Categoría: Historia de Lylarain

  • La despedida — fin del primer sello

    La despedida — fin del primer sello

    Poco después de nuestro decimosexto cumpleaños, celebrado con una de las mayores fiestas que podíamos recordar, supimos que el día llegaría.

    El sello se abriría en una fecha concreta, unas semanas más tarde, y podríamos… más bien, deberíamos… abandonar el palacio. Salir al mundo exterior y comenzar el viaje hacia nuestro destino: de «vuelta» a Occidente.

    Era el lugar de nuestros orígenes, pero nunca lo habíamos pisado. Solo lo conocíamos por todo lo que nos habían enseñado.

    Nuestros padres, sin embargo, se quedarían allí para siempre.

    El día que sabíamos que se acercaba, nos reunimos fuera con nuestras cosas preparadas. Papá puso las manos en mis hombros.

    —Lyla, sé que parece pronto. Pero ya ha llegado el momento.

    Después apoyó una mano sobre la cabeza de mi hermano.

    —Debes ir con ella; va a necesitar tu apoyo. Cuidaos el uno al otro.

    Terminamos de preparar nuestra partida. Solo llevaríamos algunas pertenencias personales para viajar ligeros: la pluma con los libros y registros de Occidente que habíamos estudiado en detalle, las misteriosas notas del diario de quien al parecer dirigía entonces el Imperio y que anunciaban algo que pronto ocurriría, y algo de oro. Lo necesitaríamos para el trayecto y para contratar mercenarios que nos acompañaran a cruzar el desierto.

    Al marcharme, papá contenía las lágrimas. Puso en mis manos el libro que tantas veces me había leído cuando era niña y me acarició la cabeza como si aún tuviera cinco años.

    —Lyla, mi princesa. Sé que serás una gran emperatriz. Eres fuerte, como Lylarain LaCroix.

    Sonrió y me entregó aquel libro tan preciado. Lo apreté contra el pecho, emocionada, y lo guardé también en la biblioteca oculta.

    —Estoy orgulloso de ti. Ve y reclama tu lugar. Todo irá bien.

    Me abrazó con fuerza. Abrazó a mi hermano. Después nos abrazó a los dos juntos.

    Era evidente cuánto le dolía despedirse. Pero su lugar estaba junto a mamá. Estarían bien mientras permanecieran juntos.

    También nos despedimos de mamá. Como siempre, se hizo la fuerte. Ya sabíamos cómo era y no dijimos nada al respecto.

    Había llegado el momento de abandonar el lugar donde nacimos y nos criamos, apartados de todo, y regresar a nuestro Imperio.

    Estábamos bien preparados, pero aun así sentía una emoción en el estómago. Una cosa era la teoría y otra enfrentarnos al mundo. Deseaba conocer el exterior.

    Tomé la mano de mi hermano y le sonreí.

    —Vamos.

    Junto con algunos sirvientes que nos acompañarían en el camino, comenzamos el viaje hacia nuestro destino.

    Era el momento de cruzar el umbral y dejar atrás aquel lugar.

    Desde el palacio, Heinri vio marcharse a sus hijos junto a Navier, con el corazón oprimido. Cuando los perdió de vista, las lágrimas corrieron por las mejillas del emperador.

  • Cuarto día del hechizo — de doce a dieciséis años

    Cuarto día del hechizo — de doce a dieciséis años

    Los estudios se intensificaron y teníamos menos tiempo libre. Aun así, intentábamos mantener nuestras comidas en familia, las lecciones con nuestra madre y nuestro padre y las clases con los tutores que se habían quedado en el palacete para enseñarnos distintas materias.

    Estudiábamos geografía y todo lo relacionado con el exterior. Nos fascinaba aprender sobre el mundo que nos rodeaba, porque nunca habíamos visto mucho más allá de los alrededores de la mansión.

    También aprendíamos sobre la cultura de distintas regiones. Era importante conocer otros lugares. Mamá contaba a menudo que sus conocimientos sobre Luipt habían sido útiles durante los tratados con el duque, que también se alojaba en la mansión.

    Estudiábamos muchos lugares: Oriente, Bluhovan, Whitemond, los Imperios del Sur y del Norte, Pretas, Agenstein, Vasilios y muchos más, además de todo lo conocido sobre el famoso Reinfallen.

    La política era otra materia que trabajábamos con seriedad. A los dos nos fascinaba todo lo que había por aprender: sus sutilezas, la importancia de escoger las palabras adecuadas, las leyes y normas que podían favorecernos y las que no, y cómo darles la vuelta cuando fuera necesario. Era todo un arte.

    También estudiábamos etiqueta y protocolo. Como miembros de la realeza, debíamos aprender a actuar en cualquier situación social. Mamá y sus damas de compañía nos enseñaban todo lo necesario, incluidos los modales en la mesa y el baile.

    Me divertía bailar con mi hermano. Al principio a veces nos pisábamos y nos reíamos mucho. Después nos sentíamos muy orgullosos cuando ya sabíamos hacerlo bien y dábamos demostraciones por las que todos nos alababan.

    A veces se celebraban fiestas, sobre todo cuando alguno de los habitantes del palacete cumplía años. Todos se celebraban por igual y con grandes preparativos. Así podíamos practicar lo que habíamos aprendido. Supongo que ese era también el objetivo.

    La cocina quizá no fuera imprescindible, pero tanto papá como Emma nos enseñaron lo básico y algunas cosas más especiales. A mí no me interesaba mucho; a mi hermano sí. De todos modos, era entretenido pasar tiempo juntos.

    A ambos príncipes nos instruyeron en música: solfeo, piano y violín. Nos dijeron que eran cualidades habituales entre los nobles y que la música también podía servir como escape emocional.

    La esgrima y el combate eran otras materias. A papá le gustaban mucho y a nosotros también nos resultaban amenos. Era un tiempo cálido en familia. A mí me gustaban, aunque me parecían algo innecesarios debido a mis poderes.

    También estudiábamos magia y desarrollábamos nuestros poderes particulares. Mi hermano se formaba principalmente con el duque Kaufman, aprendiendo sobre pociones y a controlar su poder.

    Yo estudiaba con papá y con quien sería mi mentora, la líder de las diosas. Siempre que lo pensaba, alzaba el rostro con orgullo. Aprendía a dominar mi poder y a gestionar el maná. Papá me enseñaba sus secretos y me transmitía todos sus conocimientos; además, me hablaba en detalle de los planes que había preparado desde hacía tiempo.

    Con todo aquello, estaría preparada para dirigir el Imperio.

    Para regresar y ocupar el lugar que me correspondía.

    El día se acercaba…

    Kilian durante los cuatro últimos años del hechizo
  • Tercer día del hechizo — de ocho a doce años

    Tercer día del hechizo — de ocho a doce años

    Poco a poco empezamos a tener cada vez más clases sobre todos los conocimientos básicos. También aumentaron nuestros entrenamientos, que se hicieron más especializados y seguían horarios estrictos y ocupados.

    Con nuestros padres y mentores fuimos descubriendo más cosas sobre nuestros poderes.

    Aun así, todavía compartíamos muchos momentos tranquilos en familia. Nuestros padres querían aprovechar el tiempo que nos quedaba con ellos.

    Y el vuelo… Ah, el vuelo. Me encanta desplegar mis alas. Desde que éramos polluelos aleteábamos por todas partes, pero alrededor de los ocho años empezamos a practicar más en serio. Apenas podíamos dar unas cuantas vueltas en un kilómetro a la redonda de la casa.

    Era frustrante chocar contra aquella barrera invisible. Fue entonces cuando empezamos a ser conscientes de nuestro encierro. Aunque nos lo habían contado, sentirlo directamente y tener edad suficiente para entenderlo era distinto.

    Cuántas veces me quedaba mirando más allá, hacia lo poco que alcanzaba a ver desde aquel lugar recóndito, y anhelaba conocer el exterior. Nos explicaron que no era posible todavía y que más adelante lo entenderíamos. Llegaría el momento de salir…

    Aun así, éramos felices allí, mimados y atendidos por todos, sin que nos faltara nada.

    Las habitaciones del pequeño palacio donde vivíamos eran, en general, algo reducidas, pero lujosas. A mi hermano, mi primo y a mí nos gustaba pasar tiempo allí. Aunque a esa edad cada uno tenía su propia habitación, era habitual que termináramos escabulléndonos para estar juntos, incluso por las noches.

    A veces solo charlábamos o mirábamos las estrellas desde las ventanas mientras nos preguntábamos cómo sería Occidente y hablábamos de nuestro futuro allí, hasta quedarnos dormidos.

    Imagen 2 del tercer día del hechizo
    Imagen 3 del tercer día del hechizo
    Imagen 4 del tercer día del hechizo
  • Segundo día del hechizo — de cuatro a ocho años

    Segundo día del hechizo — de cuatro a ocho años

    Empezábamos a ser algo mayores. Aún nos quedaba mucho tiempo para jugar y disfrutar de momentos de descanso con nuestra pequeña familia: nuestros padres y quienes vivían con nosotros en el palacete y estaban siempre pendientes de nosotros.

