La Princesa Aventurera
Looking for Myself
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1 – El Nacimiento de la Princesa
La primavera acababa de llegar, y los verdes bosques que rodeaban la ciudad brillaban más que nunca, bajo el cálido sol que adornaba el cielo.
Por fin parecía haber terminado la larga época de lluvias, y las flores comenzaban a brotar por todas partes.

Según uno se aproximaba a las inmediaciones de la capital del reino podía notar el bullicio y la alegría en el ambiente, que parecía indicar que aquel no era un día común.
Y así era: En aquel hermoso domingo de primavera, había nacido al fin la hija primogénita de los reyes del reino de Gallaecia, y la población se encontraba feliz con los preparativos de los festejos que se iban a celebrar por tal acontecimiento.
Algunos sirvientes terminaban de preparar la gran sala del trono, que adornada con las mejores galas y miles de flores blancas albergaría en breve la presentación de la princesa. Cuando uno de los mayordomos llegó a avisarles de que era la hora, a lo que todos tomaron sus posiciones, se abrieron las puertas del castillo, y la gente comenzó a entrar y buscar un buen sitio desde el que no perderse nada.
La espera se hizo algo larga por la impaciencia de los invitados, pero en seguida aparecieron los monarcas. El Rey lucía imponente con su pomposo atuendo y su capa carmesí, y la reina le seguía con un vestido azul celeste, irradiando felicidad maternal, y llevando entre sus brazos la pequeña causa de toda aquella expectación.
Entonces, retiró el paño con delicadeza, y mostró el bebé a todos los habitantes de la ciudad. Un murmullo de ternura recorrió la sala, mientras observaban a la pequeña. Era morena de piel y cabello, y los ojillos que apenas mantenía abiertos se entreveían marrones como la miel.
Como era tradición, la sacerdotisa del oráculo se presentó ante la niña, y tomó aquella pequeña manita sobre la suya, mientras la gente murmuraba inquieta.

La sacerdotisa observó por unos minutos que se hicieron eternos la mano de la niña. Y a continuación volvió la vista a sus padres con un gesto de dolor en su rostro, y acercándose a ellos, les habló en susurros:
– Majestades, siento ser portadora de malas noticias. Pero aunque esta niña será hermosa, inteligente y bondadosa, y traerá mucho bien al mundo, no podrá disfrutar de la vida lujosa del castillo.
Deberá realizar muchas buenas obras, vivir una vida sencilla y sufrir mucho en su camino para pagar por las acciones de una vida pasada. Sólo entonces, podrá al fin alcanzar la felicidad.
Y así, como indica la tradición, me ha sido revelado también en mi visión el nombre que ha de portar. Y deberá llevar el nombre que ya llevó en su pasada existencia.
Los reyes atónitos la miraron con gran tristeza, mientras en la sala la gente se inquietaba al no saber qué ocurría.
La sacerdotisa se giró a la multitud y acallándolos con sus gestos habló en alta voz:
– La niña se hará llamar Taisa.
Hizo una pausa mientras hacía una reverencia ante los reyes y la princesa.
– ¡Podeis aclamar ahora a Taisa Vagalume, Princesa de Gallaecia!. –

Continuó solemnemente, a lo que la sala rompió en aplausos y gritos de júbilo como era de esperar. Ya que nadie tenía idea de la agorera profecía que pesaba sobre aquella niña.
La sacerdotisa se giró de nuevo hacia los reyes, que entendieron que no podían hacer nada por cambiar la situación, besaron a la niña, y la entregaron a la sacerdotisa, que continuó hablando al pueblo mientras mostraba el bebé a la gente sobre sus brazos extendidos.
La sacerdotisa continuó hablando a la multitud que seguía atenta, dándoles una vaga excusa de lo que ocurriría a continuación.
El designio de los dioses es que la Princesa les sirva y venere en su templo, por lo que he de llevarla conmigo, para convertirse en Sacerdotisa de la Luz.
¡Y algún día volverá a Gallaecia para ser vuestra reina!
La gente aplaudió hasta cansarse, y festejaron en el banquete que prosiguió a la celebración, sin saber el dolor que llenaba el corazón de sus monarcas.
Aquel día que habían visto a su primera hija por primera vez, también la verían marcharse. Aunque sabían que estaría bien, ya que confiaban en la Sacerdotisa del Oráculo, y en que los dioses cuidarían de ellas.
Y por ello, desde aquel momento en que la Sacerdotisa del Oráculo partió hacia tierras lejanas con su pequeña Taisa, rezaron con aún más ahínco, rogando por el día en que su hija volviera a casa.
2 – Nuevo hogar: El viaje y el examen
El viaje
La Sacerdotisa del Oráculo, cuyo nombre era Alaia, partió con la niña tras la ceremonia de presentación, dejando a sus padres tristes. Aunque a la vez se sentían esperanzados pensando en que aquello era lo mejor para su hija.
Alaia decidió tomar el viaje con mucha calma. No tenían prisa por llegar, ya que la niña no podría comenzar su formación en el templo hasta que fuese algo más mayor.
Viajaron a pie la mayor parte del trayecto, parando en donde les daban asilo. A veces en posadas, a veces en graneros, a veces en pequeños templos. En ocasiones apenas paraban de caso, sin embargo en otros lugares se quedaban unos días, y en otros hasta varios meses.
Y así fueron pasando los años.

Aprendizaje
Durante el trayecto fue enseñándole muchas cosas. La pequeña aprendió a caminar, a hablar y a escuchar. También a escribir y a leer. Le enseñó historias, leyendas, las escrituras sagradas de los distintos dioses. Y enseñándole también a rezarles y a confiar en ellos.
Y aquel bebé fue convirtiéndose poco a poco en una niñita dulce e inteligente bajo su cuidado.
Pasaron por multitud de lugares, donde conocieron gente a la que siempre intentaban ayudar en lo que podían antes de proseguir con su camino.
Y viajaron y viajaron… hasta que Taisa tendría ya unos 8 años cuando por fin avistaron su destino, la ciudad de Pontiveia, capital del reino de Mideralia.

Realmente no era una ciudad muy grande, apenas parecía un adorable pueblecito comparada con otras. Pero tenía su encanto. Toda con casas sencillas de poca altura, sus castillos, y las torres de la catedral resplandeciendo a lo lejos bajo el sol de la mañana.

Se detuvieron al llegar ante las grandes puertas de la ciudad. Alaia, que llevaba a la niña cogida de la mano, la soltó para ponerla frente suyo.
La observó de arriba abajo para asegurarse de que fuese bien arreglada. Le atusó un poco el cabello, y sonriendo le dijo:
– Muy bien, Taisa, ahora tendrás que entrar sola y hacer caso a las indicaciones que te den, ya que toda persona que llega aquí por primera vez debe pasar unas pruebas. Nos encontraremos de nuevo en la catedral.
Tras decir esto, entraron por las grandes puertas que daban a un enorme recibidor con paredes de piedra, donde un par de guardias las saludaron amablemente.
El examen
En la sala había un mostrador también de piedra, y varias enormes puertas de madera. Algunas cerradas y otras abiertas.
Alaia se despidió de la niña con un gesto, y se marchó por una de aquellas puertas, dejando a Taisa frente a al mostrador al que casi no llegaba a ver, donde en un letrero se podía leer “Recepción”.
– Bien, bien, qué tenemos aquí …
Dijo una voz amigable al otro lado del mostrador. A lo que Taisa se puso de puntillas para ver a quien le hablaba, encontrándose con una señora de avanzada edad con cara redonda y cabello grisáceo de apariencia bonachona. Llevaba unas gafas pequeñitas de leer sujetas al cuello por una cadenita plateada.
– Ah, bien, es nueva aquí por lo que veo.
La niña asintió levemente, y la señora revisó sus documentos y le acercó una hoja a la niña
– Bien, pon aquí tus datos, pequeña.
Taisa tomó la hoja y la completó con la pluma que también le facilitó la señora, apoyándose sobre el lateral del mostrador. Cuando acabó, lo entregó de nuevo a la señora.
– Muy bien. Un momentito.
Le dijo sonriendo, y se paró unos segundos a leer la hoja. Revisó en un grueso libro que tenía sobre la mesa. Y de nuevo la hoja.
– Oh… Vaya.
Murmuró sorprendida la ancianita. Dejó las gafas sobre su libro, e hizo una pequeña reverencia sincera, ligeramente avergonzada.

– La estábamos esperando, señorita Taisa, ahora si es tan amable, pase a la sala de la derecha.
La siguiente sala parecía un aula de colegio. Como los que había visto en otras ciudades durante el viaje. Con varios pupitres con sus bancos de madera, cada uno con su pluma y su tintero.
El sol ya entraba a raudales en la sala por unos amplios ventanales, tras los que se veían interminables prados verdes. Se sentó en un banquito y miró alrededor. En seguida apareció de nuevo la señora del mostrador llevando más hojas, que dejó frente a Taisa, que lo miraba todo extrañada y un poco aturdida.
– Muy bien, complete esto, y cuando haya terminado tráigame los impresos, por favor.
Tras decir esto, volvió a marcharse haciendo otra reverencia.
Ahora, sola de nuevo en aquella sala, miró con detenimiento las hojas, y vio que era un cuestionario. Las preguntas eran bastante curiosas, sobre gustos, qué harías en determinadas situaciones y cosas así ¿A qué venía aquello?

