Autor: Taisa – Raquel García Arévalo

  • 10 – Investigación del Vacío

    10 – Investigación del Vacío

    Los problemas de Occidente no parecían dar tregua.

    Después de los últimos incidentes, Bastet había vuelto a concentrarse casi por completo en sus responsabilidades como guardia. Los turnos seguían siendo intensos y el ambiente en el Bastión continuaba extraño.

    Fue entonces cuando Verunt la mandó llamar.

    Aquello la sorprendió.

    Hasta ese momento había tratado con él principalmente como la autoridad que se había hecho cargo de Occidente durante la ausencia de los emperadores. Pero esta vez no la buscaba simplemente como guardia.

    La buscaba por su experiencia.

    Verunt le mostró un documento relacionado con los dioses antiguos y le explicó que existían indicios de una influencia del Vacío en Occidente.

    Bastet se tomó el asunto en serio de inmediato.

    Había pertenecido a la Orden de la Mano de Plata y se había enfrentado antes a criaturas vinculadas al Vacío. Sabía que aquel tipo de amenaza no siempre se manifestaba de forma evidente.

    Y sabía que podía ser peligrosa mucho antes de mostrar su verdadero rostro.

    —He combatido contra seres del Vacío antes.

    Aceptó investigar.

    Verunt le explicó también una de sus principales preocupaciones: aquellas entidades podían alterar la percepción de las personas, sembrar desconfianza e incluso hacer que alguien viera a un amigo como un enemigo.

    La posibilidad de que aquella influencia ya estuviera presente dentro del palacio convertía la situación en algo mucho más serio.

    Bastet observó de nuevo al hombre frente a ella.

    Seguía pareciéndole extraño verlo ocupando aquella posición.

    Pero cada vez comprendía mejor por qué otros habían acabado aceptando su liderazgo.

    No era refinado.

    No era diplomático.

    Y probablemente nunca sería el tipo de persona que Bastet habría imaginado al frente de un imperio.

    Pero estaba tratando de identificar las amenazas antes de que fuera demasiado tarde.

    Y había sabido recurrir a alguien con experiencia cuando la necesitaba.

    Eso también era una forma de liderazgo.

    Durante aquellos días Bastet terminó de asumir hasta qué punto había cambiado su vida desde el regreso.

    La seguridad seguía siendo la prioridad. Faltaban efectivos, se había abierto un nuevo llamamiento para reclutar guardias y buena parte de sus otras tareas habían quedado aparcadas. Ella cumplía con los turnos, aceptaba trabajo extra cuando era necesario y procuraba no detenerse demasiado a pensar en todo lo demás.

    Aun así, no podía evitar comparar aquella etapa con la calma anterior.

    En uno de sus turnos nocturnos recorrió los pasillos silenciosos del Bastión y recordó cómo había sido el palacio apenas unos meses antes. La cocina llena durante el día, los desayunos compartidos, pequeñas rutinas que entonces no le habían parecido especialmente importantes.

    La ausencia de aquella normalidad pesaba más de lo que esperaba.

    Al terminar algunos turnos procuraba reservarse algo de tiempo para ella. Se quitaba la armadura, se ponía ropa cómoda, leía o simplemente disfrutaba del silencio de su habitación.

    Estar sola no siempre era lo mismo que sentirse sola.

    Y durante un tiempo, aquella diferencia le bastó.

    Pero el ambiente seguía sintiéndose denso y pesado.

    Aquel día después de dar una vuelta, pensaba retirarse a sus aposentos por lo que quedaba de la tarde. Pero una vez estando allí, y habiéndose quitado la armadura y puesto algo más cómodo, un vestido azul ligero, estaba aún algo inquieta por el ambiente extraño que se respiraba en el palacio.

    Cuando fue a recoger las órdenes poco antes, y caminando por los pasillos, pudo notarlo. El ambiente estaba enrarecido… En varios sentidos. Algunos estaban alterados, otros algo inquietos.

    ¿Podría ser influencia del vacío del que la habían advertido? ¿El comienzo del fin de semana? Comenzarían aquella investigación lo antes posible.

    Igual el líder, Verunt tenía razón en que estaba afectando al palacio, ahora Bastión de Occidente… No sabía. También se había estado sintiendo extraña recientemente. Aunque también había encontrado un apoyo algo inesperado, que la ayudó a encontrar algo de calma.

    Ahora se sentía algo mejor, pero aún quería despejarse un poco.

    Notó como las gotas de lluvia comenzaba a caer sobre el cristal, con un sonido rítmico y en cierto modo relajante.

    Miró fuera por unos momentos… Y finalmente se decidió a salir al jardín. Buscando una zona en la que sabía que no iría nadie.

    Dejó que la lluvia cayese sobre su rostro, no le importó mojarse, mientras una canción venía a su mente y la tarareaba en voz baja.

    Dejó que el agua le cayera encima unos minutos, buscando despejarse.

    No podía saber cuánto de lo que sentía pertenecía realmente a aquella posible influencia y cuánto era simplemente cansancio, tensión acumulada o la sensación de no terminar de encontrar su sitio. Al menos había encontrado un apoyo inesperado que, sin resolver nada, le había devuelto algo de calma.

    No sabía todavía hasta dónde llegaría aquella investigación.

    Pero empezaba a comprender que el caos que había encontrado al regresar no era únicamente político.

    Había algo más.

    Y probablemente llevaba tiempo creciendo entre ellos.

  • 9 – Entrenamiento con April

    9 – Entrenamiento con April

    Los últimos días habían sido agotadores.

    Desde que regresó del templo, Bastet apenas había tenido tiempo para retomar sus entrenamientos con normalidad. Entre los turnos de guardia, los incidentes recientes y las misiones de vigilancia del puerto, siempre parecía surgir algo más urgente.

    El intruso que había conseguido entrar en palacio seguía rondando por su cabeza.

    No le gustaba admitirlo, pero aquel incidente también le había recordado algo importante.

    Estaba algo oxidada.

    Había dedicado buena parte de su tiempo a vigilar, patrullar y resolver problemas, pero hacía demasiado que no se enfrentaba a un combate real ni a una práctica que exigiera algo más que mantener la rutina.

    No debía permitir que aquello continuara.

    Una guardia que no entrenaba podía acabar convirtiéndose en parte del problema.

    Por eso se presentó temprano en el campo de práctica, donde algunos reclutas ya estaban entrenando bajo la supervisión de April.

    Sujetó la espada con ambas manos antes de acercarse.

    —Sir April, quisiera unirme a los entrenamientos hoy. Estoy algo oxidada, creo…

    Bajó un poco la voz al decir lo último.

    Le daba cierta vergüenza reconocerlo.

    El entrenamiento le vino mejor de lo que esperaba.

