La alteración de energía en torno a la catedral llamó la atención de Bastet durante uno de sus turnos de guardia. Era un lugar al que acudía con frecuencia para rezar, así que reconoció enseguida que algo no era normal y desvió sus pasos hacia allí.
Al llegar encontró a varios hombres distribuidos frente a la escalinata. No tardó en comprender que no se trataba de soldados corrientes. Uno de ellos, al que ya había visto alguna vez entre los reclutas del ejército, se mantenía frente a los demás con una presencia distinta, solemne. Mientras hablaba con sus hermanos, la piedra comenzaba a extenderse lentamente por sus pies.
Bastet se acercó con cautela, observando el fenómeno con una mezcla de inquietud y fascinación.
Gabriel le explicó que aquel proceso formaba parte de un ciclo que afectaba a los ángeles destinados en la tierra. Al aproximarse el final del año debían reiniciar sus cuerpos en un lugar sagrado. Cuando llegase la última campanada, sus cuerpos de piedra liberarían una gran cantidad de luz bendita que purificaría la zona. Hasta entonces, sin embargo, quedarían indefensos.
—Cualquier demonio que encuentre nuestros cuerpos podría destruirlos —le advirtió—. Si eso ocurre, desapareceríamos por completo.
La piedra continuaba avanzando por su cuerpo mientras hablaba.
Bastet miró al resto de los ángeles, después a Gabriel y finalmente a la catedral. Aquello convertía el lugar en un objetivo evidente. No necesitó pensarlo demasiado.
Desenvainó su espada y la plantó frente a ella, apoyando ambas manos sobre la empuñadura.
—Yo me encargaré de que nada les ocurra. Guardaré este lugar y defenderé a tus hermanos. Pediré ayuda y nos ocuparemos de protegerlos hasta la última campanada del año.
Gabriel la observó durante unos instantes. Después extendió una mano hacia ella.
—Que la Luz siempre esté contigo y te dé fuerza para cumplir tu misión entre nosotros.
Una luminosidad blanca envolvió a Bastet. Sintió cómo aquella energía atravesaba su armadura, purificándola, y cómo una fuerza mucho más intensa que su habitual poder de paladina se extendía por todo su cuerpo. A su espalda aparecieron unas alas doradas, semejantes a las que surgían cuando invocaba algunos de sus propios hechizos, pero aquella vez la sensación era distinta. Más profunda. Más poderosa.
—Usa este poder con sabiduría —continuó Gabriel—. Demuestra que eres digna de llevarlo.
Bastet se arrodilló ante él mientras la energía seguía recorriéndola.
—Juro que les protegeré.
No era una promesa hecha a la ligera.
Poco después, el espadachín de la túnica negra se unió a la vigilancia. Gabriel le confió la custodia de su espada, la única parte de su cuerpo que no quedaría convertida en piedra y que, además, contenía sellos que no podían permitirse liberar..
Cuando el proceso terminó, los ángeles quedaron inmóviles alrededor de la catedral.
Bastet se puso en pie y estudió cuidadosamente el lugar. Revisó las entradas, los espacios entre las estatuas y las posibles vías por las que un enemigo podría acercarse. Si ocurría algo, la guardia podría enviar refuerzos, pero no quería depender únicamente de eso.
La espera comenzó.
Durante los días siguientes organizaron turnos para no dejar las estatuas desatendidas. Bastet permanecía largas horas junto a ellas, a veces en pie, otras arrodillada en duermevela apoyándose sobre la funda de su espada. Era una vigilancia agotadora y extrañamente silenciosa.
Por suerte no estuvieron completamente solos.
Elentari apareció en una ocasión llevando cajas con comida y bebidas calientes para quienes hacían guardia. Bastet abrió los ojos al escucharla acercarse y no pudo ocultar cierto alivio. Empezaba a tener hambre.
—Gracias —respondió, aceptando la comida con una sonrisa cansada—. Nos viene mejor de lo que imaginas.
El gesto sencillo rompió durante un rato la tensión de aquellos días.
Pero la calma no duró.
Algo estaba ocurriendo lejos de allí.
Bajo el mar, uno de los sellos de Gabriel comenzaba a debilitarse.
Mammon despertó.
La ruptura se sintió como una alteración violenta de la energía sagrada. Bastet todavía no sabía exactamente qué había sucedido cuando desde el palacio llegó la advertencia de que debían prepararse. Se ordenó retirar a los civiles y establecer un perímetro alrededor de la catedral.
Bastet se puso inmediatamente en movimiento.
No podía permitir que nadie se acercara a las estatuas.
Cuando Mammon apareció, la corrupción que emanaba de él era visible incluso sobre el terreno. A su paso la vegetación se marchitaba y el suelo parecía ennegrecerse.
El demonio se dirigió directamente hacia la catedral.
—Así que me estaban esperando.
Su intención no tardó en quedar clara. Quería la espada de Gabriel y destruir su estatua.
Bastet se colocó delante de los cuerpos petrificados sin retroceder.
No estaba sola. Otros defensores habían acudido también al lugar y se habían levantado barreras de energía sagrada alrededor de la zona. Aun así, la presencia de Mammon era suficiente para hacer evidente que aquello no sería una escaramuza sencilla.
El demonio trató de sembrar dudas entre ellos. Habló de Gabriel, de su desprecio por los humanos y de las razones por las que no deberían defenderlo.
Bastet escuchó sin apartar la mirada.
No era la primera vez que alguien intentaba convencerla de que abandonase una promesa utilizando medias verdades.
Ella no estaba allí porque considerase perfecto a Gabriel.
Estaba allí porque había dado su palabra.
Y porque destruir aquellas estatuas significaba condenar a seres indefensos.
Cuando Mammon comenzó a atacar, Bastet alzó sus defensas.
La corrupción se extendió por el terreno y varias ondas de energía oscura golpearon las barreras. Ella respondió reforzando los escudos con su propio poder. La bendición de Gabriel todavía permanecía en su interior y la Luz reaccionaba con una intensidad que nunca antes había sentido.
Mantuvo su posición.
Cada vez que la energía oscura se acercaba a las estatuas, Bastet interponía otro escudo. Cada vez que alguno de los defensores quedaba expuesto, trataba de cubrirlo.
No necesitaba derrotar al demonio sola.
Solo necesitaba impedir que llegase hasta ellos.
El tiempo avanzaba.
La última campanada se acercaba.
Mammon también lo sabía.
La presión de sus ataques aumentó, pero las barreras continuaban resistiendo. Bastet tenía los brazos tensos y el maná comenzaba a pesarle, aunque se negaba a abandonar el hechizo.
Entonces sonó la campana.
La estatua de Gabriel comenzó a brillar.
Una luz blanca atravesó la piedra y se extendió rápidamente por la catedral. Una tras otra, las figuras de los ángeles resplandecieron con una intensidad casi cegadora.
La energía bendita se expandió por todo el lugar.
Bastet tuvo que entrecerrar los ojos.
Por un momento la oscuridad que había cubierto el terreno retrocedió.
La piedra comenzó a resquebrajarse.
Gabriel despertó.
La batalla todavía no había terminado, pero la misión que Bastet había jurado cumplir sí.
Habían protegido a los ángeles hasta la última campanada.
Y mientras observaba cómo la Luz regresaba a aquellos cuerpos, Bastet comprendió que algo también había cambiado dentro de ella.
La bendición que había recibido días atrás seguía allí.
No se había desvanecido con el final del ciclo.
Gabriel había dicho que debía demostrar que era digna de portarla.
Quizá aquella noche había sido la primera prueba.
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