Después de hablar con Heinri, Leilani desanduvo el camino hasta llegar al océano que separaba los continentes de Wol y Hwa.
Dicen que todo lo que sube tiene que bajar; en este caso, el procedimiento era inversamente proporcional. Aún en forma de ave, se dejó caer en picado sobre las aguas cristalinas para aparecer unos metros por encima de los dominios del clan celestial.
Desde allí contempló el lugar, ya conocido: una isla flotante de aspecto minimalista, cubierta por inmensas nubes cumulonimbos. En la punta de la edificación más alta flotaba una aureola que identificaba a las diosas como señoras de la isla.
Mientras descendía lentamente, su apariencia fue cambiando. Un hechizo hacía que toda diosa que cruzara los límites del paraje mostrara su verdadero rostro. Así se aseguraban de que los acuerdos alcanzados allí fueran plenamente confiables.
Leilani aterrizó en el centro de la laguna principal. Un grupo de mariposas la recibió con gran alegría.
—Queridas mías, tenemos trabajo que hacer.
Tras aquel rápido saludo, la de cabellos azabaches desplegó sus enormes alas blancas y voló a toda velocidad hacia su despacho.
La líder del clan poseía un gran libro con la descripción y una ilustración de origen humano de cada diosa nombrada, jubilada o sepultada. Cuando solicitaba la presencia de una deidad, el protocolo consistía en enviar cartas parecidas a cartas del tarot. En una cara llevaban el grabado de la apariencia y el seudónimo de la diosa convocada; en la otra, el sello y la firma de quien hacía la solicitud.
Ese día envió tres cartas: a la Oculta, a la Indescifrable y a las Gemelas. Solicitaba su presencia con suma urgencia. Las cartas llevaban el sello de una mariposa y estaban firmadas por la líder en persona; negarse al llamado se consideraría insubordinación.
La primera en acudir fue Eos, la siempre dulce Luz Oculta, diosa de la aurora y el destino. Se arrodilló ante la líder en señal de respeto.
—Mi señora, estoy a su disposición.
Leilani miró a la joven con una sonrisa complacida.
—Siempre tan eficiente, pequeña. Ponte cómoda.
Su despacho era amplio, demasiado para su gusto, y no tenía techo, de modo que Vixcen, el dragón que la protegía, pudiera entrar sin dificultad. Había muebles cómodos para las invitadas, un escritorio de madera y, junto al ventanal principal, un estanque de agua tan transparente como nunca había visto ojo mortal. Desde allí, Leilani podía vigilar cualquier lugar de cualquier universo.
—Las otras no deben tardar.
Permaneció de pie frente a la recién llegada.
Tal como Leilani había previsto, las siguientes diosas llegaron pocos minutos después. Sus quejas interrumpieron la conversación que ella mantenía con Eos.
Aracne, una de las Gemelas del Tiempo y el Espacio, se acercó refunfuñando. Athalanta, su hermana, hizo una reverencia pulcra.
—Nosotras ya nos jubilamos, oh gran señora —dijo Aracne con ironía—. Nuestras hijas son quienes ahora se encargan de los aspectos que alguna vez fueron nuestra jurisdicción.
Leilani suspiró con una pequeña sonrisa ante su actitud rebelde.
—Tan enérgica como siempre, Aracne. Athalanta, levanta la cabeza; no voy a castigar a tu hermana ni nada parecido.
La gemela más sumisa parecía asustada. En tono benevolente, Leilani añadió:
—Les explicaré la razón de mi decisión.
Dibujó varias figuras en el aire. Quedaron suspendidas frente a las tres diosas como hologramas. Representaban un palacio en medio de la arena, cubierto por una cúpula.
—Lo que haré es magia muy antigua. Por eso las he llamado a ustedes y no a sus descendientes.
Leilani les explicó el plan y por qué era esencial llevarlo a cabo para mantener el orden en el universo. Destacó especialmente la conexión entre los reinfallenses y las criaturas oscuras. Luego dirigió la mirada rojiza hacia el estanque.
—Es nuestro deber proteger ese imperio. ¿Has entendido, Aeolus? La Indescifrable.
La diosa que faltaba emergió del agua estancada.
—Vaya, vaya… Pupupupu —dijo Aeolus, sonriendo con malicia al saberse descubierta—. Perspicaz mariposilla.
Salió por completo de la poza. Un grupo de mariposas cruzó la puerta con una toalla para ella, pero Aeolus la rechazó. Generó una ráfaga de viento tan fuerte que alejó a los insectos y la secó de paso.
—Malditos bichos —murmuró con asco.
Después sonrió con hipocresía a la líder del clan y se inclinó ante ella.
