12 – Joy Adventurers

Las peticiones para unirse a clanes se acumulaban. Todos querían la ayuda de aquellas jóvenes sacerdotisas dispuestas a ayudar en las guerras de clanes.

Pero la princesa no estaba convencida sobre aquello por alguna razón. Por lo que le habían contado, de algunos clanes, temía las responsabilidades que acarrearía, la obligación de acudir a las guerras, entrenamientos más duros y aburridos. Y también el no poder seguir realizando sus expediciones y aventuras…

Después de mucho pensarlo, y apoyada por su amiga tomó la decisión: Fundaría su propio clan.

El sabió «Román también le dijo: Yo te seguiré, princesa. Dónde quiera que vayas, podrás contar conmigo«.

Uno de sus amigos le regaló el objeto que se necesitaba para la fundación de un clan… Un cristal dorado. Era el pago necesario para ello, y que se obtenía en una gruta de no muertos.

Habían ido allí en ocasiones a entrenar, pero no era sencillo conseguirlos.

Finalmente, tenía uno en sus manos.

Ahora sólo quedaba realizar la inscripción para que lo que necesitarían un nombre…

Tenía claro lo que quería: Formar un grupo donde pudiera unir a esa gente con un espíritu aventurero como el suyo. Con ganas de recorrer el mundo.

Y que lo más importante fuese la diversión.

Así es como nació el clan de Joy adventurers.

Y juntos vivieron montones de aventuras, recorriendo todos los rincones de Mideralia.

11 – Nuevos amigos

Se volvió habitual el que la joven princesa acudiera con su amigo Vand a apoyar en las batallas de clanes. Él pertenecía a uno de los clanes más poderosos e importantes del reino. Realmente era un paladín admirable, que protegía a sus compañeros y a su amiga de forma sorprendente.

Allí también empezó Taisa a hacerse conocida, e hizo más amigos.

La otra sacerdotisa

Entre ellos, estaban otra sacerdotisa que conoció que también iba sola, un poco más joven. Su nombre era Clara.

Se hicieron muy amigas, ella también iba por su cuenta a ayudar a las batallas.

Además también se apuntaba a explorar lugares nuevos, y conseguían entre las dos formar numerosos grupos de aventureros para expediciones a lugares lejanos y peligrosos.

El sabio Román

Otro peculiar personaje que conoció fue a Román. Un sabio que también gustaba de aventurarse en las expediciones que realizaban.

Los sabios eran muy valiosos, por su escasez y los hechizos de regeneración de maná que utilizaban.

Y Román era un hombre muy alegre, que enseguida contagiaba a todos con su entusiasmo.

Pronto hicieron buenas migas, llegando a confesarle sobre sus orígenes.

Él siempre tenía buenos consejos, y siempre podía contar con él.

————

Por otra parte Baltimore cada vez estaba más ocupado, y además no le gustaban esas batallas. Por lo que no lograban verse demasiado.

Así que al menos junto con Clara y sus nuevos amigos, siempre tenía algo para hacer y no sentirse sola.

10 – El paladín y las guerras de clanes

Entre todas las misiones que realizaba, iba creando lazos y amistades finalmente.

Algunos amigos fueron muy importantes para ella.

Entre ellos, conoció en una ocasión a Vand. Un paladín solitario, que solía ir a entrenar por su cuenta, también ávido de aventuras.

Sin embargo un día coincidieron y decidieron viajar juntos. Desde entonces se fueron haciendo amigos, y a menudo se perdían por zonas alejadas, para entrenar, deshacerse de criaturas malignas o simplemente explorando.

Una tarde estaban descansando tras acabar con un gran número de criaturas hostiles, cuando él observando el cielo empezó a levantarse apurado.

— Debo irme… La guerra de clanes empezará pronto. Y mi clan me reclama mi presencia… — Pensó por un momento y enseguida añadió — ¿Te gustaría venir? Tu ayuda sería bien recibida.

Ella le miró sorprendida ya que aunque algo había escuchado, no sabía mucho sobre ello. En numerosas ocasiones le habían dicho de acudir ya que obviamente los curanderos eran muy apreciados. Pero le daba bastante miedo en realidad. Sabía que había mucha gente, y que era peligroso.

Entonces le pidió que le explicase bien de qué trataba aquello.

