3 – Pontiveia

Taisa salió a la calle desde la penumbra de la sala de exámenes, hacia la ciudad. Y tuvo que entrecerrar los ojos por la intensa luz con que el sol de media mañana bañaba las calles de Pontiveia.

Cuando su vista se acostumbró de nuevo a la claridad, pudo entonces observar con detenimiento el lugar.

Y así pudo confirmar viéndola ya desde dentro de las murallas, que la ciudad era realmente encantadora. En general se veía una ciudad viva y alegre.

El empedrado blanco y brillante de las calles contrastaba con el verde césped que cubría grandes áreas del suelo de la ciudad. Las casas estaban hechas de piedra y de madera sobre todo, y algunas encaladas. Casi todos los edificios eran de una sola altura, o dos como mucho. Y la mayoría de las casas tenían flores adornando las ventanas. Sólo destacaban especialmente en altura la catedral y el castillo.

Iba caminando guiándose por la torre de la catedral, que se divisaba en la otra punta de la ciudad. Aunque realmente no parecía estar muy lejos.

Acercándose hacia al centro que tendría que atravesar, se escuchaba bastante ajetreo, y comenzaba a verse bastante gente. Allí había una amplia plaza redonda, que parecía que la gente utilizaba como punto de reunión.

Los lugareños se amontonaban en grupos. Algunos sentados en los bancos que la circundaban, en el césped, o incluso de pie parados charlando. También había algunos puestos de mercaderes ofertando sus artículos a viva voz. Y gente entrando y saliendo de los comercios de la plaza.

Le pareció un lugar muy animado. Y dio una vuelta observando los artículos tan variopintos que vendían.

Continuó su camino hasta que las casitas dejaron paso a la plaza de la catedral, y al fin pudo verla entera.

Allí se quedó un rato parada observándola. Era bastante más pequeña de lo que parecía a lo lejos, realmente. Aunque debía ser por comparación con los demás edificios. Hacía juego con aquella pequeña ciudad.

Tenía, como era habitual en las catedrales, enormes ventanales con cristaleras de colores. Continuó hacia el interior, para ver cómo la luz entraba teñida por los cristales, bañando todo de colores.

Era precioso, y no podía hacer otra cosa que sonreír observando aquel hermoso efecto, e incluso se acercó a donde la luz caía para poner su mano y ver como también la luz multicolor caía sobre ella.

Tan ensimismada estaba la niña que no notó que Alaia ya estaba allí esperándola. La había visto entrar, y la observaba mientras hablaba con un hombre joven que vestía una túnica de color azul brillante.

No quiso interrumpirla, y la observaba divertida, aunque en su mirada se apreciaba cierta tristeza…

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