Cuando le llegó la noticia de que April se había ido sin autorización al viaje diplomático a Reinfallen, no le sorprendió en exceso.
Sabía que llevaba un tiempo preocupado y que algunas de las cosas ocurridas recientemente le habían afectado. Quizá había visto aquella oportunidad como una forma de alejarse durante unos días.
Bastet, por supuesto, había notado su ausencia.
Hacía ya más de un mes que ambos pasaban tiempo juntos con bastante frecuencia. En público seguían manteniendo las mismas formas de siempre, pero en privado se habían acostumbrado a hacerse compañía, compartir conversaciones y permanecer cerca el uno del otro.
Al principio, que April se hubiera colado en aquel viaje casi podía parecer una de sus decisiones impulsivas.
Dejó de tener gracia cuando comenzaron a llegar noticias sobre la gripe de Reinfallen.
April se había contagiado.
Por lo que se sabía, aquella enfermedad podía resultar especialmente peligrosa para los varones.
El palacio estaba extrañamente tranquilo durante esos días, pero Bastet no conseguía sentirse igual. No saber exactamente qué estaba ocurriendo la inquietaba. A veces echaba de menos a April y, sobre todo, no podía dejar de preguntarse si estaría bien.
Entonces apareció una oportunidad.
Se anunció que habría un festival en Reinfallen y que desde Occidente se abriría un portal para quienes quisieran acudir.
Bastet no tenía ningún interés especial en una fiesta.
Pero sí en Reinfallen.
Se preparó con cuidado. Llenó sus bolsas de contención con provisiones, guardó la armadura, varias gemas azules para sus portales y su piedra de hogar. Añadió también un par de piedras sin vincular que podían servir para regresar a Occidente en caso de necesidad.
Había enviado otras tres para las mujeres que habían viajado allí siguiendo indicaciones del consejero del líder, pero nadie había contado con que April fuera a acompañarlas.
Se puso un vestido sencillo y discreto.
No quería llamar la atención.
Al atravesar el portal encontró un ambiente completamente distinto al que llevaba días imaginando. El festival estaba lleno de gente, música y celebración.
Bastet dio una vuelta sin detenerse demasiado.
Localizó a las mujeres de Occidente y comprobó desde lejos que parecían encontrarse bien.
Prefería que no supieran que estaba allí.
Lo que pretendía hacer podía meterla en problemas si alguien empezaba a hacer demasiadas preguntas.
Cuando tuvo oportunidad se apartó de las zonas más concurridas. Caminó hasta encontrar un lugar discreto en las afueras, suficientemente alejado de miradas curiosas.
Entonces apoyó la palma de la mano hacia el suelo.
—Guardar portal.
Una runa brilló durante unos instantes bajo su mano antes de desvanecerse por completo.
El punto había quedado registrado.
A partir de aquel momento podría abrir un portal dimensional directamente hasta allí utilizando una de sus gemas.
Era solo el primer paso.
Ahora tenía que averiguar dónde estaba April.
Regresó hacia zonas algo más transitadas y adoptó el papel de turista despistada. Preguntó aquí y allá, escuchó conversaciones y dejó que algunos habitantes, bastante más habladores gracias a la bebida del festival, le contaran historias sobre la enfermedad.
No tardaron en mencionar un centro de aislamiento.
Bastet sonrió para sí.
Bingo.
Siguió con la mirada la dirección que le indicaban y se despidió con amabilidad en cuanto consiguió la información que necesitaba.
El centro resultó sencillo de localizar.
Otra cosa sería entrar.
Dio una vuelta alrededor intentando no parecer demasiado interesada y acabó cerca de la entrada justo cuando varios trabajadores salían hablando.
Mencionaron a un extranjero.
Bastet prestó atención.
Por lo que pudo entender, estaba bastante enfermo, aunque parecía estable.
Aquello consiguió tranquilizarla un poco.
Si las demás continuaban celebrando con normalidad, probablemente tampoco sabrían que su situación fuera crítica.
Por ese día fue suficiente.
