Había pasado años tras aquello vagando por el mundo. Ayudando a todos los que se ponían en su camino. Tratando de organizar su mente una vez que todo había acabado. Sabía que había algo más que debía hacer. Era hora.
Autor: Taisa – Raquel García Arévalo

33 – El rey de los no muertos
Decidida, Taisa, ahora de nuevo siendo una sola con la parte de su alma que había sido Bastet, se dirigió a la región donde el castillo de la oscuridad se erguía.

32 – Reunificación
En la búsqueda de más información sobre lo ocurrido, y para averiguar si podía lograr salvar su alma al menos, Taisa llegó ante el gran espíritu.

31 – La ciudad muerta
Taisa llegó en seguida a las puertas de la ciudad. El aire susurraba entre las ruinas. Tomó aire, y se adentró tras las murallas.
Aquel lugar que hacía años fuera una espléndida ciudad sin nada que envidiar a la grandiosa capital, ahora era un lugar aterrador, lleno de dolor y angustia, cuyo cielo parecía teñido de sangre al reflejo del fuego que la consumía lentamente.
Miles de no muertos pululaban por la demacrada ciudad, y se lanzaban a atacarla con torpe fiereza, en numerosas oleadas. Ella peleaba por quitárselos de encima y avanzar, acabando con ellos sin piedad con su espada y sus hechizos sagrados. Al fin y al cabo, ya estaban muertos, y sus almas perdidas.
Finalmente, llegó al lugar donde se escondía el Barón Huesoeterno, y se encontró frente a frente con aquel oscuro jinete, que la observaba con una sonrisa malévola. De reojo pudo ver una jaula en la que se vislumbraba la figura de una mujer, y aún estaba viva. Había esperanza.
—¡Mira lo que tenemos aquí! Otra enviada del Alba Argenta… ¿Y qué te hace pensar que tú lograrás acabar conmigo, muchacha?
—Si de esta forma logro averiguar qué ocurrió a mi hermana, mi espada será lo último que veas —dijo Taisa, empuñando con fuerza su espada, mientras comenzaba a cargar contra él.
Huesoeterno se preparó para el ataque, y comenzaron a luchar espada contra espada. Al parar uno de los golpes de la paladina, se quedó unos segundos mirándola mientras empezaba a reírse, cosa que aprovechó Taisa para asestarle un fuerte golpe en el brazo.
—Así que… la pequeña Rachel era tu hermana… eeeh… jejeje.
—¿¡Qué sabes de ella!? ¡Habla! —gritó arremetiendo de nuevo contra él.
—Aaah… Aquella jovencita… Jejeje… No te preocupes, ya ha muerto.
—¡Mientes! —Los ojos de la muchacha comenzaron a empañarse, pero sobre todo su reacción fue golpearle con aún más fuerza.
—En parte sí —se burlaba a duras penas, a punto de desplomarse—. Y en parte no… ella murió, pero era del agrado de mi Señor, y Él la tomó para formar parte en su lucha. Así que dudo que logres encontrarla…
Taisa ya no necesitaba escuchar más, y supo que aquel ser tampoco sabría mucho más, y con las lágrimas ya cayendo por sus mejillas, le asestó el golpe final con toda la rabia que contenía su corazón.
Con la mirada perdida, se acercó hasta la jaula y rompió la cerradura con un golpe de la empuñadura de su espada, tras lo cual se desplomó de rodillas en el suelo, con la mirada perdida.
La mujer salió de la jaula, y sin decir nada más, se quedó a su lado, posando una de sus manos sobre el hombro de Taisa, mientras murmuraba oraciones de sanación, recuperando al menos los daños físicos de la paladina.
Taisa no sabía cuánto tiempo pasó hasta que pudo ser consciente de lo que la rodeaba de nuevo. Había dejado de llorar, aunque aún se percibía claramente el surco de las lágrimas en sus mejillas.
Se giró hacia la mujer, que se encontraba sentada a su lado.
—¿Ysida?
—Sí, pequeña —dijo la mujer, con dulzura—. Muchas gracias por rescatarme.
—Mi… hermana…
—Sí, sé quién es. Se parece mucho a ti. Estuvo conmigo, es una chica adorable, y muy fuerte…
Se le quebraba un poco la voz al explicarle.
—Lo lamento… Ella… no está muerta… Pero tampoco viva.
Taisa quedó congelada ante tal revelación. Entonces… Ahora era una de los caballeros no muertos. Se llevó una mano a la boca ahogando un sollozo, cayendo de rodillas al suelo entre lágrimas. Su hermana… ¿Cómo podía haberla perdido de aquel modo?
