Las semanas posteriores a la investigación del Vacío fueron recuperando poco a poco cierta normalidad. Bastet volvió a sus turnos, a las rondas por el palacio y a las pequeñas obligaciones del día a día. Mantenerse ocupada le resultaba sencillo; siempre encontraba algo que hacer o alguien a quien ayudar.
Por aquellas fechas, además, recibió un encargo mucho más personal. Un viejo amigo debía marcharse durante un tiempo y le pidió que cuidara de su hermana menor, Yuna.
La petición no le resultó pesada. Al contrario. Yuna era una joven vampira que, pese a no envejecer como lo haría una humana, conservaba una apariencia y una forma de comportarse muy juveniles. Su hermano sabía que pasaba demasiado tiempo sola y le preocupaba dejarla sin compañía, así que Bastet aceptó cuidarla mientras estuviera fuera.
No tardaron en llevarse bien.
Bastet procuraba pasar tiempo con ella siempre que sus obligaciones se lo permitían. A veces simplemente salían a caminar; otras acababan en alguna taberna tranquila, donde Yuna podía entretenerse comiendo dulces mientras charlaban. Aquellas pequeñas salidas terminaron convirtiéndose también en una especie de escape para Bastet. Podía dejar la armadura a un lado durante un rato, vestir algo más sencillo y olvidarse de guardias, investigaciones y problemas que parecían no terminar nunca.
Con el tiempo, Yuna se convertiría en una amiga importante, una de esas personas que permanecerían cerca cuando las cosas se complicasen. Pero en aquel momento Bastet no pensaba demasiado en ello. Simplemente veía a una joven que necesitaba compañía y alguien que estuviera pendiente de ella, y eso era algo que sabía hacer bien.
Quizá demasiado bien.
Porque cuidar de Yuna le hacía sentirse útil y le daba momentos agradables, pero no terminaba de resolver lo que le ocurría por dentro. Podía estar acompañada, reírse un rato, compartir un postre o escucharla hablar, y aun así regresar después al palacio con la sensación de que algo seguía sin encajar.
La taberna se convirtió así en uno de esos pequeños refugios a los que acudía cuando necesitaba apartarse durante un rato de todo lo demás. No era una solución. Solo un lugar donde el silencio pesaba un poco menos.
En ocasiones pensaba en su propia armadura.
Había empezado a llevarla tantos años atrás que ya casi formaba parte de ella. Al principio la había elegido porque no quería quedarse atrás mientras otros luchaban. Había rabia, pérdidas y demasiadas cosas que no había sabido procesar.
Con el tiempo comprendió que no necesitaba ser sacerdotisa para ayudar a los demás.
Pero también había otra verdad más difícil de admitir.
La armadura no solo la protegía de los golpes.
También la protegía de sentirse vulnerable.
Quizá por eso había aprendido a seguir adelante incluso cuando algo dolía. A mantenerse firme, cumplir con lo necesario y continuar.
No todas las batallas podían ganarse.
No todas merecían ser libradas hasta el final.
Retirarse no siempre era cobardía y una derrota no tenía por qué convertirse en fracaso. A veces solo era otra forma de aprender.
Bastet sabía todo aquello.
Lo difícil era aplicárselo a sí misma.
Podía seguir haciendo guardias, entrenando y tratando de ayudar a quien lo necesitara. Podía construir pequeñas rutinas, encontrar lugares tranquilos y aparentar que se adaptaba. Pero no terminaba de encontrar su lugar allí.
Con el tiempo y conversando con Yuna también había terminado por comprender algo que al principio no había querido mirar demasiado de frente. La ausencia de la princesa le había dolido más de lo que habría explicado simplemente perder una tarea o una rutina. Había empezado a sentir algo por ella, apenas lo suficiente para reconocerlo cuando ya no estaba.
No sabía qué habría hecho con aquello ni tenía sentido darle demasiadas vueltas entonces. Pero entenderlo le permitió poner nombre a una parte de aquel malestar. Aunque también era una sensación de vacío tan profunda que la hizo cerrarse más aún.
Seguía habiendo noches en las que el silencio pesaba demasiado y la soledad se hacía de notar. Aquella que hacía que te sintieras sola incluso estando rodeada de gente.
Y cada vez le costaba más ignorarlo.


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