Regresó a Occidente.
Pero volvió.
Con el punto de portal guardado, desplazarse hasta Reinfallen ya no le llevaba demasiado tiempo. Algunas noches regresaba y observaba el centro con más detenimiento. Poco a poco aprendió los horarios, los cambios de turno y las costumbres de quienes trabajaban allí.
También fue reuniendo información sobre aquel extranjero del que todo el mundo parecía hablar.
Finalmente, durante uno de los cambios de turno nocturnos, consiguió entrar.
El centro no estaba especialmente vigilado y aquella zona permanecía casi vacía. Localizó la habitación sin demasiada dificultad.
No entró.
Se quedó fuera mirando.
April dormía tranquilo.
Eso le bastó.
Cuando escuchó regresar a los cuidadores utilizó su piedra de hogar y desapareció antes de que pudieran verla.
Repitió aquello en otras ocasiones.
Hasta que una noche escuchó algo diferente.
Había empeorado.
La noticia la asustó más de lo que habría querido admitir. April era fuerte y hasta entonces las conversaciones que conseguía escuchar hablaban de un estado relativamente estable.
Aquella vez esperó al cambio de turno y entró en la habitación.
Estaba mucho más pálido. El sudor evidenciaba la fiebre y su expresión, incluso dormido, dejaba claro que no descansaba bien.
Bastet se acercó.
Puso una mano sobre la suya y reunió energía.
—Ola de Sanación. Limpiar enfermedad.
La Luz envolvió sus manos con un brillo cálido.
Después recurrió a otra faceta de su magia que utilizaba con mucha menos frecuencia.
—Purificar espíritu.
Destellos dorados y verdosos aparecieron alrededor de ambos mientras sus ojos se iluminaban durante unos instantes, dejando entrever aquella otra naturaleza que casi siempre mantenía oculta.
Sabía que no iba a curarlo.
La enfermedad era más fuerte que aquellos hechizos.
Pero, si podía aliviarlo aunque fuera un poco, no pensaba quedarse sin intentarlo.
Cuando terminó había gastado una cantidad considerable de maná.
Se sentó junto a la cama para recuperar fuerzas.
April parecía algo más tranquilo. Su respiración se había estabilizado y el gesto de malestar se había suavizado ligeramente.
Aquello bastó para que Bastet pudiera regresar a Occidente un poco menos preocupada.
Pero siguió volviendo.
De vez en cuando repetía los hechizos porque había comprobado que, aunque no eliminaran la enfermedad, parecían proporcionarle algo de alivio.
Hasta que una noche, mientras Bastet descansaba junto a la cama recuperando el maná antes de marcharse, April comenzó a despertar.
Su primera reacción fue pensar en desaparecer.
Tenía tiempo.
Podía utilizar la piedra de hogar y fingir que nunca había estado allí.
Pero se quedó bloqueada.
Por alguna razón no consiguió moverse.
April abrió los ojos.
Y Bastet permaneció allí.
La escena escrita terminaba en aquel punto.
Lo que ocurrió después fue menos concreto, pero tuvo consecuencias duraderas.
April acabó recuperándose y decidió permanecer en Reinfallen. Por motivos políticos y familiares prefería mantenerse al margen de Occidente y terminó instalándose en una cabaña a las afueras de Zhyner.
Bastet, en cambio, seguía teniendo sus responsabilidades en el imperio.
Eso no impidió que siguieran viéndose.
Gracias al punto de portal que había registrado y a sus piedras de hogar, empezó a desplazarse entre ambos lugares con una facilidad que nadie en palacio tenía por qué conocer.
Cumplía sus turnos.
Mantenía las apariencias.
Y, cuando podía, al terminar el día abría un portal hacia Reinfallen.
Poco a poco dejó de volver siempre a su habitación del palacio.
Muchas noches terminaba en aquella cabaña, haciéndole compañía a April, y regresaba temprano por la mañana para continuar con sus obligaciones como si nada hubiera ocurrido.
Durante un tiempo, aquello quedó solo entre ellos.


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