Proteger a la hermana del emperador había parecido, al menos en un principio, una tarea bastante clara.
Bastet tenía experiencia de sobra protegiendo a otras personas. Había pasado buena parte de su vida luchando, viajando y asumiendo responsabilidades mucho más peligrosas. Lo que no había previsto era que su principal dificultad no estaría en enfrentarse a una amenaza, sino en conseguir que su protegida permaneciera el tiempo suficiente en el mismo lugar y no perderla de vista.
La princesa no estaba precisamente satisfecha con la decisión de su hermano.
Aunque Bastet trataba de mantenerse a una distancia prudente y no interferir más de lo necesario, la joven parecía aprovechar cualquier oportunidad para esquivarla. Bastet procuraba tomárselo con paciencia. Al fin y al cabo, no había sido la princesa quien había pedido tener una guardia siguiéndola a todas partes.
Eso no cambiaba, sin embargo, las órdenes que había recibido.
Su trabajo era protegerla.
Y para hacerlo necesitaba, como mínimo, saber dónde estaba.
Una mañana llevaba ya un buen rato esperando cerca de los aposentos de la princesa. Se mantenía atenta a cualquier movimiento mientras, inevitablemente, su mente volvía también a otros asuntos que la preocupaban.
Seguía pensando en aquella extraña sensación que había percibido poco después de recibir su nueva tarea. Una presencia familiar, una energía que le recordaba demasiado al Vacío y que no terminaba de encajar con nada de lo que había encontrado hasta el momento.
También tenía pendiente una investigación relacionada con un robo ocurrido recientemente.
Demasiadas cosas daban vueltas por su cabeza, aunque Bastet intentaba separar cada problema y atender primero a lo que tenía delante.
En aquel momento, eso significaba esperar a la princesa.
No era exactamente la clase de misión que había imaginado cuando llegó a Occidente.
Aun así, permaneció allí.
Con paciencia.
O al menos con toda la paciencia que era capaz de reunir.
No sería la última vez.
Otro día acudió a los aposentos de la princesa y descubrió que no estaba.
Bastet se quedó unos segundos observando la habitación vacía antes de soltar un suspiro.
—Otra vez…
No necesitó mucho más para comprender lo que había ocurrido.
Comenzó a recorrer los pasillos del palacio, revisando los lugares que conocía y aquellos en los que pensaba que podría haberse refugiado. De vez en cuando se detenía para observar mejor alguna estancia o buscar a alguien a quien preguntar.
Intentaba no alarmarse.
La princesa probablemente se encontraba perfectamente bien.
Probablemente.
Pero eso no significaba que Bastet pudiera limitarse a esperar a que regresara por su cuenta.
Habían puesto su seguridad bajo su responsabilidad y pensaba tomárselo en serio, aunque su protegida no pareciera demasiado interesada en facilitarle el trabajo.
Recorrió nuevamente uno de los corredores, mirando a ambos lados.
Aquella situación comenzaba a resultarle extrañamente familiar.
La princesa escapaba.
Bastet iba tras ella.
Y tarde o temprano volverían a empezar.
Con el paso del tiempo, sin embargo, la joven pareció ir aceptando su presencia. Quizá no estuviera encantada con tener una guardia personal, pero dejó de comportarse como si Bastet fuera una sombra de la que tuviera que librarse constantemente.
Eso permitió que algunas de sus salidas comenzaran a parecerse algo más a un trabajo normal.
En una de aquellas ocasiones, la princesa le indicó que quería pasear nuevamente por la ciudad.
Bastet decidió prescindir de su llamativa armadura dorada. Recorrer una zona comercial abarrotada vestida de aquella forma habría atraído demasiadas miradas, así que escogió algo más discreto, cómodo y funcional. Conservó, por supuesto, su espada.
Una vez en el mercado, caminaba unos pasos por delante de la princesa, vigilando el camino y procurando abrirle paso entre la gente sin llamar demasiado la atención.
Cada pocos momentos volvía la cabeza para comprobar que continuaba detrás de ella.
No pensaba perderla de vista allí.
La zona comercial de la capital solía estar muy concurrida y Bastet sabía lo fácil que sería que alguien desapareciera entre el ir y venir de la gente.
Especialmente alguien que ya había demostrado cierta habilidad para hacerlo.
Se acercó un poco a la princesa y, debido a la diferencia de altura, se inclinó ligeramente para poder hablarle sin alzar demasiado la voz.
—Por aquí, alteza. ¿Quiere buscar algo en particular?
Mantuvo después una distancia prudente, pendiente del entorno.
Todavía estaba aprendiendo a desempeñar aquella nueva tarea.
Y la princesa, quizá, empezaba también a acostumbrarse a tenerla cerca.