    April la recibió con su tono habitual, aunque no tardó en advertirle que el ritmo no iba a ser precisamente suave. Sus hombres habían seguido entrenando durante la ausencia de Bastet y él no tenía intención de rebajar la exigencia solo porque ella acabara de regresar.

    —¿Está segura de que puede seguir el ritmo de mis muchachos?

    Bastet aceptó la observación sin molestarse.

    —Estos meses fuera estuve entrenando junto a los aprendices del templo, señor. Pero desde que regresé me ha costado adaptarme a los cambios. He perdido mis rutinas. Lo lamento.

    April le indicó entonces que debía utilizar parte del equipo especial con el que estaban trabajando aquel día: protecciones y pesos que aumentaban gradualmente la carga durante el ejercicio.

    Bastet observó el equipo con cierta resignación. Su armadura ya era pesada de por sí, pero entendía la intención. La fuerza no era lo que más le preocupaba. Después de tanto tiempo sin enfrentarse a combates reales, sabía que su agilidad y su capacidad de reacción podían haberse resentido.

    —Haré lo que se me indique, señor.

    Terminó añadiendo los pesos a su propia armadura y siguió a April hasta el centro del campo de entrenamiento.

    El tono del capitán cambió en cuanto comenzó el ejercicio.

    Su expresión se endureció y adoptó una postura de combate sin armas, con una pierna adelantada y los puños elevados.

    —Atacaré y tendrá que decidir si conviene bloquear o redirigir cada golpe.

    Bastet dejó la espada a un lado y se colocó también en guardia.

    April no le dio mucho más tiempo.

    Avanzó con rapidez, giró sobre uno de los talones y lanzó una patada dirigida al costado de Bastet. Ella alcanzó a bajar el antebrazo y desviar el golpe, aprovechando la propia inercia del movimiento para hacerlo pasar de largo antes de retroceder lo suficiente para recuperar una posición estable.

    No llegó a disfrutar demasiado del acierto.

    April encadenó el movimiento con un gancho dirigido hacia arriba y, casi de inmediato, con una sucesión de golpes rápidos que obligaron a Bastet a levantar los brazos para protegerse.

    Los impactos resonaron contra los guanteletes y las protecciones de la armadura.

    Al principio intentó mantener una defensa limpia, pero pronto tuvo que cruzar ambos antebrazos frente al rostro para cubrirse mejor. Aquello reducía su visibilidad y la dejaba demasiado encerrada.

    Así que esperó.

    Buscó un hueco entre los golpes y, cuando creyó verlo, trató de atrapar uno de los puños de April. Giró sobre sí misma, colocándose de espaldas a él, con la intención de llevar su brazo sobre el hombro y aprovechar su propia inercia para desequilibrarlo.

    Independientemente del resultado exacto de aquella maniobra, el ejercicio estaba cumpliendo su propósito.

    La obligaba a reaccionar, pensar bajo presión y abandonar esa sensación de estar simplemente cumpliendo una rutina.

    También le recordaba algo importante: no estaba tan fuera de práctica como había temido.

    Cuando finalmente pudieron detenerse a descansar, Bastet aceptó agua y recuperó el aliento mientras observaba el campo de entrenamiento. Hacía días que no conseguía desconectar de los incidentes de palacio durante tanto rato.

    La conversación con April se volvió entonces bastante más tranquila.

    Él terminó hablando de su hermana y de cuánto la echaba de menos desde que se había marchado. Entre comentarios medio serios y medio en broma, dejó caer que no le vendría mal tener una hermana pequeña a quien cuidar.

    Bastet no supo muy bien qué responder.

    No estaba acostumbrada a apoyarse demasiado en otras personas y, en aquel momento, tampoco dio a aquellas palabras una importancia especial.

    Pero las recordó.

  • 8 – Guardia e intruso

    8 – Guardia e intruso

    Había pasado algo más de una semana desde su regreso a Occidente. Bastet ya había tenido tiempo de ponerse al corriente de la situación y, cuanto más sabía, más evidente resultaba que las cosas habían cambiado durante su ausencia.

    La marcha de los emperadores había dejado un vacío difícil de cubrir. La inestabilidad política no se había quedado únicamente en los despachos: se notaba en la vigilancia, en la organización del palacio y en la cantidad de incidentes que exigían atención. Había escasez de efectivos en la guardia y se había realizado un nuevo llamamiento para reclutar personal.

    Por su parte, Bastet atendía las tareas que le asignaban y cumplía sus turnos con diligencia. En ocasiones era necesario alargarlos o cubrir trabajo extra. Por el momento, sus demás labores habían quedado relegadas a un segundo plano. Mantener la seguridad del Imperio era la prioridad.

    No podía negar que extrañaba la calma de antes. Le había gustado, mientras duró, aquella rutina más tranquila que había empezado a construir en Occidente. Sin embargo, no tenía demasiado tiempo para detenerse a pensar en ello.

    Había mucho por hacer.

    También se estaban iniciando cambios importantes en la nación, impulsados en parte por los nuevos aliados. Bastet observaba todo aquello con una mezcla de cautela y curiosidad. Después de todo lo que había vivido, los cambios no la asustaban. Y, al menos por el momento, algunos parecían encaminados a mejorar la situación.

    Entre las novedades estaba Verunt, un amigo del emperador que había terminado asumiendo buena parte de las responsabilidades necesarias para mantener Occidente en pie.

    Bastet no habría imaginado a un hombre como él en aquella posición. Su aspecto, sus modales y su absoluta falta de interés por la etiqueta chocaban con todo lo que ella asociaba al gobierno de un imperio. Su primera impresión había sido, cuanto menos, desconfiada.

    Pero los días posteriores a su regreso la habían obligado a matizarla.

    Verunt tomaba decisiones. Reunía a la gente necesaria. Movía recursos y trataba de contener un caos que, sin una figura capaz de asumir responsabilidades, podía haberse extendido todavía más. Bastet seguía sin confiar plenamente en él, pero había empezado a concederle cierto respeto.

    Aquella tarde se encontraba en una de las zonas elevadas del palacio, aprovechando su ronda para observar los alrededores. Durante unos instantes se quedó pensativa, repasando todo lo ocurrido desde su regreso.

    Entonces vio algo moverse en una de las torres.

    Casi al mismo tiempo, uno de los reclutas que vigilaba la sala de guardia dio la voz de alarma. El sistema se había activado.

    Alerta de intruso. Nivel amarillo.

    La ubicación coincidía con el punto donde Bastet había creído distinguir movimiento.

    No lo dudó.

    Pidió refuerzos, ordenó que el resto de la guardia permaneciera alerta y se dirigió hacia la torre. Conocía bien el camino y la urgencia no permitía perder tiempo.