La guerra de clanes

En la ciudad, se organizaban semanalmente unas batallas de entrenamiento entre clanes. La guerra de clanes le decían, y todos se esforzaban por participar.

Era uno de los objetivos de muchos habitantes del reino, ser lo suficientemente fuertes y resistentes para poder entrar a los campos de batalla.

Allí, peleaban por conquistar unos castillos, que quedarían bajo la custodia del clan vencedor. Para ello debían romper el Cristal sagrado que se encontraba en lo más profundo de cada castillo.

Y además, recibirían tesoros del castillo conquistado.

La princesa quedó pensativa ante toda la información. Sonaba realmente a que era algo importante… Y ella se sentía insignificante como para marcar una diferencia en algo así.

Tampoco quería comprometerse con un clan, era algo que le preocupaba en verdad.

— Está bien, te ayudaré… — Le dijo. — Iré y cuidaré de ti. Pero no me quiero unir al tuyo ni a ningún clan…

Y así fue, con algo de riesgo, se acercó con él hasta aquel lugar. El bullicio era inmenso. La gente corría por todos lados, hacia los castillos o en retirada para recuperarse y regresar.

Estuvo encargándose de sanar a Vand siempre que necesitaba, mientras que se lanzaba a la batalla y él a su vez cuidaba que no la dañasen. Y la verdad… es que fue divertido.

Por lo que de ahí en adelante, intentó empezar a participar…

9- La Princesita Aventurera

En aquel momento su vida parecía tranquila. Salía a menudo con su esposo, paseaban, cumplían misiones y entrenaban.

Pero también había momentos en que él debía ir a realizar misiones por su cuenta del gremio de guerreros a las que no podía acompañarle.

Igualmente, aunque lo extrañaba, no le daba lugar a aburrirse. También tenía sus encargos, disfrutaba mucho de su trabajo, acompañando a los grupos de aventureros en sus entrenamientos.

Siempre había lugar y demanda de curanderos para los grupos.

Aunque de normal casi todo el mundo iba a los mismos lugares. Buscando sitios cercanos, donde entrenar fácil y conseguir experiencia rápido. Todos tenían prisa por lograr adquirir la experiencia suficiente para que les dejasen acudir a misiones más avanzadas, y obtener el siguiente rango…

Pero aquello era aburrido. Repetitivo y siempre igual…

Y en eso había algo en que se diferenciaba Taisa… Y es que a ella le encantaban las aventuras, y salirse del camino establecido. Hacer cosas nuevas. Explorar y visitar cualquier remoto lugar que escuchase mencionar.

No importaba lo lejos, o lo difícil que pudiera ser, le fascinaba descubrir todos esos lugares, ver nuevos paisajes, encontrar criaturas diferentes, conocer más gente… Y eventualmente encontraban lugares muy interesantes a los que luego más gente quería ir.

Por ello, muchos querían ir de aventura con aquella pequeña sacerdotisa que siempre estaba dispuesta a donde otros no querían. Además de ser muy habilidosa como curandera. La buscaban frecuentemente para ese tipo de expediciones.

Y así la acabaron llamando, la princesita aventurera.

6 – Las Campanas

Los días iban durando más y el sol calentaba ya bastante, anunciando la llegada del verano.

Taisa y Balthimor se habían detenido a descansar aquella mañana a las orillas de un río en los alrededores de Pontiveia , y a refrescarse bebiendo un poco de agua, para contrarrestar el calor.

Hacía tiempo que habían dejado ya de disimular cuando se miraban el uno al otro. Y a veces simplemente se quedaban mirándose, en silencio, dejando pasar el tiempo.

Aquél había sido un día bastante duro de entrenamiento, últimamente ya notaban cómo iban creciendo en experiencia, fuerza y habilidad. Cada vez les costaba menos acabar con los monstruos gelatinosos.

También habían hecho algunas incursiones a unas cuevas cercanas a una ciudad, donde habitaban espíritus intranquilos que se levantaban en forma de zombis y esqueletos amenazando la ciudad. No eran muy fuertes, pero había que mantener siempre controlada la zona.

Y allí enviaban a menudo a los aprendices de la catedral para que entrenasen, ya que el poder de la luz era muy efectivo contra ellos.