    A papá y mamá les gustaba leernos libros, aunque cada uno elegía historias muy distintas. De hecho, papá a menudo nos leía algunos a escondidas; parecía que a mamá no le gustaban todos.

    Recuerdo que nos contaba con frecuencia una historia. Era mi favorita porque su protagonista se llamaba como yo.

    ¿Habría sacado papá de ahí mi nombre? A mamá no le hacía mucha gracia…

    Algunas noches, a escondidas, mi hermano y yo trepábamos a las rodillas de papá mientras nos leía aquel libro antiguo, misterioso y de aspecto arcano. Contaba la historia de Lylarain LaCroix, la más temida de los drow, los elfos oscuros que vivían en las profundidades del submundo.

    Los drow eran una raza de estructura matriarcal y seres malignos que no dudaban en hacer lo necesario para acabar con sus enemigos. Falsos y terribles, desconfiaban hasta de su propia sombra.

    Por sed de poder, Lylarain traicionó a toda su casa y quedó sola. Se alzó como una de las sacerdotisas drow más poderosas. Junto con un grupo de mercenarias, emprendió una campaña para conquistar la superficie y se enfrentó a poderosos héroes. Arrasaron poblaciones enteras sin importarles la edad de sus habitantes, en busca de artefactos que le dieran más poder.

    El libro narraba explícitamente las atrocidades que cometían para alcanzar sus objetivos.

    Lylarain atacó la superficie junto con su amado, a quien dominaba y mantenía sometido. Él perdió la vida allí. En un arrebato de rabia, ella y las criaturas del submundo perpetraron una masacre.

    Al final del libro, Lylarain resultaba herida y se retiraba de la batalla. Antes de marcharse, se llevaba una mano al vientre y anunciaba:

    «Esto no acaba así. Mi vástago vendrá y terminará lo que yo empecé…»

    Muchas veces mamá nos sorprendía a mitad de la lectura. Sabíamos que a papá le esperaba un buen regaño, quizá incluso un castigo, aunque todavía éramos pequeños para entenderlo bien.

    Aquel libro me fascinaba, pero papá nunca me dejó tocarlo y lo cuidaba con mucho esmero.

    A medida que crecíamos, papá lo leía menos. Empezamos a dedicar mucho tiempo al estudio para prepararnos para el futuro que sabíamos que nos correspondía. Poco a poco fueron introduciéndonos algunas lecciones: aprendizajes básicos, lectoescritura, algo de manejo de la espada y entrenamiento físico, casi siempre en forma de juegos.

    Aún no entendíamos bien todo lo que implicaba la situación en la que nos encontrábamos.

    Imagen 2 del segundo día del hechizo
    Imagen 3 del segundo día del hechizo
    Imagen 4 del segundo día del hechizo
  • Crow lleva los documentos a Luipt

    Crow lleva los documentos a Luipt

    Tras varias horas enfrascado en sus tareas, Crow terminó gran parte del trabajo. Dejó el escritorio pulcro y ordenado y, al mirar por la ventana, vio que el sol empezaba a descender.

    Había llegado el momento de marcharse. Recogió lo necesario, aquella pluma que escondía los documentos y uno de los anillos del clan que permitían el acceso al lugar y que portaba normalmente de forma discreta. Por suerte el que había dado a la joven de cabello azulado no era el único que disponía.

    Salió sin ser visto por la ventana del despacho y cambió de forma. Emprendió el viaje hacia la mansión oculta del ducado de Luipt, donde se alojaba la familia real. Sobrevoló el desierto, haciendo breves paradas en lugares que ya conocía. Tendría que apresurarse para completar el trayecto de ida y vuelta durante la noche. Quizá fuera la última vez que visitara aquel lugar.

    Al llegar a la zona, el anillo se activó y le permitió entrar en el palacete oculto. Crow aterrizó apresuradamente en la habitación prevista para su llegada, se vistió y salió en busca del emperador. Llevaba en aquella pluma ocultos los documentos más importantes de Occidente, que la secretaria había puesto a salvo.

    Emma había elegido acompañar a los emperadores durante su reclusión y continuaba sirviéndolos como siempre. Casi había llorado de felicidad al asistir al nacimiento de los príncipes y desde aquel primer día se había ocupado de que nada les faltara.

    Cuando oyó el plan, le había parecido imposible. Quiso oponerse para poder estar en la habitación y proteger a sus majestades, pero finalmente acató las órdenes. Ahora caminaba en círculos frente a la puerta, con las manos enguantadas cerca de sus cuchillos, sin llegar a empuñarlos. No podía oír lo que ocurría dentro ni sabía si las visitantes sobrenaturales ya habían llegado.

    Crow se dirigió a la puerta. Saludó a Emma con una breve inclinación, apurado: debía regresar cuanto antes y, si era posible, llevarse también el diario, aunque eso añadiera otro riesgo.

    —Buenas tardes…

    Se disponía a abrir cuando Emma reaccionó.

    —¡Espere!

    Lo sujetó del brazo.

    —Sir Crow, no puede entrar ahí. Tengo órdenes estrictas de no dejar que nadie traspase esa puerta, palabras del mismísimo emperador.

    Crow se volvió, sorprendido. Se detuvo al comprender que era un asunto serio y miró la puerta, esperando que ella le explicara.

    —¿Qué ocurre? Debo entregarle algo con urgencia a su majestad… Y quería llevarme también algo que le envié.

    Le mostró la pluma estilográfica dorada.

    —El plan, ya sabe… La dama de cabellos azules parece que trajo amigas —respondió Emma, soltándole el brazo con molestia mal disimulada.

    Miró la pluma con extrañeza.

    —¿Algo que le envió? Quisiera poder ayudarlo, pero…

    En ese momento los emperadores salieron de la habitación. Habían recomendado a Navier descansar con los bebés. Heinri vio a Crow y a Emma.

    —¿Qué ocurre…?

    Pidió a Emma que acompañara a Navier y se quedó hablando con Crow.

    —Crow, ¿cuál es el motivo de que hayas venido de nuevo?

    Crow se adelantó e hizo una reverencia.

    —Su majestad… Vengo a traerle algo. Mire.

    Cuando Navier, Emma y los niños se hubieron alejado, activó el mecanismo de la pluma para mostrarle los documentos.

    —La secretaria lo guardó todo y he podido traerlo. Creo que será de gran utilidad para el plan, mi señor.

    Con orgullo, esperó la reacción de su superior.

    —Además, pensé que quizá podría llevarme de vuelta el diario. Nadie sabe que lo tengo y me preocupa que noten su ausencia.

    Heinri se despidió brevemente de Navier y de los pequeños antes de volver su atención a su subordinado. Al principio se mostró serio: aquello no estaba previsto. Pero al ver lo que Crow traía, su expresión se llenó de sorpresa y alegría. Le dio unas palmadas en la espalda.

    —¡Crow! Esto es excelente… Y esa secretaria… siempre tan eficiente.

    Sonrió al recordar a la joven, una de sus empleadas más destacadas. Revisó algunos documentos, en especial la explicación del funcionamiento del sistema, y guardó el objeto. Sería muy práctico.

    —Gracias. Ah, el diario… Ya recopilé lo necesario. Realmente creo que urge que los niños estén de regreso cuanto antes… antes de que eso ocurra.

    Lo acompañó hasta el despacho. Dejó sobre el escritorio la preciada pluma que contenía, en un espacio reducido, la sabiduría del Imperio y que sería de gran utilidad para formar a los niños. Después tomó el libro de la mesa y se lo entregó a Crow.

    —Ten buen viaje de regreso… Y cuida de ellos cuando estén allí, por favor.

    Sin que pudiera evitarlo, Heinri abrazó brevemente al caballero, que además era un familiar lejano y parte del clan.

    Crow recibió con orgullo las palabras del emperador aunque no tanto aquel abrazo pero lo aceptó debido a las circunstancias. Se irguió con una ligera sonrisa y le aclaró el asunto de la pluma y su procedencia. Al recibir de vuelta el diario, sintió alivio. También le apenaba despedirse: sabía que no volvería a verlo.

    Desde pequeños, sin embargo, los habían educado en el clan para procurar el bien mayor. La continuidad del clan y del Imperio estaba por encima de todo.

    Tras el momento emotivo, el hombre de cabellos oscuros hizo una reverencia, con la mano en el pecho y una rodilla hincada en el suelo, como el día en que recibió el título de caballero. Era una muestra de respeto y una reafirmación de su juramento.

    —Así será, mi señor. Mi juramento seguirá con sus herederos. Igual que le he servido a usted y al Imperio, les serviré a ellos.

    Se golpeó ligeramente el pecho y se puso en pie.

    —Con su permiso, volaré de regreso. Quiero volver lo antes posible.

    Heinri asintió.

    —Buen viaje, Crow.

    Tomó aire y volvió a la sala donde se decidía el futuro del Imperio.

    Crow asintió y se despidió con una última reverencia. Se marchó por el mismo lugar por el que había entrado, llevando consigo el diario. Allí dejó sus ropas al transformarse, aunque sabía que no regresaría.

