Categoría: Parte 2: Looking for Myself

  • 1 – Llegada a Occidente

    1 – Llegada a Occidente

    Una clara mañana, bajo el cálido sol cercano al mediodía, estaba a punto de acontecer algo extraño.

    A las afueras de aquel imperio, un portal de intensa luz azul, de unos tres metros de diámetro, apareció en mitad de un descampado formando espirales de maná. Tras unos segundos, una figura femenina comenzó a perfilarse entre la luz.

    Una mujer emergió de él portando una armadura dorada y una gran espada a dos manos. Mantuvo los ojos cerrados hasta sentir que había llegado a su destino. No había escogido un lugar concreto; simplemente había dejado que el universo dirigiera sus pasos.

    El cabello azabache se arremolinaba alrededor de su rostro por efecto de la energía del portal. Lo apartó con una mano y, finalmente, abrió los ojos.

    A su espalda, el portal comenzó a desvanecerse hasta desaparecer por completo apenas unos instantes después.

    Bastet miró a su alrededor. Parecía encontrarse en mitad de un campo. A no mucha distancia se distinguía una ciudad y, más allá de ella, lo que parecía ser un gran palacio.

    Sonrió ligeramente. Siempre le había agradado conocer nuevos lugares y aquel, sin duda, lo era.

    —Bien… Veamos qué lugar es este. Lo primero será presentarme ante sus regentes.

    Comenzó a caminar con paso firme en dirección a la ciudad.

    Después de haber recorrido tantos lugares durante sus viajes, conocía suficientemente bien aquel tipo de protocolos. Antes de instalarse o decidir siquiera cuánto tiempo permanecería allí, lo adecuado era presentarse ante quienes gobernaban aquellas tierras.

    Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que su llegada no había pasado inadvertida.

    La aparición de una abertura mágica de semejante tamaño había alertado al imperio. El capitán de la guardia, acompañado por varios soldados, acudió rápidamente al lugar para averiguar qué había sucedido. Entre ellos se encontraba también un mago, que había percibido la alteración de maná provocada por el portal.

    Bastet distinguió al pequeño grupo acercándose antes de alcanzar la ciudad. Algunos de los guardias mantenían las armas preparadas, aunque ninguno parecía dispuesto a atacar sin motivo. El hombre que iba al frente daba órdenes con naturalidad y parecía estar al mando.

    El mago fue el primero en dirigirse a ella.

    —Sea bienvenida al Imperio de Occidente, señorita.

    Bastet se mostró algo sorprendida por semejante comitiva de recibimiento, pero enseguida adoptó una posición firme, casi militar. Juntó los talones, haciendo resonar ligeramente las placas de su armadura, y apartó la mano de la espada para dejar claras sus intenciones. Después llevó la mano al pecho en señal de respeto.

    —Gracias por su bienvenida.

    Dirigió una mirada al hombre que parecía liderar a los soldados y después al resto. Algunos continuaban algo a la defensiva, algo que podía comprender después de haber aparecido sin previo aviso mediante un portal en mitad de sus tierras.

    —Mi nombre es Bastet. Paladina y sacerdotisa de la Luz. Soy una aventurera buscando un nuevo rumbo en mi vida. ¿Serían tan amables de indicarme dónde me encuentro y cómo podría presentarme formalmente ante quien regente este lugar?

    Su tono se mantuvo tranquilo. No pretendía causar conflicto alguno y quería dejarlo claro desde el principio.

    El capitán terminó por ofrecerse a guiarla hasta el palacio.

    —Por favor, se lo agradezco.

    Bastet inclinó levemente la cabeza y comenzó a seguirle. Mientras avanzaban aprovechó para observar los alrededores y también a quienes la acompañaban. Uno de los guardias llamó especialmente su atención: permanecía en silencio y llevaba los ojos vendados bajo el casco, aunque no consideró apropiado preguntar por ello.