Una vez hubieron descansado un rato, se dispusieron a continuar con su paseo, cuando algo llamó su atención a la otra orilla del río. Balthimor puso su brazo sobre los hombros de Taisa, a la vez que le indicaba que guardase silencio y que se ocultasen.

Parecía una gran acumulación de monstruos gelatinosos, pero entre aquellos monstruos de gelatina, uno parecía distinto al resto… era como si brillase ligeramente, y parecía tener alas… Pero no irradiaba bondad como los hechizos de la Luz…

– Mira. – le dijo Balthimor tratando de no alzar la voz – he oído hablar de ese monstruo, es una especie de monstruo de gelatina, pero más grande, fuerte y peligroso. Bastantes viajeros han caído engañados por esa apariencia angelical, pero es todo farsa. – Desenvainó su espada con cuidado de no hacer ruido, y comenzó a acercarse. – ¡Cúbreme! – Dijo mientras se lanzaba sobre aquella marabunta gelatinosa que enseguida se le echaron encima intentando devorarle.

Taisa lanzó rápidamente algunos hechizos de potenciación y comenzó a lanzar sanaciones a Balthimor, que peleaba con ánimo contra aquellas bestias que le atacaban con fiereza, pese a su aspecto inofensivo.

Se libró bastante rápido de los pequeños, y se centró en el angel viscoso, pero, como de la nada, aparecieron más monstruos lanzándose sobre él, repitiéndose lo mismo varias veces. Alguno intentó atacar a Taisa, que se deshizo de ellos a bastonazos para poder seguir lanzando hechizos, ya que aquel falso angel atacaba con fuerza.

La lucha duró bastante. Realmente era el monstruo más duro con el que se habían enfrentado hasta el momento, pero con la fuerza y destreza que Balthimor había adquirido, sumado a la rapidez, potencia y precisión con que Taisa recitaba sus hechizos, pudieron acabar con él, con la última estocada el monstruo se desintegró.

Balthimor rebuscó entre los restos gelatinosos. Allí encontró algunos objetos, y una túnica muy hermosa y se la ofreció a Taisa.

– Toma, te será útil. – Miró la túnica, y continuó, con una sonrisa divertida. – Eso sí, tendrás que lavarla antes.

Se miraron el uno al otro, y se echaron a reír al darse cuenta de que ambos tenían los pies, las manos y las armas cubiertos de aquella viscosa gelatina por la pelea. Y decidieron volver al río a asearse. Y allí se sentaron al borde del río, observando el bosque con los pies en el agua, lo que era muy agradable dado el calor y el esfuerzo de la batalla.

De pronto, el fuerte resonar de unas campanas rompió aquel pacífico momento, haciendo que miles de pájaros asustados levantasen el vuelo desde los árboles de los alrededores.

Tras unos instantes, descubrieron que provenía de la torre de la catedral, donde las campanas bailaban inundando todos los bosques circundantes con su alegre sonido.

– ¡Oh! Debe ser una boda – dijo Balthimor – por lo que sé hace muchísimo tiempo que no se celebraba ninguna en la catedral. ¡Vayamos!

Taisa se vio de nuevo arrastrada por el ímpetu del muchacho, que agarró su mano para correr a la capital. Apenas dándole tiempo para sacudir el agua de sus pies  y calzarse sobre la marcha. La verdad es que tenía curiosidad, porque nunca había asistido a una boda.

Llegaron a toda prisa, viendo como casi toda la ciudad comenzaba a arremolinarse alrededor del templo. Escabulléndose entre la gente consiguieron entrar y hacerse hueco en un rincón de la iglesia, donde ya esperaba mucha gente, todos bastante emocionados.

Había un chico trajeado que esperaba junto al altar, visiblemente nervioso. ¡Incluso había un dios presente para oficiar la ceremonia!

Se hizo el silencio, y todo el mundo se giró hacia la puerta, donde apareció una muchacha toda arreglada, con un precioso y pomposo vestido de tul y gasa de color rosa pálido. Se escucharon algunos suspiros y «¡Oooh!” entre los asistentes. Realmente estaba muy linda.