La mujer la consoló por un buen rato, hasta que, al sentirla más calmada, Ysida se levantó y le tendió la mano a Taisa para ayudarla a levantarse.
—Ahora, salgamos de aquí cuanto antes, que este sitio es horrible.
Taisa hizo el viaje de vuelta callada y pensativa.
Al menos había descubierto qué le había ocurrido a Rachel, y por qué no había tenido noticias de ella… No tenía muy claro qué podría hacer ahora. Pero sabía que no iba a dejar aquello así…
Sólo de pensar que su hermana… o más bien lo que quedaba de ella, estaba siendo utilizado para tan crueles propósitos y dañar a otros hacía que se le humedecieran los ojos de nuevo.
Sacudió la cabeza. Debía ser fuerte. Encontraría la forma de liberarla… De un modo u otro.
30 – La búsqueda continúa
La paladina alzó su mirada al cielo, intentando atisbar entre la neblina los pocos rayos de sol del atardecer, en aquel páramo oscuro y desolado.
Era una imagen entristecedora… Las tierras de la peste eran uno de los lugares más deprimentes de los Reinos del Este: pueblos en ruinas, tierra seca y granjas arrasadas y estériles, rondadas por engendros demoníacos y no muertos. Muchos de ellos, posiblemente antiguos habitantes de aquel lugar.
Taisa llevaba mucho tiempo sin pasar por allí, pero todo parecía igual. Estuvo en aquel lugar una larga temporada, haría ya tiempo, ayudando al Alba Argenta en la incesante lucha contra la Plaga.
Arreó su montura y continuó camino a la Capilla de la Esperanza. Al acercarse, notó que sí que había algo distinto cuando vio cómo se oscurecía el cielo, más allá de las montañas, y una enorme necrópolis apareció ante sus atónitos ojos.
Corrió preocupada al encuentro de un antiguo conocido, el duque Nicholas, y él le explicó lo ocurrido.
El rey de los no muertos había atacado con sus tropas. Había sido una batalla feroz donde muchos perdieron la vida…
Pero lo peor era que el rey de los no muertos tomaba los cuerpos de los caídos, y los condenaba uniéndolos a su ejército de caballeros oscuros, perdiendo así todo juicio y voluntad.
Tras oír la historia, Taisa quedó en silencio, aterrorizada, hasta que asimiló lo que acababa de escuchar. Entonces le contó sobre la desaparición de Rachel, y que lo último que sabía sobre ella era que se dirigió a ayudar a la Capilla de la Esperanza. Por eso estaba ella allí, para tratar de averiguar dónde se encontraba su hermana, a lo que Nicholas le respondió:
—Siento decirte que tu hermana sí que estuvo aquí. Escuché su nombre, pero la única persona que podría saber algo más es Ysida, la responsable de los sacerdotes en la Capilla. Seguro que estaba con ella. Pero sabemos que Ysida fue capturada y llevada a la ciudad muerta por el Barón Huesoeterno, un líder de los no muertos, no hace mucho, pero no sé si aún…
Casi antes de que acabase de hablar, aunque estaba claro lo que insinuaba, Taisa ya estaba montando de nuevo en su caballo.
—Iré y haré todo lo posible —le dijo a modo de breve despedida.
Y partió al galope hacia la ciudad muerta, mientras escuchaba ya a lo lejos cómo algunos de los habitantes de la Capilla de la Esperanza le gritaban: “Ten cuidado…”.
29 – Nostalgia
Durante el largo viaje de vuelta a Dalaran, tras visitar a su hermana, Indhara no paró de dar vueltas a algo en su cabeza.
28 – Regreso a Azeroth
Taisa volvía hacia su casa en la ciudad de Ventormenta, dispuesta a prepararse para ir a las tierras de la peste, siguiendo las pistas sobre el paradero de la pequeña Rachel.
Era tarde, y casi todo el mundo dormía, pero el cielo estaba despejado, y aunque la luna no había aparecido, las estrellas daban la suficiente claridad, gracias a la cual pudo advertir que una figura aguardaba a la entrada de su casa. Llevaba una pesada armadura y se encontraba apoyada contra el quicio de la puerta. Aún en la distancia, se veía que no se encontraba muy bien.
Entonces la figura también se giró hacia la paladina, y al verla sonrió, y se dejó caer hasta sentarse con cuidado de no hacer demasiado ruido. Era su otra hermana, Indhara, y efectivamente, estaba herida. Le ayudó a levantarse y entraron en la casa, donde con algunos hechizos de sanación consiguió estabilizarla. Suponía lo que había ocurrido, pero prefería que ella se lo contase.