    Bastet Vagalume patrullando Occidente

    Desenvainó la espada antes de llegar.

    —Bendición de reyes. Sello de justicia.

    Recitó en voz baja los hechizos de protección y potenciamiento, extendiendo sus efectos también sobre los compañeros que la seguían. Después avanzó con cautela, pegando la espalda a la pared al virar las esquinas de la torre, preparada para reaccionar ante cualquier ataque.

    Hizo una señal a los dos reclutas que iban tras ella para que permanecieran algo más atrás.

    Cuando finalmente tuvo al intruso a la vista, lo encontró sorprendentemente tranquilo.

    El hombre parecía más aburrido que preocupado por haber activado las alarmas del palacio. Había aparecido en una de las torres como si entrar allí sin permiso fuera lo más natural del mundo y contemplaba el horizonte con una despreocupación irritante.

    Bastet afianzó la empuñadura de la espada.

    —¿Quién es y qué hace aquí?

    El desconocido la miró con una sonrisa cínica.

    —Yo simplemente hago lo que me viene en gana. Y en cuanto a quién soy, no te lo quiero decir.

    La actitud de Bastet no cambió.

    —Soy caballero de la guardia de Occidente y le exijo que se identifique.

    El hombre se cuadró de hombros y tronó los dedos.

    —Baja tu tono.

    La miró con seriedad durante un instante antes de volver a reír.

    —No tienes que ser tan seria. Me impulsarías a burlarme de los débiles y es algo que no quiero hacer.

    Bastet alzó una ceja, visiblemente molesta.

    ¿Que bajara el tono?

    Era él quien había entrado sin permiso en el palacio, se negaba a identificarse y todavía pretendía darle órdenes. No veía ante sí a nadie a quien debiera mostrar deferencia, sino a un intruso insolente que parecía divertirse provocando a la guardia.

    Además, no tardó en dejar claro lo poco que le preocupaban quienes acudían a detenerlo.

    —No te preocupes —comentó en algún momento, dirigiéndose también hacia otra de las personas que había llegado a la zona—. De todos modos, son demasiado débiles para mí.

    Bastet mantuvo la posición.

    El intruso volvió a mirarla.

    —Estás muy callada, señorita. Para empezar, baja esa espada y ponla en el suelo. Te vas a cortar.

    La sonrisa con la que acompañó el comentario terminó de agotar su paciencia.

    —Ya está bien de tonterías. Martillo de Justicia.

    Alzó una mano con rapidez mientras pronunciaba las palabras.

    Sobre el intruso apareció la sombra de un enorme martillo de luz sagrada que cayó en cascada sobre él. El hechizo estaba destinado a aturdirlo e impedir que pudiera lanzar magia durante unos segundos.

    Bastet aprovechó de inmediato para lanzarse al ataque.

    Sin embargo, el resultado no fue el que esperaba.

    El hombre comenzó a esquivar sus movimientos con una facilidad insultante, casi con desgana. Cuando Bastet consiguió finalmente acercar la espada lo suficiente, el golpe se estrelló contra una barrera invisible.

    La hoja quedó atrapada.

    Por un instante fue incapaz de moverla.

    El desconocido aprovechó la cercanía y descargó un puñetazo directo contra su estómago.

    El impacto habría enviado a alguien sin protección varios metros hacia atrás. Bastet afianzó los pies todo lo que pudo y la sólida armadura de placas del gran mariscal absorbió buena parte del golpe. El aura que mantenía activa devolvió también parte del daño a su atacante.

    Aun así, tuvo que retroceder.

    —Ugh… ridículo charlatán…

    Lo miró con fiereza, recuperando la postura.

    El intruso apenas parecía impresionado.

    —Nah. Muy frágil.

    Bastet apretó los dientes y se dispuso a lanzar otra estocada, pero en aquel momento llegó sir Raizel.

    Su aparición hizo que ella retrocediera un paso, todavía con la espada preparada, a la espera de instrucciones.

    El desconocido dirigió entonces su atención hacia los recién llegados y siguió provocándolos con la misma ligereza.

    —Supongo que no queréis hablar, ¿verdad? Ustedes los de la guardia son demasiado serios. Aparentan mucho, pero la verdad esperaba algo más divertido.

    Se rio de nuevo.

    Poco después, como si ya hubiera perdido el interés en continuar, tomó impulso.

    —En fin… adiós, perdedores.

    Chasqueó los dedos y desapareció en un portal oscuro.

    Bastet estuvo a punto de seguirlo.

    —Déjalo ir —indicó sir Raizel—. No es buena idea luchar contra esa gente.

    Ella chasqueó la lengua y bajó finalmente la espada antes de envainarla.

    —Maldito intruso insolente… Tendremos que estar preparados cuando aparezca de nuevo.

    Se plantó con firmeza frente al mago y dio el reporte mientras todavía repasaba mentalmente lo ocurrido.

    —El intruso apareció de repente aquí. Por lo que he visto, debe de tener algún tipo de poder para detener o ralentizar ataques. No sé exactamente qué era. Nunca había visto algo así.

    Sir Raizel sonrió, como si la forma en que había desaparecido el desconocido terminara de confirmar sus sospechas.

    —Era de esperarse. Es de la Orden de los Aspectos. Una vieja orden de seres con poderes bastante peculiares… y problemáticos.

    Bastet volvió la vista hacia el punto por el que el intruso había desaparecido.

    Así que aquello explicaba, al menos en parte, lo que acababa de ver.

    No le gustaba dejar escapar a alguien que había entrado de aquella manera en el palacio. Mucho menos a alguien capaz de atravesar sus defensas, burlarse de la guardia y marcharse cuando le apeteciera.

    Pero la advertencia de Raizel había sido clara.

    No tenía sentido provocar un conflicto mayor persiguiéndolo dentro de territorio ajeno.

    Tendrían que reforzar la vigilancia y estar preparados para la próxima vez.

    Porque, después de todo lo ocurrido en Occidente durante las últimas semanas, Bastet tenía pocas razones para creer que aquel sería el último problema que llamaría a las puertas del palacio.

  • 7 – El regreso

    7 – El regreso

    Después de varias semanas dedicada a los aprendices, Bastet emprendió el regreso a Occidente.

    Había agradecido aquel tiempo fuera. Enseñar de nuevo le había resultado más natural de lo que esperaba y, durante unas semanas, había conseguido apartar de su cabeza muchas de las dudas que arrastraba desde antes de marcharse.

    De camino pasó junto a un campo cubierto de flores otoñales.

    Se detuvo.

    Con el cambio de estación había visto a muchas personas regalar o recibir flores. Ella había estado ocupada y tampoco tenía a nadie que fuera a regalárselas.

    Pero podía hacerlo ella misma.

