2 – El Examen

La Sacerdotisa del Oráculo, cuyo nombre era Alaia, partió con la niña tras la ceremonia de presentación, dejando a sus padres tristes. Aunque a la vez  se sentían esperanzados pensando en que aquello era lo mejor para su hija.

Alaia decidió tomar el viaje con mucha calma. No tenían prisa por llegar, ya que la niña no podría comenzar su formación en el templo hasta que fuese algo más mayor.

Viajaron a pie la mayor parte del trayecto, parando en donde les daban asilo. A veces en posadas, a veces en graneros, a veces en pequeños templos. En ocasiones apenas paraban de caso, sin embargo en otros lugares se quedaban unos días, y en otros hasta varios meses.

Y así fueron pasando los años.

Aprendizaje

Durante el trayecto fue enseñándole muchas cosas. La pequeña aprendió a caminar, a hablar y a escuchar. También a escribir y a leer. Le enseñó historias, leyendas, las escrituras sagradas de los distintos dioses. Y  enseñándole también a rezarles y a confiar en ellos.

Y aquel bebé fue convirtiéndose poco a poco en una niñita dulce e inteligente bajo su cuidado.

Pasaron por multitud de lugares, donde conocieron gente a la que siempre intentaban ayudar en lo que podían antes de proseguir con su camino.

Y viajaron y viajaron… hasta que Taisa tendría ya unos 8 años cuando por fin avistaron su destino, la ciudad de Pontiveia, capital del reino de Mideralia.

Realmente no era una ciudad muy grande, apenas parecía un adorable pueblecito comparada con otras. Pero tenía su encanto. Toda con casas sencillas de poca altura, sus castillos, y las torres de la catedral resplandeciendo a lo lejos bajo el sol de la mañana.

Se detuvieron al llegar ante las grandes puertas de la ciudad. Alaia, que llevaba a la niña cogida de la mano, la soltó para ponerla frente suyo.

La observó de arriba abajo para asegurarse de que fuese bien arreglada. Le atusó un poco el cabello, y sonriendo le dijo:

– Muy bien, Taisa, ahora tendrás que entrar sola y hacer caso a las indicaciones que te den, ya que toda persona que llega aquí por primera vez debe pasar unas pruebas. Nos encontraremos de nuevo en la catedral.

Tras decir esto, entraron por las grandes puertas que daban a un enorme recibidor con paredes de piedra, donde un par de guardias las saludaron amablemente.

En la sala había un mostrador también de piedra, y varias enormes puertas de madera. Algunas cerradas y otras abiertas.

Alaia se despidió de la niña con un gesto, y se marchó por una de aquellas puertas, dejando a Taisa frente a al mostrador al que casi no llegaba a ver, donde en un letrero se podía leer “Recepción”.

– Bien, bien, qué tenemos aquí …

Dijo una voz amigable al otro lado del mostrador. A lo que Taisa se puso de puntillas para ver a quien le hablaba, encontrándose con una señora de avanzada edad con cara redonda y cabello grisáceo de apariencia bonachona. Llevaba unas gafas pequeñitas de leer sujetas al cuello por una cadenita plateada.

– Ah, bien, es nueva aquí por lo que veo.

La niña asintió levemente, y la señora revisó sus documentos y le acercó una hoja a la niña

– Bien, pon aquí tus datos, pequeña.

Taisa tomó la hoja y la completó con la pluma que también le facilitó la señora, apoyándose sobre el lateral del mostrador. Cuando acabó, lo entregó de nuevo a la señora.

– Muy bien. Un momentito.

Le dijo sonriendo, y se paró unos segundos a leer la hoja. Revisó en un grueso libro que tenía sobre la mesa. Y de nuevo la hoja.

– Oh… Vaya.

Murmuró sorprendida la ancianita. Dejó las gafas sobre su libro, e hizo una pequeña reverencia sincera, ligeramente avergonzada.

– La  estábamos esperando, señorita Taisa, ahora si es tan amable, pase a la sala de la derecha.

La siguiente sala parecía un aula de colegio. Como los que había visto en otras ciudades durante el viaje. Con varios pupitres con sus bancos de madera, cada uno con su pluma y su tintero.

El sol ya entraba a raudales en la sala por unos amplios ventanales, tras los que se veían interminables prados verdes. Se sentó en un banquito y miró alrededor. En seguida apareció de nuevo la señora del mostrador llevando más hojas, que dejó frente a Taisa, que lo miraba todo extrañada y un poco aturdida.

– Muy bien, complete esto, y cuando haya terminado tráigame los impresos, por favor.

Tras decir esto, volvió a marcharse haciendo otra reverencia.

Ahora, sola de nuevo en aquella sala, miró con detenimiento las hojas, y vio que era un cuestionario. Las preguntas eran bastante curiosas, sobre gustos, qué harías en determinadas situaciones y cosas así ¿A qué venía aquello?

Fue contestando a todo y volvió de nuevo al mostrador, donde aupándose de nuevo de puntillas, dejó sobre la mesa las hojas. La señora las tomó con cuidado, y las sacudió ligeramente para que la tinta terminase de secarse.

Comenzó a leerlas, mirando también otros papeles que tenía sobre la mesa, mientras murmuraba y asentía con la cabeza satisfecha.

– Ajá, está claro. Todo en orden, señorita Taisa. Tal como era de esperar los resultados del test confirman su aptitud para ser Sacerdotisa de la Luz, es decir, Sanadora. Puede dirigirse ahora a la catedral para solicitar su inscripción para iniciarse como acólita.

Señaló una puerta con la mano.

Taisa se dirigió en la dirección indicada ensimismada y aturdida por tantas cosas nuevas.

Ella sabía que el objetivo de su viaje era llegar allí, pero aún no sabía a ciencia cierta que era para formarse como Sacerdotisa.

¡Ni mucho menos se esperaba un examen! De hecho, nunca había hecho uno hasta ahora.

Y lo que más daba vuelta en sus pensamientos era aquella palabra que acababa de escuchar por primera vez: “Sanadora”.

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