Fue contestando a todo y volvió de nuevo al mostrador, donde aupándose de nuevo de puntillas, dejó sobre la mesa las hojas. La señora las tomó con cuidado, y las sacudió ligeramente para que la tinta terminase de secarse.
Vocación
Comenzó a leerlas, mirando también otros papeles que tenía sobre la mesa, mientras murmuraba y asentía con la cabeza satisfecha.
– Ajá, está claro. Todo en orden, señorita Taisa. Tal como era de esperar los resultados del test confirman su aptitud para ser Sacerdotisa de la Luz, es decir, Sanadora. Puede dirigirse ahora a la catedral para solicitar su inscripción para iniciarse como acólita.
Señaló una puerta con la mano.
Taisa se dirigió en la dirección indicada ensimismada y aturdida por tantas cosas nuevas.
Ella sabía que el objetivo de su viaje era llegar allí, pero aún no sabía a ciencia cierta que era para formarse como Sacerdotisa.
¡Ni mucho menos se esperaba un examen! De hecho, nunca había hecho uno hasta ahora.
Y lo que más daba vuelta en sus pensamientos era aquella palabra que acababa de escuchar por primera vez: “Sanadora”.
3 – Pontiveia
Taisa salió a la calle desde la penumbra de la sala de exámenes, hacia la ciudad. Y tuvo que entrecerrar los ojos por la intensa luz con que el sol de media mañana bañaba las calles de Pontiveia.
Cuando su vista se acostumbró de nuevo a la claridad, pudo entonces observar con detenimiento el lugar.
Y así pudo confirmar viéndola ya desde dentro de las murallas, que la ciudad era realmente encantadora. En general se veía una ciudad viva y alegre.

El empedrado blanco y brillante de las calles contrastaba con el verde césped que cubría grandes áreas del suelo de la ciudad. Las casas estaban hechas de piedra y de madera sobre todo, y algunas encaladas. Casi todos los edificios eran de una sola altura, o dos como mucho. Y la mayoría de las casas tenían flores adornando las ventanas. Sólo destacaban especialmente en altura la catedral y el castillo.
Iba caminando guiándose por la torre de la catedral, que se divisaba en la otra punta de la ciudad. Aunque realmente no parecía estar muy lejos.

Acercándose hacia al centro que tendría que atravesar, se escuchaba bastante ajetreo, y comenzaba a verse bastante gente. Allí había una amplia plaza redonda, que parecía que la gente utilizaba como punto de reunión.
Los lugareños se amontonaban en grupos. Algunos sentados en los bancos que la circundaban, en el césped, o incluso de pie parados charlando. También había algunos puestos de mercaderes ofertando sus artículos a viva voz. Y gente entrando y saliendo de los comercios de la plaza.
Le pareció un lugar muy animado. Y dio una vuelta observando los artículos tan variopintos que vendían.
Continuó su camino hasta que las casitas dejaron paso a la plaza de la catedral, y al fin pudo verla entera.
Allí se quedó un rato parada observándola. Era bastante más pequeña de lo que parecía a lo lejos, realmente. Aunque debía ser por comparación con los demás edificios. Hacía juego con aquella pequeña ciudad.
Tenía, como era habitual en las catedrales, enormes ventanales con cristaleras de colores. Continuó hacia el interior, para ver cómo la luz entraba teñida por los cristales, bañando todo de colores.

Era precioso, y no podía hacer otra cosa que sonreír observando aquel hermoso efecto, e incluso se acercó a donde la luz caía para poner su mano y ver como también la luz multicolor caía sobre ella.
Tan ensimismada estaba la niña que no notó que Alaia ya estaba allí esperándola. La había visto entrar, y la observaba mientras hablaba con un hombre joven que vestía una túnica de color azul brillante.
No quiso interrumpirla, y la observaba divertida, aunque en su mirada se apreciaba cierta tristeza…
4 – La Despedida
Alaia, que esperaba a la niña dentro de la catedral, dejó que la pequeña se entretuviese un rato más con los juegos de luces de la vidriera, antes de llamar su atención.
– Taisa, cielo, ven un momento.
La niña se acercó a ella, y la sacerdotisa se puso en cuclillas hasta ponerse a su altura. Intentando sonreír, hizo una pausa, suspiró y continuó.
– Ya hemos llegado a nuestro destino. Ahora tendrás que quedarte aquí. Te darán alojamiento, te formarás y podrás quedarte hasta que seas más mayor.
Yo tengo que regresar ya.
Alaia abrazó a la niña con fuerza por unos segundos. Al fin y al cabo, prácticamente la había criado. Y se le partía el alma de tener que dejarla. Pero no tenía elección, debía volver para reportar a los reyes. Y debería retomar sus labores allí.
Antes de marcharme, tengo algo para tí…
Diciendo esto, descolgó el rosario que había llevado consigo siempre. Y dejándolo en las manos de la niña, le susurró «que la luz te cuide.»
Dio media vuelta, y se marchó conteniendo las lágrimas.
Taisa se quedó allí boquiabierta, y sobrepasada por los eventos de aquel día. No se esperaba aquello. No sabía que tendría que quedarse sola allí.
Y allí se quedó, recién llegada en aquella ciudad desconocida.

Completó su inscripción como acólita en la catedral, para formarse como sacerdotisa. Tal y como estaba previsto. Y se alojó en el internado del templo con otros niños y jóvenes que también se preparaban para ser sacerdotes y sacerdotisas de la luz.
Los instructores de la catedral eran muy amables. Y también sus compañeros. Pero se sentía muy sola, sin encontrar a nadie que realmente llenase aquel vacío que sentía en su corazón desde que Alaia se marchó. La única familia que había conocido.
Y los días, los meses y los años continuaron pasando. Mientras que crecía, estudiaba y entrenaba duro cada día. No tenía nada más, y puso todo su empeño en intentar convertirse en una de las mejores sacerdotisas de Mideralia.
Tenía claro que aquel era el destino que le esperaba…
¿O no?
5 – Un encuentro
Varios años después… una soleada tarde de otoño en Pontiveia. Como era habitual, Taisa salió a los campos circundantes a pasear, y entrenar sus hechizos.

Era bastante duro el entrenamiento, ya que la preparación de los acólitos cuyo objetivo era el de servir como soporte para otros aventureros, se centraba principalmente en la mente más que en la fuerza, y en los hechizos de apoyo y sanación, más que en el ataque.
Por ello, les costaba bastante enfrentarse incluso a los pequeños monstruos redondeados que rodeaban la ciudad. Eran apenas unas masas gelatinosas redondas de color rosado, que absorbían todo lo que encontraban. Pero Taisa no se daba por vencida, y continuaba esforzándose.
La verdad es que comenzaba a sentirse un poco atrapada en aquella ciudad, llevaba varios años allí sin haber salido mucho más allá de los muros de la ciudad.
“Es muy peligroso ir más allá” decían los mayores “Aún te queda mucho por aprender para poder salir de Pontiveia y sus alrededores”.
Y ella deseaba, con todas sus fuerzas, que llegase el momento en que la dejasen ir más allá. ¡Ya tenía 17 años! ¿Por qué no podía aún?
Tenía ganas de ver otros lugares, otros desafíos, aventuras… Y cada día intentaba alejarse un poco más de la ciudad.
Aquel día estaba avanzando poco a poco hacia las afueras de la ciudad, como de costumbre, vigilando a su alrededor. Y de pronto escucho un ruido fuerte, y se asustó bastante, yendo a esconderse en unos arbustos.
Se asomó con cuidado a ver que pasaba. Se escuchaba ruido de pelea.
Entonces vio como un joven se peleaba a golpe de espada con varios monstruos verdes y gelatinosos ¡A la vez!
Había muchos monstruos gelatinosos en los alrededores de la ciudad, pero ella no había visto muchos como aquellos. Estos eran de un color verdoso, parecían mucho más fuertes que los que ella había visto. Ella seguro que no podía contra ellos.
Y aunque parecía que aquel chico se estaba desenvolviendo bastante bien, poco a poco comenzaban a ganarle terreno, cerrándole el paso y golpeándole.
Taisa no se lo pensó dos veces, inspiró, salió de los arbustos y cerrando los ojos para concentrarse mejor, con las manos extendidas hacia el muchacho, comenzó a recitar uno de sus hechizos.