    Se acercó al campo y, con cierto aire melancólico, escogió algunas flores. Colocó unas pocas entre su cabello y sonrió ligeramente. Después pensó que podría secarlas y guardarlas como recuerdo, quizá convertir alguna en un marcapáginas para sus libros.

    No necesitaba esperar a que alguien más tuviera aquel detalle con ella.

    Aquel pequeño momento hizo que el camino de regreso resultara casi agradable. Sin embargo, la sensación duró poco.

    Con la llegada del otoño también habían empezado a alcanzarla noticias inquietantes sobre Occidente. La información era escasa y confusa, pero hablaba de incidentes graves y de la necesidad de refuerzos. Finalmente había sido requerida de nuevo en la capital.

    Invocó a su corcel divino y continuó el camino.

    A medida que se acercaba a la ciudad comprendió que las noticias no habían exagerado. Había zonas en reparación y señales visibles de daños recientes. Algunos lugares parecían haber recuperado cierta normalidad; otros conservaban todavía las cicatrices de lo sucedido.

    Bastet redujo el paso mientras observaba los alrededores.

    Había estado fuera apenas unos meses, pero por momentos tenía la sensación de estar regresando a un lugar distinto.

    Su primera parada fue la sala de la guardia.

    Entró con la espalda recta y el paso firme de siempre, haciendo resonar ligeramente la armadura sobre el suelo.

    —Bastet Vagalume reportándose. ¿Qué se requiere?

    No tardó en escuchar una voz conocida a su espalda.

    Al volverse reconoció a April Violet y, junto a él, a otro de los capitanes de la guardia. Su aspecto la desconcertó durante un instante. Ambos vestían ropas discretas, más propias de mercenarios o cazadores que de oficiales imperiales.

    Aquello, por sí solo, ya decía bastante sobre la situación.

    April la recibió con alivio, aunque sin ocultar la gravedad de lo ocurrido.

    —Sir Vagalume, es un gusto volver a verla, independientemente de las circunstancias. Digamos que las ratas han entrado en nuestro hogar y hay que sacarlas como sea.

    Bastet juntó los talones e inclinó ligeramente la cabeza.

    —Entendido. He visto parte del estado de la ciudad durante el camino. Lamento mucho lo sucedido.

    Su expresión se volvió seria.

    —Díganme dónde se me necesita y acudiré. Haré cuanto esté en mi mano. ¿Tenemos información sobre los responsables? ¿Hay algo más que deba saber?

    Las respuestas no fueron especialmente tranquilizadoras. Todavía había demasiadas incógnitas y la investigación seguía abierta. Los ataques habían obligado a reorganizar a la guardia, reforzar la seguridad y emplear parte de sus efectivos en localizar a quienes estuvieran detrás de los incidentes.

    El capitán confirmó que su ayuda sería necesaria.

    Bastet bajó brevemente la mirada.

    —Lamento también haber estado ausente.

    Volvió a ponerse firme.

    —Entendido. Quedo a sus órdenes, capitán.

    April parecía sinceramente agradecido de tenerla de vuelta. Había mucho por hacer y, después de ponerla al corriente de lo esencial, comenzaron a explicarle lo que sabían hasta entonces.

    Bastet escuchó con atención, intentando ordenar toda aquella información y comprender hasta qué punto había cambiado Occidente durante su ausencia.

    —Entiendo que lo principal es mantener la seguridad de los habitantes hasta que demos con todos los responsables.

    No tuvo demasiado tiempo para asimilarlo.

    Poco después llegó una nueva orden: debían localizar a un intruso.

    Bastet acababa de regresar y ya estaba de nuevo en servicio.

  • 6 – Ser útil

    6 – Ser útil

    Tiempo después de haber llegado a Occidente…

    Un día llegó una carta cuando estaba en su habitación. Era un mal momento y la verdad se sentía algo mal. Trataba de empezar de nuevo en aquel lugar lejano y desconocido pero no sentía que terminase de encajar del todo.

    La primera misión que le encomendaron fue un galimatías que no lograron desentrañar, aunque por suerte fue un suceso aislado y no tuvo mayores repercusiones.

    Después su «jefa», aquella princesa, la esquivaba cuando podía al inicio ya que estaba disconforme con que le hubieran puesto un guardia para seguirla. Luego parecía haber asumido su presencia, aunque fuera de mala gana. Aun así Bastet trataba de continuar con su trabajo.

    Entonces se encontraba en sus aposentos con aquella carta en las manos que le habían hecho llegar diciendo que iba dirigida a ella. El sobre no tenía indicativo alguno…

    La abrió con curiosidad, y su contenido le resultó realmente sorprendente. Para empezar porque la carta estaba encabezada dirigiéndose a ella por su antiguo nombre.

    Por un momento se preocupó… Pero a medida que iba leyendo aquella carta, se relajaba.

    Hola […….]

    No estaba seguro de si enviar este mensaje. Ni siquiera de cómo escribirlo. Pero aun así, no he podido evitar hacerlo. Es posible que este mensaje te parezca extraño, inusual.

    En verdad sólo pretendo darte las gracias. Si me equivoco, y no eres quien creo, pido disculpas por las molestias y doy mi palabra de no volver a molestar.

    Supe de la llegada de una paladina aquí y causó mi curiosidad, por lo que me acerqué a ver aquel día cuando llegaste… Y tengo casi la absoluta certeza de que eras [……], la líder de paladines en el clan de «Los elegidos de los dioses». Aunque no te presentases por ese nombre, supongo tus motivos tendrás…

    En aquella época yo era muy joven, y pasaba una situación complicada con la soledad y las responsabilidades.

    Sin embargo, el estar en el clan me dio ánimos para continuar, viví las mayores aventuras junto a vosotros. Tú me enseñaste todo lo que sé como paladín… Y recuerdo aquella época con mucho cariño.

    Sé que fue un periodo corto, pero a veces algo pequeño puede marcarte para toda la vida… De hecho, ahora tengo mi propia familia, y puse tu nombre a mi hija.

    Sólo quería darte las gracias por todo lo que me aportaste. Si necesitases algo, puedes contar conmigo. Actualmente trabajo en el templo de la Luz de la ciudad de Compshire, donde se forman los nuevos paladines.

    Saludos,
    Arayik, el Paladín.

    Se emocionó a medida que iba leyendo aquellas líneas. A pesar de que de normal guardaba mucho sus emociones, hasta el punto de en ocasiones rozar la apatía… Puede que como método de autodefensa, aquello logró tocar su corazón, y unas lágrimas de emoción corrieron por las mejillas de la paladina.