La ceremonia estaba siendo muy bonita. A Taisa le pareció lo más romántico que nunca había visto, y su corazón palpitaba de la emoción. De pronto notó como Balthimor cogía su mano, le miró, y sus miradas se cruzaron, haciendo que su corazón se acelerase todavía más, y casi le fallasen las piernas. Él lo notó y la abrazó.

Entonces él cogió sus manos, y mirándole a los ojos con una dulce sonrisa, le susurró:

– Puede que algún día seamos tu y yo.

5 – Un encuentro

Varios años después… una soleada tarde de otoño en Pontiveia. Como era habitual, Taisa salió a los campos circundantes a pasear, y entrenar sus hechizos.

Era bastante duro el entrenamiento, ya que la preparación de los acólitos cuyo objetivo era el de servir como soporte para otros aventureros, se centraba principalmente en la mente más que en la fuerza, y en los hechizos de apoyo y sanación, más que en el ataque.

Por ello, les costaba bastante enfrentarse incluso a los pequeños monstruos redondeados que rodeaban la ciudad. Eran apenas unas masas gelatinosas redondas de color rosado, que absorbían todo lo que encontraban. Pero Taisa no se daba por vencida, y continuaba esforzándose.

La verdad es que comenzaba a sentirse un poco atrapada en aquella ciudad, llevaba varios años allí sin haber salido mucho más allá de los muros de la ciudad.

“Es muy peligroso ir más allá” decían los mayores “Aún te queda mucho por aprender para poder salir de Pontiveia y sus alrededores”.

Y ella deseaba, con todas sus fuerzas, que llegase el momento en que la dejasen ir más allá. ¡Ya tenía 17 años! ¿Por qué no podía aún?

Tenía ganas de ver otros lugares, otros desafíos, aventuras… Y cada día intentaba alejarse un poco más de la ciudad.

Aquel día estaba avanzando poco a poco hacia las afueras de la ciudad, como de costumbre, vigilando a su alrededor. Y de pronto escucho un ruido fuerte, y se asustó bastante, yendo a esconderse en unos arbustos.

Se asomó con cuidado a ver que pasaba. Se escuchaba ruido de pelea.

Entonces vio como un joven se peleaba a golpe de espada con varios monstruos verdes y gelatinosos ¡A la vez!

Había muchos monstruos gelatinosos en los alrededores de la ciudad, pero ella no había visto muchos como aquellos. Estos eran de un color verdoso, parecían mucho más fuertes que los que ella había visto. Ella seguro que no podía contra ellos. 

Y aunque parecía que aquel chico se estaba desenvolviendo bastante bien, poco a poco comenzaban a ganarle terreno,  cerrándole el paso y golpeándole.

Taisa no se lo pensó dos veces, inspiró, salió de los arbustos y cerrando los ojos para concentrarse mejor, con las manos extendidas hacia el muchacho, comenzó a recitar uno de sus hechizos.

Una tenue luz comenzó a emitir de su cuerpo concentrándose en sus manos. El chico se giró al escuchar el conjuro, y quedó embobado mirándola. Realmente fueron apenas unos segundos, pero el tiempo pareció detenerse para él en aquel momento.

Realmente, Taisa había crecido, y se estaba convirtiendo en una jovencita bastante linda, aunque ella no era muy consciente de ello. Entre otras cosas, porque no era una belleza que realmente llamase la atención. Además era algo introvertida, y no se solían fijar mucho en ella.

Pero aquel chico, le prestó toda su atención. Y quedó ensimismado observando como el aire hacía ondear el largo cabello negro de Taisa, su piel lisa y suave, tocada por el sol. Y sus labios pronunciando las palabras del hechizo que no llegaba a escuchar realmente. Y aquella luz que irradiaba que la hacía parecer un ángel recién caído del cielo a sus ojos…

Y de pronto lo único que podía desear era que aquella angelical muchacha abriese sus ojos para ver su color y poder perderse en ellos…

Cuando de pronto un fuerte golpe en la pierna le hizo reaccionar

– ¡Au! –

Y fue consciente de nuevo de donde estaba. Uno de los monstruos le había golpeado fuertemente en una pierna, y otro se acercaba amenazante para lanzar su ataque también. El dolor comenzaba a hacer flaquear sus rodillas y sus manos. Y cuando estaba a punto de caer… La luz surgió de las manos de Taisa, inundándole.