Una tenue luz comenzó a emitir de su cuerpo concentrándose en sus manos. El chico se giró al escuchar el conjuro, y quedó embobado mirándola. Realmente fueron apenas unos segundos, pero el tiempo pareció detenerse para él en aquel momento.
Realmente, Taisa había crecido, y se estaba convirtiendo en una jovencita bastante linda, aunque ella no era muy consciente de ello. Entre otras cosas, porque no era una belleza que realmente llamase la atención. Además era algo introvertida, y no se solían fijar mucho en ella.
Pero aquel chico, le prestó toda su atención. Y quedó ensimismado observando como el aire hacía ondear el largo cabello negro de Taisa, su piel lisa y suave, tocada por el sol. Y sus labios pronunciando las palabras del hechizo que no llegaba a escuchar realmente. Y aquella luz que irradiaba que la hacía parecer un ángel recién caído del cielo a sus ojos…
Y de pronto lo único que podía desear era que aquella angelical muchacha abriese sus ojos para ver su color y poder perderse en ellos…
Cuando de pronto un fuerte golpe en la pierna le hizo reaccionar
– ¡Au! –
Y fue consciente de nuevo de donde estaba. Uno de los monstruos le había golpeado fuertemente en una pierna, y otro se acercaba amenazante para lanzar su ataque también. El dolor comenzaba a hacer flaquear sus rodillas y sus manos. Y cuando estaba a punto de caer… La luz surgió de las manos de Taisa, inundándole.
Se sintió aliviado, empuñó con fuerza su espada, y asestó sendos golpes a aquellos monstruos haciéndolos saltar en pedazos.
Acto seguido, se giró intentando poner una pose heroica para lucirse… cuando vio como la tercera masa gelatinosa estaba a punto de saltar sobre la chica. Se lanzó a por la bola viscosa. Cuando terminó con ella, dio un rápido vistazo a su alrededor para asegurarse de que no quedasen más, antes de poder volver a centrarse en la muchacha.
Sonriendo triunfal, al fin pudo mirarla a los ojos. Hizo una solemne reverencia, a la vez que envainaba su espada, y se presentó.
– Buen día, hermosa señorita, mi nombre es Balthimor. ¿Qué os trae por estos prados?
Taisa se sonrojó al instante ante el cumplido, y bajó la vista.
Realmente el joven era bastante apuesto. Sería sólo un año o dos mayor que ella. Tenía el cabello dorado, la piel clara, y los ojos de un azul profundo como el mar de verano. Y le sonreía de una forma que nadie jamás lo había hecho. Aquello hizo que el corazón le palpitase más deprisa.
– Entrenaba mis hechizos – Dijo vergonzosa en un hilo de voz. – Mi nombre es Taisa, y estoy preparándome para ser Sacerdotisa de la Luz.
Él la invitó a sentarse a la sombra de unos árboles, sacó unas manzanas de su bolsa para ambos, y charlaron durante horas.

Balthimor era un espadachín que quería convertirse en cruzado. Le habló a Taisa de cómo tenía que entrenar también muy duro, tanto física como mentalmente. Ella había oído hablar de los paladines, ya que muchos iban también a la catedral de Pontiveia a orar, y era el lugar donde se les otorgaba el rango. Aunque ellos no estudiaban allí.
Aprendían la capacidad de invocar el poder de la Luz para realizar poderosos ataques además de para proteger a sus compañeros, pero implicaba una gran fuerza de voluntad, ya que muchos de sus hechizos suponían recibir parte del daño en sí mismos.
A Taisa le resultó muy agradable escuchar las historias que su nuevo amigo le contaba, demostrando la ilusión que el chico tenía por sus objetivos.
Ella también le contó muchas cosas sobre la Catedral, sus hechizos y entrenamientos. Aunque aún no le habló de sus orígenes, ya que no era algo de lo que le gustase hablar, y menos con un recién conocido, aunque se sintiese tan bien hablando con él.
Hasta que se dieron cuenta de que habían perdido la noción del tiempo, comenzaba a anochecer y decidieron regresar a la ciudad.
Cuando tuvieron que despedirse de vuelta en la ciudad, acordaron verse de nuevo al día siguiente. Y así empezaron a encontrarse día tras día, para entrenar juntos por los alrededores de la ciudad y merendar juntos cada tarde.
Un día, mientras merendaban, Taisa le comentó las ganas que tenía de ver más lugares, ya que era mucho el tiempo que llevaba allí en el mismo sitio.
– Pues a qué esperamos – – ¡Vayamos! ¿No notaste que juntos podemos hacer mucho más? Con mi fuerza y tus hechizos, ya podemos enfrentarnos a monstruos más poderosos. Te llevaré a donde desees.
dijo Balthimor levantándose y sacudiendo de su ropa las migas de la tarta que acababan de comer.
– ¡Vayamos! ¿No notaste que juntos podemos hacer mucho más? Con mi fuerza y tus hechizos, ya podemos enfrentarnos a monstruos más poderosos. Te llevaré a donde desees.
Le dijo sonriendo cariñosamente, mientras cogía su mano y comenzaban a andar juntos.
Y entonces Taisa se dio cuenta de que ya no se sentía tan sola.
6 – Las Campanas
Los días iban durando más y el sol calentaba ya bastante, anunciando la llegada del verano.
Taisa y Balthimor se habían detenido a descansar aquella mañana a las orillas de un río en los alrededores de Pontiveia , y a refrescarse bebiendo un poco de agua, para contrarrestar el calor.

Hacía tiempo que habían dejado ya de disimular cuando se miraban el uno al otro. Y a veces simplemente se quedaban mirándose, en silencio, dejando pasar el tiempo.
Aquél había sido un día bastante duro de entrenamiento, últimamente ya notaban cómo iban creciendo en experiencia, fuerza y habilidad. Cada vez les costaba menos acabar con los monstruos gelatinosos.
También habían hecho algunas incursiones a unas cuevas cercanas a una ciudad, donde habitaban espíritus intranquilos que se levantaban en forma de zombis y esqueletos amenazando la ciudad. No eran muy fuertes, pero había que mantener siempre controlada la zona.
Y allí enviaban a menudo a los aprendices de la catedral para que entrenasen, ya que el poder de la luz era muy efectivo contra ellos.
Una vez hubieron descansado un rato, se dispusieron a continuar con su paseo, cuando algo llamó su atención a la otra orilla del río. Balthimor puso su brazo sobre los hombros de Taisa, a la vez que le indicaba que guardase silencio y que se ocultasen.
Parecía una gran acumulación de monstruos gelatinosos, pero entre aquellos monstruos de gelatina, uno parecía distinto al resto… era como si brillase ligeramente, y parecía tener alas… Pero no irradiaba bondad como los hechizos de la Luz…
– Mira. – le dijo Balthimor tratando de no alzar la voz – he oído hablar de ese monstruo, es una especie de monstruo de gelatina, pero más grande, fuerte y peligroso. Bastantes viajeros han caído engañados por esa apariencia angelical, pero es todo farsa. – Desenvainó su espada con cuidado de no hacer ruido, y comenzó a acercarse. – ¡Cúbreme! – Dijo mientras se lanzaba sobre aquella marabunta gelatinosa que enseguida se le echaron encima intentando devorarle.
Taisa lanzó rápidamente algunos hechizos de potenciación y comenzó a lanzar sanaciones a Balthimor, que peleaba con ánimo contra aquellas bestias que le atacaban con fiereza, pese a su aspecto inofensivo.
Se libró bastante rápido de los pequeños, y se centró en el angel viscoso, pero, como de la nada, aparecieron más monstruos lanzándose sobre él, repitiéndose lo mismo varias veces. Alguno intentó atacar a Taisa, que se deshizo de ellos a bastonazos para poder seguir lanzando hechizos, ya que aquel falso angel atacaba con fuerza.
La lucha duró bastante. Realmente era el monstruo más duro con el que se habían enfrentado hasta el momento, pero con la fuerza y destreza que Balthimor había adquirido, sumado a la rapidez, potencia y precisión con que Taisa recitaba sus hechizos, pudieron acabar con él, con la última estocada el monstruo se desintegró.
Balthimor rebuscó entre los restos gelatinosos. Allí encontró algunos objetos, y una túnica muy hermosa y se la ofreció a Taisa.
– Toma, te será útil. – Miró la túnica, y continuó, con una sonrisa divertida. – Eso sí, tendrás que lavarla antes.
Se miraron el uno al otro, y se echaron a reír al darse cuenta de que ambos tenían los pies, las manos y las armas cubiertos de aquella viscosa gelatina por la pelea. Y decidieron volver al río a asearse. Y allí se sentaron al borde del río, observando el bosque con los pies en el agua, lo que era muy agradable dado el calor y el esfuerzo de la batalla.
De pronto, el fuerte resonar de unas campanas rompió aquel pacífico momento, haciendo que miles de pájaros asustados levantasen el vuelo desde los árboles de los alrededores.