  • Primer día del hechizo — los primeros cuatro años en el palacio

    Primer día del hechizo — los primeros cuatro años en el palacio

    Tengo recuerdos desde muy pequeña. Quizá se debieran a las bendiciones de las diosas o a la inteligencia que heredé de mis padres, que, por supuesto, son geniales.

    Recuerdo perfectamente aquellos primeros años, cuando todo eran juegos con papá, mamá y mi hermano.

    Teníamos espacio suficiente para nosotros, que éramos tan pequeños, y siempre dormíamos con mamá y papá. A veces lo hacíamos en forma de aves, arrullados por nuestro padre y bajo el cálido amparo de sus alas.

    Nos alimentaban y cuidaban con muchísimo cariño, igual que Emma y los demás sirvientes de la casa. No nos faltaba nada; crecimos rodeados de amor y atenciones.

    Fue la época más tranquila: sin obligaciones, sin saber gran cosa de lo que ocurría a nuestro alrededor y con la inocencia de quien desconoce su aislamiento. Para nosotros, aquel pequeño rincón del mundo era más que suficiente para dar nuestros primeros pasos y aventurarnos. Yo, sobre todo, exploraba cada rincón del jardín durante nuestros juegos.

    A menudo papá tenía que salir a buscarme, porque en cuanto podía echaba a volar a cualquier sitio y me escondía entre risas.

    Hice muchas travesuras —de nuevo, sobre todo yo—. Me podía el deseo de tocarlo y observarlo todo, de aprender cómo funcionaban las cosas. Mis manitas iban a parar a cuanto objeto tuviera cerca, y eso me valía algunos regaños cariñosos.

    Fue la etapa más feliz de mi vida. Siempre la recordaré con cariño.

    Kilian durante los primeros cuatro años del hechizo
  • El llamado de las diosas

    El llamado de las diosas

    Después de hablar con Heinri, Leilani desanduvo el camino hasta llegar al océano que separaba los continentes de Wol y Hwa.

    Dicen que todo lo que sube tiene que bajar; en este caso, el procedimiento era inversamente proporcional. Aún en forma de ave, se dejó caer en picado sobre las aguas cristalinas para aparecer unos metros por encima de los dominios del clan celestial.

    Desde allí contempló el lugar, ya conocido: una isla flotante de aspecto minimalista, cubierta por inmensas nubes cumulonimbos. En la punta de la edificación más alta flotaba una aureola que identificaba a las diosas como señoras de la isla.

    Mientras descendía lentamente, su apariencia fue cambiando. Un hechizo hacía que toda diosa que cruzara los límites del paraje mostrara su verdadero rostro. Así se aseguraban de que los acuerdos alcanzados allí fueran plenamente confiables.

    Leilani aterrizó en el centro de la laguna principal. Un grupo de mariposas la recibió con gran alegría.

    —Queridas mías, tenemos trabajo que hacer.

    Tras aquel rápido saludo, la de cabellos azabaches desplegó sus enormes alas blancas y voló a toda velocidad hacia su despacho.

    La líder del clan poseía un gran libro con la descripción y una ilustración de origen humano de cada diosa nombrada, jubilada o sepultada. Cuando solicitaba la presencia de una deidad, el protocolo consistía en enviar cartas parecidas a cartas del tarot. En una cara llevaban el grabado de la apariencia y el seudónimo de la diosa convocada; en la otra, el sello y la firma de quien hacía la solicitud.

    Ese día envió tres cartas: a la Oculta, a la Indescifrable y a las Gemelas. Solicitaba su presencia con suma urgencia. Las cartas llevaban el sello de una mariposa y estaban firmadas por la líder en persona; negarse al llamado se consideraría insubordinación.

    La primera en acudir fue Eos, la siempre dulce Luz Oculta, diosa de la aurora y el destino. Se arrodilló ante la líder en señal de respeto.

    —Mi señora, estoy a su disposición.

    Leilani miró a la joven con una sonrisa complacida.

    —Siempre tan eficiente, pequeña. Ponte cómoda.

    Su despacho era amplio, demasiado para su gusto, y no tenía techo, de modo que Vixcen, el dragón que la protegía, pudiera entrar sin dificultad. Había muebles cómodos para las invitadas, un escritorio de madera y, junto al ventanal principal, un estanque de agua tan transparente como nunca había visto ojo mortal. Desde allí, Leilani podía vigilar cualquier lugar de cualquier universo.

    —Las otras no deben tardar.

    Permaneció de pie frente a la recién llegada.

    Tal como Leilani había previsto, las siguientes diosas llegaron pocos minutos después. Sus quejas interrumpieron la conversación que ella mantenía con Eos.

    Aracne, una de las Gemelas del Tiempo y el Espacio, se acercó refunfuñando. Athalanta, su hermana, hizo una reverencia pulcra.

    —Nosotras ya nos jubilamos, oh gran señora —dijo Aracne con ironía—. Nuestras hijas son quienes ahora se encargan de los aspectos que alguna vez fueron nuestra jurisdicción.

    Leilani suspiró con una pequeña sonrisa ante su actitud rebelde.

    —Tan enérgica como siempre, Aracne. Athalanta, levanta la cabeza; no voy a castigar a tu hermana ni nada parecido.

    La gemela más sumisa parecía asustada. En tono benevolente, Leilani añadió:

    —Les explicaré la razón de mi decisión.

    Dibujó varias figuras en el aire. Quedaron suspendidas frente a las tres diosas como hologramas. Representaban un palacio en medio de la arena, cubierto por una cúpula.

    —Lo que haré es magia muy antigua. Por eso las he llamado a ustedes y no a sus descendientes.

    Leilani les explicó el plan y por qué era esencial llevarlo a cabo para mantener el orden en el universo. Destacó especialmente la conexión entre los reinfallenses y las criaturas oscuras. Luego dirigió la mirada rojiza hacia el estanque.

    —Es nuestro deber proteger ese imperio. ¿Has entendido, Aeolus? La Indescifrable.

    La diosa que faltaba emergió del agua estancada.

    —Vaya, vaya… Pupupupu —dijo Aeolus, sonriendo con malicia al saberse descubierta—. Perspicaz mariposilla.

    Salió por completo de la poza. Un grupo de mariposas cruzó la puerta con una toalla para ella, pero Aeolus la rechazó. Generó una ráfaga de viento tan fuerte que alejó a los insectos y la secó de paso.

    —Malditos bichos —murmuró con asco.

    Después sonrió con hipocresía a la líder del clan y se inclinó ante ella.

    La aparición de Aeolus alteró a Athalanta, que buscó refugio junto a su hermana.

    —Me sorprende que aún no te hayan destituido por tu insolencia, Aeolus —dijo Aracne.

    —Cállate, la harás enojar —susurró Athalanta con temor.

    Las gemelas tenían el cabello tan rojo como el fuego, a juego con sus iris. Eran casi idénticas e imposibles de distinguir, salvo por la mirada gentil de Athalanta.

    —Ajem. Deidades, por favor —intervino Leilani, intentando poner orden—. Si tienen alguna pregunta o queja, este es el momento.

    Habló con firmeza para prevenir un enfrentamiento. Era bien sabido que Aeolus disfrutaba haciendo sufrir a Athalanta. En el pasado había enviado sequías a los campos protegidos por la diosa del espacio; tormentas inesperadas habían azotado más de una selva que ella diseñaba, y, durante los primeros asentamientos humanos, terremotos inclementes se habían llevado decenas de vidas. Aquello provocaba las lágrimas de Athalanta y la ira de Aracne.

    Aeolus levantó la mano para pedir la palabra.

    —Oh, sí. Yo, yo —dijo, fingiendo una expresión tierna que enseguida se convirtió en una mueca maliciosa—. ¿Qué gano a cambio?

    Aeolus era una de las diosas más hermosas, pero también de las más juguetonas. Sus cabellos violáceos caían en espirales hasta la cintura. Tenía los labios carnosos y jugosos, aunque sus besos eran veneno puro.

    —No se hagan las inocentes; todo tiene un precio. Me tomé la molestia de investigar sobre este emperador.

    Una ventisca atravesó la estancia y susurró en los oídos de todas.

    —Hace mucho que no devoraba un alma de ave…

    La diosa se lamió los labios y sonrió de oreja a oreja al ver que Leilani asentía.

    —Jujumm.

    Rió escandalosamente. Athalanta se escondió tras su hermana, una reacción que no pasó inadvertida para Aeolus.

    —¡Buh!

    Se acercó a las gemelas y las asustó. La diosa del espacio gritó y la del tiempo se enfureció, dispuesta a golpear a Aeolus en la cara.

    Leilani había escuchado con atención la petición. Ya la esperaba. Conocía las peculiaridades de sus diosas: las gemelas necesitaban maná porque no podían alterar el curso natural de las cosas con su propia energía. Hacerlo se consideraría un acto egoísta y una traición a las leyes universales, y serían borradas de la existencia.

    Aeolus era la única de las deidades aún vigentes que pedía tributo a cambio de una bendición; disfrutaba especialmente de las almas mágicas. Eos, que había observado la reunión sin intervenir en el conflicto, necesitaba mantener al heredero en un lugar controlado para encaminarlo hacia el mejor destino posible.

