A pesar de sus ganas de viajar, la vida cotidiana de Bastet en Occidente continuaba llena de obligaciones.
Algunas eran bastante menos solemnes de lo que uno esperaría de una paladina.
Como impedir que una niña escapara persiguiéndola por medio palacio.
Ophelia, la pequeña sobrina del emperador de apenas unos 5 años, tenía una extraordinaria capacidad para aparecer exactamente donde no debía.
Cuando Bastet quedó encargada de vigilarla, descubrió muy pronto que aquello requería tanta atención como una guardia ordinaria.
La niña se escapaba y Bastet corría detrás.
Ophelia encontraba algún objeto que no debía tocar y Bastet se lo quitaba.
Y si había magia de por medio, la situación se complicaba todavía más.
—Eso no.
No siempre funcionaba.
Aquella persecución constante llegó a convertirse en una escena casi habitual durante varios días. Bastet acababa cansada, pero nunca realmente enfadada con ella.
Le preocupaba.
Sabía que Ophelia había vivido circunstancias difíciles y que buena parte de su comportamiento nacía de una mezcla de curiosidad, necesidad de atención y una independencia demasiado grande para su edad.
Por eso, incluso cuando tenía que ponerse firme, trataba de no hacerla sentir rechazada.
La siguió buscando cuando volvió a escaparse.
Preguntó por ella cuando otras personas mencionaron su ausencia.
Y acabó sabiendo más de la historia de la niña de lo que inicialmente habría esperado.
Aquello despertaba una parte de Bastet que no siempre mostraba.
Había pasado muchos años ocupándose de soldados, heridos, aprendices y personas que necesitaban ayuda.
Pero cuidar de niños era diferente.
Había algo en aquella responsabilidad que le resultaba mucho más personal.
A finales de enero volvió a sentirlo con otra de las pequeñas residentes del palacio. De raza indeterminada, la pequeña Faputa se había ganado a todos. A pesar de su fuerza, era tierna como un cachorro.
Una alerta de nivel rojo llegó desde una de las casas nobles de la ciudad y Bastet acudió de inmediato a informar a sus superiores. La situación afectó especialmente a la pequeña, que intentó acudir con su madre y terminó completamente alterada.
Bastet trató de ayudar. Tuvo incluso que reconocer sus propios límites: algunas heridas no podían tratarse con su magia sin comprender antes la naturaleza exacta de quien las sufría.
Eso la frustraba, ya que estaba acostumbrada a querer arreglar las cosas.
Pero cuidar de alguien no siempre significaba poder solucionar aquello que le dolía.
Dos días después la pequeña regresó al palacio con miedo a que la reprendieran.
Cuando vio a Bastet bajó la mirada.
—Tía Bastet…
La paladina se quedó quieta un instante.
Luego se agachó hasta quedar a su altura.
No la regañó.
Abrió los brazos.
La recogió con cuidado y solo después preguntó cómo se encontraba.
El título le había resultado inesperado pero no le molestó. Eran como una gran familia allí y eso, a ella que también se había encontrado sola, le gustaba. Y siempre estaría ahí para cuidar a quien lo necesitase.
Y, en cierto modo, también más difíciles.
Porque algo que no se esperaba fueron las noticias que le llegaron repentinamente.
Cuando supo que en el viaje diplomático que harían Elentari junto a otras jóvenes del palacio, se complicaría más de la cuenta. Ya que April decidió colarse en el viaje sin tener en cuenta las consecuencias.


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