Tras unos instantes, descubrieron que provenía de la torre de la catedral, donde las campanas bailaban inundando todos los bosques circundantes con su alegre sonido.
– ¡Oh! Debe ser una boda – dijo Balthimor – por lo que sé hace muchísimo tiempo que no se celebraba ninguna en la catedral. ¡Vayamos!
Taisa se vio de nuevo arrastrada por el ímpetu del muchacho, que agarró su mano para correr a la capital. Apenas dándole tiempo para sacudir el agua de sus pies y calzarse sobre la marcha. La verdad es que tenía curiosidad, porque nunca había asistido a una boda.
Llegaron a toda prisa, viendo como casi toda la ciudad comenzaba a arremolinarse alrededor del templo. Escabulléndose entre la gente consiguieron entrar y hacerse hueco en un rincón de la iglesia, donde ya esperaba mucha gente, todos bastante emocionados.
Había un chico trajeado que esperaba junto al altar, visiblemente nervioso. ¡Incluso había un dios presente para oficiar la ceremonia!
Se hizo el silencio, y todo el mundo se giró hacia la puerta, donde apareció una muchacha toda arreglada, con un precioso y pomposo vestido de tul y gasa de color rosa pálido. Se escucharon algunos suspiros y «¡Oooh!” entre los asistentes. Realmente estaba muy linda.
La ceremonia estaba siendo muy bonita. A Taisa le pareció lo más romántico que nunca había visto, y su corazón palpitaba de la emoción. De pronto notó como Balthimor cogía su mano, le miró, y sus miradas se cruzaron, haciendo que su corazón se acelerase todavía más, y casi le fallasen las piernas. Él lo notó y la abrazó.
Entonces él cogió sus manos, y mirándole a los ojos con una dulce sonrisa, le susurró:
– Puede que algún día seamos tu y yo.
7 – Sacerdotisa
Taisa se levantó apresurada para dirigirse a la catedral aquella mañana. No quería llegar tarde, ya que Balthimor la estaría esperando.
8 – Ahorrando
Taisa siempre había sido una chica bastante cuidadosa con el dinero, y de pocos gastos, la verdad, pero hacía un tiempo que estaba poniendo mucho más empeño en sus ahorros.
9- La Princesita Aventurera
En aquel momento su vida parecía tranquila. Salía a menudo con su esposo, paseaban, cumplían misiones y entrenaban.
Pero también había momentos en que él debía ir a realizar misiones por su cuenta del gremio de guerreros a las que no podía acompañarle.
Igualmente, aunque lo extrañaba, no le daba lugar a aburrirse. También tenía sus encargos, disfrutaba mucho de su trabajo, acompañando a los grupos de aventureros en sus entrenamientos.
Siempre había lugar y demanda de curanderos para los grupos.
Aunque de normal casi todo el mundo iba a los mismos lugares. Buscando sitios cercanos, donde entrenar fácil y conseguir experiencia rápido. Todos tenían prisa por lograr adquirir la experiencia suficiente para que les dejasen acudir a misiones más avanzadas, y obtener el siguiente rango…
Pero aquello era aburrido. Repetitivo y siempre igual…
Y en eso había algo en que se diferenciaba Taisa… Y es que a ella le encantaban las aventuras, y salirse del camino establecido. Hacer cosas nuevas. Explorar y visitar cualquier remoto lugar que escuchase mencionar.

No importaba lo lejos, o lo difícil que pudiera ser, le fascinaba descubrir todos esos lugares, ver nuevos paisajes, encontrar criaturas diferentes, conocer más gente… Y eventualmente encontraban lugares muy interesantes a los que luego más gente quería ir.
Por ello, muchos querían ir de aventura con aquella pequeña sacerdotisa que siempre estaba dispuesta a donde otros no querían. Además de ser muy habilidosa como curandera. La buscaban frecuentemente para ese tipo de expediciones.
Y así la acabaron llamando, la princesita aventurera.
10 – El paladín y las guerras de clanes
Entre todas las misiones que realizaba, iba creando lazos y amistades finalmente.
Algunos amigos fueron muy importantes para ella.
Entre ellos, conoció en una ocasión a Vand. Un paladín solitario, que solía ir a entrenar por su cuenta, también ávido de aventuras.

Sin embargo un día coincidieron y decidieron viajar juntos. Desde entonces se fueron haciendo amigos, y a menudo se perdían por zonas alejadas, para entrenar, deshacerse de criaturas malignas o simplemente explorando.
Una tarde estaban descansando tras acabar con un gran número de criaturas hostiles, cuando él observando el cielo empezó a levantarse apurado.
— Debo irme… La guerra de clanes empezará pronto. Y mi clan me reclama mi presencia… — Pensó por un momento y enseguida añadió — ¿Te gustaría venir? Tu ayuda sería bien recibida.
Ella le miró sorprendida ya que aunque algo había escuchado, no sabía mucho sobre ello. En numerosas ocasiones le habían dicho de acudir ya que obviamente los curanderos eran muy apreciados. Pero le daba bastante miedo en realidad. Sabía que había mucha gente, y que era peligroso.
Entonces le pidió que le explicase bien de qué trataba aquello.
La guerra de clanes
En la ciudad, se organizaban semanalmente unas batallas de entrenamiento entre clanes. La guerra de clanes le decían, y todos se esforzaban por participar.
Era uno de los objetivos de muchos habitantes del reino, ser lo suficientemente fuertes y resistentes para poder entrar a los campos de batalla.
Allí, peleaban por conquistar unos castillos, que quedarían bajo la custodia del clan vencedor. Para ello debían romper el Cristal sagrado que se encontraba en lo más profundo de cada castillo.
Y además, recibirían tesoros del castillo conquistado.
La princesa quedó pensativa ante toda la información. Sonaba realmente a que era algo importante… Y ella se sentía insignificante como para marcar una diferencia en algo así.
Tampoco quería comprometerse con un clan, era algo que le preocupaba en verdad.
— Está bien, te ayudaré… — Le dijo. — Iré y cuidaré de ti. Pero no me quiero unir al tuyo ni a ningún clan…
Y así fue, con algo de riesgo, se acercó con él hasta aquel lugar. El bullicio era inmenso. La gente corría por todos lados, hacia los castillos o en retirada para recuperarse y regresar.
Estuvo encargándose de sanar a Vand siempre que necesitaba, mientras que se lanzaba a la batalla y él a su vez cuidaba que no la dañasen. Y la verdad… es que fue divertido.
Por lo que de ahí en adelante, intentó empezar a participar…
11 – Nuevos amigos
Se volvió habitual el que la joven princesa acudiera con su amigo Vand a apoyar en las batallas de clanes. Él pertenecía a uno de los clanes más poderosos e importantes del reino. Realmente era un paladín admirable, que protegía a sus compañeros y a su amiga de forma sorprendente.
Allí también empezó Taisa a hacerse conocida, e hizo más amigos.
La otra sacerdotisa

Entre ellos, estaban otra sacerdotisa que conoció que también iba sola, un poco más joven. Su nombre era Clara.
Se hicieron muy amigas, ella también iba por su cuenta a ayudar a las batallas.
Además también se apuntaba a explorar lugares nuevos, y conseguían entre las dos formar numerosos grupos de aventureros para expediciones a lugares lejanos y peligrosos.
El sabio Román
Otro peculiar personaje que conoció fue a Román. Un sabio que también gustaba de aventurarse en las expediciones que realizaban.
Los sabios eran muy valiosos, por su escasez y los hechizos de regeneración de maná que utilizaban.
Y Román era un hombre muy alegre, que enseguida contagiaba a todos con su entusiasmo.
Pronto hicieron buenas migas, llegando a confesarle sobre sus orígenes.
Él siempre tenía buenos consejos, y siempre podía contar con él.
————
Por otra parte Baltimore cada vez estaba más ocupado, y además no le gustaban esas batallas. Por lo que no lograban verse demasiado.
Así que al menos junto con Clara y sus nuevos amigos, siempre tenía algo para hacer y no sentirse sola.
12 – Joy Adventurers
Las peticiones para unirse a clanes se acumulaban. Todos querían la ayuda de aquellas jóvenes sacerdotisas dispuestas a ayudar en las guerras de clanes.
Pero la princesa no estaba convencida sobre aquello por alguna razón. Por lo que le habían contado, de algunos clanes, temía las responsabilidades que acarrearía, la obligación de acudir a las guerras, entrenamientos más duros y aburridos. Y también el no poder seguir realizando sus expediciones y aventuras…
Después de mucho pensarlo, y apoyada por su amiga tomó la decisión: Fundaría su propio clan.
El sabió «Román también le dijo: Yo te seguiré, princesa. Dónde quiera que vayas, podrás contar conmigo«.
Uno de sus amigos le regaló el objeto que se necesitaba para la fundación de un clan… Un cristal dorado. Era el pago necesario para ello, y que se obtenía en una gruta de no muertos.
Habían ido allí en ocasiones a entrenar, pero no era sencillo conseguirlos.
Finalmente, tenía uno en sus manos.
Ahora sólo quedaba realizar la inscripción para que lo que necesitarían un nombre…
Tenía claro lo que quería: Formar un grupo donde pudiera unir a esa gente con un espíritu aventurero como el suyo. Con ganas de recorrer el mundo.
Y que lo más importante fuese la diversión.
Así es como nació el clan de Joy adventurers. No eran muchos, al principio apenas Clara y Román… Pero juntos vivirían montones de aventuras, recorriendo todos los rincones de Mideralia.