    Realmente… Había hecho tantas cosas en su vida… Había conocido mucha gente, y había marcado la vida de muchas personas sin siquiera planteárselo ni esperar nada a cambio. Sólo siendo como ella era, generosa, siempre dispuesta a ayudar y a escuchar a aquel que lo necesitase.

    Finalmente tomó una decisión.

    Decidió que iría al templo para ofrecer ayuda. Pensaba que podrían darle alguna tarea que la hiciera sentir más útil en aquellas circunstancias.

    Puede que fuera sobrecargarse un poco… Pero también pensó que en aquel momento le iría bien hacer algo más. Ya lidiaría después con ello. Tras informarse, el lugar además no estaba lejos, apenas un par de horas a caballo, y una vez allí la primera vez podría volver por teletransporte cuando quisiera. Ya tenía su piedra del hogar registrada a su cuarto de la zona de la guardia.

    Se personó allí unos días después de recibir la carta, reencontrándose emotivamente con su discípulo, ahora con aquel cargo.

    Por supuesto enseguida le ofreció ayudar a formar a los jóvenes paladines o sacerdotes, o a aquellos que se quisieran presentar a las pruebas para serlo.

    Sería todo un nuevo reto para ella, de eso no cabía duda.

    Entró entonces a la sala de los aprendices a presentarse y ver quiénes estaban dispuestos a aprender.

    Portando como de costumbre su armadura de placas dorada, conseguida como obsequio por la ayuda en las batallas. Resonaba contra el pavimento de piedra del templo haciendo que aquellos jóvenes fueran conscientes de la llegada de la imponente mujer.

    —Saludos a todos. Soy Bastet y seré una nueva instructora en el poder de la Luz. Por el momento tomaré hasta tres aprendices que entrenarán bajo mi tutela. Den un paso al frente los interesados y valoraré sus aptitudes.

    Hablaba en tono firme y con autoridad mientras observaba a los presentes.

  • 5 – El silencio del palacio

    5 – El silencio del palacio

    Con el paso de las semanas, Bastet había terminado por acostumbrarse a la vida en palacio.

    Sus días habían adquirido una rutina bastante estable. Cumplía turnos de vigilancia, participaba en los entrenamientos de la guardia y atendía los encargos que fueran surgiendo. Y, siempre que podía, seguía pendiente de la princesa.

    La situación entre ambas tampoco era exactamente la misma que al principio. La joven continuaba siendo esquiva y Bastet procuraba darle el espacio que podía permitirse sin descuidar su trabajo, pero con el tiempo aquella presencia constante parecía haberse vuelto algo más habitual para las dos.

    Bastet no se detenía demasiado a pensarlo. Era simplemente parte de sus días.

    Lo que sí empezó a notar fue que el ambiente de palacio estaba cambiando.

    El emperador seguía dejándose ver con frecuencia, pero parecía cada vez más desbordado. Era habitual encontrarlo entrando y saliendo de su despacho, revisando documentos, atendiendo asuntos o trabajando hasta más tarde de lo normal. Daba la impresión de que muchas más responsabilidades estaban cayendo sobre sus hombros.

    Nadie le dio a Bastet una explicación y ella tampoco acostumbraba a hacer preguntas sobre asuntos que no le correspondían.

    A simple vista todo seguía funcionando. Los sirvientes continuaban con sus tareas, los guardias cumplían sus turnos y el palacio mantenía su actividad habitual. Aun así, había algo extraño en aquella normalidad.

    La princesa también comenzó a dejarse ver menos.

    Bastet siguió haciendo su trabajo, pendiente de ella cuando podía y ocupándose del resto de sus obligaciones cuando no. Durante un tiempo no hubo nada concreto que pudiera señalar como un problema.

    Hasta que, finalmente, la familia imperial se marchó.

    La princesa se fue con ellos.

    Los guardias continuaron con sus rondas. Las puertas siguieron vigiladas. Los turnos se cubrían como siempre.

    Pero el palacio ya no se sentía igual.

    Después de tantos meses allí, Bastet se había acostumbrado a aquella habitación, a los corredores, a los rostros conocidos y a una rutina que, sin darse cuenta, había comenzado a considerar propia.

    Ahora los pasillos parecían demasiado silenciosos.

    No pensó demasiado en el motivo.

    Todavía no.

  • 4 – Entrenando consigo misma

    4 – Entrenando consigo misma

    Una vez incorporada oficialmente a la guardia de Occidente, Bastet comenzó poco a poco a acostumbrarse a sus nuevas rutinas.

    Había pasado mucho tiempo viajando de un lugar a otro, sin detenerse demasiado en ningún sitio ni permitirse echar raíces. Por eso, disponer ahora de una habitación propia y de un lugar al que regresar al final del día, aunque solo fuera de forma temporal, le resultaba extrañamente agradable. Después de tanto tiempo en movimiento, aquella pequeña sensación de estabilidad era casi un lujo.

    Sus días se repartían entre los turnos de guardia, los entrenamientos junto al resto de sus compañeros y, por supuesto, la tarea que el emperador le había encomendado personalmente: mantenerse pendiente de la princesa y velar por su seguridad.

    No era una vida especialmente tranquila, pero tampoco podía decir que le disgustara. Volver a tener obligaciones concretas y una rutina comenzaba a darle cierta sensación de estabilidad.

    Entre aquellas obligaciones estaban los entrenamientos habituales de la guardia.

    Y uno de ellos resultó ser bastante menos habitual de lo esperado.

    El capitán había preparado aquel día una propuesta fuera de lo común. No se trataba de un ejercicio improvisado: guardias y miembros de la caballería habían sido convocados para un entrenamiento de resistencia y coordinación pensado para poner a prueba algo más que la fuerza bruta.

    El ejercicio consistía en combatir al ritmo de una pieza interpretada al piano mientras cada participante se enfrentaba a un doble de sí mismo creado mediante magia. El objetivo no era derrotarlo, sino mantener el ritmo, bloquear y contraatacar a medida que la música aumentaba progresivamente la dificultad.

    El emperador se encontraba también presente, observando con interés el peculiar entrenamiento que el capitán había preparado.

    Bastet reparó además en una presencia bastante más inesperada: una pequeña niña rubia, de apenas cuatro o cinco años, que decidió sumarse al ejercicio con un entusiasmo, una pequeña espada y una determinación que contrastaban bastante con su tamaño. La paladina la observó por unos momentos con curiosidad antes de volver a centrar la atención en lo que tenía delante.

    Bastet escuchó la explicación con atención y dejó escapar un pequeño suspiro.

    Aquello sonaba interesante.

    Clones…

    Cerró los ojos durante unos segundos tratando de recordar por qué la idea le resultaba tan familiar. Entonces lo recordó.

    —Ah…

    Un ligero escalofrío le recorrió la espalda.

    Aquel antiguo laboratorio.

