5 – Un encuentro

Varios años después… una soleada tarde de otoño en Pontiveia. Como era habitual, Taisa salió a los campos circundantes a pasear, y entrenar sus hechizos.

Era bastante duro el entrenamiento, ya que la preparación de los acólitos cuyo objetivo era el de servir como soporte para otros aventureros, se centraba principalmente en la mente más que en la fuerza, y en los hechizos de apoyo y sanación, más que en el ataque.

Por ello, les costaba bastante enfrentarse incluso a los pequeños monstruos redondeados que rodeaban la ciudad. Eran apenas unas masas gelatinosas redondas de color rosado, que absorbían todo lo que encontraban. Pero Taisa no se daba por vencida, y continuaba esforzándose.

La verdad es que comenzaba a sentirse un poco atrapada en aquella ciudad, llevaba varios años allí sin haber salido mucho más allá de los muros de la ciudad.

“Es muy peligroso ir más allá” decían los mayores “Aún te queda mucho por aprender para poder salir de Pontiveia y sus alrededores”.

Y ella deseaba, con todas sus fuerzas, que llegase el momento en que la dejasen ir más allá. ¡Ya tenía 17 años! ¿Por qué no podía aún?

Tenía ganas de ver otros lugares, otros desafíos, aventuras… Y cada día intentaba alejarse un poco más de la ciudad.

Aquel día estaba avanzando poco a poco hacia las afueras de la ciudad, como de costumbre, vigilando a su alrededor. Y de pronto escucho un ruido fuerte, y se asustó bastante, yendo a esconderse en unos arbustos.

Se asomó con cuidado a ver que pasaba. Se escuchaba ruido de pelea.

Entonces vio como un joven se peleaba a golpe de espada con varios monstruos verdes y gelatinosos ¡A la vez!

Había muchos monstruos gelatinosos en los alrededores de la ciudad, pero ella no había visto muchos como aquellos. Estos eran de un color verdoso, parecían mucho más fuertes que los que ella había visto. Ella seguro que no podía contra ellos. 

Y aunque parecía que aquel chico se estaba desenvolviendo bastante bien, poco a poco comenzaban a ganarle terreno,  cerrándole el paso y golpeándole.

Taisa no se lo pensó dos veces, inspiró, salió de los arbustos y cerrando los ojos para concentrarse mejor, con las manos extendidas hacia el muchacho, comenzó a recitar uno de sus hechizos.

Una tenue luz comenzó a emitir de su cuerpo concentrándose en sus manos. El chico se giró al escuchar el conjuro, y quedó embobado mirándola. Realmente fueron apenas unos segundos, pero el tiempo pareció detenerse para él en aquel momento.

Realmente, Taisa había crecido, y se estaba convirtiendo en una jovencita bastante linda, aunque ella no era muy consciente de ello. Entre otras cosas, porque no era una belleza que realmente llamase la atención. Además era algo introvertida, y no se solían fijar mucho en ella.

Pero aquel chico, le prestó toda su atención. Y quedó ensimismado observando como el aire hacía ondear el largo cabello negro de Taisa, su piel lisa y suave, tocada por el sol. Y sus labios pronunciando las palabras del hechizo que no llegaba a escuchar realmente. Y aquella luz que irradiaba que la hacía parecer un ángel recién caído del cielo a sus ojos…

Y de pronto lo único que podía desear era que aquella angelical muchacha abriese sus ojos para ver su color y poder perderse en ellos…

Cuando de pronto un fuerte golpe en la pierna le hizo reaccionar

– ¡Au! –

Y fue consciente de nuevo de donde estaba. Uno de los monstruos le había golpeado fuertemente en una pierna, y otro se acercaba amenazante para lanzar su ataque también. El dolor comenzaba a hacer flaquear sus rodillas y sus manos. Y cuando estaba a punto de caer… La luz surgió de las manos de Taisa, inundándole.

Se sintió aliviado, empuñó con fuerza su espada, y asestó sendos golpes a aquellos monstruos haciéndolos saltar en pedazos.

Acto seguido, se giró intentando poner una pose heroica para lucirse… cuando vio como la tercera masa gelatinosa estaba a punto de saltar sobre la chica. Se lanzó a por la bola viscosa. Cuando terminó con ella, dio un rápido vistazo a su alrededor para asegurarse de que no quedasen más, antes de poder volver a centrarse en la muchacha.

Sonriendo triunfal, al fin pudo mirarla a los ojos. Hizo una solemne reverencia, a la vez que envainaba su espada, y se presentó.

– Buen día, hermosa señorita, mi nombre es Balthimor. ¿Qué os trae por estos prados?

Taisa se sonrojó al instante ante el cumplido, y bajó la vista.

Realmente el joven era bastante apuesto. Sería sólo un año o dos mayor que ella. Tenía el cabello dorado, la piel clara, y los ojos de un azul profundo como el mar de verano. Y le sonreía de una forma que nadie jamás lo había hecho. Aquello hizo que el corazón le palpitase más deprisa.

– Entrenaba mis hechizos – Dijo vergonzosa en un hilo de voz. – Mi nombre es Taisa, y estoy preparándome para ser Sacerdotisa de la Luz.

Él la invitó a sentarse a la sombra de unos árboles,  sacó unas manzanas de su bolsa para ambos, y charlaron durante horas.

Balthimor era un espadachín que quería convertirse en cruzado. Le habló a Taisa de cómo tenía que entrenar también muy duro, tanto física como mentalmente. Ella había oído hablar de los paladines, ya que muchos iban también a la catedral de Pontiveia a orar, y era el lugar donde se les otorgaba el rango. Aunque ellos no estudiaban allí.

Aprendían la capacidad de invocar el poder de la Luz para realizar poderosos ataques además de para proteger a sus compañeros, pero implicaba una gran fuerza de voluntad, ya que muchos de sus hechizos suponían recibir parte del daño en sí mismos.

A Taisa le resultó muy agradable escuchar las historias que su nuevo amigo le contaba, demostrando la ilusión que el chico tenía por sus objetivos.

Ella también le contó muchas cosas sobre la Catedral, sus hechizos y entrenamientos. Aunque aún no le habló de sus orígenes, ya que no era algo de lo que le gustase hablar, y menos con un recién conocido, aunque se sintiese tan bien hablando con él.

Hasta que se dieron cuenta de que habían perdido la noción del tiempo, comenzaba a anochecer y decidieron regresar a la ciudad.

Cuando tuvieron que despedirse de vuelta en la ciudad, acordaron verse de nuevo al día siguiente. Y así empezaron a encontrarse día tras día, para entrenar juntos por los alrededores de la ciudad y merendar juntos cada tarde.

Un día, mientras merendaban, Taisa le comentó las ganas que tenía de ver más lugares, ya que era mucho el tiempo que llevaba allí en el mismo sitio.

– Pues a qué esperamos – – ¡Vayamos! ¿No notaste que juntos podemos hacer mucho más? Con mi fuerza y tus hechizos, ya podemos enfrentarnos a monstruos más poderosos. Te llevaré a donde desees.

dijo Balthimor levantándose y sacudiendo de su ropa las migas de la tarta que acababan de comer.

– ¡Vayamos! ¿No notaste que juntos podemos hacer mucho más? Con mi fuerza y tus hechizos, ya podemos enfrentarnos a monstruos más poderosos. Te llevaré a donde desees.

Le dijo sonriendo cariñosamente, mientras cogía su mano y comenzaban a andar juntos.

Y entonces Taisa se dio cuenta de que ya no se sentía tan sola.

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