    Leilani percibió a tiempo las intenciones de Aracne y se interpuso entre las diosas, invocando su lanza celestial.

    —¡Basta! Nada de peleas en mi despacho.

    Su tono fue autoritario. Su mirada carmín, intensa y desafiante, se dirigió a Aeolus.

    La única que aún permanecía tranquila, sentada y serena, se puso en pie. Era Eos, de radiante cabellera dorada.

    —El sol está a punto de esconderse; no tenemos tiempo que perder. Señoras, es solo una niña. No veo necesario presumir nuestras apariencias divinas una vez en el sitio.

    Su semblante reflejaba determinación y su voz, aunque gentil, era decidida.

    —Leilani, diosa entre diosas, permítame ser quien primero bendiga a la pequeña.

    Que más de dos diosas se reunieran en un mismo salón siempre terminaba en un enfrentamiento sin sentido. Que Eos estuviera allí para apoyarla era un gran alivio para Leilani.

    —Muy bien. Eos, partirás conmigo de inmediato. Para las otras, hay una réplica del anillo que les permitirá entrar al oasis. Está en mi escritorio, sobre la ilustración de cada una.

    Leilani caminó hasta colocarse junto a la diosa rubia. Eos se apresuró a tomar la sortija que le correspondía.

    —Me aseguré de que cada anillo solo pueda ser sostenido por la deidad para la que fue diseñado.

    Leilani miró a Aeolus.

    —No gastes fuerzas intentando llevarte el anillo de Athalanta.

    Se sostuvo el puente de la nariz, agotada, y se dirigió a las tres diosas sin centrarse en ninguna en particular.

    —El anillo se romperá cuando salgáis del área después del ritual. Aseguraos de no olvidar nada.

    Una luz cegadora envolvió a Leilani y a Eos y las transportó sobre una de las dunas del ducado de Luipt. Allí, Leilani se transformó en mariposa y Eos en abeja. Ambos insectos emprendieron el viaje sin demora.

  • El hechizo

    El hechizo

    [La frase original sobre la formalidad y los protocolos se interrumpe en «Aunque no sabían si era necesario pero la formalidad y protocolos eran lo…». La fuente no permite completar ese fragmento.]

    «Sacrificaré lo que sea necesario por aquello que me importa.»

    Tal como habían acordado, Heinri mandó preparar una de las habitaciones más amplias del palacete donde residían ocultos del resto del mundo desde hacía ya meses. La sala quedó limpia, ordenada y elegantemente decorada. Colocaron un sillón para que él y Navier pudieran compartirlo, además de varios más para recibir a las visitantes que esperaban. En el centro dejaron una mesa con té y algunos tentempiés que Emma había preparado con todo cuidado. Ella estaba a cargo del lugar y de la cocina, y sabía lo que estaba sucediendo.

    Dieron orden de que nadie los molestase durante la espera. A la hora acordada, Heinri y Navier se dirigieron allí con sus dos pequeños. Ella se encontraba algo mejor, aunque todavía débil. Al principio se había mostrado reacia, pero, después de hablarlo, confiaba plenamente en las decisiones de su esposo. Con ambos pequeños en brazos, solo quedaba esperar.

    Los últimos rayos del sol se colaban por los ventanales cuando los emperadores distinguieron unas flores que parecían surgir de la nada y empezaban a agolparse en el suelo, a pocos pasos de ellos. Eran hermosas, y sus dulces fragancias inundaron poco a poco la estancia. Pasados unos segundos, cuando ya se había reunido un montón considerable, algo comenzó a emerger de entre ellas.

    La líder del clan celestial hizo su aparición. Las flores que acababan de materializarse formaban ahora parte del paraguas que llevaba.

    —Sus majestades, es un placer verlos.

    Inclinó ligeramente la cabeza y les sonrió con una mezcla de cariño y amabilidad.

    La llegada de la diosa sorprendió a Heinri. Se puso en pie con cuidado, sosteniendo a uno de los bebés, e hizo una reverencia. Navier también se inclinó, aunque permaneció sentada por la dificultad de levantarse.

    —Buenas tardes y bienvenida de nuevo. Está todo dispuesto como pidió…

    Miró a su esposa por un instante, con una ligera sonrisa teñida de tristeza. Volvió a sentarse y le tomó la mano con delicadeza.

    —Estamos listos.

    Leilani asintió, complacida por las reverencias de ambos gobernantes.

    —Buenas tardes.

    Echó un rápido vistazo a su alrededor para comprobar que, tal como había dicho Heinri, sus indicaciones se hubieran cumplido. Cerró el paraguas.

    —Sí, puedo verlo. Me temo que tengo que diferir con esa última afirmación. Aún falta ultimar detalles.

    Habló con paciencia. Su aura se hacía notar mucho más de lo habitual y su presencia imponía el respeto digno de su posición; era evidente que ya no se encontraban en un ambiente de confianza.

    —¿Puedo sostener a la niña?

    Al acercarse a los dos mortales, dejó tras de sí un rastro de pétalos de colores. Heinri sonrió ampliamente al ver que le complacían los preparativos. Aunque la situación era tensa, le alegraba pensar que podría resolverlo todo y permanecer con sus pequeños antes de que tuvieran que marcharse. El tono de Leilani hizo que se pusiera algo más serio, aunque mantuvo una sonrisa cordial.

    —Comprendo. Sí, adelante.

    Miró a Navier, que también asintió. Ella le tendió a la bebé. Heinri dejó con cuidado al niño en brazos de su madre, tomó a la pequeña y se la entregó a Leilani. Confiaba lo suficiente en ella como para no temer por la niña, aunque el ambiente aún le resultaba inquietante.

    Leilani acunó a la bebé con sumo cuidado. La pequeña era preciosa y le hizo sonreír con ternura.

    —Eres un encanto.

    El camino de flores que había dejado a su paso cobró vida y se desplazó hasta el lado derecho de la diosa, donde tomó la forma de una hermosa cuna.

    —Descansa, Lylarain.

    Con un ligero toque en los cortos cabellos dorados de la criatura, la sumió en un sueño profundo y plácido. Después la depositó en la cuna recién creada.

    —Sus majestades, he de advertirles: cada diosa que hoy los visitará es muy diferente. Yo las presentaré antes de que hagan acto de presencia y les indicaré cómo deben actuar. En lo que a mí respecta, durante esta noche, y muy a mi pesar, procederé acorde con mi posición.

    Se refería a que no ocultaría su aura. Volvió a abrir el paraguas, cerró los ojos un instante y lo apoyó en el hombro con una sola mano.

    —Habiendo dicho esto… Cada una de nosotras dotará al bebé con un raro don, que en suma serán tres.

    Aquella frase dio inicio a la ceremonia. Heinri y Navier se miraron y asintieron, expectantes. Observaron la situación con atención.

    —Comprendido…

    Quedaron en silencio, a la espera, pues por lo que había dicho algo estaba a punto de ocurrir.

    Aunque el sol casi se había ocultado en el horizonte, un rayo de luz que solo podía describirse como etérea cruzó los cristales de una ventana y cayó a la izquierda de Leilani. Los destellos eran tenues, pero dejaban ver cómo millones de motas doradas y brillantes se condensaban para dar origen a una figura femenina.

    Había llegado la primera de las invitadas divinas: Eos, con el aspecto que solía mostrar ante los mortales. De sus resplandecientes alas caían pequeñas plumas de vez en cuando, y el libro donde escribía los destinos de todos los seres permanecía suspendido a la altura de su cintura.

    Eos arrugó la nariz y dejó escapar una voz empalagosa. Su infalible olfato había detectado, entre las fragancias florales, el aroma de los tentempiés dulces.

    —Oh, ¿bocadillos? Umm… ¿Puedo?

    Lo preguntó casi en súplica, con un pequeño puchero dirigido a la líder del clan.

    Leilani se preparó para presentar a la primera deidad de la noche, pero la petición la hizo estallar en una carcajada.

    —¡Adelante!

    Volvió su mirada carmín hacia los emperadores.

    —Su honorable excelencia, la diosa de la aurora y el destino, Eos. No debéis temer, majestades: en sus ojos verde aguamarina siempre hay armonía y de sus labios rosas jamás se ha borrado la sonrisa. Ella… es un pequeño terrón de azúcar.

    Heinri, que permanecía en pie junto a su esposa, guardó rigurosamente el protocolo. Hizo una pronunciada reverencia ante la recién llegada. El comentario informal de Leilani solo volvió algo más amable su habitual sonrisa cordial; le pareció anecdótico.

    —Bienvenida, diosa Eos. Agradecemos de todo corazón su ayuda en esta inusual solicitud.

    Se incorporó e hizo un gesto invitador.

    —Por supuesto, puede tomar lo que guste. Ha sido preparado en honor de ustedes.

    Eos no prestó la menor atención al protocolo. Tras recibir autorización, se movió a una velocidad imperceptible para el ojo humano, sin causar mayores estragos, hasta la mesa de los bocadillos y se llenó las mejillas de dulces.

    —Delicioso.