    En cambio, sí se dirigió al hombre que iba al frente.

    —Usted es el líder, ¿verdad? Si no es indiscreción preguntar antes de que lleguemos ¿Cree que sería factible trabajar con ustedes, si sus majestades lo aprueban?

    La idea había surgido casi de manera natural. Había llegado buscando un nuevo rumbo y, aunque apenas conocía aquel imperio, la posibilidad de volver a servir y proteger a otros le resultaba familiar.

    Durante el trayecto cruzó la ciudad observando con curiosidad sus calles y habitantes hasta que finalmente llegaron al palacio.

    La estructura le sorprendió. Resultaba más moderna que otros palacios que había conocido y estaba profusamente decorada. Siguió al capitán por su interior hasta llegar a la sala de audiencias.

    Antes de entrar, él se detuvo.

    —Solo… sin ánimo de molestarla, ¿sería tan amable de entrar desarmada? Durante las audiencias con sus majestades los invitados no tienen permitido portar armas.

    Bastet no puso objeción. Desenvainó su gran espada con cuidado y se la entregó como si se tratase de un objeto frágil.

    —Por supuesto.

    El capitán la recibió con el mismo cuidado y Bastet quedó a la espera de que le indicaran cuándo podía avanzar.

    Aquel día los dos emperadores se encontraban atendiendo audiencias. Cuando llegó su turno, uno de los secretarios hizo una señal y Bastet recorrió el pasillo central con paso firme y erguido. Su armadura resonaba a cada paso en el silencio de la sala.

    Percibió algunos murmullos a su alrededor, seguramente provocados por su apariencia y por aquella armadura tan distinta a las de los habitantes del lugar, pero no prestó atención.

    Al llegar frente a los monarcas, clavó una rodilla en el suelo y bajó la cabeza.

    Bastet arrodillada ante los emperadores de Occidente durante su audiencia

    El emperador la observó durante unos instantes antes de hablar.

    —Bienvenida a Occidente. Puede presentarse y explicar qué la trae hasta aquí.

    Bastet levantó ligeramente la mirada, aunque permaneció arrodillada.

    —Sus majestades, vengo a presentar mis respetos ante ustedes. Recién he llegado a estas tierras. Mi nombre es Bastet Vagalume y he viajado por diversos lugares, llegando casualmente hasta aquí en busca de un nuevo lugar donde residir y nuevos objetivos.

    Apretó el puño contra el pecho.

    —Quería pedir, si fuera posible, que me aceptasen en su guardia y poder servir al imperio.

    El emperador guardó silencio durante unos momentos. Bastet esperaba sin moverse, consciente de que acababa de solicitar un puesto en la guardia de un reino al que había llegado hacía apenas unas horas.

    Finalmente, él sonrió.

    —Acepto su solicitud de buen grado.

    Buscó al capitán con la mirada.

    —Capitán, encárguese de buscarle alojamiento en la zona de reclutas y de que pase las pruebas completas. Todas. Tengo una tarea que quisiera encomendarle si logra superarlas.

    Después hizo un gesto a Bastet indicándole que podía levantarse.

    —Lady Bastet, bienvenida a Occidente. Espero que se encuentre cómoda aquí.

    La paladina sonrió agradecida y volvió a ponerse en pie. Juntó los talones y llevó nuevamente una mano al pecho antes de inclinarse respetuosamente.

    —Gracias por la oportunidad, su majestad. Espero no defraudarlo.

    Hizo también una reverencia hacia la emperatriz.

    —Su majestad.

    Al girarse reconoció al hombre que la había acompañado desde las afueras. Efectivamente, sus sospechas habían sido correctas: aquel era el capitán de la guardia.

    Bastet había llegado a aquellas tierras sin saber siquiera su nombre, dejando al azar el destino de su viaje.

    Ahora, apenas unas horas después, tenía un lugar donde quedarse, unas pruebas que superar y, quizá, un nuevo propósito que descubrir.