Una vez incorporada oficialmente a la guardia de Occidente, Bastet comenzó poco a poco a acostumbrarse a sus nuevas rutinas.
Había pasado mucho tiempo viajando de un lugar a otro, sin detenerse demasiado en ningún sitio ni permitirse echar raíces. Por eso, disponer ahora de una habitación propia y de un lugar al que regresar al final del día, aunque solo fuera de forma temporal, le resultaba extrañamente agradable. Después de tanto tiempo en movimiento, aquella pequeña sensación de estabilidad era casi un lujo.
Sus días se repartían entre los turnos de guardia, los entrenamientos junto al resto de sus compañeros y, por supuesto, la tarea que el emperador le había encomendado personalmente: mantenerse pendiente de la princesa y velar por su seguridad.
No era una vida especialmente tranquila, pero tampoco podía decir que le disgustara. Volver a tener obligaciones concretas y una rutina comenzaba a darle cierta sensación de estabilidad.
Entre aquellas obligaciones estaban los entrenamientos habituales de la guardia.
Y uno de ellos resultó ser bastante menos habitual de lo esperado.
El capitán había preparado aquel día una propuesta fuera de lo común. No se trataba de un ejercicio improvisado: guardias y miembros de la caballería habían sido convocados para un entrenamiento de resistencia y coordinación pensado para poner a prueba algo más que la fuerza bruta.
El ejercicio consistía en combatir al ritmo de una pieza interpretada al piano mientras cada participante se enfrentaba a un doble de sí mismo creado mediante magia. El objetivo no era derrotarlo, sino mantener el ritmo, bloquear y contraatacar a medida que la música aumentaba progresivamente la dificultad.
El emperador se encontraba también presente, observando con interés el peculiar entrenamiento que el capitán había preparado.
Bastet reparó además en una presencia bastante más inesperada: una pequeña niña rubia, de apenas cuatro o cinco años, que decidió sumarse al ejercicio con un entusiasmo, una pequeña espada y una determinación que contrastaban bastante con su tamaño. La paladina la observó por unos momentos con curiosidad antes de volver a centrar la atención en lo que tenía delante.
Bastet escuchó la explicación con atención y dejó escapar un pequeño suspiro.
Aquello sonaba interesante.
Clones…
Cerró los ojos durante unos segundos tratando de recordar por qué la idea le resultaba tan familiar. Entonces lo recordó.
—Ah…
Un ligero escalofrío le recorrió la espalda.
Aquel antiguo laboratorio.
Seguramente había visto trucos parecidos en otras ocasiones, pero las misiones que la habían llevado hasta aquel lugar continuaban poniéndole los pelos de punta cada vez que las recordaba.
Abrió de nuevo los ojos y observó con curiosidad a la figura que tenía delante.
Era ella.
Una copia prácticamente perfecta que repetía sus movimientos como si se encontrara frente a un espejo.
Bastet alzó ligeramente una ceja mientras la estudiaba.
¿Cuánto tiempo hacía que no se observaba a sí misma con detenimiento?
Entre las obligaciones, los entrenamientos y las rutinas diarias, había días en los que apenas se prestaba atención. Y ahora tenía frente a ella una réplica que le devolvía hasta el más pequeño de sus gestos.
Desenvainó la espada.
Su doble hizo exactamente lo mismo.
—¡Pueden comenzar! —ordenó el capitán.
El pianista empezó a tocar.
Bastet esperó las primeras notas y lanzó el primer golpe.
Uno.
Otro.
Después varios mucho más rápidos.
Las espadas chocaban siguiendo el ritmo de la melodía, arrancando pequeñas chispas cada vez que ambas hojas se encontraban.
A pesar de saber que su contrincante se detendría si ella lo hacía, Bastet no bajaba la guardia. Ni siquiera apartaba la mirada para comprobar cómo se desenvolvían los demás.
La música disminuyó poco a poco su velocidad y sus movimientos se adaptaron a ella. Las estocadas se hicieron más pausadas, aunque sin perder agilidad.
Podía anticipar cuándo volvería a acelerarse.
Afianzó un pie en el suelo y continuó atacando.
Cuando consiguió acostumbrarse al extraño ritmo del combate, una ligera sonrisa terminó apareciendo en su rostro.
No era demasiado habitual verla sonreír mientras entrenaba.
Pero tenía que admitirlo.
Aquello estaba resultando divertido.
La melodía hizo otra pequeña pausa. Bastet relajó durante un instante la postura y dio un par de pasos hacia un lado.
Su réplica la imitó de inmediato, manteniéndose siempre frente a ella.
La música volvió a animarse.
Bastet retomó las estocadas, alternando golpes altos y bajos según cambiaban las notas. Con los sonidos graves las espadas chocaban en el centro; cuando la melodía se hacía más rápida y aguda, sus movimientos se volvían también más cortos y veloces.
Hasta que llegó la última nota.
Bastet bajó la espada, respirando algo más deprisa después del esfuerzo, y se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.
Su clon hizo exactamente lo mismo.
Aquello consiguió arrancarle otra sonrisa.
Por pura educación, hizo una pequeña reverencia hacia su peculiar contrincante.
La réplica imitó el gesto.
—Gracias por el combate —murmuró.
Quizás entrenar contra sí misma no había sido una idea tan mala después de todo.

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