    Seguramente había visto trucos parecidos en otras ocasiones, pero las misiones que la habían llevado hasta aquel lugar continuaban poniéndole los pelos de punta cada vez que las recordaba.

    Abrió de nuevo los ojos y observó con curiosidad a la figura que tenía delante.

    Era ella.

    Una copia prácticamente perfecta que repetía sus movimientos como si se encontrara frente a un espejo.

    Bastet alzó ligeramente una ceja mientras la estudiaba.

    ¿Cuánto tiempo hacía que no se observaba a sí misma con detenimiento?

    Entre las obligaciones, los entrenamientos y las rutinas diarias, había días en los que apenas se prestaba atención. Y ahora tenía frente a ella una réplica que le devolvía hasta el más pequeño de sus gestos.

    Desenvainó la espada.

    Su doble hizo exactamente lo mismo.

    —¡Pueden comenzar! —ordenó el capitán.

    El pianista empezó a tocar.

    Bastet esperó las primeras notas y lanzó el primer golpe.

    Uno.

    Otro.

    Después varios mucho más rápidos.

    Las espadas chocaban siguiendo el ritmo de la melodía, arrancando pequeñas chispas cada vez que ambas hojas se encontraban.

    A pesar de saber que su contrincante se detendría si ella lo hacía, Bastet no bajaba la guardia. Ni siquiera apartaba la mirada para comprobar cómo se desenvolvían los demás.

    La música disminuyó poco a poco su velocidad y sus movimientos se adaptaron a ella. Las estocadas se hicieron más pausadas, aunque sin perder agilidad.

    Podía anticipar cuándo volvería a acelerarse.

    Afianzó un pie en el suelo y continuó atacando.

    Cuando consiguió acostumbrarse al extraño ritmo del combate, una ligera sonrisa terminó apareciendo en su rostro.

    No era demasiado habitual verla sonreír mientras entrenaba.

    Pero tenía que admitirlo.

    Aquello estaba resultando divertido.

    La melodía hizo otra pequeña pausa. Bastet relajó durante un instante la postura y dio un par de pasos hacia un lado.

    Su réplica la imitó de inmediato, manteniéndose siempre frente a ella.

    La música volvió a animarse.

    Bastet retomó las estocadas, alternando golpes altos y bajos según cambiaban las notas. Con los sonidos graves las espadas chocaban en el centro; cuando la melodía se hacía más rápida y aguda, sus movimientos se volvían también más cortos y veloces.

    Hasta que llegó la última nota.

    Bastet bajó la espada, respirando algo más deprisa después del esfuerzo, y se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.

    Su clon hizo exactamente lo mismo.

    Aquello consiguió arrancarle otra sonrisa.

    Por pura educación, hizo una pequeña reverencia hacia su peculiar contrincante.

    La réplica imitó el gesto.

    —Gracias por el combate —murmuró.

    Quizás entrenar contra sí misma no había sido una idea tan mala después de todo.

  • 3 – Cuestión de paciencia

    3 – Cuestión de paciencia

    Proteger a la hermana del emperador había parecido, al menos en un principio, una tarea bastante clara.

    Bastet tenía experiencia de sobra protegiendo a otras personas. Había pasado buena parte de su vida luchando, viajando y asumiendo responsabilidades mucho más peligrosas. Lo que no había previsto era que su principal dificultad no estaría en enfrentarse a una amenaza, sino en conseguir que su protegida permaneciera el tiempo suficiente en el mismo lugar y no perderla de vista.

    La princesa no estaba precisamente satisfecha con la decisión de su hermano.

    Aunque Bastet trataba de mantenerse a una distancia prudente y no interferir más de lo necesario, la joven parecía aprovechar cualquier oportunidad para esquivarla. Bastet procuraba tomárselo con paciencia. Al fin y al cabo, no había sido la princesa quien había pedido tener una guardia siguiéndola a todas partes.

    Eso no cambiaba, sin embargo, las órdenes que había recibido.

    Su trabajo era protegerla.

    Y para hacerlo necesitaba, como mínimo, saber dónde estaba.

    Una mañana llevaba ya un buen rato esperando cerca de los aposentos de la princesa. Se mantenía atenta a cualquier movimiento mientras, inevitablemente, su mente volvía también a otros asuntos que la preocupaban.

    Seguía pensando en aquella extraña sensación que había percibido poco después de recibir su nueva tarea. Una presencia familiar, una energía que le recordaba demasiado al Vacío y que no terminaba de encajar con nada de lo que había encontrado hasta el momento.

    También tenía pendiente una investigación relacionada con un robo ocurrido recientemente.

    Demasiadas cosas daban vueltas por su cabeza, aunque Bastet intentaba separar cada problema y atender primero a lo que tenía delante.

    En aquel momento, eso significaba esperar a la princesa.

    No era exactamente la clase de misión que había imaginado cuando llegó a Occidente.

    Aun así, permaneció allí.

    Con paciencia.

    O al menos con toda la paciencia que era capaz de reunir.

    No sería la última vez.

    Otro día acudió a los aposentos de la princesa y descubrió que no estaba.

    Bastet se quedó unos segundos observando la habitación vacía antes de soltar un suspiro.

    —Otra vez…

    No necesitó mucho más para comprender lo que había ocurrido.

    Comenzó a recorrer los pasillos del palacio, revisando los lugares que conocía y aquellos en los que pensaba que podría haberse refugiado. De vez en cuando se detenía para observar mejor alguna estancia o buscar a alguien a quien preguntar.

    Intentaba no alarmarse.

    La princesa probablemente se encontraba perfectamente bien.

    Probablemente.

    Pero eso no significaba que Bastet pudiera limitarse a esperar a que regresara por su cuenta.

    Habían puesto su seguridad bajo su responsabilidad y pensaba tomárselo en serio, aunque su protegida no pareciera demasiado interesada en facilitarle el trabajo.

    Recorrió nuevamente uno de los corredores, mirando a ambos lados.

    Aquella situación comenzaba a resultarle extrañamente familiar.

    La princesa escapaba.

    Bastet iba tras ella.

    Y tarde o temprano volverían a empezar.

    Con el paso del tiempo, sin embargo, la joven pareció ir aceptando su presencia. Quizá no estuviera encantada con tener una guardia personal, pero dejó de comportarse como si Bastet fuera una sombra de la que tuviera que librarse constantemente.

    Eso permitió que algunas de sus salidas comenzaran a parecerse algo más a un trabajo normal.

    En una de aquellas ocasiones, la princesa le indicó que quería pasear nuevamente por la ciudad.

    Bastet decidió prescindir de su llamativa armadura dorada. Recorrer una zona comercial abarrotada vestida de aquella forma habría atraído demasiadas miradas, así que escogió algo más discreto, cómodo y funcional. Conservó, por supuesto, su espada.

