Había pasado algo más de una semana desde su regreso a Occidente. Bastet ya había tenido tiempo de ponerse al corriente de la situación y, cuanto más sabía, más evidente resultaba que las cosas habían cambiado durante su ausencia.
La marcha de los emperadores había dejado un vacío difícil de cubrir. La inestabilidad política no se había quedado únicamente en los despachos: se notaba en la vigilancia, en la organización del palacio y en la cantidad de incidentes que exigían atención. Había escasez de efectivos en la guardia y se había realizado un nuevo llamamiento para reclutar personal.
Por su parte, Bastet atendía las tareas que le asignaban y cumplía sus turnos con diligencia. En ocasiones era necesario alargarlos o cubrir trabajo extra. Por el momento, sus demás labores habían quedado relegadas a un segundo plano. Mantener la seguridad del Imperio era la prioridad.
No podía negar que extrañaba la calma de antes. Le había gustado, mientras duró, aquella rutina más tranquila que había empezado a construir en Occidente. Sin embargo, no tenía demasiado tiempo para detenerse a pensar en ello.
Había mucho por hacer.
También se estaban iniciando cambios importantes en la nación, impulsados en parte por los nuevos aliados. Bastet observaba todo aquello con una mezcla de cautela y curiosidad. Después de todo lo que había vivido, los cambios no la asustaban. Y, al menos por el momento, algunos parecían encaminados a mejorar la situación.
Entre las novedades estaba Verunt, un amigo del emperador que había terminado asumiendo buena parte de las responsabilidades necesarias para mantener Occidente en pie.

Bastet no habría imaginado a un hombre como él en aquella posición. Su aspecto, sus modales y su absoluta falta de interés por la etiqueta chocaban con todo lo que ella asociaba al gobierno de un imperio. Su primera impresión había sido, cuanto menos, desconfiada.
Pero los días posteriores a su regreso la habían obligado a matizarla.
Verunt tomaba decisiones. Reunía a la gente necesaria. Movía recursos y trataba de contener un caos que, sin una figura capaz de asumir responsabilidades, podía haberse extendido todavía más. Bastet seguía sin confiar plenamente en él, pero había empezado a concederle cierto respeto.
Aquella tarde se encontraba en una de las zonas elevadas del palacio, aprovechando su ronda para observar los alrededores. Durante unos instantes se quedó pensativa, repasando todo lo ocurrido desde su regreso.
Entonces vio algo moverse en una de las torres.
Casi al mismo tiempo, uno de los reclutas que vigilaba la sala de guardia dio la voz de alarma. El sistema se había activado.
Alerta de intruso. Nivel amarillo.
La ubicación coincidía con el punto donde Bastet había creído distinguir movimiento.
No lo dudó.
Pidió refuerzos, ordenó que el resto de la guardia permaneciera alerta y se dirigió hacia la torre. Conocía bien el camino y la urgencia no permitía perder tiempo.

