Los problemas de Occidente no parecían dar tregua.
Después de los últimos incidentes, Bastet había vuelto a concentrarse casi por completo en sus responsabilidades como guardia. Los turnos seguían siendo intensos y el ambiente en el Bastión continuaba extraño.
Fue entonces cuando Verunt la mandó llamar.
Aquello la sorprendió.
Hasta ese momento había tratado con él principalmente como la autoridad que se había hecho cargo de Occidente durante la ausencia de los emperadores. Pero esta vez no la buscaba simplemente como guardia.
La buscaba por su experiencia.
Verunt le mostró un documento relacionado con los dioses antiguos y le explicó que existían indicios de una influencia del Vacío en Occidente.
Bastet se tomó el asunto en serio de inmediato.
Había pertenecido a la Orden de la Mano de Plata y se había enfrentado antes a criaturas vinculadas al Vacío. Sabía que aquel tipo de amenaza no siempre se manifestaba de forma evidente.
Y sabía que podía ser peligrosa mucho antes de mostrar su verdadero rostro.
—He combatido contra seres del Vacío antes.
Aceptó investigar.
Verunt le explicó también una de sus principales preocupaciones: aquellas entidades podían alterar la percepción de las personas, sembrar desconfianza e incluso hacer que alguien viera a un amigo como un enemigo.
La posibilidad de que aquella influencia ya estuviera presente dentro del palacio convertía la situación en algo mucho más serio.
Bastet observó de nuevo al hombre frente a ella.
Seguía pareciéndole extraño verlo ocupando aquella posición.
Pero cada vez comprendía mejor por qué otros habían acabado aceptando su liderazgo.
No era refinado.
No era diplomático.
Y probablemente nunca sería el tipo de persona que Bastet habría imaginado al frente de un imperio.
Pero estaba tratando de identificar las amenazas antes de que fuera demasiado tarde.
Y había sabido recurrir a alguien con experiencia cuando la necesitaba.
Eso también era una forma de liderazgo.
Durante aquellos días Bastet terminó de asumir hasta qué punto había cambiado su vida desde el regreso.
La seguridad seguía siendo la prioridad. Faltaban efectivos, se había abierto un nuevo llamamiento para reclutar guardias y buena parte de sus otras tareas habían quedado aparcadas. Ella cumplía con los turnos, aceptaba trabajo extra cuando era necesario y procuraba no detenerse demasiado a pensar en todo lo demás.
Aun así, no podía evitar comparar aquella etapa con la calma anterior.
En uno de sus turnos nocturnos recorrió los pasillos silenciosos del Bastión y recordó cómo había sido el palacio apenas unos meses antes. La cocina llena durante el día, los desayunos compartidos, pequeñas rutinas que entonces no le habían parecido especialmente importantes.
La ausencia de aquella normalidad pesaba más de lo que esperaba.
Al terminar algunos turnos procuraba reservarse algo de tiempo para ella. Se quitaba la armadura, se ponía ropa cómoda, leía o simplemente disfrutaba del silencio de su habitación.
Estar sola no siempre era lo mismo que sentirse sola.
Y durante un tiempo, aquella diferencia le bastó.
Pero el ambiente seguía sintiéndose denso y pesado.
Aquel día después de dar una vuelta, pensaba retirarse a sus aposentos por lo que quedaba de la tarde. Pero una vez estando allí, y habiéndose quitado la armadura y puesto algo más cómodo, un vestido azul ligero, estaba aún algo inquieta por el ambiente extraño que se respiraba en el palacio.
Cuando fue a recoger las órdenes poco antes, y caminando por los pasillos, pudo notarlo. El ambiente estaba enrarecido… En varios sentidos. Algunos estaban alterados, otros algo inquietos.
¿Podría ser influencia del vacío del que la habían advertido? ¿El comienzo del fin de semana? Comenzarían aquella investigación lo antes posible.
Igual el líder, Verunt tenía razón en que estaba afectando al palacio, ahora Bastión de Occidente… No sabía. También se había estado sintiendo extraña recientemente. Aunque también había encontrado un apoyo algo inesperado, que la ayudó a encontrar algo de calma.
Ahora se sentía algo mejor, pero aún quería despejarse un poco.
Notó como las gotas de lluvia comenzaba a caer sobre el cristal, con un sonido rítmico y en cierto modo relajante.
Miró fuera por unos momentos… Y finalmente se decidió a salir al jardín. Buscando una zona en la que sabía que no iría nadie.
Dejó que la lluvia cayese sobre su rostro, no le importó mojarse, mientras una canción venía a su mente y la tarareaba en voz baja.
Dejó que el agua le cayera encima unos minutos, buscando despejarse.
No podía saber cuánto de lo que sentía pertenecía realmente a aquella posible influencia y cuánto era simplemente cansancio, tensión acumulada o la sensación de no terminar de encontrar su sitio. Al menos había encontrado un apoyo inesperado que, sin resolver nada, le había devuelto algo de calma.
No sabía todavía hasta dónde llegaría aquella investigación.
Pero empezaba a comprender que el caos que había encontrado al regresar no era únicamente político.
Había algo más.
Y probablemente llevaba tiempo creciendo entre ellos.


Deja una respuesta