—Bueno —comenzó Taisa cuando vio que su hermana ya se encontraba mejor—. ¿Qué fue esta vez?
—Ya sabes… Me llamaron para ir a luchar contra esa apestosa Plaga, esta vez en Naxxramas.
Hace tiempo que Indhara se dedicaba a acompañar a grupos de aventureros en la lucha contra todo tipo de enemigos, como mercenaria. Ella aguantaba los golpes mientras el resto del grupo atacaba. A Taisa nunca le pareció demasiado bueno aquel estilo de vida sin un lugar fijo…, pero su hermana era lo suficientemente mayor como para decirle nada, ya que tan sólo empeoraría las cosas.
—Vine porque, bueno, después de tu última carta… Estaba algo preocupada por Rachel, yo tampoco tengo noticias de ella desde hace tiempo.
Continuó diciendo Indhara, algo más seria.
—Aún no sé qué pudo pasarle, pero al menos ya sé por dónde empezar… Pero tengo que intentarlo, ya lo sabes… nunca dejaré de intentarlo… igual que a él…
Taisa luchaba por contener las lágrimas.
—Ya, Balthimor —murmuró Indhara para sí misma.
—Ten mucho cuidado… por favor… si te ocurriese algo a ti también… no sé si podría soportarlo ya.
—Bah —dijo Indhara volviendo a su habitual sonrisa despreocupada—, sabes que te será difícil librarte de mí. Siempre podrás contar conmigo. Esté donde esté… No sé si me quedaré mucho por aquí.
Tras esto, la joven guerrera se levantó, ya mucho mejor. Al contrario que a su hermana mayor, nunca le gustaron las despedidas emotivas, así que enfundó su espada, recogió su escudo y se marchó.
27 – Recuerdos
Era un día soleado en Pontiveia, y la gente rondaba por las calles, o charlaba sentada en la plaza. El bardo volvía a su casa después de haberse sacado unas cuantas monedas con sus recitales, cuando se fijó en algo bastante inusual… La puerta de la vieja posada estaba entreabierta.
Se sorprendió enormemente… aquella posada llevaba años cerrada. Algo extraño debía pasar, por lo que puso una flecha en su arco y entró sigilosamente a la casa. La poca luz que entraba por las ventanas prácticamente cerradas dejaba ver lo descuidado del lugar; una gruesa capa de polvo lo cubría todo. Dejó abierta la puerta para que entrase algo de luz, y se adentró en dirección a las habitaciones, de donde provenía un ruido apagado. Al pasar por el salón, vio cómo una pesada espada reposaba sobre la mesa, y alzó su arco con algo de temor, mientras entraba a uno de los aposentos.
Una figura arrodillada rebuscaba en los cajones de la cómoda. Al acostumbrarse un poco más los ojos de Nemesio a la penumbra, pudo ver que llevaba una pesada armadura. Apuntó al extraño con algo de temor y tensó el arco mientras conseguía decir:
—¿Q… quién eres tú, y qué andas hurgando aquí?
La figura se quedó parada unos instantes, tras los cuales comenzó poco a poco a girarse para ver quién le hablaba. El bardo bajó poco a poco su arco, sin decir una palabra, mientras al volverse, gracias a la escasa luz que entraba por la puerta, pudo ver de quién se trataba. Aquel cabello negro cual azabache caía sobre la dorada armadura de placas que cubría a la joven, y el pálido y hermoso rostro quedaba al descubierto, mostrando una débil sonrisa al ver al muchacho que contrastaba con los ojos marrones miel en los que se podía leer claramente una gran tristeza.
—¿Taisa? —susurró Nemesio—. ¿De verdad eres tú? ¿Qué haces aquí?
Taisa se levantó del suelo con cuidado, recogiendo algo del cajón de la mesilla de noche donde estaba guardado el rosario de Balthimor.
Arrodillada en el suelo, lo sostenía con fuerza en su mano, y le habló sin dejar de sonreír.
—Nemesio… cuánto tiempo ha pasado… pensé que nunca volvería. Vine… a buscar algo —dijo mirando por unos instantes su mano, y posando de nuevo la mirada en el bardo.
—Por los dioses… ¡me alegro de verte! ¿Dónde has estado, Taisa? La gente ha preguntado mucho por ti.
—Es una historia muy larga…
—Bueno, ya sabes que las historias son lo mío… y no tengo ninguna prisa. —Y a la vez que decía esto, tomaba asiento en el suelo poniéndose cómodo.
Taisa miró alrededor de la polvorienta habitación, y tras sacudir un poco la cama sin mucho éxito, se sentó en ella y comenzó a resumirle lo ocurrido a Nemesio.
