi despacho, si lo desea.
Bastet volvió la atención hacia la princesa.
—Capitán, iré en cuanto sea posible. Su majestad el emperador me ha encargado también cuidar de su alteza.
Respondió ya algo más calmada, aunque aún lanzó una última mirada alrededor.
Había llegado a Occidente buscando un nuevo rumbo y, pocos días después, ya formaba parte de la guardia y tenía una responsabilidad muy concreta: proteger a la hermana del emperador.
Por la expresión de la princesa, aquella misión prometía ser bastante menos tranquila de lo que parecía.
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