Después de varias semanas dedicada a los aprendices, Bastet emprendió el regreso a Occidente.
Había agradecido aquel tiempo fuera. Enseñar de nuevo le había resultado más natural de lo que esperaba y, durante unas semanas, había conseguido apartar de su cabeza muchas de las dudas que arrastraba desde antes de marcharse.
De camino pasó junto a un campo cubierto de flores otoñales.
Se detuvo.
Con el cambio de estación había visto a muchas personas regalar o recibir flores. Ella había estado ocupada y tampoco tenía a nadie que fuera a regalárselas.
Pero podía hacerlo ella misma.
Se acercó al campo y, con cierto aire melancólico, escogió algunas flores. Colocó unas pocas entre su cabello y sonrió ligeramente. Después pensó que podría secarlas y guardarlas como recuerdo, quizá convertir alguna en un marcapáginas para sus libros.
No necesitaba esperar a que alguien más tuviera aquel detalle con ella.
Aquel pequeño momento hizo que el camino de regreso resultara casi agradable. Sin embargo, la sensación duró poco.
Con la llegada del otoño también habían empezado a alcanzarla noticias inquietantes sobre Occidente. La información era escasa y confusa, pero hablaba de incidentes graves y de la necesidad de refuerzos. Finalmente había sido requerida de nuevo en la capital.
Invocó a su corcel divino y continuó el camino.
A medida que se acercaba a la ciudad comprendió que las noticias no habían exagerado. Había zonas en reparación y señales visibles de daños recientes. Algunos lugares parecían haber recuperado cierta normalidad; otros conservaban todavía las cicatrices de lo sucedido.
Bastet redujo el paso mientras observaba los alrededores.
Había estado fuera apenas unos meses, pero por momentos tenía la sensación de estar regresando a un lugar distinto.
Su primera parada fue la sala de la guardia.
Entró con la espalda recta y el paso firme de siempre, haciendo resonar ligeramente la armadura sobre el suelo.
—Bastet Vagalume reportándose. ¿Qué se requiere?
No tardó en escuchar una voz conocida a su espalda.
Al volverse reconoció a April Violet y, junto a él, a otro de los capitanes de la guardia. Su aspecto la desconcertó durante un instante. Ambos vestían ropas discretas, más propias de mercenarios o cazadores que de oficiales imperiales.
Aquello, por sí solo, ya decía bastante sobre la situación.
April la recibió con alivio, aunque sin ocultar la gravedad de lo ocurrido.
—Sir Vagalume, es un gusto volver a verla, independientemente de las circunstancias. Digamos que las ratas han entrado en nuestro hogar y hay que sacarlas como sea.
Bastet juntó los talones e inclinó ligeramente la cabeza.
—Entendido. He visto parte del estado de la ciudad durante el camino. Lamento mucho lo sucedido.
Su expresión se volvió seria.
—Díganme dónde se me necesita y acudiré. Haré cuanto esté en mi mano. ¿Tenemos información sobre los responsables? ¿Hay algo más que deba saber?
Las respuestas no fueron especialmente tranquilizadoras. Todavía había demasiadas incógnitas y la investigación seguía abierta. Los ataques habían obligado a reorganizar a la guardia, reforzar la seguridad y emplear parte de sus efectivos en localizar a quienes estuvieran detrás de los incidentes.
El capitán confirmó que su ayuda sería necesaria.
Bastet bajó brevemente la mirada.
—Lamento también haber estado ausente.
Volvió a ponerse firme.
—Entendido. Quedo a sus órdenes, capitán.
April parecía sinceramente agradecido de tenerla de vuelta. Había mucho por hacer y, después de ponerla al corriente de lo esencial, comenzaron a explicarle lo que sabían hasta entonces.
Bastet escuchó con atención, intentando ordenar toda aquella información y comprender hasta qué punto había cambiado Occidente durante su ausencia.
—Entiendo que lo principal es mantener la seguridad de los habitantes hasta que demos con todos los responsables.
No tuvo demasiado tiempo para asimilarlo.
Poco después llegó una nueva orden: debían localizar a un intruso.
Bastet acababa de regresar y ya estaba de nuevo en servicio.


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