—Tuve que irme… no podía quedarme aquí más tiempo, todo me recordaba a Balthimor después de su marcha hacia las lejanas guerras santas, y no llegaban noticias suyas. Y las guerras aquí en Mideralia cada día eran más duras y despiadadas, e incluso nuestros aliados comenzaban a tomar medidas que no me agradaban… Sentía que este ya no era mi lugar.
Cuando me fui… abandoné los hábitos del sacerdocio, y me uní a la Orden de Paladines de la Luz de Azeroth. Como tenía experiencia, continué como sanadora al principio, pero aunque pensaba que era mi vocación, ya no me sentía cómoda con ello.
Tras largas semanas de viaje, llegué a Ventormenta, y allí me asignaron la misión de acompañar a dos cazadores enanos, con los que viajé durante largos meses por todo Azeroth. Mientras tanto, mantenía el contacto vía postal con mis hermanas Indhara y Rachel, que decidieron de nuevo seguir mis pasos y trasladarse a Azeroth.
Cuando llegamos a Península Infernal, los enanos decidieron regresar a Forjaz a visitar a sus familiares, y allí nos despedimos. Yo decidí quedarme allí, ayudando en la batalla contra la Legión Ardiente.
Pero según pasaba el tiempo, cada vez era más consciente de que algo había cambiado en mí. No quería seguir limitándome a quedarme detrás sanando a los luchadores mientras miraba cómo transcurrían las batallas. La ira invadía mi cuerpo, y la incertidumbre de no saber qué había ocurrido con mi amado era cada día mayor y aumentaba aún más mis sentimientos… Y tomé una decisión: regresé a Ventormenta a consultar con mi instructor en la Catedral, y le pedí que me instruyese para la batalla cuerpo a cuerpo, para de aquella forma poder desahogar aquel dolor que me invadía. Y no me arrepiento en absoluto de ello. Fue un entrenamiento duro, ya que mi constitución como curandera era bastante débil, pero me siento mucho mejor desde aquello, y me dio el ánimo suficiente para continuar mi viaje de rumbo incierto.
Y bueno… esto es lo que ha sido mi vida en estos años…
Nemesio la miraba con los ojos como platos.
—Quién lo hubiese pensado, la verdad, Taisa… —sonrió—. Bueno… ¿y cómo que decidiste volver a Mideralia?
—Pues… obviamente vengo de paso… —Su rostro se entristeció—. En realidad vine porque hace tiempo que no sé nada de mi hermana pequeña, Rachel, ya sabes que ella continuó siendo sacerdotisa en la ciudad de los enanos… y me temo que algo malo puede haberle sucedido. Pensé que igual alguien podría saber algo aquí… Pero… —dijo mirando a su alrededor— veo que apenas queda nada ni nadie de lo que conocía. Pasé por delante de la posada, y quise entrar a recordar… y encontré esto…
Y mientras lo decía abrió su mano, dejando ver el crucifijo que llevó Balthimor mientras fue parte del gremio de paladines de Pontiveia.
—Entiendo —respondió Nemesio con un hilo de voz, mientras parecía que intentaba recordar algo—. Ya sabes que muchas noticias vuelan, y que nos llegan muchísimos rumores… Hace tiempo un sacerdote de Forjaz pasó también por aquí, y comentó que la mayoría de ellos habían partido a ayudar al Alba Argenta.
Tras la larga charla, se despidieron, y el bardo quedó observando cómo se alejaba la paladina antes de volver a su casa, llevando con él una nueva historia que contar.

26 – La chamana
Despertó de golpe, sobresaltada. Estaba en las ruinas de un accidente… ¿Qué era aquello?

25 – El nuevo mundo
Finalmente, decidió partir en búsqueda de su hermana, aunque no descartaba también la posibilidad de saber algo de Balthimor, en el que no había dejado de pensar tampoco, siempre con la esperanza de que regresara.
Una vez en aquel lugar, al que llegó por unos portales, se sentía bastante desanimada. No quería seguir siendo curandera, no se sentía motivada para ello por alguna razón. Quería luchar. Quería ser más fuerte para poder proteger mejor a aquellos que amaba.
Así que decidió tomar el camino del paladín, siguiendo los pasos de su amigo Vand y de Balthimor cuando lo conoció…
Encontró a unos enanos y siguió camino con ellos por un tiempo, hasta que sus caminos se separaron y siguió por su cuenta.
Formó parte de un clan en el que fue líder de paladines, ayudando a otros a formarse en sus habilidades a su vez.
Allí conoció a alguien que por alguna razón le inquietaba. Una joven chamana.
Al tiempo, una pista la llevó a volver al que había sido su hogar en su infancia…