13 – Primera vez en el mar
Era un día soleado, el buen tiempo veraniego. Baltimore estaba de vuelta por unos días y se levantaron temprano con ganas de salir a hacer algo en aquel día.
Todavía quedaba mucho por mejorar y aprender. Los grupos estaban desde primera hora ya preparándose.
— Hoy iremos a la playa… a entrenar. — Dijo Baltimore.
Ella se quedó sorprendida, pero era algo que había escuchado. Y ahora estaba listos para ir a aquel lugar.
Tras un camino algo largo desde la ciudad, avistaron la costa. El sol se reflejaba en la arena e hizo que tuviera que cubrirse los ojos con el brazo brevemente hasta acostumbrar la vista.
Era una playa bastante bonita. Algunas ruinas y escaleras de alguna antigua construcción se percibían cerca de la orilla, en una ladera cubierta con vegetación.

Habían encontrado un buen grupo. No era difícil ya que mucha gente iba allí. Era un lugar dónde iba la gente experimentada a menudo. Había grandes cantidades de focas furiosas y agresivas. Era un lugar ideal para entrenar y mejorar las habilidades.
Lo frecuente era que alguien atrajese a aquellos animales salvajes, mientras los magos creaban oleadas de hielo y fuego para librarse de ellas. El trabajo de los curanderos era mantener a todos en buena condición, y proteger a los magos.
Sin embargo era bastante estresante en ocasiones. Había que estar pendiente continuamente de todos, y de que ninguna foca perdida le atacase.
Por suerte su mascota Cosita se encargaba de recoger montones de objetos sin parar. Por lo que era bastante lucrativo.
Aquel lugar se convirtió en un habitual en sus rutas… Aunque como solía ocurrir, se le hacía algo aburrido ir al mismo lugar una y otra vez.
Por ello trataba de también seguir buscando sus grupos para explorar más lugares. Entrenar no lo era todo para ella.
14 – Los aventureros se reúnen
La vida continuaba en Pontiveia, capital de Mideralia. La joven sacerdotisa continuaba sus entrenamientos.
Cada vez era más reconocida en todos lados, por su disposición a ayudar siempre, por su pequeño clan aventurero y por su participación en las guerras como apoyo con su pequeño clan.
15 – La alianza
El pequeño clan de aventureros continuaba sus aventuras, y también su participación en las guerras de clanes se hacía más frecuente.
No todos los miembros del clan participaban. Algunos precisamente se refugiaban en aquel pequeño clan para evitar tener que participar.
Pero quienes querían trataban de pasar un buen rato y aprender de la experiencia.
Poco a poco fueron conociendo más gente. Entre ellos, se fueron haciendo cercanos a clanes más pequeños también. Intentaban apoyarse mutuamente… Y finalmente surgió la opción de formar una alianza.
Los líderes de los 4 clanes se reunieron y firmaron un tratado. Aquello sería el inicio de una nueva etapa para el pequeño clan, haciéndose más presente en las batallas. Aunque también sería causante de conflictos.