    Una vez en el mercado, caminaba unos pasos por delante de la princesa, vigilando el camino y procurando abrirle paso entre la gente sin llamar demasiado la atención.

    Cada pocos momentos volvía la cabeza para comprobar que continuaba detrás de ella.

    No pensaba perderla de vista allí.

    La zona comercial de la capital solía estar muy concurrida y Bastet sabía lo fácil que sería que alguien desapareciera entre el ir y venir de la gente.

    Especialmente alguien que ya había demostrado cierta habilidad para hacerlo.

    Se acercó un poco a la princesa y, debido a la diferencia de altura, se inclinó ligeramente para poder hablarle sin alzar demasiado la voz.

    —Por aquí, alteza. ¿Quiere buscar algo en particular?

    Mantuvo después una distancia prudente, pendiente del entorno.

    Todavía estaba aprendiendo a desempeñar aquella nueva tarea.

    Y la princesa, quizá, empezaba también a acostumbrarse a tenerla cerca.

  • 2 – Una tarea importante

    2 – Una tarea importante

    Después de la audiencia, el capitán acompañó a Bastet hasta la sala de la guardia. Allí le mostró las instalaciones y las habitaciones destinadas a los reclutas, indicándole que podía instalarse en una de las que se encontraban libres.

    —Gracias, capitán. Entendido.

    Bastet dejó sus escasas pertenencias en la habitación que le habían asignado. Después de un viaje tan inesperado y de una jornada que había terminado de una forma que difícilmente habría podido prever aquella mañana, decidió descansar.

    Bastet llega a la habitación que le han asignado en la zona de la guardia

    Al día siguiente se aseó, volvió a vestir su armadura y salió en dirección al lugar donde debía realizar las pruebas de ingreso.

    El emperador había sido muy claro: tendría que superar las pruebas completas antes de ser aceptada formalmente en la guardia.

    Bastet no sabía todavía qué tarea tenía pensada para ella, pero aquello no hacía sino despertar aún más su curiosidad.

    Durante los días siguientes completó las pruebas exigidas a los nuevos miembros de la guardia. No era la primera vez que se sometía a entrenamientos de aquel tipo. Había pasado buena parte de su vida combatiendo, viajando y protegiendo a otros, de modo que se tomó el proceso con seriedad y disciplina.

    Finalmente recibió la confirmación que esperaba: había sido aceptada.

    Entonces fue llamada por el emperador.

    Cuando llegó a la sala, Bastet acudió sin saber exactamente qué esperaba de ella. Al acercarse, sin embargo, comenzó a escuchar cierto revuelo.

    —¡Que su primera tarea sea atraparme!

    La princesa intentó salir corriendo, pero uno de los guardias presentes le cortó el paso antes de que pudiera llegar demasiado lejos. Entre protestas y miradas de resignación, el emperador terminó llamando a Bastet.

    —Dame Bastet, venga aquí, por favor.

    La paladina se acercó algo confundida.

    —¿Su majestad me llamó?

    —Sí, Dame Bastet. Desde ahora, y considerando que ha superado las pruebas pertinentes, se encargará de vigilar y proteger a mi hermana.

    La reacción de la princesa fue inmediata. Negó desde donde estaba, visiblemente poco conforme con aquella decisión.

    —No puede ser…

    Bastet miró primero al emperador y después a la joven pelirroja que acababa de intentar escapar. Así que aquella era la tarea especial que había mencionado durante la audiencia.

    El emperador dirigió a su hermana una mirada seria, aunque parecía contener cierta satisfacción.

    —Te lo avisé. Igualmente es tarde. Ya hablaremos.

    La princesa resopló con resignación.

    —Pues ya qué…

    —Te dije que no tendrías opción.

    Bastet decidió mantenerse prudentemente al margen de aquella pequeña discusión familiar. Se acercó hasta la princesa y, al llegar frente a ella, se arrodilló clavando la espada en el suelo.

    —Su alteza, me pongo a su servicio para protegerla, tal como se me ha indicado.

    Bastet ante la princesa de Occidente al recibir su nueva misión

    La joven había estado mirando al suelo con evidente disgusto. Finalmente alzó un poco la vista hacia Bastet, suspiró y terminó asintiendo.

    —Entiendo…

    No parecía especialmente entusiasmada con la idea, pero Bastet se limitó a aceptar la situación con profesionalidad. Su deber era cumplir las órdenes recibidas, aunque empezaba a sospechar que proteger a la hermana del emperador quizá no sería una tarea tan sencilla como había imaginado.

    Entonces algo llamó brevemente su atención. Una sensación fría, un ligero siseo apenas perceptible y, durante un instante, la impresión de haber visto una sombra fuera de lugar. Bastet conocía demasiado bien aquella sensación: Vacío.

    Palideció apenas un momento y recorrió discretamente la estancia con la mirada, sin encontrar nada concreto. Tal vez no fuera más que una impresión, pero decidió no ignorarla.

    El capitán, que se encontraba cerca, pareció notar su inquietud.

    —Dama Bastet, ¿ocurre algo?

    Ella asintió con discreción.

    —Sí, capitán… Me gustaría hablar con usted después.

    —Claro. En mi despacho, si lo desea.

    Bastet volvió la atención hacia la princesa.

    —Capitán, iré en cuanto sea posible. Su majestad el emperador me ha encargado también cuidar de su alteza.

    Respondió ya algo más calmada, aunque aún lanzó una última mirada alrededor.

    Había llegado a Occidente buscando un nuevo rumbo y, pocos días después, ya formaba parte de la guardia y tenía una responsabilidad muy concreta: proteger a la hermana del emperador.

    Por la expresión de la princesa, aquella misión prometía ser bastante menos tranquila de lo que parecía.

  • 1 – Llegada a Occidente

    1 – Llegada a Occidente

    Una clara mañana, bajo el cálido sol cercano al mediodía, estaba a punto de acontecer algo extraño.

    A las afueras de aquel imperio, un portal de intensa luz azul, de unos tres metros de diámetro, apareció en mitad de un descampado formando espirales de maná. Tras unos segundos, una figura femenina comenzó a perfilarse entre la luz.

    Una mujer emergió de él portando una armadura dorada y una gran espada a dos manos. Mantuvo los ojos cerrados hasta sentir que había llegado a su destino. No había escogido un lugar concreto; simplemente había dejado que el universo dirigiera sus pasos.

    El cabello azabache se arremolinaba alrededor de su rostro por efecto de la energía del portal. Lo apartó con una mano y, finalmente, abrió los ojos.

    A su espalda, el portal comenzó a desvanecerse hasta desaparecer por completo apenas unos instantes después.