Desenvainó la espada antes de llegar.
—Bendición de reyes. Sello de justicia.
Recitó en voz baja los hechizos de protección y potenciamiento, extendiendo sus efectos también sobre los compañeros que la seguían. Después avanzó con cautela, pegando la espalda a la pared al virar las esquinas de la torre, preparada para reaccionar ante cualquier ataque.
Hizo una señal a los dos reclutas que iban tras ella para que permanecieran algo más atrás.
Cuando finalmente tuvo al intruso a la vista, lo encontró sorprendentemente tranquilo.
El hombre parecía más aburrido que preocupado por haber activado las alarmas del palacio. Había aparecido en una de las torres como si entrar allí sin permiso fuera lo más natural del mundo y contemplaba el horizonte con una despreocupación irritante.
Bastet afianzó la empuñadura de la espada.
—¿Quién es y qué hace aquí?
El desconocido la miró con una sonrisa cínica.
—Yo simplemente hago lo que me viene en gana. Y en cuanto a quién soy, no te lo quiero decir.
La actitud de Bastet no cambió.
—Soy caballero de la guardia de Occidente y le exijo que se identifique.
El hombre se cuadró de hombros y tronó los dedos.
—Baja tu tono.
La miró con seriedad durante un instante antes de volver a reír.
—No tienes que ser tan seria. Me impulsarías a burlarme de los débiles y es algo que no quiero hacer.
Bastet alzó una ceja, visiblemente molesta.
¿Que bajara el tono?
Era él quien había entrado sin permiso en el palacio, se negaba a identificarse y todavía pretendía darle órdenes. No veía ante sí a nadie a quien debiera mostrar deferencia, sino a un intruso insolente que parecía divertirse provocando a la guardia.
Además, no tardó en dejar claro lo poco que le preocupaban quienes acudían a detenerlo.
—No te preocupes —comentó en algún momento, dirigiéndose también hacia otra de las personas que había llegado a la zona—. De todos modos, son demasiado débiles para mí.
Bastet mantuvo la posición.
El intruso volvió a mirarla.
—Estás muy callada, señorita. Para empezar, baja esa espada y ponla en el suelo. Te vas a cortar.
La sonrisa con la que acompañó el comentario terminó de agotar su paciencia.
—Ya está bien de tonterías. Martillo de Justicia.
Alzó una mano con rapidez mientras pronunciaba las palabras.
Sobre el intruso apareció la sombra de un enorme martillo de luz sagrada que cayó en cascada sobre él. El hechizo estaba destinado a aturdirlo e impedir que pudiera lanzar magia durante unos segundos.
Bastet aprovechó de inmediato para lanzarse al ataque.
Sin embargo, el resultado no fue el que esperaba.
El hombre comenzó a esquivar sus movimientos con una facilidad insultante, casi con desgana. Cuando Bastet consiguió finalmente acercar la espada lo suficiente, el golpe se estrelló contra una barrera invisible.
La hoja quedó atrapada.
Por un instante fue incapaz de moverla.
El desconocido aprovechó la cercanía y descargó un puñetazo directo contra su estómago.
El impacto habría enviado a alguien sin protección varios metros hacia atrás. Bastet afianzó los pies todo lo que pudo y la sólida armadura de placas del gran mariscal absorbió buena parte del golpe. El aura que mantenía activa devolvió también parte del daño a su atacante.
Aun así, tuvo que retroceder.
—Ugh… ridículo charlatán…
Lo miró con fiereza, recuperando la postura.
El intruso apenas parecía impresionado.
—Nah. Muy frágil.
Bastet apretó los dientes y se dispuso a lanzar otra estocada, pero en aquel momento llegó sir Raizel.
Su aparición hizo que ella retrocediera un paso, todavía con la espada preparada, a la espera de instrucciones.
El desconocido dirigió entonces su atención hacia los recién llegados y siguió provocándolos con la misma ligereza.
—Supongo que no queréis hablar, ¿verdad? Ustedes los de la guardia son demasiado serios. Aparentan mucho, pero la verdad esperaba algo más divertido.
Se rio de nuevo.
Poco después, como si ya hubiera perdido el interés en continuar, tomó impulso.
—En fin… adiós, perdedores.
Chasqueó los dedos y desapareció en un portal oscuro.
Bastet estuvo a punto de seguirlo.
—Déjalo ir —indicó sir Raizel—. No es buena idea luchar contra esa gente.
Ella chasqueó la lengua y bajó finalmente la espada antes de envainarla.
—Maldito intruso insolente… Tendremos que estar preparados cuando aparezca de nuevo.
Se plantó con firmeza frente al mago y dio el reporte mientras todavía repasaba mentalmente lo ocurrido.
—El intruso apareció de repente aquí. Por lo que he visto, debe de tener algún tipo de poder para detener o ralentizar ataques. No sé exactamente qué era. Nunca había visto algo así.
Sir Raizel sonrió, como si la forma en que había desaparecido el desconocido terminara de confirmar sus sospechas.
—Era de esperarse. Es de la Orden de los Aspectos. Una vieja orden de seres con poderes bastante peculiares… y problemáticos.
Bastet volvió la vista hacia el punto por el que el intruso había desaparecido.
Así que aquello explicaba, al menos en parte, lo que acababa de ver.
No le gustaba dejar escapar a alguien que había entrado de aquella manera en el palacio. Mucho menos a alguien capaz de atravesar sus defensas, burlarse de la guardia y marcharse cuando le apeteciera.
Pero la advertencia de Raizel había sido clara.
No tenía sentido provocar un conflicto mayor persiguiéndolo dentro de territorio ajeno.
Tendrían que reforzar la vigilancia y estar preparados para la próxima vez.
Porque, después de todo lo ocurrido en Occidente durante las últimas semanas, Bastet tenía pocas razones para creer que aquel sería el último problema que llamaría a las puertas del palacio.


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