Se sintió aliviado, empuñó con fuerza su espada, y asestó sendos golpes a aquellos monstruos haciéndolos saltar en pedazos.

Acto seguido, se giró intentando poner una pose heroica para lucirse… cuando vio como la tercera masa gelatinosa estaba a punto de saltar sobre la chica. Se lanzó a por la bola viscosa. Cuando terminó con ella, dio un rápido vistazo a su alrededor para asegurarse de que no quedasen más, antes de poder volver a centrarse en la muchacha.

Sonriendo triunfal, al fin pudo mirarla a los ojos. Hizo una solemne reverencia, a la vez que envainaba su espada, y se presentó.

– Buen día, hermosa señorita, mi nombre es Balthimor. ¿Qué os trae por estos prados?

Taisa se sonrojó al instante ante el cumplido, y bajó la vista.

Realmente el joven era bastante apuesto. Sería sólo un año o dos mayor que ella. Tenía el cabello dorado, la piel clara, y los ojos de un azul profundo como el mar de verano. Y le sonreía de una forma que nadie jamás lo había hecho. Aquello hizo que el corazón le palpitase más deprisa.

– Entrenaba mis hechizos – Dijo vergonzosa en un hilo de voz. – Mi nombre es Taisa, y estoy preparándome para ser Sacerdotisa de la Luz.

Él la invitó a sentarse a la sombra de unos árboles,  sacó unas manzanas de su bolsa para ambos, y charlaron durante horas.

Balthimor era un espadachín que quería convertirse en cruzado. Le habló a Taisa de cómo tenía que entrenar también muy duro, tanto física como mentalmente. Ella había oído hablar de los paladines, ya que muchos iban también a la catedral de Pontiveia a orar, y era el lugar donde se les otorgaba el rango. Aunque ellos no estudiaban allí.

Aprendían la capacidad de invocar el poder de la Luz para realizar poderosos ataques además de para proteger a sus compañeros, pero implicaba una gran fuerza de voluntad, ya que muchos de sus hechizos suponían recibir parte del daño en sí mismos.

A Taisa le resultó muy agradable escuchar las historias que su nuevo amigo le contaba, demostrando la ilusión que el chico tenía por sus objetivos.

Ella también le contó muchas cosas sobre la Catedral, sus hechizos y entrenamientos. Aunque aún no le habló de sus orígenes, ya que no era algo de lo que le gustase hablar, y menos con un recién conocido, aunque se sintiese tan bien hablando con él.

Hasta que se dieron cuenta de que habían perdido la noción del tiempo, comenzaba a anochecer y decidieron regresar a la ciudad.

Cuando tuvieron que despedirse de vuelta en la ciudad, acordaron verse de nuevo al día siguiente. Y así empezaron a encontrarse día tras día, para entrenar juntos por los alrededores de la ciudad y merendar juntos cada tarde.

Un día, mientras merendaban, Taisa le comentó las ganas que tenía de ver más lugares, ya que era mucho el tiempo que llevaba allí en el mismo sitio.

– Pues a qué esperamos – – ¡Vayamos! ¿No notaste que juntos podemos hacer mucho más? Con mi fuerza y tus hechizos, ya podemos enfrentarnos a monstruos más poderosos. Te llevaré a donde desees.

dijo Balthimor levantándose y sacudiendo de su ropa las migas de la tarta que acababan de comer.

– ¡Vayamos! ¿No notaste que juntos podemos hacer mucho más? Con mi fuerza y tus hechizos, ya podemos enfrentarnos a monstruos más poderosos. Te llevaré a donde desees.

Le dijo sonriendo cariñosamente, mientras cogía su mano y comenzaban a andar juntos.

Y entonces Taisa se dio cuenta de que ya no se sentía tan sola.

4 – La Despedida

Alaia, que esperaba a la niña dentro de la catedral, dejó que la pequeña se entretuviese un rato más con los juegos de luces de la vidriera, antes de llamar su atención.

– Taisa, cielo, ven un momento.

La niña se acercó a ella, y la sacerdotisa se puso en cuclillas hasta ponerse a su altura. Intentando sonreír, hizo una pausa, suspiró y continuó.

– Ya hemos llegado a nuestro destino. Ahora tendrás que quedarte aquí. Te darán alojamiento, te formarás y podrás quedarte hasta que seas más mayor.

