Tengo recuerdos desde muy pequeña. Quizá se debieran a las bendiciones de las diosas o a la inteligencia que heredé de mis padres, que, por supuesto, son geniales.
Recuerdo perfectamente aquellos primeros años, cuando todo eran juegos con papá, mamá y mi hermano.
Teníamos espacio suficiente para nosotros, que éramos tan pequeños, y siempre dormíamos con mamá y papá. A veces lo hacíamos en forma de aves, arrullados por nuestro padre y bajo el cálido amparo de sus alas.
Nos alimentaban y cuidaban con muchísimo cariño, igual que Emma y los demás sirvientes de la casa. No nos faltaba nada; crecimos rodeados de amor y atenciones.
Fue la época más tranquila: sin obligaciones, sin saber gran cosa de lo que ocurría a nuestro alrededor y con la inocencia de quien desconoce su aislamiento. Para nosotros, aquel pequeño rincón del mundo era más que suficiente para dar nuestros primeros pasos y aventurarnos. Yo, sobre todo, exploraba cada rincón del jardín durante nuestros juegos.
A menudo papá tenía que salir a buscarme, porque en cuanto podía echaba a volar a cualquier sitio y me escondía entre risas.
Hice muchas travesuras —de nuevo, sobre todo yo—. Me podía el deseo de tocarlo y observarlo todo, de aprender cómo funcionaban las cosas. Mis manitas iban a parar a cuanto objeto tuviera cerca, y eso me valía algunos regaños cariñosos.
Fue la etapa más feliz de mi vida. Siempre la recordaré con cariño.