    Habló con la boca llena, masticando con total satisfacción.

    —¡Oye!

    Le reclamó a Leilani que la llamara de aquella forma cariñosa. Luego pareció recobrar la compostura. Terminó de comer, se limpió elegantemente el rostro con una servilleta y volvió ante los gobernantes.

    —Ajem. Ay, ¿dónde quedaron mis modales? Vuestras majestades, no se preocupen. Es para mí un placer estar aquí. Mis felicitaciones al chef.

    Se sacudió unas migas del vestido y dirigió la mirada a la bebé.

    —Princesita. Lylarain…

    Con un movimiento del índice hizo que el libro, suspendido a su lado, pasara las páginas hasta encontrar la correspondiente a la pequeña que descansaba ante sus ojos celestiales. Habló con amargura mientras leía aquel libro sagrado:

    —Ignorante eres del destino que se te fue arrebatado. Tu natalicio debió haber sido motivo de regocijo general; ahora oculta te hallarás hasta que cumplas los dieciséis.

    —A cambio de la libertad propia de la más tierna infancia y del gran día de fiesta en que nobles y plebeyos debieron rendirte pleitesía…

    Cerró el libro. En la portada estaba escrita la palabra «Destino».

    —Mi don especial para ti será la sapiencia.

    Acarició con suma delicadeza el rostro de la pequeña y empezó a sonar un coro angelical. La voz del coro cantó:

    «Un don esencial para una emperatriz sin igual, labios rojos de rubí que algún día sabias órdenes han de decir».

    Eos continuó, trazando para ella un destino:

    —Portarás la corona con pulcritud y todo el reino celebrará tu virtud. En el trono de tus antepasados te sentarás; decenas de primaveras tu gobierno verá y buenas personas a tu lado estarán. Ese es el destino que he trazado para ti, pajarito. Volarás, pero no muy lejos por ahora.

    Una pequeña lágrima rodó por la mejilla de la diosa hasta caer sobre el abdomen de la bebé. Desde entonces, la niña no podría alejarse más de un kilómetro del palacete.

    —Lo siento.

    Eos desapareció de la misma forma en que había llegado, entre una luz escarchada.

    Heinri escuchó todo en silencio y volvió a tomar la mano de su esposa. Las lágrimas se vislumbraban en sus ojos violáceos mientras contemplaba la escena y oía las palabras pronunciadas. El sueño de una hermosa y alegre fiesta por el nacimiento de sus primogénitos se esfumaba. Cerró los ojos para contener las lágrimas y calmarse. Se repitió que era necesario, que todo era por el bien mayor. Sonrió con tristeza ante la restricción impuesta y el don otorgado a su pequeña. Sin duda sería una excelente gobernante.

    Leilani mantuvo una expresión estoica y dio espacio a su análoga para que otorgara el don que considerase más conveniente. Confiaba plenamente en el juicio de Eos y se preparaba para la llegada de las gemelas. Miró de reojo al rubio mayor, que hacía un esfuerzo monumental por no dejar escapar las lágrimas.

    —Respecto a las diosas que nos acompañarán a continuación, dicen los escritos más antiguos que, antes de que se formara la amalgama universal, existía una única y gran estrella que se sentía profundamente sola, por lo cual dividió su carácter en dos.

    Cuando Eos desapareció, Leilani les explicó:

    —Las ahora estrellas hermanas dieron origen a toda la materia. Seguid mi consejo, majestades: respetad a Athalanta, la afable diosa del espacio, y a Aracne, la tejedora diosa de las redes temporales; ella os respetará. Sabréis reconocerlas, pues Athalanta será la única que os salude. Guardadles el protocolo en todo momento. Tened presente que, desde la partícula más antigua de vuestra alma, ellas son las creadoras.

    Heinri y Navier casi contenían el aliento ante toda la emotividad de la situación. Asintieron a la advertencia y aguardaron la llegada de las siguientes.

    Tras las palabras de la líder, el suelo comenzó a temblar. Una esfera blanquecina apareció en el centro de la estancia y se expandió, hasta parecer engullir la habitación y a todos los presentes. Solo Leilani sabía que la sala había entrado en una pausa temporal.

    Por la puerta se abrió paso una pequeña afluencia de agua que mojó hasta los talones a quienes tenían los pies sobre la superficie. Así culminó el movimiento tectónico. Dos peces koi llegaron al lugar, uno naranja con manchas blancas y el otro blanco con manchas negras. Las puertas se cerraron tras ellos. Nadaron en círculos y levantaron una columna de agua cerca de Leilani. De ella aparecieron las invitadas, tomadas de la mano.

    —Buenas tardes —saludó Athalanta con los ojos cerrados y una dulce sonrisa, mientras soltaba la mano de su hermana.

    Heinri sintió el temblor sin dejar de sostener con firmeza la mano de su esposa. El agua le mojó los pies; Navier, en cambio, alzó los suyos con elegancia antes de que llegara a mojarla. Ambos miraron con cierta preocupación a los dos pequeños.

    Tan pronto empezó el temblor, Leilani se acercó de forma protectora a la cuna de la princesa. Se elevó lo suficiente para no mojarse y orientó el paraguas para evitar las salpicaduras de la columna de agua.

    —Sus honorables excelencias, la diosa del espacio, Athalanta, y su hermana, la diosa del tiempo, Aracne.

    Las presentó señalándolas con un ademán y volvió a cerrar el paraguas. Heinri respiró aliviado al ver que Leilani resguardaba a la niña. Siguiendo sus indicaciones, reverenció a las recién llegadas.

    —Bienvenidas. Gracias por su presencia y su ayuda. Quedamos profundamente en deuda con ustedes.

    Aracne se giró hacia el rubio y le dedicó una mirada de superioridad.

    —¿Pero qué ven mis ojos? Un mortal bien entrenado.

    Se acercó a Heinri con un gesto prepotente. Dio una rápida vuelta para apreciar la elegancia de los aposentos.

    —Me gusta la decoración. Veo que se han tomado muchas… molestias.

    Terminó la frase levantándole el mentón al monarca con el índice.

    —Hermana, déjalo en paz. Suficiente es tener que arrebatarle el maná —dijo Athalanta, permaneciendo en su sitio con expresión apenada y la mirada gacha.

    —Hermanita, siempre tan buena… demasiado. Solo quería probar si este humano tenía el descaro de mirarme a los ojos.

    Aracne escupió las palabras con desdén y se apartó del emperador.

    —Hermana… Para —pidió Athalanta, apresurándose a tomar una de sus manos entre las suyas.

    —Tch… De acuerdo.

    Leilani observó la escena desde su lugar junto a la heredera. Tuvo el impulso de intervenir, pero decidió no hacerlo: sabía que Aracne solo intentaba dejar claro su predominio y que jamás lastimaría a alguien sin motivo. Había adquirido ese hábito con el tiempo, después de sufrir muchas traiciones humanas. Se limitó a indicarle rápidamente a Heinri que no mirara a la diosa a los ojos, pues de lo contrario ella le mostraría sus mayores miedos.

    Al sentir la mano de la deidad, Heinri se tensó. Vio la señal de Leilani, pero su mirada se desvió de inmediato hacia Navier, que también había percibido el gesto de la líder y observaba con discreción, algo incómoda por aquellas confianzas. Cuando Aracne lo soltó, respiró aliviado y retrocedió ligeramente, manteniendo la vista en el suelo. No sabía si era oportuno decir algo, así que prefirió esperar.

    Las gemelas dirigieron la atención a los lactantes: Athalanta a la niña y Aracne al niño. Cada una se situó frente a la criatura que había captado su interés.

    —Vaya, vaya, debiste decir que se trataba de mellizos —le dijo Aracne a Leilani.

    La de cabello azabache se encogió de hombros, restándole importancia a haber pasado por alto aquel detalle.

    Aracne se dirigió al bebé rubio:

    —Principito, no has de sentirte desamparado; buena salud te he otorgado.

    Frotó el índice y el pulgar a unos milímetros de la cabeza del pequeño. Un diminuto grano de arena hizo estornudar al bebé. Aunque no lo aparentara, Aracne sentía una gran piedad y, al ver relegado al niño, decidió regalarle un poco de su propia entereza. Para la diosa eso no supondría más que perder una pestaña.

    —Hermana… —dijo Athalanta.

    Finalmente, la diosa espacial dirigió la palabra a una de las mortales, la emperatriz.

    —Mi señora, es mejor que se retire.

    Sus ojos dorados se encontraron con los rubíes de Leilani y le mostraron lo que Heinri tendría que soportar a continuación. Leilani sonrió ligeramente ante la acción de la diosa intemporal, pero la sonrisa se borró al contemplar aquella visión.

    —Majestades, hagamos una pausa —dijo, intentando disimular la preocupación.

    Se dirigió a ambos gobernantes y miró de reojo el portón que daba al pasillo.

    —Navier y los niños pueden irse a descansar. Heinri, acompáñalas. Además, creo que será bueno que te tomes un tiempo.

    Heinri y Navier observaron con atención el intercambio de miradas y de palabras no dichas. Él estaba intranquilo por lo que ya sabía, pero intentó no mostrarlo. Sonrió, ayudó a Navier a salir de la habitación con los pequeños, que debían alimentarse, y la acompañó para que descansara.