Yo tengo que regresar ya.

Alaia abrazó a la niña con fuerza por unos segundos. Al fin y al cabo, prácticamente la había criado. Y se le partía el alma de tener que dejarla. Pero no tenía elección, debía volver para reportar a los reyes. Y debería retomar sus labores allí.

Antes de marcharme, tengo algo para tí…

Diciendo esto, descolgó el rosario que había llevado consigo siempre. Y dejándolo en las manos de la niña, le susurró «que la luz te cuide

Dio media vuelta, y se marchó conteniendo las lágrimas.

Taisa se quedó allí boquiabierta, y sobrepasada por los eventos de aquel día. No se esperaba aquello. No sabía que tendría que quedarse sola allí.

Y allí se quedó, recién llegada en aquella ciudad desconocida.

Completó su inscripción como acólita en la catedral, para formarse como sacerdotisa. Tal y como estaba previsto. Y se alojó en el internado del templo con otros niños y jóvenes que también se preparaban para ser sacerdotes y sacerdotisas de la luz.

Los instructores de la catedral eran muy amables. Y también sus compañeros. Pero se sentía muy sola, sin encontrar a nadie que realmente llenase aquel vacío que sentía en su corazón desde que Alaia se marchó. La única familia que había conocido.

Y los días, los meses y los años continuaron pasando. Mientras que crecía, estudiaba y entrenaba duro cada día. No tenía nada más, y puso todo su empeño en intentar convertirse en una de las mejores sacerdotisas de Mideralia.

Tenía claro que aquel era el destino que le esperaba…

¿O no?

3 – Pontiveia

Taisa salió a la calle desde la penumbra de la sala de exámenes, hacia la ciudad. Y tuvo que entrecerrar los ojos por la intensa luz con que el sol de media mañana bañaba las calles de Pontiveia.

Cuando su vista se acostumbró de nuevo a la claridad, pudo entonces observar con detenimiento el lugar.

Y así pudo confirmar viéndola ya desde dentro de las murallas, que la ciudad era realmente encantadora. En general se veía una ciudad viva y alegre.

El empedrado blanco y brillante de las calles contrastaba con el verde césped que cubría grandes áreas del suelo de la ciudad. Las casas estaban hechas de piedra y de madera sobre todo, y algunas encaladas. Casi todos los edificios eran de una sola altura, o dos como mucho. Y la mayoría de las casas tenían flores adornando las ventanas. Sólo destacaban especialmente en altura la catedral y el castillo.

Iba caminando guiándose por la torre de la catedral, que se divisaba en la otra punta de la ciudad. Aunque realmente no parecía estar muy lejos.

Acercándose hacia al centro que tendría que atravesar, se escuchaba bastante ajetreo, y comenzaba a verse bastante gente. Allí había una amplia plaza redonda, que parecía que la gente utilizaba como punto de reunión.

Los lugareños se amontonaban en grupos. Algunos sentados en los bancos que la circundaban, en el césped, o incluso de pie parados charlando. También había algunos puestos de mercaderes ofertando sus artículos a viva voz. Y gente entrando y saliendo de los comercios de la plaza.

Le pareció un lugar muy animado. Y dio una vuelta observando los artículos tan variopintos que vendían.

Continuó su camino hasta que las casitas dejaron paso a la plaza de la catedral, y al fin pudo verla entera.

Allí se quedó un rato parada observándola. Era bastante más pequeña de lo que parecía a lo lejos, realmente. Aunque debía ser por comparación con los demás edificios. Hacía juego con aquella pequeña ciudad.

Tenía, como era habitual en las catedrales, enormes ventanales con cristaleras de colores. Continuó hacia el interior, para ver cómo la luz entraba teñida por los cristales, bañando todo de colores.

Era precioso, y no podía hacer otra cosa que sonreír observando aquel hermoso efecto, e incluso se acercó a donde la luz caía para poner su mano y ver como también la luz multicolor caía sobre ella.

Tan ensimismada estaba la niña que no notó que Alaia ya estaba allí esperándola. La había visto entrar, y la observaba mientras hablaba con un hombre joven que vestía una túnica de color azul brillante.

No quiso interrumpirla, y la observaba divertida, aunque en su mirada se apreciaba cierta tristeza…

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