Poco después de nuestro decimosexto cumpleaños, celebrado con una de las mayores fiestas que podíamos recordar, supimos que el día llegaría.
El sello se abriría en una fecha concreta, unas semanas más tarde, y podríamos… más bien, deberíamos… abandonar el palacio. Salir al mundo exterior y comenzar el viaje hacia nuestro destino: de «vuelta» a Occidente.
Era el lugar de nuestros orígenes, pero nunca lo habíamos pisado. Solo lo conocíamos por todo lo que nos habían enseñado.
Nuestros padres, sin embargo, se quedarían allí para siempre.
El día que sabíamos que se acercaba, nos reunimos fuera con nuestras cosas preparadas. Papá puso las manos en mis hombros.
—Lyla, sé que parece pronto. Pero ya ha llegado el momento.
Después apoyó una mano sobre la cabeza de mi hermano.
—Debes ir con ella; va a necesitar tu apoyo. Cuidaos el uno al otro.
Terminamos de preparar nuestra partida. Solo llevaríamos algunas pertenencias personales para viajar ligeros: la pluma con los libros y registros de Occidente que habíamos estudiado en detalle, las misteriosas notas del diario de quien al parecer dirigía entonces el Imperio y que anunciaban algo que pronto ocurriría, y algo de oro. Lo necesitaríamos para el trayecto y para contratar mercenarios que nos acompañaran a cruzar el desierto.
Al marcharme, papá contenía las lágrimas. Puso en mis manos el libro que tantas veces me había leído cuando era niña y me acarició la cabeza como si aún tuviera cinco años.
—Lyla, mi princesa. Sé que serás una gran emperatriz. Eres fuerte, como Lylarain LaCroix.
Sonrió y me entregó aquel libro tan preciado. Lo apreté contra el pecho, emocionada, y lo guardé también en la biblioteca oculta.
—Estoy orgulloso de ti. Ve y reclama tu lugar. Todo irá bien.
Me abrazó con fuerza. Abrazó a mi hermano. Después nos abrazó a los dos juntos.
Era evidente cuánto le dolía despedirse. Pero su lugar estaba junto a mamá. Estarían bien mientras permanecieran juntos.
También nos despedimos de mamá. Como siempre, se hizo la fuerte. Ya sabíamos cómo era y no dijimos nada al respecto.
Había llegado el momento de abandonar el lugar donde nacimos y nos criamos, apartados de todo, y regresar a nuestro Imperio.
Estábamos bien preparados, pero aun así sentía una emoción en el estómago. Una cosa era la teoría y otra enfrentarnos al mundo. Deseaba conocer el exterior.
Tomé la mano de mi hermano y le sonreí.
—Vamos.
Junto con algunos sirvientes que nos acompañarían en el camino, comenzamos el viaje hacia nuestro destino.
Era el momento de cruzar el umbral y dejar atrás aquel lugar.
Desde el palacio, Heinri vio marcharse a sus hijos junto a Navier, con el corazón oprimido. Cuando los perdió de vista, las lágrimas corrieron por las mejillas del emperador.