    Bastet miró a su alrededor. Parecía encontrarse en mitad de un campo. A no mucha distancia se distinguía una ciudad y, más allá de ella, lo que parecía ser un gran palacio.

    Sonrió ligeramente. Siempre le había agradado conocer nuevos lugares y aquel, sin duda, lo era.

    —Bien… Veamos qué lugar es este. Lo primero será presentarme ante sus regentes.

    Comenzó a caminar con paso firme en dirección a la ciudad.

    Después de haber recorrido tantos lugares durante sus viajes, conocía suficientemente bien aquel tipo de protocolos. Antes de instalarse o decidir siquiera cuánto tiempo permanecería allí, lo adecuado era presentarse ante quienes gobernaban aquellas tierras.

    Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que su llegada no había pasado inadvertida.

    La aparición de una abertura mágica de semejante tamaño había alertado al imperio. El capitán de la guardia, acompañado por varios soldados, acudió rápidamente al lugar para averiguar qué había sucedido. Entre ellos se encontraba también un mago, que había percibido la alteración de maná provocada por el portal.

    Bastet distinguió al pequeño grupo acercándose antes de alcanzar la ciudad. Algunos de los guardias mantenían las armas preparadas, aunque ninguno parecía dispuesto a atacar sin motivo. El hombre que iba al frente daba órdenes con naturalidad y parecía estar al mando.

    El mago fue el primero en dirigirse a ella.

    —Sea bienvenida al Imperio de Occidente, señorita.

    Bastet se mostró algo sorprendida por semejante comitiva de recibimiento, pero enseguida adoptó una posición firme, casi militar. Juntó los talones, haciendo resonar ligeramente las placas de su armadura, y apartó la mano de la espada para dejar claras sus intenciones. Después llevó la mano al pecho en señal de respeto.

    —Gracias por su bienvenida.

    Dirigió una mirada al hombre que parecía liderar a los soldados y después al resto. Algunos continuaban algo a la defensiva, algo que podía comprender después de haber aparecido sin previo aviso mediante un portal en mitad de sus tierras.

    —Mi nombre es Bastet. Paladina y sacerdotisa de la Luz. Soy una aventurera buscando un nuevo rumbo en mi vida. ¿Serían tan amables de indicarme dónde me encuentro y cómo podría presentarme formalmente ante quien regente este lugar?

    Su tono se mantuvo tranquilo. No pretendía causar conflicto alguno y quería dejarlo claro desde el principio.

    El capitán terminó por ofrecerse a guiarla hasta el palacio.

    —Por favor, se lo agradezco.

    Bastet inclinó levemente la cabeza y comenzó a seguirle. Mientras avanzaban aprovechó para observar los alrededores y también a quienes la acompañaban. Uno de los guardias llamó especialmente su atención: permanecía en silencio y llevaba los ojos vendados bajo el casco, aunque no consideró apropiado preguntar por ello.

    En cambio, sí se dirigió al hombre que iba al frente.

    —Usted es el líder, ¿verdad? Si no es indiscreción preguntar antes de que lleguemos ¿Cree que sería factible trabajar con ustedes, si sus majestades lo aprueban?

    La idea había surgido casi de manera natural. Había llegado buscando un nuevo rumbo y, aunque apenas conocía aquel imperio, la posibilidad de volver a servir y proteger a otros le resultaba familiar.

    Durante el trayecto cruzó la ciudad observando con curiosidad sus calles y habitantes hasta que finalmente llegaron al palacio.

    La estructura le sorprendió. Resultaba más moderna que otros palacios que había conocido y estaba profusamente decorada. Siguió al capitán por su interior hasta llegar a la sala de audiencias.

    Antes de entrar, él se detuvo.

    —Solo… sin ánimo de molestarla, ¿sería tan amable de entrar desarmada? Durante las audiencias con sus majestades los invitados no tienen permitido portar armas.

    Bastet no puso objeción. Desenvainó su gran espada con cuidado y se la entregó como si se tratase de un objeto frágil.

    —Por supuesto.

    El capitán la recibió con el mismo cuidado y Bastet quedó a la espera de que le indicaran cuándo podía avanzar.

    Aquel día los dos emperadores se encontraban atendiendo audiencias. Cuando llegó su turno, uno de los secretarios hizo una señal y Bastet recorrió el pasillo central con paso firme y erguido. Su armadura resonaba a cada paso en el silencio de la sala.

    Percibió algunos murmullos a su alrededor, seguramente provocados por su apariencia y por aquella armadura tan distinta a las de los habitantes del lugar, pero no prestó atención.

    Al llegar frente a los monarcas, clavó una rodilla en el suelo y bajó la cabeza.

    Bastet arrodillada ante los emperadores de Occidente durante su audiencia

    El emperador la observó durante unos instantes antes de hablar.

    —Bienvenida a Occidente. Puede presentarse y explicar qué la trae hasta aquí.

    Bastet levantó ligeramente la mirada, aunque permaneció arrodillada.

    —Sus majestades, vengo a presentar mis respetos ante ustedes. Recién he llegado a estas tierras. Mi nombre es Bastet Vagalume y he viajado por diversos lugares, llegando casualmente hasta aquí en busca de un nuevo lugar donde residir y nuevos objetivos.

    Apretó el puño contra el pecho.

    —Quería pedir, si fuera posible, que me aceptasen en su guardia y poder servir al imperio.

    El emperador guardó silencio durante unos momentos. Bastet esperaba sin moverse, consciente de que acababa de solicitar un puesto en la guardia de un reino al que había llegado hacía apenas unas horas.

    Finalmente, él sonrió.

    —Acepto su solicitud de buen grado.

    Buscó al capitán con la mirada.

    —Capitán, encárguese de buscarle alojamiento en la zona de reclutas y de que pase las pruebas completas. Todas. Tengo una tarea que quisiera encomendarle si logra superarlas.

    Después hizo un gesto a Bastet indicándole que podía levantarse.

    —Lady Bastet, bienvenida a Occidente. Espero que se encuentre cómoda aquí.

    La paladina sonrió agradecida y volvió a ponerse en pie. Juntó los talones y llevó nuevamente una mano al pecho antes de inclinarse respetuosamente.

    —Gracias por la oportunidad, su majestad. Espero no defraudarlo.

    Hizo también una reverencia hacia la emperatriz.

    —Su majestad.

    Al girarse reconoció al hombre que la había acompañado desde las afueras. Efectivamente, sus sospechas habían sido correctas: aquel era el capitán de la guardia.

    Bastet había llegado a aquellas tierras sin saber siquiera su nombre, dejando al azar el destino de su viaje.

    Ahora, apenas unas horas después, tenía un lugar donde quedarse, unas pruebas que superar y, quizá, un nuevo propósito que descubrir.