    Leilani chasqueó los dedos. El agua que aún cubría el suelo se reunió en una pecera y las divinidades gemelas volvieron a tomar forma de peces, pues en realidad eran tímidas. Mientras aguardaban, Leilani sostuvo la pecera entre los brazos e hizo aparecer unas cuantas algas para que las diosas pudieran alimentarse. El pez de Athalanta comió sin problema; el de manchas negras, que correspondía a Aracne, ignoró el alimento como si la ofendiera.

    —No seas testaruda —susurró Leilani, algo divertida por la situación.

    Frunció el ceño, incómoda.

    —Ummh, quisiera que se quedaran para ayudarme con Aeolus…

    Al oír el nombre, el pez naranja se movió de forma errática.

    —Lo sé, no las pondré en una situación delicada.

    Poco después, Heinri volvió a la sala. Tomó aire y abrió la puerta con decisión. Caminó hacia las diosas y se inclinó respetuosamente.

    —Bien, estoy aquí. ¿Qué se requiere para continuar?

    Preguntó con educación y el tono más cordial posible. Si podía ganarse algún favor adicional con su buen comportamiento, no dudaría en hacerlo.

    Aracne fue la primera en recuperar su forma y salir del agua. Sonrió con aprobación ante la actitud del mortal y chasqueó los dedos para echar el cerrojo a la puerta.

    —Alguien tiene agallas. Aunque me temo que nada podría prepararte para lo que viene.

    Athalanta también recobró su apariencia.

    —Tome asiento, respire profundo y, si gusta, cierre los ojos.

    Habló preocupada por el bienestar del hombre. Luego le informó, con voz temblorosa:

    —Debemos quitarle su maná. Es un procedimiento en extremo doloroso.

    —El humano se ve fuerte; yo digo que se quede de pie —comentó Aracne con ironía.

    Su hermana y la líder del clan le dirigieron una mirada de descontento.

    Heinri recordó lo que Leilani le había explicado y sus gestos. Procuró evitar la mirada de las diosas, aunque no se dejó amedrentar: mantuvo la frente en alto y miró hacia otra parte. La advertencia sobre el dolor lo hizo estremecerse; le trajo recuerdos dolorosos de lo ocurrido a su hermano y de todo lo que había padecido. Aun así, confiaba en su propia entereza. A esas alturas de su vida no iba a dejarse intimidar.

    —Procedan.

    Lo dijo sin moverse ni un ápice.

    La decisión del emperador sorprendió a todas las solemnes damas, y cada una reaccionó de forma distinta. Aracne sonrió de oreja a oreja: el mortal se había ganado su respeto. Athalanta volvió a mirar a Leilani, incrédula y muy asustada. La líder apretó los labios e hizo un gesto con la mano para indicarles que respetaran los deseos del hombre y prosiguieran.

    Para comenzar, cada gemela tomó una mano de Heinri: Athalanta la derecha y Aracne la izquierda. Ellas también se tomaron de las manos y cerraron los ojos. Cuando volvieron a abrirlos, eran completamente dorados, sin iris.

    —Eres un humano muy interesante —dijo Aracne, aún sonriente.

    —Eres más estúpido que otros humanos —dijo Athalanta.

    Los cabellos de ambas comenzaron a levitar y un fuerte viento se hizo presente. Athalanta derramaba lágrimas de oro; el cuerpo de Aracne se llenó de runas doradas que parecían quemarle la piel y la hicieron apretar los dientes.

    —Escucha ahora las palabras de tus creadoras, los secretos escondidos en las estrellas. Nosotras, las antiguas diosas, reclamamos nuestra obra oculta en este valiente mortal.

    Conjuraron al unísono. Sus voces se entremezclaron y resonaron por toda la habitación. Al concluir, deshicieron el agarre entre ellas y enterraron esas mismas manos en el pecho del gobernante, provocándole el peor dolor que jamás había experimentado.

    —Sangre por sangre.

    Heinri suspiró y respondió respetuosamente:

    —Al fin y al cabo, hacer algo que sabes que va a ser doloroso puede considerarse valiente, aunque también estúpido…

    Se dejó hacer. Le incomodaba la situación y el contacto de aquellas manos, cuyo tacto era extraño, pero las diosas le inspiraban un gran respeto por su poder y por el inmenso favor que le estaban haciendo, a pesar de que el precio sería muy alto. Sabía que aquello era solo una parte, aunque una de las más crudas que tendría que soportar: perdería el poder mágico que tanto orgullo le producía, aunque ya le serviría de poco.

    Tomó aire y cerró los ojos. Sintió que las manos rozaban su pecho, ardían y empezaban a atravesar todo su ser, terrenal y no terrenal. Apretó la mandíbula mientras el maná abrasador recorría su cuerpo y se drenaba hacia su centro, condensándose. Ahogó un grito de dolor para no asustar a su familia. En sus pensamientos volvía a su reina; las lágrimas se agolparon en sus ojos y resbalaron por sus mejillas.

    Pensó en sus pequeños, la fuerza que ahora lo empujaba a hacer cualquier cosa por ellos. Pensó en el Imperio que había levantado al convertir el reino de sus antepasados y que había hecho florecer, pero que ahora amenazaba con marchitarse o perderse en manos ajenas. Todo aquello le daba fuerzas para soportarlo.

    Exhaló. Sintió que las manos se retiraban lentamente, llevándose una parte de sí mismo. Entreabrió los ojos húmedos mientras el dolor, aún presente, comenzaba a disiparse. Entonces vio su maná convertido en un orbe entre las manos de la diosa: una parte de él y de su ser. Le habían prometido que conservaría temporalmente su transformación, pero aquel orbe era el recordatorio de lo que estaba por suceder.

    A duras penas consiguió mantenerse consciente antes de caer de rodillas, encogido por el dolor, mientras seguía llorando por lo perdido, por lo ganado a cambio y por aquello que quería proteger.

    Leilani se mantuvo expectante, intentando desconectarse de la realidad y contener el sentimiento de culpa que poco a poco empezaba a carcomerla. Una voz le reclamaba por haber expuesto a quien llamaba «amigo» a algo tan cruel. Gruesas lágrimas formaron ríos por sus mejillas rosadas; aun así permaneció en completo silencio, obligándose a mirar.

    Aracne se encargó de reunir por completo el maná y Athalanta de extraerlo; esta última sostenía finalmente el orbe entre sus manos. De la boca de Aracne, igual que de cada una de sus runas, salían columnas de humo.

    —Descansa, hermana mía —dijo Athalanta.

    Sostuvo el orbe con una mano, sin soltar a su hermana, y la ayudó a llegar al asiento más cercano. Poco a poco, ambas diosas recuperaron la apariencia con la que se habían presentado.

    —Lani… el humano…

    La voz de Aracne estaba quebrada. Era evidente que el procedimiento también le había resultado doloroso, aunque no tanto como al mortal.

    —Ni siquiera me explico cómo sigue con vida.

    Con los ojos cristalinos le rogó a su superior que ayudara al desdichado.

    Leilani estaba en un trance tan profundo que ni siquiera había notado que todo había terminado. Al oír a Aracne llamarla de aquella manera tan particular, una forma que solo usaba en ocasiones muy puntuales, volvió al presente y corrió a socorrer a Heinri.

    —Vamos, majestad, beba esto. Se sentirá mejor.

    De entre sus anchas mangas materializó un pequeño frasco de cristal que contenía algunas de sus propias lágrimas. Se lo entregó y sostuvo al rubio con suma delicadeza por los hombros. Su contacto era gentil y reconfortante, incluso maternal. Las palmas de sus manos brillaban con los colores del arcoíris mientras intentaba aminorar todo lo posible el dolor del emperador.

    Heinri, aún retorciéndose por el dolor y conteniéndolo en parte con su fuerza de voluntad, se aferró a lo que ella le ofrecía, confiando plenamente en Leilani. Bebió el contenido del frasco y, junto con el poder de la diosa, poco a poco recuperó cierta calma. Cuando se sintió algo mejor, se arrastró para apartarse y apoyarse en un sillón. Pasaron unos minutos entre resuellos pesados. Titubeó al intentar hablar, hasta que finalmente lo consiguió.

    —¿Qué más queda?

    A pesar de lo ocurrido, pensaba que cuanto antes acabara todo aquello, mejor.

    Las tres deidades se compadecieron del gobernante. Aracne, que ya había recuperado el aliento, tomó la palabra. Mientras hablaba, su hermana entregó a Leilani el orbe de maná.

    —Debemos traer a la niña. Lani hará el bucle temporal; nosotras ya nos vamos.

    —Aún no nos iremos —dijo Athalanta.

    La diosa, habitualmente recatada, se acercó a Heinri y lo ayudó a sentarse.

    —Ha soportado lo que ningún ser debería. Se ha ganado la estima de mi hermana y mi admiración. Su hija tendrá mi bendición.

    Lo declaró ante las miradas escépticas de las otras divinidades. Aracne caminó torpemente en dirección a su hermana.

