Con el paso de las semanas, Bastet había terminado por acostumbrarse a la vida en palacio.
Sus días habían adquirido una rutina bastante estable. Cumplía turnos de vigilancia, participaba en los entrenamientos de la guardia y atendía los encargos que fueran surgiendo. Y, siempre que podía, seguía pendiente de la princesa.
La situación entre ambas tampoco era exactamente la misma que al principio. La joven continuaba siendo esquiva y Bastet procuraba darle el espacio que podía permitirse sin descuidar su trabajo, pero con el tiempo aquella presencia constante parecía haberse vuelto algo más habitual para las dos.
Bastet no se detenía demasiado a pensarlo. Era simplemente parte de sus días.
Lo que sí empezó a notar fue que el ambiente de palacio estaba cambiando.
El emperador seguía dejándose ver con frecuencia, pero parecía cada vez más desbordado. Era habitual encontrarlo entrando y saliendo de su despacho, revisando documentos, atendiendo asuntos o trabajando hasta más tarde de lo normal. Daba la impresión de que muchas más responsabilidades estaban cayendo sobre sus hombros.
Nadie le dio a Bastet una explicación y ella tampoco acostumbraba a hacer preguntas sobre asuntos que no le correspondían.
A simple vista todo seguía funcionando. Los sirvientes continuaban con sus tareas, los guardias cumplían sus turnos y el palacio mantenía su actividad habitual. Aun así, había algo extraño en aquella normalidad.
La princesa también comenzó a dejarse ver menos.
Bastet siguió haciendo su trabajo, pendiente de ella cuando podía y ocupándose del resto de sus obligaciones cuando no. Durante un tiempo no hubo nada concreto que pudiera señalar como un problema.
Hasta que, finalmente, la familia imperial se marchó.
La princesa se fue con ellos.
Los guardias continuaron con sus rondas. Las puertas siguieron vigiladas. Los turnos se cubrían como siempre.
Pero el palacio ya no se sentía igual.
Después de tantos meses allí, Bastet se había acostumbrado a aquella habitación, a los corredores, a los rostros conocidos y a una rutina que, sin darse cuenta, había comenzado a considerar propia.
Ahora los pasillos parecían demasiado silenciosos.
No pensó demasiado en el motivo.
Todavía no.


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