Los últimos días habían sido agotadores.
Desde que regresó del templo, Bastet apenas había tenido tiempo para retomar sus entrenamientos con normalidad. Entre los turnos de guardia, los incidentes recientes y las misiones de vigilancia del puerto, siempre parecía surgir algo más urgente.
El intruso que había conseguido entrar en palacio seguía rondando por su cabeza.
No le gustaba admitirlo, pero aquel incidente también le había recordado algo importante.
Estaba algo oxidada.
Había dedicado buena parte de su tiempo a vigilar, patrullar y resolver problemas, pero hacía demasiado que no se enfrentaba a un combate real ni a una práctica que exigiera algo más que mantener la rutina.
No debía permitir que aquello continuara.
Una guardia que no entrenaba podía acabar convirtiéndose en parte del problema.
Por eso se presentó temprano en el campo de práctica, donde algunos reclutas ya estaban entrenando bajo la supervisión de April.
Sujetó la espada con ambas manos antes de acercarse.
—Sir April, quisiera unirme a los entrenamientos hoy. Estoy algo oxidada, creo…
Bajó un poco la voz al decir lo último.
Le daba cierta vergüenza reconocerlo.
El entrenamiento le vino mejor de lo que esperaba.
April la recibió con su tono habitual, aunque no tardó en advertirle que el ritmo no iba a ser precisamente suave. Sus hombres habían seguido entrenando durante la ausencia de Bastet y él no tenía intención de rebajar la exigencia solo porque ella acabara de regresar.
—¿Está segura de que puede seguir el ritmo de mis muchachos?
Bastet aceptó la observación sin molestarse.
—Estos meses fuera estuve entrenando junto a los aprendices del templo, señor. Pero desde que regresé me ha costado adaptarme a los cambios. He perdido mis rutinas. Lo lamento.
April le indicó entonces que debía utilizar parte del equipo especial con el que estaban trabajando aquel día: protecciones y pesos que aumentaban gradualmente la carga durante el ejercicio.
Bastet observó el equipo con cierta resignación. Su armadura ya era pesada de por sí, pero entendía la intención. La fuerza no era lo que más le preocupaba. Después de tanto tiempo sin enfrentarse a combates reales, sabía que su agilidad y su capacidad de reacción podían haberse resentido.
—Haré lo que se me indique, señor.
Terminó añadiendo los pesos a su propia armadura y siguió a April hasta el centro del campo de entrenamiento.
El tono del capitán cambió en cuanto comenzó el ejercicio.
Su expresión se endureció y adoptó una postura de combate sin armas, con una pierna adelantada y los puños elevados.
—Atacaré y tendrá que decidir si conviene bloquear o redirigir cada golpe.
Bastet dejó la espada a un lado y se colocó también en guardia.
April no le dio mucho más tiempo.
Avanzó con rapidez, giró sobre uno de los talones y lanzó una patada dirigida al costado de Bastet. Ella alcanzó a bajar el antebrazo y desviar el golpe, aprovechando la propia inercia del movimiento para hacerlo pasar de largo antes de retroceder lo suficiente para recuperar una posición estable.
No llegó a disfrutar demasiado del acierto.
April encadenó el movimiento con un gancho dirigido hacia arriba y, casi de inmediato, con una sucesión de golpes rápidos que obligaron a Bastet a levantar los brazos para protegerse.
Los impactos resonaron contra los guanteletes y las protecciones de la armadura.
Al principio intentó mantener una defensa limpia, pero pronto tuvo que cruzar ambos antebrazos frente al rostro para cubrirse mejor. Aquello reducía su visibilidad y la dejaba demasiado encerrada.
Así que esperó.
Buscó un hueco entre los golpes y, cuando creyó verlo, trató de atrapar uno de los puños de April. Giró sobre sí misma, colocándose de espaldas a él, con la intención de llevar su brazo sobre el hombro y aprovechar su propia inercia para desequilibrarlo.
Independientemente del resultado exacto de aquella maniobra, el ejercicio estaba cumpliendo su propósito.
La obligaba a reaccionar, pensar bajo presión y abandonar esa sensación de estar simplemente cumpliendo una rutina.
También le recordaba algo importante: no estaba tan fuera de práctica como había temido.
Cuando finalmente pudieron detenerse a descansar, Bastet aceptó agua y recuperó el aliento mientras observaba el campo de entrenamiento. Hacía días que no conseguía desconectar de los incidentes de palacio durante tanto rato.
La conversación con April se volvió entonces bastante más tranquila.
Él terminó hablando de su hermana y de cuánto la echaba de menos desde que se había marchado. Entre comentarios medio serios y medio en broma, dejó caer que no le vendría mal tener una hermana pequeña a quien cuidar.
Bastet no supo muy bien qué responder.
No estaba acostumbrada a apoyarse demasiado en otras personas y, en aquel momento, tampoco dio a aquellas palabras una importancia especial.
Pero las recordó.


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