La primera decepción fue el abandono de Clara, la otra sacerdotisa. Pronto vio que aquellos clanes no tenían muchas posibilidades en las batallas, y optó por irse a un clan mayor que mantenía un castillo por lo que podían lograr más riquezas.
Fue un golpe duro, pero no desanimó a la princesa aventurera, que dirigía junto con los otros líderes las incursiones a las guerras de clanes y ataques a los castillos. Contaban con que no lograrían mucho, pero al menos lo intentaban.
Y así continuaba la rutina, entre los entrenamientos, las expediciones y las batallas de clanes.
16 – Obligaciones y despedidas
A pesar de haberse casado hacía tiempo, la relación entre Taisa y Balthimor siempre fue complicada a medida que ambos crecían y tomaban relevancia en sus respectivas profesiones.
Durante un tiempo convivieron alojados en una habitación de la posada de la capital. Pero casi siempre estaba vacía, ya que las obligaciones de ambos hacían difícil coincidir. Siempre había ocupaciones que atender: misiones que realizar, grupos a los que acompañar, heridos que sanar, estudios que continuar…
Además, Balthimor prefería seguir entrenando y aceptar más misiones cuando tenía tiempo libre. Pero cada vez tenía menos tiempo, y más responsabilidades, desde que se había ordenado como cruzado.
Y cada vez coincidían menos.
Aquella tarde le pidió a Taisa que se encontraran en la posada.
Cuando estuvieron a solas, se hincó de rodillas ante ella. Tenía un gesto entristecido. Allí le explicó que debía partir en una misión. Pero aquella vez sería lejos, y estaría fuera durante mucho tiempo. Una guerra importante, en tierras lejanas, requería la presencia de paladines.
Taisa lo escuchó en silencio, con el corazón encogido.
Balthimor tomó el rosario entre sus manos.
Se despidieron sin saber cuándo volverían a verse.
Por suerte, Taisa tenía muchos amigos. Tenía su clan, sus responsabilidades y personas que la querían. No estaba sola. Pero aun así se sintió profundamente entristecida, y en muchos momentos lo echó en falta.
Sin embargo, no podía quedarse anclada en la tristeza. Había demasiadas cosas que atender, demasiada gente que contaba con ella.
Así que continuó adelante.
17 – Oráculo de los dioses y la innombrable
Con el tiempo, Taisa continuaba siendo de gran relevancia en Mideralia.
Desde el momento en que Taisa fue en busca de los dioses para su matrimonio, frecuentaba los templos.
A menudo había logrado comunicarse con los dioses de nuevo allí. No pasaba inadvertida la joven sacerdotisa entre algunos de ellos, por su bondad y por estar siempre dispuesta a ayudar.
Era frecuente que se comunicasen con ella. Y también que otros fueran a buscarla por su afinidad con los dioses, para lograr su intermediación.
Una de aquellas diosas era ella… La que, por circunstancias, terminaría siendo la Innombrable y cuyo nombre quedaría borrado de todo lugar.
Era una diosa de gran belleza, con largo cabello plateado y que causaba la admiración de muchos. Su carácter amable y su bondad eran bien conocidos, y también muchos habían acudido a ella.
Con el tiempo, Taisa y ella forjaron una gran amistad también.
En determinado momento, los mismos dioses le dieron reconocimiento a Taisa. Uno de los dioses mayores se apareció frente a ella.
—Serás oficialmente el oráculo de los dioses. Serás el nexo entre los habitantes de Mideralia y nosotros.
Aunque aquella cercanía con los dioses no evitaría lo que estaba por suceder…
18 – Las hermanas
Una noche aparecieron en la ciudad dos jóvenes, apenas poco más que unas niñas.
Llegaron con una intención muy clara: encontrar a su hermana mayor.
Después de estar preguntando, y debido al gran parecido y lo reconocida que Taisa era ya en la capital de Mideralia, no tardaron en dar con ella.
Cuando las vio quedó sorprendida, ya que era lo que menos hubiera esperado.
—¿Mis hermanas? —preguntó aún extrañada después de la historia que ellas le contaron.
Tras el paso de los años, los reyes de Gallaecia tuvieron dos hijas más.
La segunda, Indhara, era una niña algo introvertida y seria. De carácter frío y distante. Posiblemente al haber crecido sus primeros años con el temor de sus padres a perderla también y haber nacido a la sombra de su hermana ausente.
Cuando la pequeña Rachel nació, fue cuando por primera vez llegó algo de calidez a su vida, y se prometió cuidarla siempre.
Pero ambas sabían que ninguna de ellas estaba destinada a heredar aquel trono. Ni tampoco lo querían. Ambas hablaban por las noches desde que eran muy pequeñas, se preguntaban cómo sería su hermana mayor. Deseaban realmente conocerla. Se imaginaban lo sola que debía de sentirse habiendo crecido fuera de su hogar. Y se prometieron que irían a buscarla.
Cuando tuvieron una edad razonable, consiguieron el permiso. Y dirigieron sus pasos siguiendo la información que la sacerdotisa les dio para llegar hasta Mideralia y a Pontiveia.
Sorprendidas por lo diferente de aquella ciudad, estuvieron muy felices de encontrar con facilidad a su hermana.
La abrazaron con fuerza; incluso Indhara cedía ante lo emotivo de la situación.
Pasaron días hablando, poniéndose al día.
Rachel
La pequeña era una joven algo introvertida, dispuesta siempre a ayudar a todos. En algunos aspectos se parecía bastante a Taisa, tanto de carácter como en lo físico, aunque no solía ser tan valiente ni atrevida.
Su decisión fue sencilla: optó por tomar el camino de su hermana mayor, formándose como sacerdotisa de la luz también.
Indhara
Fría, calculadora y algo distante, pero aun así colaborativa y diligente.
Tomó un camino bien diferente. Armándose con unas dagas, se dirigió al gremio de mercenarios donde se formaría en combate cuerpo a cuerpo, infiltración y otras habilidades de moralidad dudosa…
Se ganó el apodo de la princesa de hielo. Pues no le temblaba el pulso al realizar los peligrosos y crudos encargos del gremio de mercenarios y asesinos cuando era necesario.
Amaba sus dagas y entrenar su velocidad y sigilo.
Se convirtió en una de las mejores en infiltración para lograr atacar los castillos.
19 – El primer castillo
Con el tiempo, fueron mejorando en sus ataques. La alianza cada vez estaba más coordinada y los cuatro clanes trabajaban duro para lograr resultados.
Aunque inicialmente no querían tomárselo tan en serio, sentir que cada vez estaban más cerca de lograr una victoria les motivaba a pelear más.
Hasta que finalmente un día lo lograron. Y a partir de ahí las victorias continuaron, no siempre, pero se habían convertido en clanes reconocidos en Mideralia, con lo que la reputación de la princesa aumentaba.
20 – Premonición
Una noche, tuvo una visión. Los dioses se comunicaron por medio de sueños. Fue una visión aterradora de lo que iba a ocurrir…
Pero se le indicó que aún no debía contar nada, sólo debían prepararse.
Se levantó sobresaltada, con los ojos húmedos, y salió de la habitación tratando de calmarse. Pero no era fácil.
Nikita se encontraba allí también, en la casa del clan. Debió despertar al escucharla, ya que tenía un oído agudo.
Se encontró con Taisa hecha un ovillo sentada en un rincón de la cocina, llorando silenciosamente.
—¿Jefa? ¿Qué sucede? —preguntó asustada.
Taisa sacudió la cabeza. No podía decirlo.
Al ver su expresión y la tristeza con que la miró, supo que no quería hablar, y tan solo se sentó a su lado.
Le dolía lo que sabía, lo que iba a ocurrir… y también no poder contarlo aún.
21 – El fin y nuevo comienzo
Finalmente, se hizo público el anuncio. Era el fin. Los dioses habían decidido y era irrevocable.
La codicia de algunos los había llevado a desafiar a los dioses y a conseguir algunas armas y artefactos que no deberían haber llegado a manos de los mortales. Lo que hizo que tomasen una decisión drástica.
Todos deberían comenzar de nuevo. Todo volvería atrás.
Mantendrían sus recuerdos… Pero deberían comenzar sus vidas de nuevo como años atrás.
Era la única forma que veían para deshacer los errores que la ambición de los mortales había provocado.
Taisa reunió a los Joy Adventurers, cuando ya no había necesidad de ocultar lo inminente.
Explicó la situación a quienes aún no estaban al tanto, y con los ojos empañados por la tristeza, ya que no sabían qué sería de ellos ni si todos seguirían allí después, o si tomarían otros caminos, hizo una simple pregunta.
—¿Quiénes seguiréis conmigo?
Preguntó con firmeza la sacerdotisa, con el corazón en un puño.
De entre los presentes, alguien dio un paso al frente.
Vio con cariño a Román, que fue el primero. Tras él, los demás también se adelantaron. Casi todos decidieron continuar, lo que llenó de calidez su corazón.
Perderían todo… pero mientras no se perdiesen ellos, todo estaría bien.
De pronto, una voz conocida la sorprendió.
—Yo también…
Le saltaba el corazón cuando vio a Balthimor. Había regresado, en una de sus visitas.
Lo abrazó y lloró más aún de emoción de verlo.
Sin embargo, estaba molesto. No le gustaba nada aquella situación y lo haría notar.
Se arrancó el rosario del cuello.
—No pienso ser un paladín más. No quiero servir a unos dioses que nos hacen algo así.
Dijo seriamente.
Aquello a Taisa le resultó un conflicto, ya que también tenía aprecio por los dioses que habían sido cercanos con ella. Sin embargo, entendió la decisión de Balthimor y le mostró su apoyo.
Sin embargo… guardó su rosario.
Ahora sólo quedaba esperar lo inevitable.
22 – La nueva líder
El nuevo comienzo fue duro. Perder todo por lo que habían trabajado todos esos años.
Sus clanes, sus pertenencias, incluso algunos amigos quedarían atrás…
Pero estaban determinados a ello.
Al estar listos, fueron todos juntos a buscar el cristal dorado a las catacumbas de los orcos.
Entre todos lucharon contra los innumerables enemigos hasta que consiguieron uno.
Cuando lo tuvieron en sus manos hicieron una fiesta: era momento de fundar de nuevo el clan. Joy Adventurers volvería de nuevo.
Sin embargo, entonces fue cuando Taisa les dio la noticia…
—Ya no seré la líder. He decidido ceder mi lugar a mi hermana Indhara.
La joven avanzó, con su expresión impasible como siempre, pero con determinación.
