A pesar de haberse casado hacía tiempo, la relación entre Taisa y Balthimor siempre fue complicada a medida que ambos crecían y tomaban relevancia en sus respectivas profesiones.
Durante un tiempo convivieron alojados en una habitación de la posada de la capital. Pero casi siempre estaba vacía, ya que las obligaciones de ambos hacían difícil coincidir. Siempre había ocupaciones que atender: misiones que realizar, grupos a los que acompañar, heridos que sanar, estudios que continuar…
Además, Balthimor prefería seguir entrenando y aceptar más misiones cuando tenía tiempo libre. Pero cada vez tenía menos tiempo, y más responsabilidades, desde que se había ordenado como cruzado.
Y cada vez coincidían menos.
Aquella tarde le pidió a Taisa que se encontraran en la posada.
Cuando estuvieron a solas, se hincó de rodillas ante ella. Tenía un gesto entristecido. Allí le explicó que debía partir en una misión. Pero aquella vez sería lejos, y estaría fuera durante mucho tiempo. Una guerra importante, en tierras lejanas, requería la presencia de paladines.
Taisa lo escuchó en silencio, con el corazón encogido.
Balthimor tomó el rosario entre sus manos.
Se despidieron sin saber cuándo volverían a verse.
Por suerte, Taisa tenía muchos amigos. Tenía su clan, sus responsabilidades y personas que la querían. No estaba sola. Pero aun así se sintió profundamente entristecida, y en muchos momentos lo echó en falta.
Sin embargo, no podía quedarse anclada en la tristeza. Había demasiadas cosas que atender, demasiada gente que contaba con ella.
Así que continuó adelante.