La aparición de Aeolus alteró a Athalanta, que buscó refugio junto a su hermana.
—Me sorprende que aún no te hayan destituido por tu insolencia, Aeolus —dijo Aracne.
—Cállate, la harás enojar —susurró Athalanta con temor.
Las gemelas tenían el cabello tan rojo como el fuego, a juego con sus iris. Eran casi idénticas e imposibles de distinguir, salvo por la mirada gentil de Athalanta.
—Ajem. Deidades, por favor —intervino Leilani, intentando poner orden—. Si tienen alguna pregunta o queja, este es el momento.
Habló con firmeza para prevenir un enfrentamiento. Era bien sabido que Aeolus disfrutaba haciendo sufrir a Athalanta. En el pasado había enviado sequías a los campos protegidos por la diosa del espacio; tormentas inesperadas habían azotado más de una selva que ella diseñaba, y, durante los primeros asentamientos humanos, terremotos inclementes se habían llevado decenas de vidas. Aquello provocaba las lágrimas de Athalanta y la ira de Aracne.
Aeolus levantó la mano para pedir la palabra.
—Oh, sí. Yo, yo —dijo, fingiendo una expresión tierna que enseguida se convirtió en una mueca maliciosa—. ¿Qué gano a cambio?
Aeolus era una de las diosas más hermosas, pero también de las más juguetonas. Sus cabellos violáceos caían en espirales hasta la cintura. Tenía los labios carnosos y jugosos, aunque sus besos eran veneno puro.
—No se hagan las inocentes; todo tiene un precio. Me tomé la molestia de investigar sobre este emperador.
Una ventisca atravesó la estancia y susurró en los oídos de todas.
—Hace mucho que no devoraba un alma de ave…
La diosa se lamió los labios y sonrió de oreja a oreja al ver que Leilani asentía.
—Jujumm.
Rió escandalosamente. Athalanta se escondió tras su hermana, una reacción que no pasó inadvertida para Aeolus.
—¡Buh!
Se acercó a las gemelas y las asustó. La diosa del espacio gritó y la del tiempo se enfureció, dispuesta a golpear a Aeolus en la cara.
Leilani había escuchado con atención la petición. Ya la esperaba. Conocía las peculiaridades de sus diosas: las gemelas necesitaban maná porque no podían alterar el curso natural de las cosas con su propia energía. Hacerlo se consideraría un acto egoísta y una traición a las leyes universales, y serían borradas de la existencia.
Aeolus era la única de las deidades aún vigentes que pedía tributo a cambio de una bendición; disfrutaba especialmente de las almas mágicas. Eos, que había observado la reunión sin intervenir en el conflicto, necesitaba mantener al heredero en un lugar controlado para encaminarlo hacia el mejor destino posible.
Leilani percibió a tiempo las intenciones de Aracne y se interpuso entre las diosas, invocando su lanza celestial.
—¡Basta! Nada de peleas en mi despacho.
Su tono fue autoritario. Su mirada carmín, intensa y desafiante, se dirigió a Aeolus.
La única que aún permanecía tranquila, sentada y serena, se puso en pie. Era Eos, de radiante cabellera dorada.
—El sol está a punto de esconderse; no tenemos tiempo que perder. Señoras, es solo una niña. No veo necesario presumir nuestras apariencias divinas una vez en el sitio.
Su semblante reflejaba determinación y su voz, aunque gentil, era decidida.
—Leilani, diosa entre diosas, permítame ser quien primero bendiga a la pequeña.
Que más de dos diosas se reunieran en un mismo salón siempre terminaba en un enfrentamiento sin sentido. Que Eos estuviera allí para apoyarla era un gran alivio para Leilani.
—Muy bien. Eos, partirás conmigo de inmediato. Para las otras, hay una réplica del anillo que les permitirá entrar al oasis. Está en mi escritorio, sobre la ilustración de cada una.
Leilani caminó hasta colocarse junto a la diosa rubia. Eos se apresuró a tomar la sortija que le correspondía.
—Me aseguré de que cada anillo solo pueda ser sostenido por la deidad para la que fue diseñado.
Leilani miró a Aeolus.
—No gastes fuerzas intentando llevarte el anillo de Athalanta.
Se sostuvo el puente de la nariz, agotada, y se dirigió a las tres diosas sin centrarse en ninguna en particular.
—El anillo se romperá cuando salgáis del área después del ritual. Aseguraos de no olvidar nada.
Una luz cegadora envolvió a Leilani y a Eos y las transportó sobre una de las dunas del ducado de Luipt. Allí, Leilani se transformó en mariposa y Eos en abeja. Ambos insectos emprendieron el viaje sin demora.