Aceptó la responsabilidad que su hermana le había ofrecido. Era algo que no se había planteado pero le agradaba la idea.
Aquello pilló por sorpresa a algunos, pero finalmente todos estuvieron de acuerdo.
Entendían las circunstancias de su decisión y las apoyaron en ello. La joven se había convertido en una asesina excepcional, con unas dotes de infiltración admirables. Sería una gran ventaja contar con ella.
Por igual, Indhara se había ganado el respeto de todos, y sabían que sería una buena líder.
Con aquello empezó una etapa de gran gloria para el clan, que junto a sus aliados, hacían grandes avances en las guerras de clanes.
¿Y Taisa? Aunque siguió ayudando en alguna ocasión, decidió tomarse un descanso.
23 – La posada
Taisa aprovechó la oportunidad para tomar un estilo de vida más calmado por un tiempo.
Se dio una circunstancia adicional… La Innombrable también buscaba lo mismo. Alejarse de los dioses tras lo que había ocurrido y llevar una vida normal pasando desapercibida.
Y de algún modo surgió la idea, y entre las dos abrieron una posada.
Allí atendían a los viajeros, recibían a sus amigos, y pasaban largas horas charlando sin más sobre muchos temas.
24 – Desaparición
Un buen día una noticia cambió por completo todo.
Rachel se había marchado.
Tras mucho tiempo a la sombra de su hermana, aunque inicialmente estaba feliz, decidió que quería llevar una vida por su cuenta.
Al principio escribía con frecuencia, contando sobre su nueva vida en otro lugar.
Pero en un momento dado, las cartas dejaron de llegar… Lo que llevó a Taisa y a Indhara a preocuparse.
Después de hablarlo, la primera en marcharse fue Taisa, decidiendo que iría a averiguar qué había ocurrido con su hermana.
25 – El nuevo mundo
Finalmente, decidió partir en búsqueda de su hermana, aunque no descartaba también la posibilidad de saber algo de Balthimor, en el que no había dejado de pensar tampoco, siempre con la esperanza de que regresara.
Una vez en aquel lugar, al que llegó por unos portales, se sentía bastante desanimada. No quería seguir siendo curandera, no se sentía motivada para ello por alguna razón. Quería luchar. Quería ser más fuerte para poder proteger mejor a aquellos que amaba.
Así que decidió tomar el camino del paladín, siguiendo los pasos de su amigo Vand y de Balthimor cuando lo conoció…
Encontró a unos enanos y siguió camino con ellos por un tiempo, hasta que sus caminos se separaron y siguió por su cuenta.
Formó parte de un clan en el que fue líder de paladines, ayudando a otros a formarse en sus habilidades a su vez.
Allí conoció a alguien que por alguna razón le inquietaba. Una joven chamana.
Al tiempo, una pista la llevó a volver al que había sido su hogar en su infancia…
26 – La chamana
Despertó de golpe, sobresaltada. Estaba en las ruinas de un accidente… ¿Qué era aquello?
27 – Recuerdos
Era un día soleado en Pontiveia, y la gente rondaba por las calles, o charlaba sentada en la plaza. El bardo volvía a su casa después de haberse sacado unas cuantas monedas con sus recitales, cuando se fijó en algo bastante inusual… La puerta de la vieja posada estaba entreabierta.
Se sorprendió enormemente… aquella posada llevaba años cerrada. Algo extraño debía pasar, por lo que puso una flecha en su arco y entró sigilosamente a la casa. La poca luz que entraba por las ventanas prácticamente cerradas dejaba ver lo descuidado del lugar; una gruesa capa de polvo lo cubría todo. Dejó abierta la puerta para que entrase algo de luz, y se adentró en dirección a las habitaciones, de donde provenía un ruido apagado. Al pasar por el salón, vio cómo una pesada espada reposaba sobre la mesa, y alzó su arco con algo de temor, mientras entraba a uno de los aposentos.
Una figura arrodillada rebuscaba en los cajones de la cómoda. Al acostumbrarse un poco más los ojos de Nemesio a la penumbra, pudo ver que llevaba una pesada armadura. Apuntó al extraño con algo de temor y tensó el arco mientras conseguía decir:
—¿Q… quién eres tú, y qué andas hurgando aquí?
La figura se quedó parada unos instantes, tras los cuales comenzó poco a poco a girarse para ver quién le hablaba. El bardo bajó poco a poco su arco, sin decir una palabra, mientras al volverse, gracias a la escasa luz que entraba por la puerta, pudo ver de quién se trataba. Aquel cabello negro cual azabache caía sobre la dorada armadura de placas que cubría a la joven, y el pálido y hermoso rostro quedaba al descubierto, mostrando una débil sonrisa al ver al muchacho que contrastaba con los ojos marrones miel en los que se podía leer claramente una gran tristeza.
—¿Taisa? —susurró Nemesio—. ¿De verdad eres tú? ¿Qué haces aquí?
Taisa se levantó del suelo con cuidado, recogiendo algo del cajón de la mesilla de noche donde estaba guardado el rosario de Balthimor.
Arrodillada en el suelo, lo sostenía con fuerza en su mano, y le habló sin dejar de sonreír.
—Nemesio… cuánto tiempo ha pasado… pensé que nunca volvería. Vine… a buscar algo —dijo mirando por unos instantes su mano, y posando de nuevo la mirada en el bardo.
—Por los dioses… ¡me alegro de verte! ¿Dónde has estado, Taisa? La gente ha preguntado mucho por ti.
—Es una historia muy larga…
—Bueno, ya sabes que las historias son lo mío… y no tengo ninguna prisa. —Y a la vez que decía esto, tomaba asiento en el suelo poniéndose cómodo.
Taisa miró alrededor de la polvorienta habitación, y tras sacudir un poco la cama sin mucho éxito, se sentó en ella y comenzó a resumirle lo ocurrido a Nemesio.
—Tuve que irme… no podía quedarme aquí más tiempo, todo me recordaba a Balthimor después de su marcha hacia las lejanas guerras santas, y no llegaban noticias suyas. Y las guerras aquí en Mideralia cada día eran más duras y despiadadas, e incluso nuestros aliados comenzaban a tomar medidas que no me agradaban… Sentía que este ya no era mi lugar.
Cuando me fui… abandoné los hábitos del sacerdocio, y me uní a la Orden de Paladines de la Luz de Azeroth. Como tenía experiencia, continué como sanadora al principio, pero aunque pensaba que era mi vocación, ya no me sentía cómoda con ello.
Tras largas semanas de viaje, llegué a Ventormenta, y allí me asignaron la misión de acompañar a dos cazadores enanos, con los que viajé durante largos meses por todo Azeroth. Mientras tanto, mantenía el contacto vía postal con mis hermanas Indhara y Rachel, que decidieron de nuevo seguir mis pasos y trasladarse a Azeroth.
Cuando llegamos a Península Infernal, los enanos decidieron regresar a Forjaz a visitar a sus familiares, y allí nos despedimos. Yo decidí quedarme allí, ayudando en la batalla contra la Legión Ardiente.
Pero según pasaba el tiempo, cada vez era más consciente de que algo había cambiado en mí. No quería seguir limitándome a quedarme detrás sanando a los luchadores mientras miraba cómo transcurrían las batallas. La ira invadía mi cuerpo, y la incertidumbre de no saber qué había ocurrido con mi amado era cada día mayor y aumentaba aún más mis sentimientos… Y tomé una decisión: regresé a Ventormenta a consultar con mi instructor en la Catedral, y le pedí que me instruyese para la batalla cuerpo a cuerpo, para de aquella forma poder desahogar aquel dolor que me invadía. Y no me arrepiento en absoluto de ello. Fue un entrenamiento duro, ya que mi constitución como curandera era bastante débil, pero me siento mucho mejor desde aquello, y me dio el ánimo suficiente para continuar mi viaje de rumbo incierto.
Y bueno… esto es lo que ha sido mi vida en estos años…
Nemesio la miraba con los ojos como platos.
—Quién lo hubiese pensado, la verdad, Taisa… —sonrió—. Bueno… ¿y cómo que decidiste volver a Mideralia?
—Pues… obviamente vengo de paso… —Su rostro se entristeció—. En realidad vine porque hace tiempo que no sé nada de mi hermana pequeña, Rachel, ya sabes que ella continuó siendo sacerdotisa en la ciudad de los enanos… y me temo que algo malo puede haberle sucedido. Pensé que igual alguien podría saber algo aquí… Pero… —dijo mirando a su alrededor— veo que apenas queda nada ni nadie de lo que conocía. Pasé por delante de la posada, y quise entrar a recordar… y encontré esto…
Y mientras lo decía abrió su mano, dejando ver el crucifijo que llevó Balthimor mientras fue parte del gremio de paladines de Pontiveia.
—Entiendo —respondió Nemesio con un hilo de voz, mientras parecía que intentaba recordar algo—. Ya sabes que muchas noticias vuelan, y que nos llegan muchísimos rumores… Hace tiempo un sacerdote de Forjaz pasó también por aquí, y comentó que la mayoría de ellos habían partido a ayudar al Alba Argenta.
Tras la larga charla, se despidieron, y el bardo quedó observando cómo se alejaba la paladina antes de volver a su casa, llevando con él una nueva historia que contar.
28 – Regreso a Azeroth
Taisa volvía hacia su casa en la ciudad de Ventormenta, dispuesta a prepararse para ir a las tierras de la peste, siguiendo las pistas sobre el paradero de la pequeña Rachel.
Era tarde, y casi todo el mundo dormía, pero el cielo estaba despejado, y aunque la luna no había aparecido, las estrellas daban la suficiente claridad, gracias a la cual pudo advertir que una figura aguardaba a la entrada de su casa. Llevaba una pesada armadura y se encontraba apoyada contra el quicio de la puerta. Aún en la distancia, se veía que no se encontraba muy bien.
Entonces la figura también se giró hacia la paladina, y al verla sonrió, y se dejó caer hasta sentarse con cuidado de no hacer demasiado ruido. Era su otra hermana, Indhara, y efectivamente, estaba herida. Le ayudó a levantarse y entraron en la casa, donde con algunos hechizos de sanación consiguió estabilizarla. Suponía lo que había ocurrido, pero prefería que ella se lo contase.
—Bueno —comenzó Taisa cuando vio que su hermana ya se encontraba mejor—. ¿Qué fue esta vez?
—Ya sabes… Me llamaron para ir a luchar contra esa apestosa Plaga, esta vez en Naxxramas.
Hace tiempo que Indhara se dedicaba a acompañar a grupos de aventureros en la lucha contra todo tipo de enemigos, como mercenaria. Ella aguantaba los golpes mientras el resto del grupo atacaba. A Taisa nunca le pareció demasiado bueno aquel estilo de vida sin un lugar fijo…, pero su hermana era lo suficientemente mayor como para decirle nada, ya que tan sólo empeoraría las cosas.