    —¿Hablas en serio?

    —Muy en serio. Estoy segura de que también sentiste el amor que este hombre tiene por su familia y por su patria. Mira lo que ha llegado a soportar: es una recompensa merecida.

    La bendición de Athalanta era la bendición de la tierra misma. Era muy importante y pocas veces se había otorgado; aquella sería la primera vez que la recibiría un mortal.

    Heinri, algo pálido y con el brillo de los ojos apagado, observó con cautela la conversación de las diosas, distante y en silencio. Solo quedaba esperar. También quería descansar, pero faltaba poco.

    Leilani acunó el orbe entre los brazos. Escuchó perpleja las declaraciones de Athalanta, hizo levitar la condensación de maná y la colocó en el centro de la estancia. Después volvió a acercarse al rubio.

    —Heinri, ¿quién puede traer a la niña? Heinri…

    Intentó moverlo un poco para que reaccionara.

    —¡Heinri!

    Al verlo ido, se alarmó. Dejó fluir más de sus preciadas lágrimas, llenó el frasco hasta arriba e hizo que el emperador bebiera hasta la última gota.

    Heinri parpadeó; apenas podía mantenerse despierto. No sabía cuánto tiempo había pasado mientras Leilani le daba más de aquel líquido revitalizador, pero se sentía falto de energía. Al volver un poco más en sí, reaccionó a la pregunta.

    —E… Emma…

    Lo murmuró, apoyándose en el lateral del sofá y sosteniéndose la cabeza con la mano. Hizo un gran esfuerzo por volverse hacia Leilani, preocupado.

    —Emma puede traerla… La niña… ¿Ella estará bien, verdad? Lo prometiste…

    Recordó que había visto a Emma esperando fuera y sabía que no andaría muy lejos.

    Leilani se relajó al ver reaccionar a Heinri.

    —Bien… Yo diría que estará más que bien.

    Le sonrió para tranquilizarlo y buscó la mirada de las diosas gemelas. Ambas asintieron en dirección al rubio. Athalanta puso una mano en el hombro de la mujer de cabello azul, como muestra de apoyo.

    —Ve, nosotras nos quedaremos con él —dijo en tono amable.

    —No debes preocuparte… vivirá —secundó Aracne.

    Leilani recobró un semblante relajado y salió al encuentro de Emma, a quien descubrió justo detrás de la puerta. La cerró con sumo cuidado para no permitir que la otra mujer mirase dentro.

    Navier y los niños estaban descansando en sus respectivos lugares. Emma había regresado a vigilar la misteriosa habitación. Al escuchar el ruido de la puerta, se puso en guardia y apuntó con su cuchillo más afilado a la mujer.

    —¿Qué se le ofrece? ¿Dónde está el emperador?

    Le cuestionó en tono amenazante, aún sabiendo que se trataba de una divinidad. Leilani no pareció inmutarse. Con solo rozar el cuchillo con un dedo, lo reemplazó por una flor.

    La conversación fue tensa. Emma hizo muchas preguntas y recibió respuestas monosilábicas que no terminaban de convencerla; pero tenía órdenes de ayudar. Se apresuró a traer a la niña y, todavía desconfiada, se la entregó a la dama, que la tomó con sumo cuidado antes de regresar al interior.

    Heinri se mantuvo atento, aunque a duras penas podía observar la puerta. Unos momentos se le hicieron eternos. Cuando vio entrar a Leilani con la niña, sintió cierto alivio. Aun así, quería asegurarse de ser el único en padecer con todo aquello.

    —¿Todos están bien? —preguntó en un hilo de voz, mirándolas.

    Leilani llevó a la niña hasta la cuna que había hecho a su llegada. Miró de reojo al gobernante, que parecía haber recuperado una ínfima parte de sus fuerzas.

    —Todos están perfectamente. Concéntrese en descansar.

    Dejó paso a sus compañeras, que ya se acercaban a la pequeña.

    Heinri suspiró y se relajó un poco en el sillón. Pero apenas cerraba los ojos un instante, volvía a prestar atención a cuanto ocurría junto a su hija.

    Las hermanas intercambiaron una mirada al llegar frente a la niña. Se tomaron de las manos y, al mismo tiempo, desplegaron unas hermosas alas blancas.

    —Confío en ti —dijo Aracne con un gesto cargado de cariño dirigido a la diosa del espacio.

    Athalanta habló a la pequeña sin soltar las manos de su hermana. Ambas empezaron a flotar, rodeadas por pequeños granos de arena y brillantes partículas verde lima que aparecieron en la estancia.

    —Gentil princesita, Lylarain… A cambio del dolor de tu padre, de los gritos que no profirió y de las lágrimas que le vencieron, de ningún padecimiento sufrirás. Por dieciséis años, ni una sola penuria conocerá tu corazón y el maná que corre por tus venas madurará.

    Las flores de la cuna empezaron a expandirse por la estancia. Todo el ambiente se volvió lo opuesto a lo que se había visto antes: gentil, pacífico y bello.

    —Mi don especial para ti será la plenitud.

    Cada diosa dio un pequeño beso en la mejilla de la niña: Aracne en la derecha y Athalanta en la izquierda, al contrario de cuando habían tomado las manos del rubio. Esta vez Aracne le otorgó vitalidad y Athalanta extrajo cualquier afección presente, pasada o futura.

    Las gemelas se separaron de la niña y desaparecieron convertidas en pequeñas gotas de agua. Un coro angelical precedió su partida. Su don encantador le concedía dieciséis años sin dolor y el control total del maná, algo que envidiaría el mejor mago de la nación.

    Heinri abrió un poco más los ojos y escuchó con atención lo que decían las deidades. Soltó un leve suspiro de agrado. Al menos su esfuerzo no era en vano. Sonrió un poco, pese al dolor que todavía le presionaba el pecho. Al menos, su hija tendría una preocupación menos.

    Cuando se quedaron a solas con el emperador y la niña, Leilani sostuvo a esta última.

    —Dulce princesita. Lylarain… Mi don para ti será…

    En ese instante un fuerte ventarrón azotó la habitación. Leilani acunó a la bebé contra el pecho y lo usó como escudo para protegerla. El cabello se le alborotó; algunas flores volaron por las ventanas y a duras penas podía mantener los ojos abiertos.

    Sabía lo que significaba: ella había llegado.

    Heinri notó que algo ocurría e intentó ponerse en pie, sin mucho éxito. Ver a Leilani sosteniendo a la niña le produjo alivio, pero se mantuvo alerta, afianzado al sillón.

    Una fuerte risa resonó en la estancia y un pequeño tornado en forma de mujer apareció frente al hombre, todavía débil.

    —Esta sí que es una reunión brillante, emperador Heinri I.

    La mujer terminó de materializarse. Sus iris violáceos y los cuernos que tenía sobre la cabeza le daban un aspecto más demoníaco que divino.

    —La realeza…

    Hizo una sutil reverencia, cargada de sorna.

    —La nobleza…

    Se señaló a sí misma, llevándose el índice al mentón. Antes de terminar la frase, soltó una carcajada y dirigió a Leilani una mirada de reojo con fingido desprecio.

    —Y qué singular… Hasta la gentuza.

    Heinri se preocupó por la forma en que había llegado aquella entidad y le pareció excesivamente grosera. La actitud protectora de Leilani le indicó que debía estar alerta. Se mantuvo firme en lo posible a pesar de la debilidad, la miró sin inmutarse y trató de ocultar que apenas podía moverse.

    —Bienvenida… Debe ser nuestra última invitada, supongo.

    Miró de reojo a la líder de las diosas y luego mantuvo la vista en la recién llegada, esperando indicaciones. No se dejaría amedrentar.

    Leilani sabía que no debía acercarle a la niña: aunque tenían un acuerdo, Aeolus era impredecible y su aparición lo dejaba claro. Dio un par de pasos hacia atrás antes de asentir a la afirmación del gobernante.

    —Su honorable excelencia…

    Se obligó a presentar a la deidad.

    —La diosa del viento y lo incierto, Aeolus.

    Se aclaró la garganta.

    —Se supone que no nos acompañarías, aún.

    La mujer celestial juguetona tomó asiento en el aire, cruzando las piernas mientras fingía indignación. Tiró de uno de sus mechones de pelo.

    —Oh, qué embarazosa situación. En tal caso será mejor que me vaya.

    Fijó los ojos en el mortal. Le había gustado la manera en que le había hecho frente.

    Heinri mantuvo la atención en las diosas, extrañado, pero sin perder la firmeza. Si Leilani decía que Aeolus no debía estar allí, ¿sería mejor dejar que se marchara? ¿Realmente lo haría? ¿No debían acudir ya todas las diosas? Buscó la mirada de la líder para saber qué hacer.

    Aeolus se encogió de hombros y se dio la vuelta con intención de irse. Un escalofrío la hizo mirar por encima de su cabeza. Allí encontró el orbe.

    —Mariposa astuta…

    La ira se le instaló en el rostro, aunque intentó disimularla. Creyó que Leilani no cumpliría con su parte del trato. Interpretó aquel orbe como el alma de ave de Heinri y, cegada por la sensación de traición, ni siquiera se molestó en comprobarlo.

