Poco a poco empezamos a tener cada vez más clases sobre todos los conocimientos básicos. También aumentaron nuestros entrenamientos, que se hicieron más especializados y seguían horarios estrictos y ocupados.
Con nuestros padres y mentores fuimos descubriendo más cosas sobre nuestros poderes.
Aun así, todavía compartíamos muchos momentos tranquilos en familia. Nuestros padres querían aprovechar el tiempo que nos quedaba con ellos.
Y el vuelo… Ah, el vuelo. Me encanta desplegar mis alas. Desde que éramos polluelos aleteábamos por todas partes, pero alrededor de los ocho años empezamos a practicar más en serio. Apenas podíamos dar unas cuantas vueltas en un kilómetro a la redonda de la casa.
Era frustrante chocar contra aquella barrera invisible. Fue entonces cuando empezamos a ser conscientes de nuestro encierro. Aunque nos lo habían contado, sentirlo directamente y tener edad suficiente para entenderlo era distinto.
Cuántas veces me quedaba mirando más allá, hacia lo poco que alcanzaba a ver desde aquel lugar recóndito, y anhelaba conocer el exterior. Nos explicaron que no era posible todavía y que más adelante lo entenderíamos. Llegaría el momento de salir…
Aun así, éramos felices allí, mimados y atendidos por todos, sin que nos faltara nada.
Las habitaciones del pequeño palacio donde vivíamos eran, en general, algo reducidas, pero lujosas. A mi hermano, mi primo y a mí nos gustaba pasar tiempo allí. Aunque a esa edad cada uno tenía su propia habitación, era habitual que termináramos escabulléndonos para estar juntos, incluso por las noches.
A veces solo charlábamos o mirábamos las estrellas desde las ventanas mientras nos preguntábamos cómo sería Occidente y hablábamos de nuestro futuro allí, hasta quedarnos dormidos.