—Vine porque, bueno, después de tu última carta… Estaba algo preocupada por Rachel, yo tampoco tengo noticias de ella desde hace tiempo.
Continuó diciendo Indhara, algo más seria.
—Aún no sé qué pudo pasarle, pero al menos ya sé por dónde empezar… Pero tengo que intentarlo, ya lo sabes… nunca dejaré de intentarlo… igual que a él…
Taisa luchaba por contener las lágrimas.
—Ya, Balthimor —murmuró Indhara para sí misma.
—Ten mucho cuidado… por favor… si te ocurriese algo a ti también… no sé si podría soportarlo ya.
—Bah —dijo Indhara volviendo a su habitual sonrisa despreocupada—, sabes que te será difícil librarte de mí. Siempre podrás contar conmigo. Esté donde esté… No sé si me quedaré mucho por aquí.
Tras esto, la joven guerrera se levantó, ya mucho mejor. Al contrario que a su hermana mayor, nunca le gustaron las despedidas emotivas, así que enfundó su espada, recogió su escudo y se marchó.
29 – Nostalgia
Durante el largo viaje de vuelta a Dalaran, tras visitar a su hermana, Indhara no paró de dar vueltas a algo en su cabeza.
30 – La búsqueda continúa
La paladina alzó su mirada al cielo, intentando atisbar entre la neblina los pocos rayos de sol del atardecer, en aquel páramo oscuro y desolado.
Era una imagen entristecedora… Las tierras de la peste eran uno de los lugares más deprimentes de los Reinos del Este: pueblos en ruinas, tierra seca y granjas arrasadas y estériles, rondadas por engendros demoníacos y no muertos. Muchos de ellos, posiblemente antiguos habitantes de aquel lugar.
Taisa llevaba mucho tiempo sin pasar por allí, pero todo parecía igual. Estuvo en aquel lugar una larga temporada, haría ya tiempo, ayudando al Alba Argenta en la incesante lucha contra la Plaga.
Arreó su montura y continuó camino a la Capilla de la Esperanza. Al acercarse, notó que sí que había algo distinto cuando vio cómo se oscurecía el cielo, más allá de las montañas, y una enorme necrópolis apareció ante sus atónitos ojos.
Corrió preocupada al encuentro de un antiguo conocido, el duque Nicholas, y él le explicó lo ocurrido.
El rey de los no muertos había atacado con sus tropas. Había sido una batalla feroz donde muchos perdieron la vida…
Pero lo peor era que el rey de los no muertos tomaba los cuerpos de los caídos, y los condenaba uniéndolos a su ejército de caballeros oscuros, perdiendo así todo juicio y voluntad.
Tras oír la historia, Taisa quedó en silencio, aterrorizada, hasta que asimiló lo que acababa de escuchar. Entonces le contó sobre la desaparición de Rachel, y que lo último que sabía sobre ella era que se dirigió a ayudar a la Capilla de la Esperanza. Por eso estaba ella allí, para tratar de averiguar dónde se encontraba su hermana, a lo que Nicholas le respondió:
—Siento decirte que tu hermana sí que estuvo aquí. Escuché su nombre, pero la única persona que podría saber algo más es Ysida, la responsable de los sacerdotes en la Capilla. Seguro que estaba con ella. Pero sabemos que Ysida fue capturada y llevada a la ciudad muerta por el Barón Huesoeterno, un líder de los no muertos, no hace mucho, pero no sé si aún…
Casi antes de que acabase de hablar, aunque estaba claro lo que insinuaba, Taisa ya estaba montando de nuevo en su caballo.
—Iré y haré todo lo posible —le dijo a modo de breve despedida.
Y partió al galope hacia la ciudad muerta, mientras escuchaba ya a lo lejos cómo algunos de los habitantes de la Capilla de la Esperanza le gritaban: “Ten cuidado…”.
31 – La ciudad muerta
Taisa llegó en seguida a las puertas de la ciudad. El aire susurraba entre las ruinas. Tomó aire, y se adentró tras las murallas.
Aquel lugar que hacía años fuera una espléndida ciudad sin nada que envidiar a la grandiosa capital, ahora era un lugar aterrador, lleno de dolor y angustia, cuyo cielo parecía teñido de sangre al reflejo del fuego que la consumía lentamente.
Miles de no muertos pululaban por la demacrada ciudad, y se lanzaban a atacarla con torpe fiereza, en numerosas oleadas. Ella peleaba por quitárselos de encima y avanzar, acabando con ellos sin piedad con su espada y sus hechizos sagrados. Al fin y al cabo, ya estaban muertos, y sus almas perdidas.
Finalmente, llegó al lugar donde se escondía el Barón Huesoeterno, y se encontró frente a frente con aquel oscuro jinete, que la observaba con una sonrisa malévola. De reojo pudo ver una jaula en la que se vislumbraba la figura de una mujer, y aún estaba viva. Había esperanza.
—¡Mira lo que tenemos aquí! Otra enviada del Alba Argenta… ¿Y qué te hace pensar que tú lograrás acabar conmigo, muchacha?
—Si de esta forma logro averiguar qué ocurrió a mi hermana, mi espada será lo último que veas —dijo Taisa, empuñando con fuerza su espada, mientras comenzaba a cargar contra él.
Huesoeterno se preparó para el ataque, y comenzaron a luchar espada contra espada. Al parar uno de los golpes de la paladina, se quedó unos segundos mirándola mientras empezaba a reírse, cosa que aprovechó Taisa para asestarle un fuerte golpe en el brazo.
—Así que… la pequeña Rachel era tu hermana… eeeh… jejeje.
—¿¡Qué sabes de ella!? ¡Habla! —gritó arremetiendo de nuevo contra él.
—Aaah… Aquella jovencita… Jejeje… No te preocupes, ya ha muerto.
—¡Mientes! —Los ojos de la muchacha comenzaron a empañarse, pero sobre todo su reacción fue golpearle con aún más fuerza.
—En parte sí —se burlaba a duras penas, a punto de desplomarse—. Y en parte no… ella murió, pero era del agrado de mi Señor, y Él la tomó para formar parte en su lucha. Así que dudo que logres encontrarla…
Taisa ya no necesitaba escuchar más, y supo que aquel ser tampoco sabría mucho más, y con las lágrimas ya cayendo por sus mejillas, le asestó el golpe final con toda la rabia que contenía su corazón.
Con la mirada perdida, se acercó hasta la jaula y rompió la cerradura con un golpe de la empuñadura de su espada, tras lo cual se desplomó de rodillas en el suelo, con la mirada perdida.
La mujer salió de la jaula, y sin decir nada más, se quedó a su lado, posando una de sus manos sobre el hombro de Taisa, mientras murmuraba oraciones de sanación, recuperando al menos los daños físicos de la paladina.
Taisa no sabía cuánto tiempo pasó hasta que pudo ser consciente de lo que la rodeaba de nuevo. Había dejado de llorar, aunque aún se percibía claramente el surco de las lágrimas en sus mejillas.
Se giró hacia la mujer, que se encontraba sentada a su lado.
—¿Ysida?
—Sí, pequeña —dijo la mujer, con dulzura—. Muchas gracias por rescatarme.
—Mi… hermana…
—Sí, sé quién es. Se parece mucho a ti. Estuvo conmigo, es una chica adorable, y muy fuerte…
Se le quebraba un poco la voz al explicarle.
—Lo lamento… Ella… no está muerta… Pero tampoco viva.
Taisa quedó congelada ante tal revelación. Entonces… Ahora era una de los caballeros no muertos. Se llevó una mano a la boca ahogando un sollozo, cayendo de rodillas al suelo entre lágrimas. Su hermana… ¿Cómo podía haberla perdido de aquel modo?
La mujer la consoló por un buen rato, hasta que, al sentirla más calmada, Ysida se levantó y le tendió la mano a Taisa para ayudarla a levantarse.
—Ahora, salgamos de aquí cuanto antes, que este sitio es horrible.
Taisa hizo el viaje de vuelta callada y pensativa.
Al menos había descubierto qué le había ocurrido a Rachel, y por qué no había tenido noticias de ella… No tenía muy claro qué podría hacer ahora. Pero sabía que no iba a dejar aquello así…
Sólo de pensar que su hermana… o más bien lo que quedaba de ella, estaba siendo utilizado para tan crueles propósitos y dañar a otros hacía que se le humedecieran los ojos de nuevo.
Sacudió la cabeza. Debía ser fuerte. Encontraría la forma de liberarla… De un modo u otro.
32 – Reunificación
En la búsqueda de más información sobre lo ocurrido, y para averiguar si podía lograr salvar su alma al menos, Taisa llegó ante el gran espíritu.
33 – El rey de los no muertos
Decidida, Taisa, ahora de nuevo siendo una sola con la parte de su alma que había sido Bastet, se dirigió a la región donde el castillo de la oscuridad se erguía.
34 – Adiós
Había pasado años tras aquello vagando por el mundo. Ayudando a todos los que se ponían en su camino. Tratando de organizar su mente una vez que todo había acabado. Sabía que había algo más que debía hacer. Era hora.
31 – La ciudad muerta
Taisa llegó en seguida a las puertas de la ciudad. El aire susurraba entre las ruinas. Tomó aire, y se adentró tras las murallas.
32 – Reunificación
En la búsqueda de más información sobre lo ocurrido, y para averiguar si podía lograr salvar su alma al menos, Taisa llegó ante el gran espíritu.
33 – El rey de los no muertos
Decidida, Taisa, ahora de nuevo siendo una sola con la parte de su alma que había sido Bastet, se dirigió a la región donde el castillo de la oscuridad se erguía.
34 – Adiós
Había pasado años tras aquello vagando por el mundo. Ayudando a todos los que se ponían en su camino. Tratando de organizar su mente una vez que todo había acabado. Sabía que había algo más que debía hacer. Era hora.
Sobre la autora

Hola, soy Taisa.
Personaje y creadora al mismo tiempo. Llevo más de 20 años dando vida a este alter ego nacido entre cuentos, juegos online y en el rol, tejiendo historias que han crecido conmigo a lo largo del tiempo.
Este blog recoge las narraciones y universos que han evolucionado durante años a través del rol y la escritura. Fantasía, emoción y memoria entrelazadas en forma de relato. “La Princesa aventurera” no es solo un título: es una forma de atravesar mundos, pérdidas, magia y transformación.
Detrás de Taisa está Raquel García Arévalo. Profesionalmente creo y gestiono webs y blogs, ayudando a negocios a convertir el caos digital en sistemas claros, sostenibles y estratégicos. Creo en la tecnología como herramienta de libertad y en construir proyectos con alma.
Cuando no estoy optimizando una web, probablemente estoy escribiendo, desarrollando relatos de rol o imaginando nuevas aventuras.
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