    —Pupupu… Es más…

    Sonrió de forma escalofriante mientras el viento volvía a descontrolarse.

    —Para demostraros mi buena voluntad… Yo también concederé un don a la niña.

    Caminó en dirección a la mujer de cabello azul. La líder del clan invocó rápidamente su lanza y la apuntó contra la diosa furiosa.

    —¡Oíd bien, emperador!

    Aeolus alzó los brazos. Una terrible ventisca sopló y quebró levemente la defensa de Leilani. El vendaval se apoderó del lugar.

    —La princesa crecerá dotada de salud y su reinado será virtuoso. Podrá ser amada por cuantos la conozcan… Pero al cumplir los dieciséis años, antes de que recupere la libertad, regresaré por su alma de ave y me la comeré.

    Rió escandalosamente.

    —¡Jah, jah, jah, jah, jah!

    El clima regresó a la normalidad.

    En aquel momento Heinri entró en furia, aunque todavía le fallaban las fuerzas. Con una sonrisa malévola, sin moverse un ápice y mirando fijamente a la diosa, continuó hablando con calma. Eso hizo que sus palabras resultaran aún más impactantes.

    —Será una diosa… Aunque parezca, como usted misma dijo, chusma.

    Hizo una pausa intensa.

    —Pero como ose tocar ni el más mínimo cabello de mi hija, le aseguro que removeré cielo y tierra. Reuniré a todas las deidades si es necesario y la arrancarán de cada parte de su cuerpo, de sus poderes y de su alma… Parte por parte. Hasta dejarla sin nada más que sus oídos para escuchar cómo todos se ríen de usted.

    Se movió ligeramente para apoyar el rostro en una mano, todavía con aquella sonrisa maligna. Sabía que quizá estaba jugando con fuego, pero fuego era precisamente lo que corría por sus venas en aquel momento.

    —Así que no ose siquiera pensar en hacer algo fuera de lo acordado o dañar a los míos. Porque, al igual que la líder de las diosas ha accedido a concederme este favor, le aseguro que puedo poner de mi parte a los seres más poderosos. Y volver del mismísimo infierno si es necesario para hacerla sufrir lo inimaginable…

    Un breve silencio siguió a sus palabras.

    Leilani mantuvo la distancia, esperanzada en que Aeolus se marchara sin causar problemas. Era evidente que había un malentendido, pero eso no justificaba que la diosa desafiara su autoridad y mucho menos que hiciera daño a la princesa.

    —Aeolus… Detente en este instante.

    Le apuntó con la lanza celestial a la garganta, tratando de impedir que pronunciara aquella maldición. Aeolus no le hizo el menor caso. Cuando terminó, Leilani estuvo a punto de reprenderla, pero Heinri se le adelantó. Miró al bebé que tenía en brazos, avergonzada; aquello no quedaría así.

    La diosa abrió los ojos, sorprendida. Aeolus parecía estar entre asustada, enojada y fascinada; Leilani podía sentirlo. El emperador la había confundido con sus palabras. Aprovechó la distracción y lanzó su arma hasta cortarle el brazo a la deidad, haciéndola «sangrar». Por las venas de las diosas no corría sangre, sino aquello que estuviera a su cargo; en el caso de Aeolus, era aire.

    —Aeolus, este ha sido tu último acto de insubordinación…

    La miró con severidad.

    Heinri sonreía complacido. Estaba claro que aquella acción de la líder de las diosas daba más peso a su amenaza.

    La poderosa diosa del viento, la despiadada diosa de lo incierto, se quedó en shock. ¿Cómo se atrevía aquel mortal a dirigirle la palabra y, mucho más, a amenazarla? Era una experiencia totalmente nueva. Sintió… ¿miedo? Salió de su estupor cuando el dolor del corte le recorrió el cuerpo y la hizo tambalearse.

    —¡Atrás!

    Advirtió con las manos temblorosas, mirando del rubio a la líder, sin saber qué hacer. Al verse acorralada, no se le ocurrió nada mejor que transformarse en un tornado y desaparecer. Se llevó consigo la zozobra del castigo que le esperaba. Lo supo perfectamente; habría jurado que lo vio en los ojos de Leilani.

    Heinri había observado con firmeza a la diosa e incluso había amagado con levantarse, aunque apenas tenía fuerzas. La crueldad de su mirada dejaba claro que la amenaza no era vacía y que estaba dispuesto a todo. Sin embargo, al verla desaparecer, volvió a desplomarse sobre el sillón, desinflado y sin fuerzas, respirando con dificultad. Sonrió triunfalmente hacia Leilani, sabiendo que todo estaría bien, y asintió para hacerle saber que, dentro de lo posible, se encontraba bien.

    —Cobarde… —susurró Leilani para sí al ver huir a Aeolus.

    —¡Majestad!

    Se acercó rápidamente al percatarse de que el rubio se había desplomado. Suspiró aliviada cuando él le sonrió victorioso. Depositó a la princesa en la cuna y, mirando al emperador, hizo una marcada reverencia, apoyándose en las rodillas e inclinando la cabeza.

    —Le ofrezco mis más sinceras disculpas. Enseguida lo enmendaré.

    Se irguió de nuevo y sujetó su lanza, que permanecía suspendida justo bajo el orbe.

    —Dulce princesita, si por ese desdichado embrujo te han de quitar tu alma de ave… Que haya un rayo de esperanza: ese será el don que te concedo. No serás tú la afectada; la fatal profecía será pagada con el alma de tu padre.

    Llevó la mano libre al corazón.

    —Y, a cambio, él obtendrá una cálida eternidad junto a su amada.

    Entonces atravesó con la lanza el orbe de maná. Este estalló como una burbuja, dando inicio al bucle temporal. Un coro angelical, más armonioso que los anteriores, llenó la estancia:

    «Nunca olvides de tus padres el amor».

    En aquel momento Heinri sintió calma. Supo que todo estaba hecho y pudo descansar durante largo tiempo. Poco a poco se sintió mejor y pudo llevar una vida relativamente normal, aunque más débil y sin su magia. Solo conservaba su forma de ave… de momento. Pero estaba con su familia. Vería crecer a sus hijos y estaría por siempre con su esposa en aquel lugar.

  • Recuperación de los documentos del Imperio

    Recuperación de los documentos del Imperio

    Durante la celebración de la boda de Calíope y Gojo, Crow se apartó discretamente de la sala. Ya había cumplido con las cortesías necesarias y no quería que su ausencia llamara la atención. El festejo continuaba a sus espaldas mientras él se encaminaba a ocuparse de un asunto urgente.

    Le habían informado de que una de las secretarias imperiales, testigo del caos que se había apoderado del palacio, había conseguido poner a salvo los documentos más importantes. Los había sacado de allí para mantenerlos lejos de las manos del regente en funciones y los guardaba en la mansión. Crow sintió un profundo alivio al saber que aquellos registros seguían a salvo, lejos de miradas indiscretas.

    No eran simples papeles. Entre ellos se guardaban datos sobre el clan y la línea de sangre de la familia real, además de registros, leyes y otros asuntos esenciales para la seguridad y la continuidad del Imperio. Y ahora los herederos necesitarían ese conocimiento para prepararse. Los documentos debían llegar a Heinri antes de que comenzara el proceso; no había tiempo que perder.

    Crow se dirigió a la casa principal y localizó la entrada del sótano. Con la llave en forma de pluma que llevaba consigo abrió la puerta y bajó las escaleras. En el lugar donde los habían resguardado encontró los documentos intactos.

    Con cuidado, pero sin demorarse, los reunió en una biblioteca portátil oculta por medio de un mecanismo mágico en aquella pluma estilográfica. La misma con que los habían sacado del palacio. Ya tenía lo necesario para llevarlos ante el emperador Heinri y poner a su disposición los registros que protegerían el futuro de Occidente.

    Volvió discretamente a su carruaje y emprendió el camino esa misma noche. La celebración quedaba atrás; su prioridad era llegar hasta Heinri y entregarle los documentos cuanto antes.

  • Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas

    Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas

    «Sacrificaré lo que sea necesario por aquello que me importa.»

    Cuando Heinri recibió el informe de Crow sobre la situación en Occidente, las intenciones inciertas de Reinfallen y el inestable estado mental de Verunt, se preocupó enormemente.

    La situación de la emperatriz era extremadamente delicada, sobre todo después del nacimiento de sus pequeños polluelos. Heinri temía por ella. Regresar no era una opción, pero dejar el Imperio a su suerte por más tiempo tampoco era factible.

    Por ello, había enviado a Crow de regreso con la orden de buscar ayuda… de una deidad. Ella podría darles el tiempo necesario.

    Por su parte, Heinri necesitaría contar con todo el apoyo posible para el plan que empezaba a gestar. Tenían que recuperar el control del Imperio.

    Desde el lugar donde se encontraba, lejos del Imperio, hizo un llamado para encontrar gente de su total confianza para una misión de suma importancia.

    Debían ponerse en contacto con él lo antes posible.

    Ahora solo quedaba esperar que ella respondiera a su petición.