Empezábamos a ser algo mayores. Aún nos quedaba mucho tiempo para jugar y disfrutar de momentos de descanso con nuestra pequeña familia: nuestros padres y quienes vivían con nosotros en el palacete y estaban siempre pendientes de nosotros.
A papá y mamá les gustaba leernos libros, aunque cada uno elegía historias muy distintas. De hecho, papá a menudo nos leía algunos a escondidas; parecía que a mamá no le gustaban todos.
Recuerdo que nos contaba con frecuencia una historia. Era mi favorita porque su protagonista se llamaba como yo.
¿Habría sacado papá de ahí mi nombre? A mamá no le hacía mucha gracia…
Algunas noches, a escondidas, mi hermano y yo trepábamos a las rodillas de papá mientras nos leía aquel libro antiguo, misterioso y de aspecto arcano. Contaba la historia de Lylarain LaCroix, la más temida de los drow, los elfos oscuros que vivían en las profundidades del submundo.
Los drow eran una raza de estructura matriarcal y seres malignos que no dudaban en hacer lo necesario para acabar con sus enemigos. Falsos y terribles, desconfiaban hasta de su propia sombra.
Por sed de poder, Lylarain traicionó a toda su casa y quedó sola. Se alzó como una de las sacerdotisas drow más poderosas. Junto con un grupo de mercenarias, emprendió una campaña para conquistar la superficie y se enfrentó a poderosos héroes. Arrasaron poblaciones enteras sin importarles la edad de sus habitantes, en busca de artefactos que le dieran más poder.
El libro narraba explícitamente las atrocidades que cometían para alcanzar sus objetivos.
Lylarain atacó la superficie junto con su amado, a quien dominaba y mantenía sometido. Él perdió la vida allí. En un arrebato de rabia, ella y las criaturas del submundo perpetraron una masacre.
Al final del libro, Lylarain resultaba herida y se retiraba de la batalla. Antes de marcharse, se llevaba una mano al vientre y anunciaba:
«Esto no acaba así. Mi vástago vendrá y terminará lo que yo empecé…»
Muchas veces mamá nos sorprendía a mitad de la lectura. Sabíamos que a papá le esperaba un buen regaño, quizá incluso un castigo, aunque todavía éramos pequeños para entenderlo bien.
Aquel libro me fascinaba, pero papá nunca me dejó tocarlo y lo cuidaba con mucho esmero.
A medida que crecíamos, papá lo leía menos. Empezamos a dedicar mucho tiempo al estudio para prepararnos para el futuro que sabíamos que nos correspondía. Poco a poco fueron introduciéndonos algunas lecciones: aprendizajes básicos, lectoescritura, algo de manejo de la espada y entrenamiento físico, casi siempre en forma de juegos.
Aún no entendíamos bien todo lo que implicaba la situación en la que nos encontrábamos.




